Michael Jackson la gran estrella mundial de la música pop, la estrella que cayó por una vida llena de comportamientos extraños, el Rey del Pop que se convirtió en "Wacko Jacko", (Sobrenombre que quiere decir “El Loco Jackson”), murió a los 50 años de edad.
Con una vida llena de excesos y comportamientos extraños resulta complejo describir lo que fue Michael Jackson: Su fama y pronto desplome personal, hasta su muerte pocos días antes de que se suponía iba a comenzar una gira de conciertos de regreso en Londres.
El reverendo bautista Jesse Jackson cercano al artista, recuerda con lágrimas el declive del Rey del pop: “Traté de ayudar al atribulado Michael Jackson orando por él para expulsar los demonios que le atormentaban”. “Su popularidad fue meteórica, tanto es así que Michael se autoproclamó el rey del pop”, recuerda Jackson. “El rápido matrimonio con la hija de Elvis Presley, luego con su enfermera.
Batallas en Tribunales, canceló fechas de conciertos”. “Además las cirugías plásticas que modificaron completamente su apariencia, y el vídeo viral que publicó - colgando su tercer hijo en un balcón- , seguido de la detención de Jackson por cargos de molestar a un niño de 12 años, paciente de cáncer”, especifica el reverendo Jackson.
Jesse Jackson aconsejó en reiteradas ocasiones a Michael Jackson en su rancho de Neverland, al sur de California: “Por la mañana antes de juntarse con sus abogados y enfrentar los tribunales, hablábamos por teléfono y el me pedía que orara por él”. “Pero el recuerdo que queda de Michael Jackson es que se convirtió en un extraño. Su vida personal se tornó anormal, solitaria, excéntrica”, sentenció el reverendo. Con records mundiales de ventas y premios ganados, y glorias de esta tierra, olvido la Gloria mas importante, la Gloria que el debia darle a Dios.
Se comentó que Michael Jackson estuvo vinculado a la secta religiosa de los Testigos de Jehova, especulaba que el evangelio iba en decadencia y que desapareceria. El necesitaba estabilidad espiritual y llenar el vacio que tenía en su corazón.
Finalmente decidió entrar a la religión musulmana, en donde firmó un contrato con una entidad radical musulmana para que le administrara la mayoría de sus negocios.
Cuando uno pide oración como dice el Rev.Jesse Jackson es porque está dispuesto a cambiar de actitud hacia Dios, él es el único que puede restaurar nuestra vida.
Acercarnos al taller del Maestro es la mejor solución a los problemas.Dios siempre espera con los brazos abiertos al pecador que quiere arrepentirse.
lunes, 29 de junio de 2009
miércoles, 24 de junio de 2009
«ANTONIO STRADIVARI: 1704»
por Carlos Rey
Era una noche de invierno del año 1820 en la ciudad de Londres. Un hombre mal vestido, evidentemente pobre, entró temblando de frío en una tienda que compraba y vendía violines. Debajo del brazo llevaba un bulto. El dueño de la tienda, Arthur Betts, le preguntó:
—¿En qué puedo servirle, señor?
—Me estoy muriendo de hambre —le contestó el hombre—. ¿Cuánto me ofrece por este viejo violín?
Betts tenía ya varios violines viejos, pero por ayudar al hombre hambriento pagó por el violín una guinea, que era una antigua moneda inglesa equivalente a veintiún chelines, es decir, poco más que una libra esterlina. El hombre tomó la moneda de oro y se perdió en las sombras de la noche.
Arthur Betts, que era músico y fabricante de violines, tomó el arco y lo pasó sobre las cuerdas del viejo violín. El resultado fue un tono maravilloso que despertó su curiosidad. Así que iluminó con una vela la parte interior del violín y vio allí grabado en la madera el célebre nombre italiano «Antonio Stradivari». Junto al nombre aparecía la fecha «1704».
Tan pronto como comprobó que éste era el famoso violín Stradivarius que habían buscado en toda Europa durante los últimos cien años, Betts salió corriendo por la puerta en busca del vendedor, pero el hombre se había esfumado. Posteriormente Betts vendió el violín por quinientas libras, y después de varios intercambios de dueños, en 1886 se vendió por mil doscientas libras, mil veces más del valor que le dio Betts inicialmente.
Hay muchas historias de violines perdidos que fueron comprados por irrisorias sumas de dinero, pero esta, al parecer, es la única historia basada en documentos que atestiguan su veracidad. Lo que tiene en común con esas otras historias menos fidedignas es que el dueño no tenía idea del verdadero valor de lo que poseía.
Es posible que esta sea una fiel representación de la vida de muchos de los que nos consideramos cristianos. En medio del frío y del hambre espiritual que nos azota, tenemos a nuestra disposición algo muy valioso, lo suficiente como para sacarnos de esa pobreza. Sin embargo, ni se nos ocurre que tenga tanto valor. Al contrario, ese algo no representa más para nosotros que una cura temporal para aliviar nuestras penas. Así que lo menospreciamos, como si lo estuviéramos vendiendo por una monedita, y seguimos padeciendo de hambre y de frío. A pesar de que nos hace falta, no nos valemos de él por no reconocer su valor.
No obstante, cada uno de nosotros puede llevar consigo ese tesoro que basta para satisfacer todo lo que jamás pudiera necesitar. Se trata del Señor Jesucristo, el único tesoro que es más que suficiente para sacarnos de la pobreza y la miseria espiritual. Lo cierto es que Cristo no sólo basta para todo, sino que lo es todo.
Era una noche de invierno del año 1820 en la ciudad de Londres. Un hombre mal vestido, evidentemente pobre, entró temblando de frío en una tienda que compraba y vendía violines. Debajo del brazo llevaba un bulto. El dueño de la tienda, Arthur Betts, le preguntó:
—¿En qué puedo servirle, señor?
—Me estoy muriendo de hambre —le contestó el hombre—. ¿Cuánto me ofrece por este viejo violín?
Betts tenía ya varios violines viejos, pero por ayudar al hombre hambriento pagó por el violín una guinea, que era una antigua moneda inglesa equivalente a veintiún chelines, es decir, poco más que una libra esterlina. El hombre tomó la moneda de oro y se perdió en las sombras de la noche.
Arthur Betts, que era músico y fabricante de violines, tomó el arco y lo pasó sobre las cuerdas del viejo violín. El resultado fue un tono maravilloso que despertó su curiosidad. Así que iluminó con una vela la parte interior del violín y vio allí grabado en la madera el célebre nombre italiano «Antonio Stradivari». Junto al nombre aparecía la fecha «1704».
Tan pronto como comprobó que éste era el famoso violín Stradivarius que habían buscado en toda Europa durante los últimos cien años, Betts salió corriendo por la puerta en busca del vendedor, pero el hombre se había esfumado. Posteriormente Betts vendió el violín por quinientas libras, y después de varios intercambios de dueños, en 1886 se vendió por mil doscientas libras, mil veces más del valor que le dio Betts inicialmente.
Hay muchas historias de violines perdidos que fueron comprados por irrisorias sumas de dinero, pero esta, al parecer, es la única historia basada en documentos que atestiguan su veracidad. Lo que tiene en común con esas otras historias menos fidedignas es que el dueño no tenía idea del verdadero valor de lo que poseía.
Es posible que esta sea una fiel representación de la vida de muchos de los que nos consideramos cristianos. En medio del frío y del hambre espiritual que nos azota, tenemos a nuestra disposición algo muy valioso, lo suficiente como para sacarnos de esa pobreza. Sin embargo, ni se nos ocurre que tenga tanto valor. Al contrario, ese algo no representa más para nosotros que una cura temporal para aliviar nuestras penas. Así que lo menospreciamos, como si lo estuviéramos vendiendo por una monedita, y seguimos padeciendo de hambre y de frío. A pesar de que nos hace falta, no nos valemos de él por no reconocer su valor.
No obstante, cada uno de nosotros puede llevar consigo ese tesoro que basta para satisfacer todo lo que jamás pudiera necesitar. Se trata del Señor Jesucristo, el único tesoro que es más que suficiente para sacarnos de la pobreza y la miseria espiritual. Lo cierto es que Cristo no sólo basta para todo, sino que lo es todo.
sábado, 20 de junio de 2009
«¡MUERE, SATANÁS!»
por Carlos Rey
«Bebe esto», convidó Gabriela Alessandri, italiana de treinta y ocho años de edad. Y le dio a su esposo Talis Ritoridis, griego de cuarenta años, un vaso lleno de limonada. El hombre estaba cansado y acalorado. Aquel vaso de limonada era una delicia paradisíaca. Así que bebió medio vaso de un sorbo.
No pudo beber más de medio vaso, pues un malestar horrible le invadió todo el cuerpo y comenzó a sufrir convulsiones. La estricnina surtió efecto, y el hombre no tardó en morir en medio de fuertes espasmos. Tan pronto como Gabriela se cercioró de que su esposo había muerto, con toda frialdad puso sobre su cuerpo inerte un letrero que decía: «¡Muere, Satanás!»
He aquí otro caso de homicidio conyugal: una mujer que envenena a su marido para librarse de él. La policía que la detuvo concluyó que Gabriela seguramente tenía alteradas las facultades mentales. Los parientes del esposo alegaron que el demonio era ella.
Lo cierto es que aquel matrimonio no era feliz como Dios quiere que sea todo matrimonio bien constituido. Las peleas eran continuas; las infidelidades del esposo, frecuentes. En el ambiente del hogar había tensión, violencia contenida, como una bomba a punto de estallar.
Cuando la mujer no soportó más las infidelidades, los insultos, el maltrato, el desprecio y los golpes del marido, tomó la decisión fatal. Aprovechando una de esas típicas tardes calurosas de verano que se dan en Roma, le ofreció a su esposo estricnina disuelta en limonada, que el pobre bebió sin sospechar.
Un matrimonio no llega a ese trágico desenlace de un día para otro sino después de muchos días y de muchos años de continuo deterioro. Es el acto final, espantoso, de una larga serie de actos menores, compuestos de discordia, encono, rencor, desprecio y, sobre todo, infidelidad.
No todo matrimonio que comienza a tener problemas termina a merced de un vaso de limonada con veneno. Pero todo matrimonio que comienza a notar el deterioro de sus relaciones conyugales debe tratar de remediarlo cuanto antes.
Cuando Gabriela envenenó a su esposo, le puso por nombre «Satanás» porque estaba convencida de que él era como el diablo encarnado. Tal parece que sabía que Satanás quiere robarnos la paz, matar nuestro matrimonio y destruir la armonía en nuestro hogar. En cambio, no parecía saber que Dios está dispuesto a ayudarnos a recobrar la paz, la satisfacción conyugal y la armonía familiar.1 Más vale que nosotros, a diferencia de Gabriela, le permitamos a Dios ayudarnos, encomendándole nuestra vida y nuestro matrimonio.
1 Mt 19:4‑6; Mr 10:6‑9; Jn 10:10; 14:27; 15:11‑13
«Bebe esto», convidó Gabriela Alessandri, italiana de treinta y ocho años de edad. Y le dio a su esposo Talis Ritoridis, griego de cuarenta años, un vaso lleno de limonada. El hombre estaba cansado y acalorado. Aquel vaso de limonada era una delicia paradisíaca. Así que bebió medio vaso de un sorbo.
No pudo beber más de medio vaso, pues un malestar horrible le invadió todo el cuerpo y comenzó a sufrir convulsiones. La estricnina surtió efecto, y el hombre no tardó en morir en medio de fuertes espasmos. Tan pronto como Gabriela se cercioró de que su esposo había muerto, con toda frialdad puso sobre su cuerpo inerte un letrero que decía: «¡Muere, Satanás!»
He aquí otro caso de homicidio conyugal: una mujer que envenena a su marido para librarse de él. La policía que la detuvo concluyó que Gabriela seguramente tenía alteradas las facultades mentales. Los parientes del esposo alegaron que el demonio era ella.
Lo cierto es que aquel matrimonio no era feliz como Dios quiere que sea todo matrimonio bien constituido. Las peleas eran continuas; las infidelidades del esposo, frecuentes. En el ambiente del hogar había tensión, violencia contenida, como una bomba a punto de estallar.
Cuando la mujer no soportó más las infidelidades, los insultos, el maltrato, el desprecio y los golpes del marido, tomó la decisión fatal. Aprovechando una de esas típicas tardes calurosas de verano que se dan en Roma, le ofreció a su esposo estricnina disuelta en limonada, que el pobre bebió sin sospechar.
Un matrimonio no llega a ese trágico desenlace de un día para otro sino después de muchos días y de muchos años de continuo deterioro. Es el acto final, espantoso, de una larga serie de actos menores, compuestos de discordia, encono, rencor, desprecio y, sobre todo, infidelidad.
No todo matrimonio que comienza a tener problemas termina a merced de un vaso de limonada con veneno. Pero todo matrimonio que comienza a notar el deterioro de sus relaciones conyugales debe tratar de remediarlo cuanto antes.
Cuando Gabriela envenenó a su esposo, le puso por nombre «Satanás» porque estaba convencida de que él era como el diablo encarnado. Tal parece que sabía que Satanás quiere robarnos la paz, matar nuestro matrimonio y destruir la armonía en nuestro hogar. En cambio, no parecía saber que Dios está dispuesto a ayudarnos a recobrar la paz, la satisfacción conyugal y la armonía familiar.1 Más vale que nosotros, a diferencia de Gabriela, le permitamos a Dios ayudarnos, encomendándole nuestra vida y nuestro matrimonio.
1 Mt 19:4‑6; Mr 10:6‑9; Jn 10:10; 14:27; 15:11‑13
viernes, 19 de junio de 2009
EL HOMBRE QUE EMBALSAMÓ A SU HIJO
por el Hermano Pablo
Era su profesión. Tenía una habilidad extraordinaria como taxidermista. Todos los cazadores de la región de Tuxla, Yugoslavia, le traían sus presas cazadas: osos, venados, zorros, para que Vaxco Chulyak las embalsamara.
Un día su hijo Ludwig, de ocho años de edad, murió ahogado. Cuando le trajeron el cuerpo, Vaxco no quiso enterrarlo, así que embalsamó el cuerpo inerte de su hijo. «Hace tres años perdí a mi amada esposa —explicó Vaxco—. Ahora se me muere este hijo, único recuerdo de aquella querida mujer. No quiero dejar de verlo. Cada día lo miraré y conversaré con él, hasta que yo muera.»
He aquí una historia tierna y patética. Vaxco pierde primero a su amada esposa. Pero le queda su pequeño hijo, en el que condensa todo su cariño y toda su felicidad. Por una de esas desgracias incomprensibles, el niño muere ahogado, y Vaxco hace lo que sabe hacer para mantener a su hijo consigo.
Bueno es conservar el recuerdo de los seres amados. Es algo propio del ser humano. Los animales, en cambio, por lo general recuerdan a lo sumo unos momentos el familiar muerto, porque no tienen corazón sensible ni alma pensante. Por lo tanto, no derraman lágrimas por el amigo, el padre, la madre, o el hermano que se ha ido.
Pero el hombre no es como el animal. En su condición de ser humano, tiene alma, tiene conciencia, tiene sentimientos, tiene memoria y tiene noción de Dios. Esto es lo que le da esperanza de otra vida.
El primer paso de la civilización se dio cuando los seres humanos comenzaron a enterrar a sus difuntos. El segundo paso se dio cuando decidieron conservar algún recuerdo de ellos, aunque fuera una flecha, una lanza, y posteriormente una fotografía. Y aunque algunos reprocharon a Vaxco Chulyak el haber embalsamado a su hijo, era para él un recuerdo. Ciertamente el dolor y los sentimientos de un hombre merecen ser respetados.
Sin embargo, mil veces mejor que cualquier recuerdo de nuestros seres queridos, con todo y lo importantes que son, es la seguridad que podemos tener de verlos vivos y en persona otra vez, es decir, la esperanza viva de reunirnos un día con ellos en el cielo.
Esa esperanza es tan viva y tan cierta como lo es la salida del sol todas las mañanas. Jesucristo, que venció el sepulcro y la muerte, quiere dárnosla. Para recibirla, basta con que aceptemos a Cristo como nuestro Señor y Salvador. Los que le hemos pedido que sea el dueño de nuestra vida tenemos la seguridad de que veremos a nuestros seres queridos algún día. Más vale que todos aseguremos esa esperanza, haciendo de Cristo el Señor de nuestra vida.
Era su profesión. Tenía una habilidad extraordinaria como taxidermista. Todos los cazadores de la región de Tuxla, Yugoslavia, le traían sus presas cazadas: osos, venados, zorros, para que Vaxco Chulyak las embalsamara.
Un día su hijo Ludwig, de ocho años de edad, murió ahogado. Cuando le trajeron el cuerpo, Vaxco no quiso enterrarlo, así que embalsamó el cuerpo inerte de su hijo. «Hace tres años perdí a mi amada esposa —explicó Vaxco—. Ahora se me muere este hijo, único recuerdo de aquella querida mujer. No quiero dejar de verlo. Cada día lo miraré y conversaré con él, hasta que yo muera.»
He aquí una historia tierna y patética. Vaxco pierde primero a su amada esposa. Pero le queda su pequeño hijo, en el que condensa todo su cariño y toda su felicidad. Por una de esas desgracias incomprensibles, el niño muere ahogado, y Vaxco hace lo que sabe hacer para mantener a su hijo consigo.
Bueno es conservar el recuerdo de los seres amados. Es algo propio del ser humano. Los animales, en cambio, por lo general recuerdan a lo sumo unos momentos el familiar muerto, porque no tienen corazón sensible ni alma pensante. Por lo tanto, no derraman lágrimas por el amigo, el padre, la madre, o el hermano que se ha ido.
Pero el hombre no es como el animal. En su condición de ser humano, tiene alma, tiene conciencia, tiene sentimientos, tiene memoria y tiene noción de Dios. Esto es lo que le da esperanza de otra vida.
El primer paso de la civilización se dio cuando los seres humanos comenzaron a enterrar a sus difuntos. El segundo paso se dio cuando decidieron conservar algún recuerdo de ellos, aunque fuera una flecha, una lanza, y posteriormente una fotografía. Y aunque algunos reprocharon a Vaxco Chulyak el haber embalsamado a su hijo, era para él un recuerdo. Ciertamente el dolor y los sentimientos de un hombre merecen ser respetados.
Sin embargo, mil veces mejor que cualquier recuerdo de nuestros seres queridos, con todo y lo importantes que son, es la seguridad que podemos tener de verlos vivos y en persona otra vez, es decir, la esperanza viva de reunirnos un día con ellos en el cielo.
Esa esperanza es tan viva y tan cierta como lo es la salida del sol todas las mañanas. Jesucristo, que venció el sepulcro y la muerte, quiere dárnosla. Para recibirla, basta con que aceptemos a Cristo como nuestro Señor y Salvador. Los que le hemos pedido que sea el dueño de nuestra vida tenemos la seguridad de que veremos a nuestros seres queridos algún día. Más vale que todos aseguremos esa esperanza, haciendo de Cristo el Señor de nuestra vida.
jueves, 18 de junio de 2009
Dios es un Padre Restaurador
EL PADRE, DIRECTOR DE LA ORQUESTA:
Por el Dr. Adrián Rogers
* EAQV Single CD image
Q1563CD - $6.00
El director
de la orquesta
Sal. 128
Debe haber armonía en el hogar. Por cierto, todo el hogar debe ser una sinfonía de alabanza. ¿Pero quién es el líder que dirige esta maravillosa música? El padre. El Salmo 128 contiene un menaje especial para los padres. Así que si usted es un padre, me gustaría que note cinco hermosas verdades que le ayudarán a poner música en su hogar.
EL CARÁCTER QUE DEMUESTRA
La mayoría de la gente piensa que la felicidad proviene del matrimonio, del dinero, del éxito o la buena salud. Sin embargo, la Biblia dice que “es el temor a Dios lo que trae felicidad”. ¿Qué significa “el temor a Dios”? A mí me gusta pensar que es, sencillamente, el amor que está de rodillas. Aquel que ama más a Dios, es quien más le teme.
Lo demuestra por la forma en que vive. No hay nada más importante para el hombre que su integridad. Déjeme preguntarle al padre que está leyendo esto: ¿Por qué quiere que le recuerden? ¿Por el trabajo que tuvo? ¿Por cómo cuidó el jardín? ¿Por el dinero que ganó? Yo quiero que mis hijos me recuerden por mi carácter. Quiero que ellos puedan decir: “Mi papá tenía temor de Dios. Mi papá caminó en los caminos de de Dios.”
EL CONTENTAMIENTO QUE APRENDE
El Salmo 128:2 dice: “Cuando comieres el trabajo de tus manos, bienaventurado serás, y te irá bien.” Hay algo realmente maravilloso en el trabajo honesto. Proveer para su familia y regresar al hogar para disfrutar lo que Dios ha dado.
La Biblia dice en 1ª Timoteo 6:6: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento.” ¿Sabe cuál es el problema con muchos padres? Que nunca están contentos. Nunca tienen lo suficiente. Nunca están satisfechos de simplemente venir al hogar y ser feliz con su familia. Están tan ocupados ganado para vivir, que se olvidan precisamente de eso: ¡de vivir!
LA COMPAÑÍA QUE AMA
EL PLAN DE DIOS PARA EL HOMBRE (QK129)
Folleto por sólo $2 USD
QK129 El plan de Dios
para el hombre
COMPRAS
El Salmo 128:3 explica: “Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa.” La compañera del padre debe ser su fiel esposa, porque ella se aferra a él como una enredadera se aferra a la pared. Y un marido debe ser para su mujer lo que la pared es para la enredadera: su soporte y fortaleza.
El marido anima y edifica a su esposa haciendo evidente su amor y cubriéndola con su afecto. ¿Caracteriza eso a su esposa? ¿Caracteriza eso su rol o papel en el hogar como el proveedor fiel y el amoroso apoyo de su esposa?
LOS HIJOS QUE LIDERA
“Tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa” (Salmo 128:3b). ¿Sabía usted que el olivo es un símbolo bíblico de ser fructífero y justo? Un árbol de olivo, si está bien sembrado y cuidado, puede dar fruto por veinte generaciones.
Quiero preguntar a los padres algo: si su esposa es como una enredadera y sus hijos como plantas de olivo, ¿cuál es su rol? ¡Usted debe cultivarlos! Sabio es el padre que entiende que es su labor y privilegio el cultivar el amor de su esposa y proveer para sus necesidades, y cultivar a sus hijos y proveer para las necesidades de ellos.
LA CONTRIBUCIÓN QUE DEJA
Note ahora el Salmo 128:4-6: “He aquí que así será bendecido el hombre que teme a Jehová. Bendígate Jehová desde Sion, y veas el bien de Jerusalén todos los días de tu vida, y veas a los hijos de tus hijos. Paz sea sobre Israel.”¡Oh, qué bendición es ver a nuestros hijos y nietos sirviendo al Señor!
Yo no sé de qué familia proviene usted, pero probablemente hay algunos que están leyendo esto que fueron abusados siendo niños. Tal vez otros crecieron en un hogar donde hubo alcoholismo, ira incontrolable, abandono o aun la prematura muerte de su padre, antes de que tuviera la oportunidad de llegar a conocerle.
Tal vez se esté diciendo a usted mismo: “Daría cualquier cosa porque mi padre pusiera sus brazos alrededor de mi cuello, y me dijera que me ama.” La más profunda necesidad de su corazón, es por un padre que le abrace y le diga: “Te acepto y te amo.”
Permítame decirle que hay esperanza para usted. Todo hijo de Dios tiene un Padre que le ama incondicional y eternamente. Usted puede sentarse en su regazo cuando quiera y donde quiera, y ser abrazado. Tome esta verdad de la Palabra de Dios y no sólo piense en ella, sino resguárdela en su corazón.
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo” (Gálatas 4:4-7).
Usted no puede hacer nada acerca de sus ancestros, pero ciertamente usted puede hacer algo acerca de sus descendientes.
Un padre dijo: “Si pudiera hacerlo todo de nuevo, esto es lo que haría: amaría más a mi esposa frente a nuestros hijos; reiría más con mis hijos, de nuestros errores y nuestros gozos; les escucharía más, aun a los más pequeños. Sería más honesto acerca de mis propias debilidades, y dejaría de pretender ser perfecto. Oraría diferente por mis hijos. En vez de pensar sólo en mí, me enfocaría en ellos. Haría más cosas con mis hijos. Les daría más ánimo y les alabaría más. Pondría más atención a las cosas pequeñas, acciones y palabras de amor y bondad. Finalmente, si podría hacerlo todo de nuevo, compartiría a Dios más íntimamente con mi familia. Usaría cada cosa ordinaria que sucede en cada día ordinario, para guiarles a Dios.”
Padres, si va a haber música en su hogar, usted va a tener que proveerla, porque Dios le ha hecho a usted el director o conductor de la orquesta.
Dr. Adrián Rogers
0106 FATHER: THE LEADER OF THE BAND
Versión al español publicada JUNIO 2009
http://www.elamorquevale.org/
Para publicar este artículo o distribuirlos por correo electrónico; requerimos que los mismos NO sean ni modificados, ni editados. En TODO artículo se debe incluir completo el siguiente enunciado:
Este artículo procede de los mensajes del Dr. Adrián Rogers del Ministerio EL AMOR QUE VALE
En http://www.elamorquevale.org/ podrá:
Edificarse con el devocional diario en http://www.lwf.org/devocionales.
Escuchar gratuitamente “EL PROGRAMA DE HOY” y los últimos 20 mensajes transmitidos.
Prohibida toda reproducción para la venta. Prohibida la producción o reproducción de los materiales de EL AMOR QUE VALE en video o audio.
Por el Dr. Adrián Rogers
* EAQV Single CD image
Q1563CD - $6.00
El director
de la orquesta
Sal. 128
Debe haber armonía en el hogar. Por cierto, todo el hogar debe ser una sinfonía de alabanza. ¿Pero quién es el líder que dirige esta maravillosa música? El padre. El Salmo 128 contiene un menaje especial para los padres. Así que si usted es un padre, me gustaría que note cinco hermosas verdades que le ayudarán a poner música en su hogar.
EL CARÁCTER QUE DEMUESTRA
La mayoría de la gente piensa que la felicidad proviene del matrimonio, del dinero, del éxito o la buena salud. Sin embargo, la Biblia dice que “es el temor a Dios lo que trae felicidad”. ¿Qué significa “el temor a Dios”? A mí me gusta pensar que es, sencillamente, el amor que está de rodillas. Aquel que ama más a Dios, es quien más le teme.
Lo demuestra por la forma en que vive. No hay nada más importante para el hombre que su integridad. Déjeme preguntarle al padre que está leyendo esto: ¿Por qué quiere que le recuerden? ¿Por el trabajo que tuvo? ¿Por cómo cuidó el jardín? ¿Por el dinero que ganó? Yo quiero que mis hijos me recuerden por mi carácter. Quiero que ellos puedan decir: “Mi papá tenía temor de Dios. Mi papá caminó en los caminos de de Dios.”
EL CONTENTAMIENTO QUE APRENDE
El Salmo 128:2 dice: “Cuando comieres el trabajo de tus manos, bienaventurado serás, y te irá bien.” Hay algo realmente maravilloso en el trabajo honesto. Proveer para su familia y regresar al hogar para disfrutar lo que Dios ha dado.
La Biblia dice en 1ª Timoteo 6:6: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento.” ¿Sabe cuál es el problema con muchos padres? Que nunca están contentos. Nunca tienen lo suficiente. Nunca están satisfechos de simplemente venir al hogar y ser feliz con su familia. Están tan ocupados ganado para vivir, que se olvidan precisamente de eso: ¡de vivir!
LA COMPAÑÍA QUE AMA
EL PLAN DE DIOS PARA EL HOMBRE (QK129)
Folleto por sólo $2 USD
QK129 El plan de Dios
para el hombre
COMPRAS
El Salmo 128:3 explica: “Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa.” La compañera del padre debe ser su fiel esposa, porque ella se aferra a él como una enredadera se aferra a la pared. Y un marido debe ser para su mujer lo que la pared es para la enredadera: su soporte y fortaleza.
El marido anima y edifica a su esposa haciendo evidente su amor y cubriéndola con su afecto. ¿Caracteriza eso a su esposa? ¿Caracteriza eso su rol o papel en el hogar como el proveedor fiel y el amoroso apoyo de su esposa?
LOS HIJOS QUE LIDERA
“Tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa” (Salmo 128:3b). ¿Sabía usted que el olivo es un símbolo bíblico de ser fructífero y justo? Un árbol de olivo, si está bien sembrado y cuidado, puede dar fruto por veinte generaciones.
Quiero preguntar a los padres algo: si su esposa es como una enredadera y sus hijos como plantas de olivo, ¿cuál es su rol? ¡Usted debe cultivarlos! Sabio es el padre que entiende que es su labor y privilegio el cultivar el amor de su esposa y proveer para sus necesidades, y cultivar a sus hijos y proveer para las necesidades de ellos.
LA CONTRIBUCIÓN QUE DEJA
Note ahora el Salmo 128:4-6: “He aquí que así será bendecido el hombre que teme a Jehová. Bendígate Jehová desde Sion, y veas el bien de Jerusalén todos los días de tu vida, y veas a los hijos de tus hijos. Paz sea sobre Israel.”¡Oh, qué bendición es ver a nuestros hijos y nietos sirviendo al Señor!
Yo no sé de qué familia proviene usted, pero probablemente hay algunos que están leyendo esto que fueron abusados siendo niños. Tal vez otros crecieron en un hogar donde hubo alcoholismo, ira incontrolable, abandono o aun la prematura muerte de su padre, antes de que tuviera la oportunidad de llegar a conocerle.
Tal vez se esté diciendo a usted mismo: “Daría cualquier cosa porque mi padre pusiera sus brazos alrededor de mi cuello, y me dijera que me ama.” La más profunda necesidad de su corazón, es por un padre que le abrace y le diga: “Te acepto y te amo.”
Permítame decirle que hay esperanza para usted. Todo hijo de Dios tiene un Padre que le ama incondicional y eternamente. Usted puede sentarse en su regazo cuando quiera y donde quiera, y ser abrazado. Tome esta verdad de la Palabra de Dios y no sólo piense en ella, sino resguárdela en su corazón.
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo” (Gálatas 4:4-7).
Usted no puede hacer nada acerca de sus ancestros, pero ciertamente usted puede hacer algo acerca de sus descendientes.
Un padre dijo: “Si pudiera hacerlo todo de nuevo, esto es lo que haría: amaría más a mi esposa frente a nuestros hijos; reiría más con mis hijos, de nuestros errores y nuestros gozos; les escucharía más, aun a los más pequeños. Sería más honesto acerca de mis propias debilidades, y dejaría de pretender ser perfecto. Oraría diferente por mis hijos. En vez de pensar sólo en mí, me enfocaría en ellos. Haría más cosas con mis hijos. Les daría más ánimo y les alabaría más. Pondría más atención a las cosas pequeñas, acciones y palabras de amor y bondad. Finalmente, si podría hacerlo todo de nuevo, compartiría a Dios más íntimamente con mi familia. Usaría cada cosa ordinaria que sucede en cada día ordinario, para guiarles a Dios.”
Padres, si va a haber música en su hogar, usted va a tener que proveerla, porque Dios le ha hecho a usted el director o conductor de la orquesta.
Dr. Adrián Rogers
0106 FATHER: THE LEADER OF THE BAND
Versión al español publicada JUNIO 2009
http://www.elamorquevale.org/
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Este artículo procede de los mensajes del Dr. Adrián Rogers del Ministerio EL AMOR QUE VALE
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Prohibida toda reproducción para la venta. Prohibida la producción o reproducción de los materiales de EL AMOR QUE VALE en video o audio.
martes, 16 de junio de 2009
«PÉGATE UN TIRO»
por el Hermano Pablo
Fue una conversación muy emotiva entre madre e hijo, una conversación realizada por teléfóno en una de las grandes ciudades del mundo. El hijo, de treinta y siete años de edad, lloraba. Lloraba como cuando era niño.
—¿Qué hago, mamá, qué hago? —decía entre sollozos.
Y la madre, sollozando también, y con el alma partida en dos, sin hallar una palabra de consuelo le dijo:
—Antes que sigas matando gente, hijo, pídele perdón a Dios por lo que has hecho, y pégate un tiro.
A los diez segundos, la madre oyó en su auricular el disparo. Se trataba de Dean Hemrick, hijo de Sara Carpenter. Dean había matado a cuatro personas, y estaba encerrado en su apartamento, rodeado de policías. Había perdido toda esperanza.
He aquí otro drama de pasiones descontroladas. Dean Hemrick, loco de celos, había matado a su esposa y a tres personas más. Luego se había encerrado en su apartamento, y desde allí había llamado desesperadamente a su madre. La anciana, con el corazón desgarrado, no le dio más consejo que: «Pégate un tiro.»
Cuando se ha esfumado toda esperanza, nuestras decisiones nunca son racionales. Cuando hemos perdido la fe, hemos perdido también el rumbo. Sin fe y sin esperanza no sabemos qué hacer. Cuando no tenemos luz ni guía el mundo nos parece un gigantesco laberinto. Todo lo que hacemos y pensamos nos confunde y nos trastorna. Somos como un barco en alta mar sin brújula y sin timón. Esa es la vida del que no tiene esperanza. Esa es la vida del que no tiene fe.
Sin embargo, nadie en este mundo tiene que vivir sin fe. Al contrario, la fe es parte natural del ser humano. Nacimos con fe. Nacimos con la capacidad de confiar. Si así no fuera, ningún bebé sobreviviría. La fe es parte de nuestra herencia divina.
¿Qué es entonces lo que nos ocurre? Que con los años y las traiciones, con las mentiras y los artificios, nos volvemos ariscos. Perdemos la candidez. Se nos va la fe. Le tenemos miedo a todo, y nuestra vida entera es un constante huir.
A Dios gracias que esa no tiene que ser nuestra condición. Ninguno de nosotros tiene por qué vivir así. Para cada uno hay un mejor destino que ese. La venida de Jesucristo a este mundo es la solución de Dios para esa condición desesperada del ser humano. Cristo mismo dijo: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mateo 11:28). Si nuestra vida está llena de desasosiego y confusión, busquemos a Cristo. Él es la solución; Él nos está esperando.
Fue una conversación muy emotiva entre madre e hijo, una conversación realizada por teléfóno en una de las grandes ciudades del mundo. El hijo, de treinta y siete años de edad, lloraba. Lloraba como cuando era niño.
—¿Qué hago, mamá, qué hago? —decía entre sollozos.
Y la madre, sollozando también, y con el alma partida en dos, sin hallar una palabra de consuelo le dijo:
—Antes que sigas matando gente, hijo, pídele perdón a Dios por lo que has hecho, y pégate un tiro.
A los diez segundos, la madre oyó en su auricular el disparo. Se trataba de Dean Hemrick, hijo de Sara Carpenter. Dean había matado a cuatro personas, y estaba encerrado en su apartamento, rodeado de policías. Había perdido toda esperanza.
He aquí otro drama de pasiones descontroladas. Dean Hemrick, loco de celos, había matado a su esposa y a tres personas más. Luego se había encerrado en su apartamento, y desde allí había llamado desesperadamente a su madre. La anciana, con el corazón desgarrado, no le dio más consejo que: «Pégate un tiro.»
Cuando se ha esfumado toda esperanza, nuestras decisiones nunca son racionales. Cuando hemos perdido la fe, hemos perdido también el rumbo. Sin fe y sin esperanza no sabemos qué hacer. Cuando no tenemos luz ni guía el mundo nos parece un gigantesco laberinto. Todo lo que hacemos y pensamos nos confunde y nos trastorna. Somos como un barco en alta mar sin brújula y sin timón. Esa es la vida del que no tiene esperanza. Esa es la vida del que no tiene fe.
Sin embargo, nadie en este mundo tiene que vivir sin fe. Al contrario, la fe es parte natural del ser humano. Nacimos con fe. Nacimos con la capacidad de confiar. Si así no fuera, ningún bebé sobreviviría. La fe es parte de nuestra herencia divina.
¿Qué es entonces lo que nos ocurre? Que con los años y las traiciones, con las mentiras y los artificios, nos volvemos ariscos. Perdemos la candidez. Se nos va la fe. Le tenemos miedo a todo, y nuestra vida entera es un constante huir.
A Dios gracias que esa no tiene que ser nuestra condición. Ninguno de nosotros tiene por qué vivir así. Para cada uno hay un mejor destino que ese. La venida de Jesucristo a este mundo es la solución de Dios para esa condición desesperada del ser humano. Cristo mismo dijo: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mateo 11:28). Si nuestra vida está llena de desasosiego y confusión, busquemos a Cristo. Él es la solución; Él nos está esperando.
sábado, 13 de junio de 2009
PRISIÓN A TODO LUJO
por el Hermano Pablo
El apartamento fue especialmente diseñado. Un arquitecto elaboró los planos: dos cuartos bien amplios, dos compartimientos para vestirse, un baño completo instalado a todo lujo y un balcón que miraba a un valle florido. Y todo esto con calefacción para los días fríos y refrigeración para los calientes. Pero este no sería un apartamento de soltero millonario; ¡había de ser una prisión! Uno de los grandes traficantes de drogas se lo hizo preparar para él mismo al reconocerse convicto de narcotráfico. Era una prisión bellísima, eso sí, pero prisión de todos modos.
Las cárceles siempre han tenido fama de horrorosas. Siempre han sido frías, oscuras, plagadas de ratas, cucarachas, telarañas y murciélagos. Han sido lugares de dolor, de lágrimas, de amarguras, de frustraciones. Todas las cárceles son así, excepto la de este hombre. La de él era cárcel de lujo, cárcel como para vacaciones, cárcel para darse gusto. Pero no dejaba de ser cárcel. Podía ser de lujo. Podía tener de todo. Pero le faltaba lo principal. Le faltaba la libertad.
El ocupante de una cárcel semejante puede mirar cómo vuelan las aves por el valle florido, pero no puede seguirlas en sus vuelos. Puede ver correr el arroyuelo por entre vegas verdes, pero no puede refrescar los pies en él. Puede contemplar los grandes aviones que vuelan por encima, pero no puede, aun con todo el lujo de su cárcel, hacer un solo vuelo. Tal persona está presa, y no hay para ella libertad.
Sin embargo, la carencia de libertad no se limita al interior de una cárcel. Se puede también estar fuera de la cárcel y tener de todo en este mundo, pero ser, como quiera, el prisionero más cautivo que existe.
Aparte de las prisiones más conocidas, como lo son la tribulación de pasar toda la vida en una silla de ruedas, o el tormento de deudas serias por descuidos comerciales, o la amenaza de enemigos políticos por maniobras refractarias, hay otra cárcel todavía más severa. Es la cárcel de la inseguridad espiritual.
Sabemos que hay un Dios. Sabemos también que llegará el día de confrontación con nuestro Creador. Y sabemos que no vivimos preparados para ese encuentro. Esta es una severa cárcel espiritual. Podemos creer que no existe ningún Juez divino, o que no tendremos que comparecer ante Él, o que ese día de juicio está muy lejos. Pero por alguna razón inexplicable, no se nos quita de encima la inquietud.
Ya es hora de que salgamos de esa cárcel. La puerta está abierta. La abrió Jesucristo con la llave de su sacrificio. Sólo tenemos que reconciliarnos con Dios, y se disolverán la culpa, el temor y la ansiedad en la que estamos encerrados. Aceptemos la libertad que nos ofrece Cristo. De hacerlo así, en lugar de conformarnos con una prisión a todo lujo, podremos darnos el lujo de disfrutar de una libertad sin igual.
El apartamento fue especialmente diseñado. Un arquitecto elaboró los planos: dos cuartos bien amplios, dos compartimientos para vestirse, un baño completo instalado a todo lujo y un balcón que miraba a un valle florido. Y todo esto con calefacción para los días fríos y refrigeración para los calientes. Pero este no sería un apartamento de soltero millonario; ¡había de ser una prisión! Uno de los grandes traficantes de drogas se lo hizo preparar para él mismo al reconocerse convicto de narcotráfico. Era una prisión bellísima, eso sí, pero prisión de todos modos.
Las cárceles siempre han tenido fama de horrorosas. Siempre han sido frías, oscuras, plagadas de ratas, cucarachas, telarañas y murciélagos. Han sido lugares de dolor, de lágrimas, de amarguras, de frustraciones. Todas las cárceles son así, excepto la de este hombre. La de él era cárcel de lujo, cárcel como para vacaciones, cárcel para darse gusto. Pero no dejaba de ser cárcel. Podía ser de lujo. Podía tener de todo. Pero le faltaba lo principal. Le faltaba la libertad.
El ocupante de una cárcel semejante puede mirar cómo vuelan las aves por el valle florido, pero no puede seguirlas en sus vuelos. Puede ver correr el arroyuelo por entre vegas verdes, pero no puede refrescar los pies en él. Puede contemplar los grandes aviones que vuelan por encima, pero no puede, aun con todo el lujo de su cárcel, hacer un solo vuelo. Tal persona está presa, y no hay para ella libertad.
Sin embargo, la carencia de libertad no se limita al interior de una cárcel. Se puede también estar fuera de la cárcel y tener de todo en este mundo, pero ser, como quiera, el prisionero más cautivo que existe.
Aparte de las prisiones más conocidas, como lo son la tribulación de pasar toda la vida en una silla de ruedas, o el tormento de deudas serias por descuidos comerciales, o la amenaza de enemigos políticos por maniobras refractarias, hay otra cárcel todavía más severa. Es la cárcel de la inseguridad espiritual.
Sabemos que hay un Dios. Sabemos también que llegará el día de confrontación con nuestro Creador. Y sabemos que no vivimos preparados para ese encuentro. Esta es una severa cárcel espiritual. Podemos creer que no existe ningún Juez divino, o que no tendremos que comparecer ante Él, o que ese día de juicio está muy lejos. Pero por alguna razón inexplicable, no se nos quita de encima la inquietud.
Ya es hora de que salgamos de esa cárcel. La puerta está abierta. La abrió Jesucristo con la llave de su sacrificio. Sólo tenemos que reconciliarnos con Dios, y se disolverán la culpa, el temor y la ansiedad en la que estamos encerrados. Aceptemos la libertad que nos ofrece Cristo. De hacerlo así, en lugar de conformarnos con una prisión a todo lujo, podremos darnos el lujo de disfrutar de una libertad sin igual.
jueves, 11 de junio de 2009
ERRAR LA VOCACIÓN POR COMPLETO
por el Hermano Pablo
Iban por una carretera del departamento de Caquetá en el sur de Colombia, transitada por camiones de carga, autobuses de pasajeros y autos, muchos autos. Los soldados detuvieron a uno de éstos. Una sola persona iba dentro de él.
«Tenemos que revisar su auto, padre», anunciaron los soldados. El sacerdote se bajó del vehículo. Lo revisaron, y dentro encontraron diez kilos de cocaína. «Tenemos que arrestarlo», le informaron los soldados.
Ya en la estación de policía, el jefe le recriminó al sacerdote: «Su vocación es dar la blanca hostia, no traficar con el blanco polvo.»
Hace algunos años yo volaba de La Paz, Bolivia, a Miami, Florida. El vuelo hacía trasbordo en Santa Cruz, y me tocó una espera de unas dos horas. Una señorita de uniforme militar se acercó y me dijo:
—Usted es el Hermano Pablo.
—Sí —le respondí.
—El coronel del aeropuerto desea verlo. ¿Me sigue, por favor?
La seguí escaleras abajo y a través de unas dos o tres puertas cerradas. En un cuarto interior del edificio se encontraba el coronel.
—Perdone, Hermano Pablo —se disculpó—. Usted habla de estas cosas, y yo quería que lo viera.
En el cuarto había tres o cuatro militares y un joven vestido de civil. En una mesa había una valija abierta. El costado interior de la valija había sido rasgado, y detrás había dos bolsas de plástico con dos kilos de cocaína cada una.
—Este joven pretendía llevar esto a Miami —me explicó—. Yo quería que usted lo viera. Un abogado de la ciudad lo usaba a él para transportar este contrabando.
Hay mucha gente que ha equivocado su vocación. El sacerdote colombiano, el abogado boliviano y el joven contrabandista erraron la suya. Hay quienes, pudiendo ser médicos, abogados, ingenieros, clérigos o personas dignas de cualquier oficio, por darse a las drogas y al alcohol dejan de ser útiles. Luego no comprenden cómo es que todo les va mal en la vida.
Hay otros que pierden su vocación de padres de familia, como debiera ser, y abandonan el hogar, desamparan a los hijos, y sumen en la mayor tristeza y angustia a la familia entera. Son hombres y mujeres que no han sabido, o no han querido, comprender su verdadera razón de ser.
Quien no obedece la ley de Dios ha abandonado su vocación de persona digna. Pero Cristo nos devuelve nuestra imagen original, y nos ayuda a cumplir nuestra vocación en esta vida. Él pone en nosotros dos cosas: un deseo profundo de vencer, y la fuerza de voluntad para hacerlo. Entreguémosle nuestra vida a Cristo.
Iban por una carretera del departamento de Caquetá en el sur de Colombia, transitada por camiones de carga, autobuses de pasajeros y autos, muchos autos. Los soldados detuvieron a uno de éstos. Una sola persona iba dentro de él.
«Tenemos que revisar su auto, padre», anunciaron los soldados. El sacerdote se bajó del vehículo. Lo revisaron, y dentro encontraron diez kilos de cocaína. «Tenemos que arrestarlo», le informaron los soldados.
Ya en la estación de policía, el jefe le recriminó al sacerdote: «Su vocación es dar la blanca hostia, no traficar con el blanco polvo.»
Hace algunos años yo volaba de La Paz, Bolivia, a Miami, Florida. El vuelo hacía trasbordo en Santa Cruz, y me tocó una espera de unas dos horas. Una señorita de uniforme militar se acercó y me dijo:
—Usted es el Hermano Pablo.
—Sí —le respondí.
—El coronel del aeropuerto desea verlo. ¿Me sigue, por favor?
La seguí escaleras abajo y a través de unas dos o tres puertas cerradas. En un cuarto interior del edificio se encontraba el coronel.
—Perdone, Hermano Pablo —se disculpó—. Usted habla de estas cosas, y yo quería que lo viera.
En el cuarto había tres o cuatro militares y un joven vestido de civil. En una mesa había una valija abierta. El costado interior de la valija había sido rasgado, y detrás había dos bolsas de plástico con dos kilos de cocaína cada una.
—Este joven pretendía llevar esto a Miami —me explicó—. Yo quería que usted lo viera. Un abogado de la ciudad lo usaba a él para transportar este contrabando.
Hay mucha gente que ha equivocado su vocación. El sacerdote colombiano, el abogado boliviano y el joven contrabandista erraron la suya. Hay quienes, pudiendo ser médicos, abogados, ingenieros, clérigos o personas dignas de cualquier oficio, por darse a las drogas y al alcohol dejan de ser útiles. Luego no comprenden cómo es que todo les va mal en la vida.
Hay otros que pierden su vocación de padres de familia, como debiera ser, y abandonan el hogar, desamparan a los hijos, y sumen en la mayor tristeza y angustia a la familia entera. Son hombres y mujeres que no han sabido, o no han querido, comprender su verdadera razón de ser.
Quien no obedece la ley de Dios ha abandonado su vocación de persona digna. Pero Cristo nos devuelve nuestra imagen original, y nos ayuda a cumplir nuestra vocación en esta vida. Él pone en nosotros dos cosas: un deseo profundo de vencer, y la fuerza de voluntad para hacerlo. Entreguémosle nuestra vida a Cristo.
martes, 9 de junio de 2009
SU ÚLTIMO DESEO
por el Hermano Pablo
«¿Desea usted algo?» La pregunta era natural y un tanto trivial. Es la pregunta que la empleada doméstica le hace al ama de casa cuando ésta toca el timbre. Es la pregunta que nos hace todo dependiente de comercio cuando nos acercamos al mostrador. Es la pregunta que el soldado le hace al coronel cuando éste lo llama.
Pero en este caso la pregunta no era trivial. Se la hicieron a Mark Hopkinson, de cuarenta y dos años de edad. Y quienes la hacían eran los guardias de la prisión de Rawlins mientras llevaban a Hopkinson a la cámara de inyección letal. El hombre, cínico como siempre, respondió: «Sí, tráiganme una rubia y un helicóptero.»
Este hombre, ejecutado el día 21 de enero por tres homicidios, jugó cínicamente la vida. Desprovisto de reverencia alguna, haciendo alarde de ateísmo, sin respeto a nada ni a nadie fuera de su propio egoísmo, vivió en el delito desde los veinte años de edad. A los cuarenta mató a una pareja y al hijito de ambos, a fin de robarles. Después trató de eliminar a un testigo ocular, y el intento se vio frustrado. Así terminó sus días, en la mayor frialdad.
Hay personas que, al igual que Hopkinson, no saben lo que es pudor, ni dignidad, ni honorabilidad ni vergüenza. Quizá no lleguen al extremo de matar al prójimo, pero hacen, como quiera, gala de despreocupación moral, de cinismo indiferente, de callosidad de conciencia, de insensibilidad espiritual. Si se les pregunta: «¿Desea usted algo?», son capaces de dar la misma respuesta de Hopkinson, y con el mismo cinismo descarado: «Sí, una rubia y un helicóptero.»
Para personas así, la vida no es más que placeres sensuales, ganancias materiales, ateísmo artificial, y subir por la escala de la sociedad a costa del prójimo, sacrificando cualquier principio moral o cualquier sentimiento emocional.
El diccionario define cinismo como «impudencia, desvergüenza, procacidad.» Oscar Wilde, escritor y dramaturgo inglés, decía: «El cínico es aquel que conoce el precio de todo, pero no conoce el valor de nada.» El libro de Proverbios en la Biblia dice: «Al malvado lo atrapan sus malas obras; las cuerdas de su pecado lo aprisionan. Morirá por su falta de disciplina; perecerá por su gran insensatez» (Proverbios 5:22‑23). Esa es la vida del cínico.
Tengamos la humildad de reconocer nuestra necesidad. Responder con cinismo al que quiere ayudarnos es la mayor demostración de irresponsabilidad. Esta gran verdad se aplica, especialmente, a nuestra relación con Dios. Acerquémonos a Él en humilde contrición y digámosle: «Ten compasión de mí, que soy pecador» (Lucas 18:13).
«¿Desea usted algo?» La pregunta era natural y un tanto trivial. Es la pregunta que la empleada doméstica le hace al ama de casa cuando ésta toca el timbre. Es la pregunta que nos hace todo dependiente de comercio cuando nos acercamos al mostrador. Es la pregunta que el soldado le hace al coronel cuando éste lo llama.
Pero en este caso la pregunta no era trivial. Se la hicieron a Mark Hopkinson, de cuarenta y dos años de edad. Y quienes la hacían eran los guardias de la prisión de Rawlins mientras llevaban a Hopkinson a la cámara de inyección letal. El hombre, cínico como siempre, respondió: «Sí, tráiganme una rubia y un helicóptero.»
Este hombre, ejecutado el día 21 de enero por tres homicidios, jugó cínicamente la vida. Desprovisto de reverencia alguna, haciendo alarde de ateísmo, sin respeto a nada ni a nadie fuera de su propio egoísmo, vivió en el delito desde los veinte años de edad. A los cuarenta mató a una pareja y al hijito de ambos, a fin de robarles. Después trató de eliminar a un testigo ocular, y el intento se vio frustrado. Así terminó sus días, en la mayor frialdad.
Hay personas que, al igual que Hopkinson, no saben lo que es pudor, ni dignidad, ni honorabilidad ni vergüenza. Quizá no lleguen al extremo de matar al prójimo, pero hacen, como quiera, gala de despreocupación moral, de cinismo indiferente, de callosidad de conciencia, de insensibilidad espiritual. Si se les pregunta: «¿Desea usted algo?», son capaces de dar la misma respuesta de Hopkinson, y con el mismo cinismo descarado: «Sí, una rubia y un helicóptero.»
Para personas así, la vida no es más que placeres sensuales, ganancias materiales, ateísmo artificial, y subir por la escala de la sociedad a costa del prójimo, sacrificando cualquier principio moral o cualquier sentimiento emocional.
El diccionario define cinismo como «impudencia, desvergüenza, procacidad.» Oscar Wilde, escritor y dramaturgo inglés, decía: «El cínico es aquel que conoce el precio de todo, pero no conoce el valor de nada.» El libro de Proverbios en la Biblia dice: «Al malvado lo atrapan sus malas obras; las cuerdas de su pecado lo aprisionan. Morirá por su falta de disciplina; perecerá por su gran insensatez» (Proverbios 5:22‑23). Esa es la vida del cínico.
Tengamos la humildad de reconocer nuestra necesidad. Responder con cinismo al que quiere ayudarnos es la mayor demostración de irresponsabilidad. Esta gran verdad se aplica, especialmente, a nuestra relación con Dios. Acerquémonos a Él en humilde contrición y digámosle: «Ten compasión de mí, que soy pecador» (Lucas 18:13).
viernes, 5 de junio de 2009
EL GRAN HOMBRE QUE PERDÍ POR MI EGOÍSMO»
por Carlos Rey
En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:
«Me casé con quien fue mi novio por casi tres años, profesional, responsable, amoroso, respetuoso.... Nuestro matrimonio cayó en una rutina horrible y yo sentí que no estaba creciendo personalmente, así que decidí separarme.
»Desde entonces, he sido más infeliz aún. He tenido varias parejas que, lejos de llenar mi corazón, lo han marchitado más. Y ahora sólo pienso en el gran hombre que perdí por mi egoísmo, el único que sé que verdaderamente me ha amado....»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»... Su matrimonio fracasó porque usted estaba concentrada en lo que le fuera de beneficio personal. Usted quería que fuera su esposo quien le hiciera sentir satisfacción. Usted quería que fuera la relación conyugal lo que la ayudara a crecer y a progresar en la vida. Tales deseos egoístas, lejos de enriquecer el matrimonio, lo llevan a la ruina. Cuando un hombre y una mujer se casan, deben hacerlo por el amor que pueden darse el uno al otro. Deben amarse a tal grado que su mayor interés es satisfacer a su pareja, siempre dispuestos a poner a un lado sus propias necesidades y deseos.
»El apóstol Pablo describe la relación conyugal en el quinto capítulo de su Carta a los Efesios, donde instruye tanto a los esposos como a las esposas que se entreguen mutuamente de tal modo que lleguen a ser un solo cuerpo.1 “Un solo cuerpo” simboliza una sola mente, de modo que en su manera de pensar y de actuar, tanto para el uno como para la otra, ya no se trata de “yo” sino de “nosotros”.
»No hay ningún hombre que pueda llenar el vacío que usted siente en su ser. Dios ha permitido ese vacío en usted para que reconozca la necesidad de una relación con Él. Todo ser humano nace con ese vacío, y la mayoría se pasa toda la vida tratando de llenarlo con una cosa o con otra. Pero nada les da resultado, y se frustran y se desesperan cada vez más. Muchas veces la voz de la conciencia les dice al oído que necesitan a Dios, pero no pueden imaginarse a un Dios que sea personal y que los ame tanto.
»Usted puede hablar personalmente con Dios ahora mismo. Pídale que le perdone sus pecados en el nombre de Jesucristo. Pídale que llene el vacío y le dé la paz que su alma necesita. Y pídale que le ayude a comenzar a pensar más en las necesidades de otras personas, y menos en las suyas. Cuanto más hable con Él, más podrá cultivar una relación con el Dios que la creó y que desea lo mejor para usted. Y siempre que se comunique con Él, usted podrá ver las cosas desde su perspectiva divina y llegar a ser menos egoísta. Y reconocerá que ningún hombre puede llenar su corazón, ya que Dios es el único que puede realizar esa tarea.
»No espere que ningún hombre haga lo que sólo Dios puede hacer,
»Linda y Carlos Rey.»
El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa el enlace que dice: «Caso 30» dentro del enlace en www.conciencia.net que dice: «Caso de la semana».
1 Ef 5:31
En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:
«Me casé con quien fue mi novio por casi tres años, profesional, responsable, amoroso, respetuoso.... Nuestro matrimonio cayó en una rutina horrible y yo sentí que no estaba creciendo personalmente, así que decidí separarme.
»Desde entonces, he sido más infeliz aún. He tenido varias parejas que, lejos de llenar mi corazón, lo han marchitado más. Y ahora sólo pienso en el gran hombre que perdí por mi egoísmo, el único que sé que verdaderamente me ha amado....»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»... Su matrimonio fracasó porque usted estaba concentrada en lo que le fuera de beneficio personal. Usted quería que fuera su esposo quien le hiciera sentir satisfacción. Usted quería que fuera la relación conyugal lo que la ayudara a crecer y a progresar en la vida. Tales deseos egoístas, lejos de enriquecer el matrimonio, lo llevan a la ruina. Cuando un hombre y una mujer se casan, deben hacerlo por el amor que pueden darse el uno al otro. Deben amarse a tal grado que su mayor interés es satisfacer a su pareja, siempre dispuestos a poner a un lado sus propias necesidades y deseos.
»El apóstol Pablo describe la relación conyugal en el quinto capítulo de su Carta a los Efesios, donde instruye tanto a los esposos como a las esposas que se entreguen mutuamente de tal modo que lleguen a ser un solo cuerpo.1 “Un solo cuerpo” simboliza una sola mente, de modo que en su manera de pensar y de actuar, tanto para el uno como para la otra, ya no se trata de “yo” sino de “nosotros”.
»No hay ningún hombre que pueda llenar el vacío que usted siente en su ser. Dios ha permitido ese vacío en usted para que reconozca la necesidad de una relación con Él. Todo ser humano nace con ese vacío, y la mayoría se pasa toda la vida tratando de llenarlo con una cosa o con otra. Pero nada les da resultado, y se frustran y se desesperan cada vez más. Muchas veces la voz de la conciencia les dice al oído que necesitan a Dios, pero no pueden imaginarse a un Dios que sea personal y que los ame tanto.
»Usted puede hablar personalmente con Dios ahora mismo. Pídale que le perdone sus pecados en el nombre de Jesucristo. Pídale que llene el vacío y le dé la paz que su alma necesita. Y pídale que le ayude a comenzar a pensar más en las necesidades de otras personas, y menos en las suyas. Cuanto más hable con Él, más podrá cultivar una relación con el Dios que la creó y que desea lo mejor para usted. Y siempre que se comunique con Él, usted podrá ver las cosas desde su perspectiva divina y llegar a ser menos egoísta. Y reconocerá que ningún hombre puede llenar su corazón, ya que Dios es el único que puede realizar esa tarea.
»No espere que ningún hombre haga lo que sólo Dios puede hacer,
»Linda y Carlos Rey.»
El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa el enlace que dice: «Caso 30» dentro del enlace en www.conciencia.net que dice: «Caso de la semana».
1 Ef 5:31
miércoles, 3 de junio de 2009
UNA MORGUE AMBULANTE
por Carlos Rey
El doctor Antonio Luis Herrera, médico mexicano de cincuenta y un años de edad, estaba en la habitación de su hotel. Pasó largas horas callado, absorto en sus reflexiones. Acababan de nombrarlo patólogo de la morgue del estado de Washington en la ciudad de Seattle. En cuestión de horas debía hacerse cargo del puesto. Sin embargo, ya hacía mucho tiempo que mostraba señas de estar muy deprimido.
A la hora señalada el doctor Herrera llegó a la morgue, pero no en calidad de patólogo. Porque antes de la ceremonia de toma de posesión, sin dejar ninguna nota escrita, se suicidó lanzándose de la ventana de uno de los pisos superiores del hotel.
La ironía de este suicidio es que los médicos que iban a ser sus colegas en la morgue fueron los que tuvieron que hacerle la autopsia. Como amigos suyos que eran, lo habían notado deprimido, pero jamás se imaginaron que su estado de ánimo era tal que lo llevara a suicidarse.
Si aquellos médicos forenses hubieran podido hacerle una autopsia emocional y no sólo física, sin duda habrían descubierto que el doctor Herrera ya hacía tiempo se había convertido en una morgue ambulante. Es que la palabra «morgue» es un galicismo para designar el lugar que en español llamamos «depósito de cadáveres», y en este caso el suicida mismo era un depósito de cadáveres. Caminaba, comía, trabajaba y hasta charlaba con sus amigos; pero por dentro era un depósito de ilusiones muertas.
Quizá su depresión se debiera a un grave desencanto amoroso, a una tragedia conyugal. Quizá se debiera a una angustia existencial, como la que sufren tantos intelectuales al ver cómo la injusticia se convierte en una epidemia universal. Quizá se debiera a una gran desilusión religiosa, como la que sufren muchos cuando se dan cuenta de que lo que han creído y defendido toda su vida a capa y espada es una farsa.
En todo caso, cualquiera que fuera la causa de la morgue que el doctor Herrera llevaba por dentro, ese depósito mortal delataba la ausencia de lo que más le faltaba: la presencia de Jesucristo. Pues cuando Cristo colma con su presencia el corazón, la mente y la vida de una persona, no hay razón alguna para contemplar el suicidio.
Una vez que le damos franca entrada, Cristo se convierte en el compañero con el que vivimos cada día, en el amigo con el que conversamos cada instante, en el Señor al que servimos cada momento y en el Maestro del que aprendemos todas las lecciones. No queda lugar para ningún estado de ánimo que conduzca al suicidio, ni para ninguna depresión que conduzca a una morgue, porque es imposible que coexistan con Cristo.
Cuando contamos con la presencia de Cristo no tememos a la muerte, ya que Él es la Vida misma.
El doctor Antonio Luis Herrera, médico mexicano de cincuenta y un años de edad, estaba en la habitación de su hotel. Pasó largas horas callado, absorto en sus reflexiones. Acababan de nombrarlo patólogo de la morgue del estado de Washington en la ciudad de Seattle. En cuestión de horas debía hacerse cargo del puesto. Sin embargo, ya hacía mucho tiempo que mostraba señas de estar muy deprimido.
A la hora señalada el doctor Herrera llegó a la morgue, pero no en calidad de patólogo. Porque antes de la ceremonia de toma de posesión, sin dejar ninguna nota escrita, se suicidó lanzándose de la ventana de uno de los pisos superiores del hotel.
La ironía de este suicidio es que los médicos que iban a ser sus colegas en la morgue fueron los que tuvieron que hacerle la autopsia. Como amigos suyos que eran, lo habían notado deprimido, pero jamás se imaginaron que su estado de ánimo era tal que lo llevara a suicidarse.
Si aquellos médicos forenses hubieran podido hacerle una autopsia emocional y no sólo física, sin duda habrían descubierto que el doctor Herrera ya hacía tiempo se había convertido en una morgue ambulante. Es que la palabra «morgue» es un galicismo para designar el lugar que en español llamamos «depósito de cadáveres», y en este caso el suicida mismo era un depósito de cadáveres. Caminaba, comía, trabajaba y hasta charlaba con sus amigos; pero por dentro era un depósito de ilusiones muertas.
Quizá su depresión se debiera a un grave desencanto amoroso, a una tragedia conyugal. Quizá se debiera a una angustia existencial, como la que sufren tantos intelectuales al ver cómo la injusticia se convierte en una epidemia universal. Quizá se debiera a una gran desilusión religiosa, como la que sufren muchos cuando se dan cuenta de que lo que han creído y defendido toda su vida a capa y espada es una farsa.
En todo caso, cualquiera que fuera la causa de la morgue que el doctor Herrera llevaba por dentro, ese depósito mortal delataba la ausencia de lo que más le faltaba: la presencia de Jesucristo. Pues cuando Cristo colma con su presencia el corazón, la mente y la vida de una persona, no hay razón alguna para contemplar el suicidio.
Una vez que le damos franca entrada, Cristo se convierte en el compañero con el que vivimos cada día, en el amigo con el que conversamos cada instante, en el Señor al que servimos cada momento y en el Maestro del que aprendemos todas las lecciones. No queda lugar para ningún estado de ánimo que conduzca al suicidio, ni para ninguna depresión que conduzca a una morgue, porque es imposible que coexistan con Cristo.
Cuando contamos con la presencia de Cristo no tememos a la muerte, ya que Él es la Vida misma.
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