por Carlos Rey
El General Tsao Tsao iba delante de su cansado regimiento de soldados. La marcha era larga y sólo él iba a caballo. Los soldados estaban desalentados y tenían mucha sed debido al intenso calor que los agobiaba. De repente el general, divisando el panorama desde lo alto de su montura, les dijo: «Puedo ver un frondoso jardín con una fuente de agua y frutas en abundancia.» Con esto los hombres recobraron el ánimo y aligeraron el paso; pero transcurrió una hora sin que llegaran al anunciado jardín. La verdad era que no había ningún jardín. Se habían dejado engañar, y terminaron más desconsolados y sedientos que nunca. Su general los había engañado.
Esta anécdota la cuenta la señora Chang Kai-Chek en su libro titulado Hablando con Dios. La pregunta que muchos se harán acerca de la conducta del general es: A la hora de la verdad, ¿qué importó que engañara a sus soldados con tal de lograr los objetivos que perseguía? ¿Acaso el fin no justifica los medios?
La respuesta la encierra la pregunta misma, que da por sentado que habrá una «hora de la verdad». Con sólo decir: «A la hora de la verdad», reconocemos el hecho de que tarde o temprano se sabe si algo es verdad o mentira. Y todos estamos conscientes de que sólo el ingenuo se deja engañar la segunda vez por la misma persona. Por eso se dice: «Si me engañas una vez: ¡qué vergüenza la tuya! Si me engañas dos veces: ¡qué vergüenza la mía!»
Esta vida es una marcha que a veces se vuelve larga y forzosa; nosotros somos los soldados bajo las órdenes de un general. Pero a diferencia de los soldados de Tsao Tsao, nosotros no tenemos que seguir forzosamente a ningún general, sino que podemos escoger a qué general vamos a seguir. Sin embargo, hay sólo dos generales a los que podemos seguir; el uno digno de confianza y el otro no. El uno es Dios; el otro es el diablo.
Ahora bien, Dios nos creó con libre albedrío para decidir a cuál de los dos seguir: a su Hijo Jesucristo, o a su archienemigo Satanás. Cristo dice la verdad porque Él es la verdad misma. En cambio, el diablo miente porque no puede hacer otra cosa que mentir. Cristo mismo lo califica de «padre de la mentira», que «cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso».1
En vez de seguir al general que nos promete un oasis en este mundo, y a la hora de la verdad nos conduce a ese desierto que es el infierno, ¿por qué no seguir al que nos advierte que este mundo es un desierto en el que sufriremos aflicciones,2 y a la hora de la verdad nos conduce a ese oasis que es el cielo? De hacerlo así, no tendremos que pasar la vergüenza y el horror de ser engañados dos veces por el enemigo de nuestra alma.
1 Jn 8:44
2 Jn 16:33
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sábado, 29 de agosto de 2009
viernes, 28 de agosto de 2009
Ex-Jemer Rojo, ahora evangelico, pide el castigo por sus crimenes
El juicio por los crímenes cometidos en Camboya hace 30 años, durante la dictadura comunista del Jemer Rojo, ha llevado a un confeso y autoinculpado Duch ante el tribunal internacional en Phnom Penh.
Después de escuchar los testimonios de algunas de sus víctimas, Duch, responsable de un centro de detención entre 1975 y 1979, ha reconocido los crímenes cometidos y entre lágrimas pidió al pueblo camboyano que le imponga “el castigo más severo posible”.
El ex-jefe torturador del Jemer Rojo pidió perdón a las familias de los casi 14.000 camboyanos que perdieron la vida en Tuol Sleng. Afirma que nunca perteneció a la cúpula dirigente del Jemer Rojo, y de hecho está considerado por el tribunal como el mando más bajo de los cinco que van a ser juzgados próximamente.
´Duch´ ha cooperado con la justicia después de su conversión al cristianismo, de hecho es el único que así ha procedido, y su testimonio será por ello clave en el juicio de los que fueron sus superiores Kaing Guek Eav, de 66 años, más conocido como ´Duch´, se echó a llorar ante el tribunal internacional que le juzga por crímenes contra la humanidad después de escuchar el testimonio de una mujer que perdió a su marido y cuatro hijos en los campos de exterminio de Choeung Ek a las afueras de la capital. La víspera,
´Duch´ confesó por primera vez en el juicio que torturó personalmente a algunos de los reclusos del centro, tras un careo con un antiguo guarda que afirmó tener pruebas de ello. Sin embargo, dijo que desde su punto de vista el crimen más grave que cometió durante aquellos años fue adoctrinar políticamente a sus subordinados, a los que convenció de que los prisioneros eran enemigos del régimen para que continuasen con su macabra y terrible tarea.
´Duch´ está acusado de crímenes de guerra y contra la humanidad, torturas y haber ordenado la muerte de miles de reclusos, aunque en el caso de ser hallado culpable será condenado -como máximo- a cadena perpetua. Integrado por jueces camboyanos y extranjeros, el panel que le juzga fue establecido en 2006 para hacer justicia con los casi 2 millones de personas que murieron durante el terror del Jemer Rojo y cerrar así una de las páginas más terribles de la historia de Camboya.
EL RÉGIMEN DE TERROR DEL JEMER ROJO
Bajo las órdenes del dictador Pol Pot, el Jemer Rojo provocó un auténtico genocidio en Camboya, entre 1975 y 1979. La guerrilla llegó a exterminar al 25% de la población del país, 1’7 millones de personas, en una brutal purga contra el régimen anterior. Tras avanzar posiciones dentro de la organización terrorista, Kaing Guek Eav se convirtió en el comandante de dos prisiones por las que pasaron entre 14.000 y 16.000 personas. Se le consideraba el torturador jefe, y según se sabe, vivía junto a su mujer e hijos en un casa de dos pisos adjunta al primer centro, Tuol Song.
Allí, como él mismo ha explicado, pasaba jornadas maratonianas aplicando la violencia a los presos para sacar confesiones antirrevolucionarias que implicaran a otros ciudadanos aún libres. Dirigía una máquina perfectamente organizada por la que pasaron ciudadanos, ministros del régimen comunista caídos en desgracia, diplomáticos extranjeros y hasta 2.000 niños.
Los prisioneros eran interrogados, torturados y enviados a un campo de exterminio cercano, donde morían. “Simplemente obedecía”, explica. “Quien llegaba a nuestro centro no tenía ninguna posibilidad de salvarse. Y yo no podía liberar a nadie”, contaba recientemente ´Duch´. El terror se extendió aún más a finales del año 1978, cuando el ejército vietnamita amenazaba ya seriamente con derribar a los Jemeres. Ante la situación de confusión y paranoia, a ´Duch´ se le ordenó acelerar las ejecuciones a un ritmo aún superior, por lo que los presos eran exterminados sin ni siquiera ser interrogados.
HUIDA Y CAMBIO DE IDENTIDAD
El experimento comunista de Pol Pot acabó con la toma de la capital camboyana por el ejército del Vietnam. Kaing y otros muchos guerrilleros del Jemer huyeron de sus puestos y se ocultaron en las junglas de la región oeste de Camboya. Así, dejaron atrás numerosos documentos inculpatorios, que implicaban, especialmente a Duch como uno de los principales responsables de la matanza. Tras huir, Duch pasó un año en China como profesor de lengua; luego volvió a Camboya como profesor de matemáticas y consiguió cambiar su identidad. Bajo un nuevo nombre, incluso cooperó para esclarecer los hechos ocurridos durante el tiempo en el que formó parte del régimen dictatorial.
CONVERSIÓN A JESÚS Y CONFESIÓN
Kaing tiene ahora 66 años, y se convirtió tras la caída del régimen comunista y su huída en un cristiano evangélico claramente convencido y comprometido con su fe. Su experiencia renovadora en Jesús se realizó en 1995, después que su mujer fuera asesinada por un grupo de bandidos (pueden ver aquí un video de la noticia: "Jemer Rojo juzgado sigue ahora a Jesús", video 6 Mb). Finalmente unos periodistas de Far Eastern Economic Review encontraron a Duch en 1999, después de 20 años de desaparición.
Trabajaba como asistente médico en un campo de refugiados del American Refugee Committee en el norte de Camboya. Kang Kek Ieu reconoció -y así se publicó en la revista- haber participado en torturas, asesinatos y crímenes contra la humanidad y que estaba preparado para testificar contra otros líderes. También explicó que se había convertido al cristianismo evangélico, que era un cristiano “nacido de nuevo”.
El propio Kaing ha hablado de su fe en una entrevista que concedió al diario español El País. Explica que dejó el budismo después de conocer en Battambang a misioneros de “la Golden ChristianWest Church”. Una de las cosas que le atrajo era que “estaba convencido de que los cristianos eran una fuerza, y que esa fuerza podía vencer al comunismo”. Se abrió a la fe en Jesús al darse cuenta que su ideología comunista del Jemer rojo no se sostenía: “En la época de la guerrilla yo tenía 25 años, Camboya estaba corrompida, el comunismo estaba lleno de promesas y yo creía en ellas. Sin embargo, ese proyecto fracasó”, dice. Explica que se convirtió mediante “un pastor camboyano”, que había viajado a EEUU para formarse y volvió a su país natal para “ayudar a sus compatriotas a encontrar a Cristo”.
A él, reconoce Kaing, le contó todo su pasado, después de convertirse. Y añade que como él, otros ex Jemeres Rojos, “también han elegido mi camino”, es decir, también se han convertido a Jesús. Y así parece que es. Según un artículo de The Observer, publicado en 2004, al menos 2.000 Jemeres Rojos de todos los rangos se han convertido a Jesús abrazando el mensaje del cristianismo evangélico después de la caída del régimen.
Fuente Noticias Cristianas
Después de escuchar los testimonios de algunas de sus víctimas, Duch, responsable de un centro de detención entre 1975 y 1979, ha reconocido los crímenes cometidos y entre lágrimas pidió al pueblo camboyano que le imponga “el castigo más severo posible”.
El ex-jefe torturador del Jemer Rojo pidió perdón a las familias de los casi 14.000 camboyanos que perdieron la vida en Tuol Sleng. Afirma que nunca perteneció a la cúpula dirigente del Jemer Rojo, y de hecho está considerado por el tribunal como el mando más bajo de los cinco que van a ser juzgados próximamente.
´Duch´ ha cooperado con la justicia después de su conversión al cristianismo, de hecho es el único que así ha procedido, y su testimonio será por ello clave en el juicio de los que fueron sus superiores Kaing Guek Eav, de 66 años, más conocido como ´Duch´, se echó a llorar ante el tribunal internacional que le juzga por crímenes contra la humanidad después de escuchar el testimonio de una mujer que perdió a su marido y cuatro hijos en los campos de exterminio de Choeung Ek a las afueras de la capital. La víspera,
´Duch´ confesó por primera vez en el juicio que torturó personalmente a algunos de los reclusos del centro, tras un careo con un antiguo guarda que afirmó tener pruebas de ello. Sin embargo, dijo que desde su punto de vista el crimen más grave que cometió durante aquellos años fue adoctrinar políticamente a sus subordinados, a los que convenció de que los prisioneros eran enemigos del régimen para que continuasen con su macabra y terrible tarea.
´Duch´ está acusado de crímenes de guerra y contra la humanidad, torturas y haber ordenado la muerte de miles de reclusos, aunque en el caso de ser hallado culpable será condenado -como máximo- a cadena perpetua. Integrado por jueces camboyanos y extranjeros, el panel que le juzga fue establecido en 2006 para hacer justicia con los casi 2 millones de personas que murieron durante el terror del Jemer Rojo y cerrar así una de las páginas más terribles de la historia de Camboya.
EL RÉGIMEN DE TERROR DEL JEMER ROJO
Bajo las órdenes del dictador Pol Pot, el Jemer Rojo provocó un auténtico genocidio en Camboya, entre 1975 y 1979. La guerrilla llegó a exterminar al 25% de la población del país, 1’7 millones de personas, en una brutal purga contra el régimen anterior. Tras avanzar posiciones dentro de la organización terrorista, Kaing Guek Eav se convirtió en el comandante de dos prisiones por las que pasaron entre 14.000 y 16.000 personas. Se le consideraba el torturador jefe, y según se sabe, vivía junto a su mujer e hijos en un casa de dos pisos adjunta al primer centro, Tuol Song.
Allí, como él mismo ha explicado, pasaba jornadas maratonianas aplicando la violencia a los presos para sacar confesiones antirrevolucionarias que implicaran a otros ciudadanos aún libres. Dirigía una máquina perfectamente organizada por la que pasaron ciudadanos, ministros del régimen comunista caídos en desgracia, diplomáticos extranjeros y hasta 2.000 niños.
Los prisioneros eran interrogados, torturados y enviados a un campo de exterminio cercano, donde morían. “Simplemente obedecía”, explica. “Quien llegaba a nuestro centro no tenía ninguna posibilidad de salvarse. Y yo no podía liberar a nadie”, contaba recientemente ´Duch´. El terror se extendió aún más a finales del año 1978, cuando el ejército vietnamita amenazaba ya seriamente con derribar a los Jemeres. Ante la situación de confusión y paranoia, a ´Duch´ se le ordenó acelerar las ejecuciones a un ritmo aún superior, por lo que los presos eran exterminados sin ni siquiera ser interrogados.
HUIDA Y CAMBIO DE IDENTIDAD
El experimento comunista de Pol Pot acabó con la toma de la capital camboyana por el ejército del Vietnam. Kaing y otros muchos guerrilleros del Jemer huyeron de sus puestos y se ocultaron en las junglas de la región oeste de Camboya. Así, dejaron atrás numerosos documentos inculpatorios, que implicaban, especialmente a Duch como uno de los principales responsables de la matanza. Tras huir, Duch pasó un año en China como profesor de lengua; luego volvió a Camboya como profesor de matemáticas y consiguió cambiar su identidad. Bajo un nuevo nombre, incluso cooperó para esclarecer los hechos ocurridos durante el tiempo en el que formó parte del régimen dictatorial.
CONVERSIÓN A JESÚS Y CONFESIÓN
Kaing tiene ahora 66 años, y se convirtió tras la caída del régimen comunista y su huída en un cristiano evangélico claramente convencido y comprometido con su fe. Su experiencia renovadora en Jesús se realizó en 1995, después que su mujer fuera asesinada por un grupo de bandidos (pueden ver aquí un video de la noticia: "Jemer Rojo juzgado sigue ahora a Jesús", video 6 Mb). Finalmente unos periodistas de Far Eastern Economic Review encontraron a Duch en 1999, después de 20 años de desaparición.
Trabajaba como asistente médico en un campo de refugiados del American Refugee Committee en el norte de Camboya. Kang Kek Ieu reconoció -y así se publicó en la revista- haber participado en torturas, asesinatos y crímenes contra la humanidad y que estaba preparado para testificar contra otros líderes. También explicó que se había convertido al cristianismo evangélico, que era un cristiano “nacido de nuevo”.
El propio Kaing ha hablado de su fe en una entrevista que concedió al diario español El País. Explica que dejó el budismo después de conocer en Battambang a misioneros de “la Golden ChristianWest Church”. Una de las cosas que le atrajo era que “estaba convencido de que los cristianos eran una fuerza, y que esa fuerza podía vencer al comunismo”. Se abrió a la fe en Jesús al darse cuenta que su ideología comunista del Jemer rojo no se sostenía: “En la época de la guerrilla yo tenía 25 años, Camboya estaba corrompida, el comunismo estaba lleno de promesas y yo creía en ellas. Sin embargo, ese proyecto fracasó”, dice. Explica que se convirtió mediante “un pastor camboyano”, que había viajado a EEUU para formarse y volvió a su país natal para “ayudar a sus compatriotas a encontrar a Cristo”.
A él, reconoce Kaing, le contó todo su pasado, después de convertirse. Y añade que como él, otros ex Jemeres Rojos, “también han elegido mi camino”, es decir, también se han convertido a Jesús. Y así parece que es. Según un artículo de The Observer, publicado en 2004, al menos 2.000 Jemeres Rojos de todos los rangos se han convertido a Jesús abrazando el mensaje del cristianismo evangélico después de la caída del régimen.
Fuente Noticias Cristianas
miércoles, 26 de agosto de 2009
VIOLENCIA FAMILIAR
por el Hermano Pablo
Eran tres niños, hermanitos los tres, de seis, siete y ocho años de edad. Con ojos aterrorizados y temblando de miedo, no podían dejar de mirar. ¿Qué estaban mirando? Veían cómo su padre le daba una paliza brutal a su madre. La escena la describe un diario de América Latina.
El hombre enfurecido, a la vista de sus tres hijitos, golpeaba brutalmente a su esposa. ¿Cuál era la causa? Nadie sabe. Los niños sólo decían: «Papá estaba muy enojado.» Pero una palabra lo describe todo: violencia.
La violencia doméstica, aunque en la vida diaria no es nada nuevo, en las crónicas de los diarios y en los tribunales sí lo es. Es algo que ha recrudecido en las últimas décadas. Y esta crónica nos obliga a tocar dos puntos: la violencia entre padres, y su efecto en los hijos.
Algunos dicen que la violencia familiar la incita la familia misma, pero eso es ver el asunto de una manera superficial. La violencia nace en el corazón. Está adentro de uno como lo estaba en el corazón de Caín, y sólo necesita una muy pequeña provocación para estallar.
Decimos que es culpa de la mujer, o de los hijos, o del jefe o de otro, pero no lo es. Procede del corazón herido y confundido que vierte su frustración sobre los que están más cerca. Cuando el tronco está malo, todo el árbol lo está. Cuando el corazón vive en amargura, la persona en la que late reacciona con violencia.
¿Y qué de los hijos? No hay nada en todo el mundo que frustre y confunda y atemorice más al niño que ver a sus padres peleándose, especialmente cuando son encuentros violentos. Y si la criatura tiene dos, tres o cuatro años de edad, esos disgustos tienen efectos desastrosos que afectan toda su vida. Un sociólogo investigador dijo: «Cuanto más violenta es la pareja, de las que hemos entrevistado, más violentos son los hijos.» Por cierto, la violencia en los padres viene de la violencia en los progenitores de ellos.
¡Cuánto necesitamos paz y tranquilidad en nuestro corazón! ¡Cuánto necesitamos al Príncipe de paz! Y ese Príncipe de paz existe. Es Jesucristo, el Hijo de Dios. Él dijo: «La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden» (Juan 14:27).
Entreguémosle nuestro corazón a Cristo. Si el enojo ha sido nuestra debilidad, hagamos una sincera declaración de humilde arrepentimiento. Cristo conoce nuestra intención y Él quiere ayudarnos. Permitámosle entrar en nuestro corazón. Él nos renovará en lo más profundo de nuestro ser.
www.conciencia.net
Eran tres niños, hermanitos los tres, de seis, siete y ocho años de edad. Con ojos aterrorizados y temblando de miedo, no podían dejar de mirar. ¿Qué estaban mirando? Veían cómo su padre le daba una paliza brutal a su madre. La escena la describe un diario de América Latina.
El hombre enfurecido, a la vista de sus tres hijitos, golpeaba brutalmente a su esposa. ¿Cuál era la causa? Nadie sabe. Los niños sólo decían: «Papá estaba muy enojado.» Pero una palabra lo describe todo: violencia.
La violencia doméstica, aunque en la vida diaria no es nada nuevo, en las crónicas de los diarios y en los tribunales sí lo es. Es algo que ha recrudecido en las últimas décadas. Y esta crónica nos obliga a tocar dos puntos: la violencia entre padres, y su efecto en los hijos.
Algunos dicen que la violencia familiar la incita la familia misma, pero eso es ver el asunto de una manera superficial. La violencia nace en el corazón. Está adentro de uno como lo estaba en el corazón de Caín, y sólo necesita una muy pequeña provocación para estallar.
Decimos que es culpa de la mujer, o de los hijos, o del jefe o de otro, pero no lo es. Procede del corazón herido y confundido que vierte su frustración sobre los que están más cerca. Cuando el tronco está malo, todo el árbol lo está. Cuando el corazón vive en amargura, la persona en la que late reacciona con violencia.
¿Y qué de los hijos? No hay nada en todo el mundo que frustre y confunda y atemorice más al niño que ver a sus padres peleándose, especialmente cuando son encuentros violentos. Y si la criatura tiene dos, tres o cuatro años de edad, esos disgustos tienen efectos desastrosos que afectan toda su vida. Un sociólogo investigador dijo: «Cuanto más violenta es la pareja, de las que hemos entrevistado, más violentos son los hijos.» Por cierto, la violencia en los padres viene de la violencia en los progenitores de ellos.
¡Cuánto necesitamos paz y tranquilidad en nuestro corazón! ¡Cuánto necesitamos al Príncipe de paz! Y ese Príncipe de paz existe. Es Jesucristo, el Hijo de Dios. Él dijo: «La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden» (Juan 14:27).
Entreguémosle nuestro corazón a Cristo. Si el enojo ha sido nuestra debilidad, hagamos una sincera declaración de humilde arrepentimiento. Cristo conoce nuestra intención y Él quiere ayudarnos. Permitámosle entrar en nuestro corazón. Él nos renovará en lo más profundo de nuestro ser.
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lunes, 24 de agosto de 2009
CUESTIÓN DE HONOR
por el Hermano Pablo
No salió montado en Rocinante, ni llevó a Sancho Panza de escudero ni estuvo enamorado de Dulcinea del Toboso. No atacó molinos de viento, ni destrozó el tablado del titiritero. Pero recorrió los caminos de La Mancha y atravesó media España. Y todo eso lo hizo para ganar una apuesta de cinco dólares.
Julio Meza, pintor de casas de Madrid, apostó a que cruzaría media España andando en zancos. Y el viaje le costó cinco meses, mucho dinero, tremendo desgaste físico y varios zancos; pero ganó la apuesta.
«No eran los cinco dólares —dijo Julio—; era el honor.»
Es evidente que todavía hay quijotismo en España. Todavía se le da importancia al honor. Todavía se defienden la virtud y la honradez. No son muchos los que se arriesgan a un viaje tan largo y fatigoso sólo para defender su honor, pero como dijo Julio: «No eran los cinco dólares; era el honor.»
Tener honor significa decir siempre la verdad. No tomar ventaja sobre nadie. No aprovecharse jamás del débil. No cambiar nunca la integridad por el ánimo de lucro. Una mujer con honor es una mujer casta, fiel, buena esposa y buena madre. Un hombre con honor es un hombre recto, justo, buen marido y buen padre.
¡Cuánto valor tiene el honor! Sobre todo en estos tiempos cuando es más importante la utilidad que la honra. Para muchos el honor es un contratiempo, una molestia, un estorbo, especialmente en el mundo de los negocios y en el de la política. Hemos llegado a tal extremo que, para muchos, ser honorable es ser tonto. ¡Esto es el colmo del desmoronamiento social! No hay justificación para tal cobardía y pusilanimidad. El ser humano, creado a imagen de Dios, ha perdido su honor, su respeto, su dignidad, su orgullo y su nobleza.
No obstante, Dios siempre es y siempre será el Señor de la creación. Y tarde o temprano el corrupto cosechará el fruto de su corrupción.
No nos permitamos nunca, ni por un instante, perder la honradez, la rectitud y la integridad. Estas son las virtudes que, a la larga, nos harán la persona amada, respetada y honrada que este mundo tanto necesita. Lo más valioso que tenemos es nuestra reputación. No perdamos esa honra por nada en la vida. Es nuestro tesoro más grande.
¿Qué puede asegurar nuestra integridad? El ser siervos, o más aún, esclavos de Jesucristo. A los pies de Cristo, que jamás pecó, aprendemos la verdadera humildad y la rectitud. Y si le damos a Él la honra que tanto se merece, Él nos honrará a nosotros, pues dijo: «A cualquiera que me reconozca delante de los demás, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo» (Mateo 10:32).
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No salió montado en Rocinante, ni llevó a Sancho Panza de escudero ni estuvo enamorado de Dulcinea del Toboso. No atacó molinos de viento, ni destrozó el tablado del titiritero. Pero recorrió los caminos de La Mancha y atravesó media España. Y todo eso lo hizo para ganar una apuesta de cinco dólares.
Julio Meza, pintor de casas de Madrid, apostó a que cruzaría media España andando en zancos. Y el viaje le costó cinco meses, mucho dinero, tremendo desgaste físico y varios zancos; pero ganó la apuesta.
«No eran los cinco dólares —dijo Julio—; era el honor.»
Es evidente que todavía hay quijotismo en España. Todavía se le da importancia al honor. Todavía se defienden la virtud y la honradez. No son muchos los que se arriesgan a un viaje tan largo y fatigoso sólo para defender su honor, pero como dijo Julio: «No eran los cinco dólares; era el honor.»
Tener honor significa decir siempre la verdad. No tomar ventaja sobre nadie. No aprovecharse jamás del débil. No cambiar nunca la integridad por el ánimo de lucro. Una mujer con honor es una mujer casta, fiel, buena esposa y buena madre. Un hombre con honor es un hombre recto, justo, buen marido y buen padre.
¡Cuánto valor tiene el honor! Sobre todo en estos tiempos cuando es más importante la utilidad que la honra. Para muchos el honor es un contratiempo, una molestia, un estorbo, especialmente en el mundo de los negocios y en el de la política. Hemos llegado a tal extremo que, para muchos, ser honorable es ser tonto. ¡Esto es el colmo del desmoronamiento social! No hay justificación para tal cobardía y pusilanimidad. El ser humano, creado a imagen de Dios, ha perdido su honor, su respeto, su dignidad, su orgullo y su nobleza.
No obstante, Dios siempre es y siempre será el Señor de la creación. Y tarde o temprano el corrupto cosechará el fruto de su corrupción.
No nos permitamos nunca, ni por un instante, perder la honradez, la rectitud y la integridad. Estas son las virtudes que, a la larga, nos harán la persona amada, respetada y honrada que este mundo tanto necesita. Lo más valioso que tenemos es nuestra reputación. No perdamos esa honra por nada en la vida. Es nuestro tesoro más grande.
¿Qué puede asegurar nuestra integridad? El ser siervos, o más aún, esclavos de Jesucristo. A los pies de Cristo, que jamás pecó, aprendemos la verdadera humildad y la rectitud. Y si le damos a Él la honra que tanto se merece, Él nos honrará a nosotros, pues dijo: «A cualquiera que me reconozca delante de los demás, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo» (Mateo 10:32).
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domingo, 23 de agosto de 2009
A VECES EL LEÓN SÍ ES COMO LO PINTAN
por Carlos Rey
Cuentan que una viuda pobre, que tenía un hijo de ocho años, le debía dinero a un avaro prestamista que llegaba cada semana a cobrarle. A la desdichada mujer se le hacía cada vez más difícil pagar aquella cuenta.
Un día el prestamista entró en la casa, tomó por el cabello a la pobre mujer y la emprendió a golpes con ella mientras el asustado muchachito temblaba de miedo en un rincón de la sala mirando impotente la escena.
Pasaron los años, y aquel muchacho los aprovechó cultivando el talento que Dios le había dado. Estudió dibujo y pintura, y llegó a ser un pintor de reconocida fama en la ciudad.
Un día el joven, recordando aquella ominosa escena de su infancia, describió en un lienzo al usurero que golpeaba a su mamá. La escena era real, vívida, inconfundible; los personajes fueron dibujados con mano maestra. A ese cuadro, sin duda una de sus mejores obras debido a que la llevaba en el alma antes de plasmarla en el lienzo, le puso un precio mucho más alto que a los demás cuadros. ¿Acaso no representaba lo mucho que criarlo a él le había costado a su mamá?
¡Cuál no sería el asombro del prestamista al pasar frente a la galería en que se exhibían aquellas obras de arte y verse fielmente retratado en aquella repugnante conducta! Avergonzado, le dijo a uno de sus empleados que fuera a comprar el costoso cuadro. En cuanto lo tuvo en las manos, lo hizo pedazos y lo lanzó a las llamas, tratando de destruir así ese clamor de su conciencia.
El joven pintor, al enterarse de lo ocurrido, le llevó el dinero a su mamá y le dijo: «¡Aquel malvado compró su propia imagen para destruirla, pero jamás podrá deshacer la que yo llevo grabada en los ojos desde niño!»
En la actualidad hay muchos que tratan su pecado del mismo modo en que aquel prestamista trató el suyo. Maltratan a Dios de palabra y con su conducta, y luego tratan de comprarlo con sus buenas obras y sus limosnas. Algunos de los que tienen con qué hacerlo hasta dan grandes sumas de dinero a la Iglesia a fin de acallar la voz de su conciencia, como si esa fuera la moneda con que se salda la cuenta del pecado. ¿Acaso no comprenden que la única moneda que puede saldar esa cuenta es la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, que dio su vida por nosotros?
Cristo pagó el alto precio de nuestra redención para que nosotros no tuviéramos que pagarlo. De ahí que el único modo de deshacernos de nuestros pecados es confesándoselos directamente a Dios y pidiéndole perdón. Basta con que hagamos eso para que Él nos perdone y borre todos los pecados que aparecen en el lienzo que representa nuestra vida pasada.
www.conciencia.net
Cuentan que una viuda pobre, que tenía un hijo de ocho años, le debía dinero a un avaro prestamista que llegaba cada semana a cobrarle. A la desdichada mujer se le hacía cada vez más difícil pagar aquella cuenta.
Un día el prestamista entró en la casa, tomó por el cabello a la pobre mujer y la emprendió a golpes con ella mientras el asustado muchachito temblaba de miedo en un rincón de la sala mirando impotente la escena.
Pasaron los años, y aquel muchacho los aprovechó cultivando el talento que Dios le había dado. Estudió dibujo y pintura, y llegó a ser un pintor de reconocida fama en la ciudad.
Un día el joven, recordando aquella ominosa escena de su infancia, describió en un lienzo al usurero que golpeaba a su mamá. La escena era real, vívida, inconfundible; los personajes fueron dibujados con mano maestra. A ese cuadro, sin duda una de sus mejores obras debido a que la llevaba en el alma antes de plasmarla en el lienzo, le puso un precio mucho más alto que a los demás cuadros. ¿Acaso no representaba lo mucho que criarlo a él le había costado a su mamá?
¡Cuál no sería el asombro del prestamista al pasar frente a la galería en que se exhibían aquellas obras de arte y verse fielmente retratado en aquella repugnante conducta! Avergonzado, le dijo a uno de sus empleados que fuera a comprar el costoso cuadro. En cuanto lo tuvo en las manos, lo hizo pedazos y lo lanzó a las llamas, tratando de destruir así ese clamor de su conciencia.
El joven pintor, al enterarse de lo ocurrido, le llevó el dinero a su mamá y le dijo: «¡Aquel malvado compró su propia imagen para destruirla, pero jamás podrá deshacer la que yo llevo grabada en los ojos desde niño!»
En la actualidad hay muchos que tratan su pecado del mismo modo en que aquel prestamista trató el suyo. Maltratan a Dios de palabra y con su conducta, y luego tratan de comprarlo con sus buenas obras y sus limosnas. Algunos de los que tienen con qué hacerlo hasta dan grandes sumas de dinero a la Iglesia a fin de acallar la voz de su conciencia, como si esa fuera la moneda con que se salda la cuenta del pecado. ¿Acaso no comprenden que la única moneda que puede saldar esa cuenta es la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, que dio su vida por nosotros?
Cristo pagó el alto precio de nuestra redención para que nosotros no tuviéramos que pagarlo. De ahí que el único modo de deshacernos de nuestros pecados es confesándoselos directamente a Dios y pidiéndole perdón. Basta con que hagamos eso para que Él nos perdone y borre todos los pecados que aparecen en el lienzo que representa nuestra vida pasada.
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viernes, 21 de agosto de 2009
VICIO VERGONZOSO
por Carlos Rey
En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» en nuestro sitio www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:
«Mi problema es muy grande. Tengo una terrible manía que me ha acompañado por más de quince años, y ha ido en progreso. Lo que me ocurre es que aprovecho ciertas oportunidades para practicar delitos muy vergonzosos. [Toco a las] mujeres sin el consentimiento de ellas en los autobuses o en [las] multitudes....
»Es un vicio, pero es muy fuerte, y me cuesta mucho dejarlo. He hecho muchos intentos de dejarlo, pero lo más que he durado sin hacer eso es tal vez una semana, y luego vuelvo a caer.
»Necesito su ayuda.... ¡Por favor, escojan mi [caso]!»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimado amigo:
»Nos alegra saber que usted se siente culpable por su conducta vergonzosa. Su conciencia está actuando tal como fue el propósito de Dios que lo hiciera. No sólo está advirtiéndole de lo indebido de su conducta, sino que también está diciéndole que usted necesita ayuda para poder vencer esos hábitos. Es cierto que usted no puede vencer por sí solo este mal. Ha estado tratando de vencerlo durante quince años, y hasta ahora no lo ha logrado.
»Usted dice que tiene una manía. Con esa palabra da a entender que lo que está haciendo es algo que usted no puede controlar, como si fuera una enfermedad. Tenemos una buena noticia para usted: Puede aprender a dominarse si está dispuesto a esforzarse y a hacer lo necesario para cambiar por completo su vida. Así que ¿dónde debe comenzar?
»La única manera de tener la conciencia limpia es pedirle a Dios que lo perdone. Si usted está sinceramente arrepentido, Dios le concederá el perdón cuando se lo pida en el nombre de Jesucristo. Pero el estar arrepentido no es cuestión de lo que uno dice sino de la condición del corazón. ¿Se ha preguntado alguna vez cómo se sienten las mujeres afectadas si ven o sienten lo que usted está haciéndoles? ¿Tiene usted compasión alguna por los sentimientos de ellas? ¿Cómo se sentiría usted si alguien le hiciera lo mismo a su hermana o a su mamá?...
»Otro indicio de que usted de veras está arrepentido será cuando dé los pasos necesarios para buscar la ayuda de un terapeuta o psicólogo. Por lo general es costoso, pero usted necesita ese tratamiento más que cualquier otra cosa en la que pudiera gastar su dinero....
»En resumen, usted debe probar que está arrepentido al hacer lo que sea necesario para cambiar. Dios siempre está dispuesto a perdonar a los que de veras se arrepienten.1 La palabra «arrepentimiento» significa: «cambiar de rumbo». Si usted se vuelve y le da un nuevo giro a su vida al abandonar por completo esa conducta, entonces dará evidencia de un arrepentimiento genuino. Y Dios lo perdonará no sólo por esa conducta, sino también por cada pecado que haya cometido. Él limpiará su corazón y su conciencia.
»Será muy difícil, pero Dios lo ayudará si usted es sincero.
»Linda y Carlos Rey.» Ro 10:9
En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» en nuestro sitio www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:
«Mi problema es muy grande. Tengo una terrible manía que me ha acompañado por más de quince años, y ha ido en progreso. Lo que me ocurre es que aprovecho ciertas oportunidades para practicar delitos muy vergonzosos. [Toco a las] mujeres sin el consentimiento de ellas en los autobuses o en [las] multitudes....
»Es un vicio, pero es muy fuerte, y me cuesta mucho dejarlo. He hecho muchos intentos de dejarlo, pero lo más que he durado sin hacer eso es tal vez una semana, y luego vuelvo a caer.
»Necesito su ayuda.... ¡Por favor, escojan mi [caso]!»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimado amigo:
»Nos alegra saber que usted se siente culpable por su conducta vergonzosa. Su conciencia está actuando tal como fue el propósito de Dios que lo hiciera. No sólo está advirtiéndole de lo indebido de su conducta, sino que también está diciéndole que usted necesita ayuda para poder vencer esos hábitos. Es cierto que usted no puede vencer por sí solo este mal. Ha estado tratando de vencerlo durante quince años, y hasta ahora no lo ha logrado.
»Usted dice que tiene una manía. Con esa palabra da a entender que lo que está haciendo es algo que usted no puede controlar, como si fuera una enfermedad. Tenemos una buena noticia para usted: Puede aprender a dominarse si está dispuesto a esforzarse y a hacer lo necesario para cambiar por completo su vida. Así que ¿dónde debe comenzar?
»La única manera de tener la conciencia limpia es pedirle a Dios que lo perdone. Si usted está sinceramente arrepentido, Dios le concederá el perdón cuando se lo pida en el nombre de Jesucristo. Pero el estar arrepentido no es cuestión de lo que uno dice sino de la condición del corazón. ¿Se ha preguntado alguna vez cómo se sienten las mujeres afectadas si ven o sienten lo que usted está haciéndoles? ¿Tiene usted compasión alguna por los sentimientos de ellas? ¿Cómo se sentiría usted si alguien le hiciera lo mismo a su hermana o a su mamá?...
»Otro indicio de que usted de veras está arrepentido será cuando dé los pasos necesarios para buscar la ayuda de un terapeuta o psicólogo. Por lo general es costoso, pero usted necesita ese tratamiento más que cualquier otra cosa en la que pudiera gastar su dinero....
»En resumen, usted debe probar que está arrepentido al hacer lo que sea necesario para cambiar. Dios siempre está dispuesto a perdonar a los que de veras se arrepienten.1 La palabra «arrepentimiento» significa: «cambiar de rumbo». Si usted se vuelve y le da un nuevo giro a su vida al abandonar por completo esa conducta, entonces dará evidencia de un arrepentimiento genuino. Y Dios lo perdonará no sólo por esa conducta, sino también por cada pecado que haya cometido. Él limpiará su corazón y su conciencia.
»Será muy difícil, pero Dios lo ayudará si usted es sincero.
»Linda y Carlos Rey.» Ro 10:9
miércoles, 19 de agosto de 2009
ESCLAVOS SIN RAZÓN
Juanito y su hermana Margarita fueron a pasar sus vacaciones en la granja de sus abuelos. Para que Juanito tuviera con qué entretenerse, el abuelo le regaló una honda y le dijo que fuera a jugar con ella en el bosque cercano. Alejándose a cierta distancia de un árbol que tenía un grueso tronco, Juanito ensayó su puntería, pero no logró pegarle al tronco. Por fin, desanimado y muerto de hambre, decidió volver a la casa. Tan pronto como divisó la casa, vio a lo lejos el pato de la abuela. Como por impulso, sacó de su bolsillo la honda y una piedra que le había sobrado, y le apuntó al pato. ¿Quién lo hubiera creído? ¡Esta vez, la primera en toda la mañana, dio en el blanco y mató al pato de una pedrada en la cabeza! Juanito, ahora muerto de susto, cavó de prisa un hoyo y enterró al pato. Mirando de reojo a la casa, se dio cuenta de que su hermana lo había presenciado todo. Pero ella no dijo nada.
Cuando terminaron de comer, la abuela le pidió a Margarita que la ayudara a lavar los platos. Pero la niña contestó:
—Yo lo haría con gusto, abuela, sólo que Juanito me dijo que él quería hacerlo de hoy en adelante.
Y le dijo al oído a Juanito:
—¿Recuerdas lo del pato?
Así que Juanito tuvo que lavar los platos. Esa tarde el abuelo invitó a los niños a pescar. Interrumpiéndolo, la abuela dijo que lo lamentaba mucho, pero necesitaba que Margarita se quedara con ella para que le ayudara a preparar la cena. Con una sonrisa de oreja a oreja, la nieta repuso:
—No te preocupes por eso, abuela, que Juanito me dijo que él quería ayudarte también con la cena.
Y volvió a susurrarle a su hermano:
—¿Recuerdas lo del pato?
Así que Margarita salió a pescar y Juanito se quedó para ayudar a preparar la cena.
Después de varios días de verse obligado a hacer no sólo los quehaceres domésticos que le tocaban a él sino también los de su hermana, Juanito no aguantó más, así que se acercó a la abuela y le confesó que había matado el pato. La abuela lo abrazó, lo besó en la frente y le dijo:
—Yo ya lo sabía, Juanito. Estaba mirando por la ventana y vi todo lo que hiciste. Sin embargo, porque te quiero, te perdoné. Sólo me preguntaba cuánto tiempo seguirías sirviendo a tu hermana como esclavo, antes de confesármelo.
Así como la abuela en el caso de Juanito, Dios ha visto todo lo que hemos hecho, desde el pecado más inocente hasta el más vergonzoso. Y ya nos ha perdonado, porque nos ama. Ahora sólo se pregunta cuánto tiempo seguiremos sirviendo al pecado como esclavos, antes de confesarlo y aceptar su perdón. Acerquémonos a Dios hoy mismo, dándole la oportunidad de abrazarnos y reconfortarnos.
www.conciencia.net
Cuando terminaron de comer, la abuela le pidió a Margarita que la ayudara a lavar los platos. Pero la niña contestó:
—Yo lo haría con gusto, abuela, sólo que Juanito me dijo que él quería hacerlo de hoy en adelante.
Y le dijo al oído a Juanito:
—¿Recuerdas lo del pato?
Así que Juanito tuvo que lavar los platos. Esa tarde el abuelo invitó a los niños a pescar. Interrumpiéndolo, la abuela dijo que lo lamentaba mucho, pero necesitaba que Margarita se quedara con ella para que le ayudara a preparar la cena. Con una sonrisa de oreja a oreja, la nieta repuso:
—No te preocupes por eso, abuela, que Juanito me dijo que él quería ayudarte también con la cena.
Y volvió a susurrarle a su hermano:
—¿Recuerdas lo del pato?
Así que Margarita salió a pescar y Juanito se quedó para ayudar a preparar la cena.
Después de varios días de verse obligado a hacer no sólo los quehaceres domésticos que le tocaban a él sino también los de su hermana, Juanito no aguantó más, así que se acercó a la abuela y le confesó que había matado el pato. La abuela lo abrazó, lo besó en la frente y le dijo:
—Yo ya lo sabía, Juanito. Estaba mirando por la ventana y vi todo lo que hiciste. Sin embargo, porque te quiero, te perdoné. Sólo me preguntaba cuánto tiempo seguirías sirviendo a tu hermana como esclavo, antes de confesármelo.
Así como la abuela en el caso de Juanito, Dios ha visto todo lo que hemos hecho, desde el pecado más inocente hasta el más vergonzoso. Y ya nos ha perdonado, porque nos ama. Ahora sólo se pregunta cuánto tiempo seguiremos sirviendo al pecado como esclavos, antes de confesarlo y aceptar su perdón. Acerquémonos a Dios hoy mismo, dándole la oportunidad de abrazarnos y reconfortarnos.
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lunes, 17 de agosto de 2009
ONCE HOMBRES EN LA MISMA CASA
por el Hermano Pablo
Eran once hombres, finos, educados, graduados de colegios. Había un actor francés, un astrónomo polaco, un matemático alemán, un historiador ruso, un pianista austriaco, un financista norteamericano, un político japonés, un cocinero griego, un geólogo árabe, un general chino y un pintor español.
Estos once hombres vivían todos en la misma casa, es decir, habitaban dentro de una sola persona. Se trataba de un inglés, Conrad Furst, con el caso de personalidades múltiples más notable de los últimos tiempos.
Por momentos Conrad era el actor francés, o podía ser el astrónomo polaco o el financista norteamericano. Una u otra de estas once personalidades, sin anuncio y sin permiso, se apoderaba de él, y la identificación era tan fuerte que ni Conrad mismo podía desligarse de quien lo poseía.
Los casos de múltiple personalidad no son extraños. Casi siempre se trata de dos, o a lo sumo tres, metidas dentro de una sola persona. Conrad Furst llevaba once dentro de sí.
¿A qué se deben estos casos de personalidades múltiples? Los psiquiatras no se ponen de acuerdo al respecto. Pero estas manifestaciones existen, y traen sus problemas. Si bajo la influencia de una de estas personalidades, por ejemplo, se comete un delito, por no ser la persona misma, los jueces no saben cómo aplicar la ley. Es un fenómeno que deja perplejos a todos.
Si bien a pocos nos toca lidiar con casos como ésos, casi todos enfrentamos a diario otros tipos de invasión de la personalidad humana. Por ejemplo, el odio, los celos, el desprecio y el rencor pueden cambiar por completo la personalidad de un individuo. Los amigos dejan de entenderse. Los familiares se vuelven enemigos. Los matrimonios se disuelven. Y somos nosotros los que les damos entrada a esas aberraciones.
Nadie nace odiando. Nadie viene a este mundo con celos. Nadie entra a la familia humana con prejuicios. Estos son desvíos que nosotros mismos nos permitimos, pero son totalmente contrarios a la intención divina para el ser humano.
Hay Alguien que sí desea apoderarse de nosotros. Es Dios. Cuando el que vive en nosotros es Cristo, en lugar de temor hay fe, en lugar de sospecha hay confianza, en lugar de rencor hay amor, y en lugar de odio hay perdón. No llevemos una vida chocante. Vivamos conforme a la voluntad de nuestro Creador. Vivamos seguros en armonía y en paz. Son nuestras si vivimos en el amor de Dios.
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Eran once hombres, finos, educados, graduados de colegios. Había un actor francés, un astrónomo polaco, un matemático alemán, un historiador ruso, un pianista austriaco, un financista norteamericano, un político japonés, un cocinero griego, un geólogo árabe, un general chino y un pintor español.
Estos once hombres vivían todos en la misma casa, es decir, habitaban dentro de una sola persona. Se trataba de un inglés, Conrad Furst, con el caso de personalidades múltiples más notable de los últimos tiempos.
Por momentos Conrad era el actor francés, o podía ser el astrónomo polaco o el financista norteamericano. Una u otra de estas once personalidades, sin anuncio y sin permiso, se apoderaba de él, y la identificación era tan fuerte que ni Conrad mismo podía desligarse de quien lo poseía.
Los casos de múltiple personalidad no son extraños. Casi siempre se trata de dos, o a lo sumo tres, metidas dentro de una sola persona. Conrad Furst llevaba once dentro de sí.
¿A qué se deben estos casos de personalidades múltiples? Los psiquiatras no se ponen de acuerdo al respecto. Pero estas manifestaciones existen, y traen sus problemas. Si bajo la influencia de una de estas personalidades, por ejemplo, se comete un delito, por no ser la persona misma, los jueces no saben cómo aplicar la ley. Es un fenómeno que deja perplejos a todos.
Si bien a pocos nos toca lidiar con casos como ésos, casi todos enfrentamos a diario otros tipos de invasión de la personalidad humana. Por ejemplo, el odio, los celos, el desprecio y el rencor pueden cambiar por completo la personalidad de un individuo. Los amigos dejan de entenderse. Los familiares se vuelven enemigos. Los matrimonios se disuelven. Y somos nosotros los que les damos entrada a esas aberraciones.
Nadie nace odiando. Nadie viene a este mundo con celos. Nadie entra a la familia humana con prejuicios. Estos son desvíos que nosotros mismos nos permitimos, pero son totalmente contrarios a la intención divina para el ser humano.
Hay Alguien que sí desea apoderarse de nosotros. Es Dios. Cuando el que vive en nosotros es Cristo, en lugar de temor hay fe, en lugar de sospecha hay confianza, en lugar de rencor hay amor, y en lugar de odio hay perdón. No llevemos una vida chocante. Vivamos conforme a la voluntad de nuestro Creador. Vivamos seguros en armonía y en paz. Son nuestras si vivimos en el amor de Dios.
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sábado, 15 de agosto de 2009
ESTADO DE MENDICIDAD
por el Hermano Pablo
Kevin Barry salía a trabajar todos los días, ya fuera invierno o verano, o ya hiciera frío o calor. No descansaba ni domingos ni días feriados. Es que Kevin era un mendigo. Aquel hombre de cuarenta y cuatro años de edad se mantenía pidiendo limosna por las calles.
Lo interesante del caso es que Kevin comenzó a recibir una jubilación por incapacidad laboral, pero la dependencia del estado que administraba esos asuntos determinó que desde esa fecha el dinero que Kevin recibía en la calle se consideraría «donativos». Según los funcionarios estatales, aquellas entradas a modo de limosna ascendían a una suma de dinero tal que obligaba que se le redujera su jubilación por incapacidad.
Así es de compleja la vida moderna. En estos tiempos, para tener pan para comer, ropa para vestir y casa en la cual vivir, hay que tener mucha habilidad y mucha iniciativa. Será por eso que hay tantos «profesionales de la adulación», «profesionales del delito» y «profesionales de la mendicidad».
No se puede negar que estamos viviendo en tiempos difíciles. Sólo unos cincuenta años atrás nuestro trabajo tenía que ver con la tierra. Había ciertamente muchos pueblos, pero la gran mayoría de las personas se abastecían de lo que la tierra producía.
Hoy en día nos hemos volcado hacia las grandes ciudades, y ellas no dan lo suficiente para tanta afluencia de gente. De ahí que nos estemos volviendo «profesionales en el delito»: en el fraude, en la estafa, en el contrabando y en la prostitución, y hasta en la mendicidad.
¿Habrá alguna solución? En cuanto al crimen, hay que combatirlo con toda la fuerza de la ley. En cuanto a la pobreza, recordemos que de no ser por la gracia de Dios, todos podríamos ser pobres. Algún día tendremos que dar cuenta de la dureza de nuestro corazón. Es hasta probable que nuestros propios hijos exijan una explicación. Pero en el sentido espiritual, todos somos mendigos.
Jesucristo contó la siguiente parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. El fariseo se puso a orar consigo mismo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo.” En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” Les digo que éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios» (Lucas 18:10-14).
Ante Dios, todos somos mendigos espirituales. Pongamos a un lado nuestra vanidad. Digamos, como el recaudador de impuestos: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!» De hacerlo así, Cristo nos rescatará de nuestra mendicidad espiritual, y nos dará paz en esta tierra y una herencia incorruptible en el cielo.
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Kevin Barry salía a trabajar todos los días, ya fuera invierno o verano, o ya hiciera frío o calor. No descansaba ni domingos ni días feriados. Es que Kevin era un mendigo. Aquel hombre de cuarenta y cuatro años de edad se mantenía pidiendo limosna por las calles.
Lo interesante del caso es que Kevin comenzó a recibir una jubilación por incapacidad laboral, pero la dependencia del estado que administraba esos asuntos determinó que desde esa fecha el dinero que Kevin recibía en la calle se consideraría «donativos». Según los funcionarios estatales, aquellas entradas a modo de limosna ascendían a una suma de dinero tal que obligaba que se le redujera su jubilación por incapacidad.
Así es de compleja la vida moderna. En estos tiempos, para tener pan para comer, ropa para vestir y casa en la cual vivir, hay que tener mucha habilidad y mucha iniciativa. Será por eso que hay tantos «profesionales de la adulación», «profesionales del delito» y «profesionales de la mendicidad».
No se puede negar que estamos viviendo en tiempos difíciles. Sólo unos cincuenta años atrás nuestro trabajo tenía que ver con la tierra. Había ciertamente muchos pueblos, pero la gran mayoría de las personas se abastecían de lo que la tierra producía.
Hoy en día nos hemos volcado hacia las grandes ciudades, y ellas no dan lo suficiente para tanta afluencia de gente. De ahí que nos estemos volviendo «profesionales en el delito»: en el fraude, en la estafa, en el contrabando y en la prostitución, y hasta en la mendicidad.
¿Habrá alguna solución? En cuanto al crimen, hay que combatirlo con toda la fuerza de la ley. En cuanto a la pobreza, recordemos que de no ser por la gracia de Dios, todos podríamos ser pobres. Algún día tendremos que dar cuenta de la dureza de nuestro corazón. Es hasta probable que nuestros propios hijos exijan una explicación. Pero en el sentido espiritual, todos somos mendigos.
Jesucristo contó la siguiente parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. El fariseo se puso a orar consigo mismo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo.” En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” Les digo que éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios» (Lucas 18:10-14).
Ante Dios, todos somos mendigos espirituales. Pongamos a un lado nuestra vanidad. Digamos, como el recaudador de impuestos: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!» De hacerlo así, Cristo nos rescatará de nuestra mendicidad espiritual, y nos dará paz en esta tierra y una herencia incorruptible en el cielo.
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viernes, 14 de agosto de 2009
«HACER SU AGOSTO»
por Carlos Rey
Durante la Edad Media en toda la península española, pero principalmente en Castilla, se celebraban en la época de verano las ferias de ganado. La mayoría de ellas ocurría en el mes de agosto, en especial el día 15. Durante el mes, los feriantes salían con sus productos o con su ganado a comprar y vender mercancía de pueblo en pueblo. Al fin del mes volvían a casa. Así se originó la expresión «hacer su agosto». La tradición continúa en la actualidad con la celebración de ferias y corridas de toros en media España.
Otra interpretación que se le ha dado a la expresión, por cierto muy emparentada, gira en torno a la recolección y a la vendimia, es decir, a la época en que los campesinos cosechan los frutos económicos de su ardua labor al recoger y vender lo que su tierra les ha producido. Con el paso del tiempo, el sentido de la expresión se fue ampliando hasta emplearse para indicar que fácilmente se ha hecho mucho dinero. Por ejemplo, en muchas regiones de habla hispana se dice: «Con estas últimas lluvias, los vendedores de paraguas han hecho su agosto.»1
Sin duda, tarde o temprano, pero preferiblemente con cierta regularidad, todos queremos «hacer nuestro agosto». Pero ¿qué si ese agosto nuestro perjudica a los demás, o el agosto de los demás nos perjudica a nosotros?
Contemplando injusticias como éstas, Dios estableció una ley y una regla de vital importancia para regir nuestra conducta humana: la ley de la cosecha y la regla de oro. Por una parte, Dios ha dispuesto que cosechemos, pero no lo ajeno sino el fruto de lo que nosotros mismos sembramos.2 Y por otra, ha dispuesto que en todo tratemos a los demás tal y como queremos que ellos nos traten a nosotros.3 Es decir, jamás debemos «hacer nuestro agosto» a expensas del prójimo, aprovechándonos de alguna calamidad. Si no podemos «hacer nuestro agosto» sin perjudicar a los demás, entonces más vale que desistamos de hacerlo y nos preocupemos más bien por ser buenos vecinos, buenos amigos y buenos compañeros. Porque, así como nos enseña el Maestro del libro de Eclesiastés: «Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:
»un tiempo para nacer,
y un tiempo para morir;
un tiempo para plantar,
y un tiempo para cosechar...
un tiempo para llorar,
y un tiempo para reír;
un tiempo para estar de luto,
y un tiempo para saltar de gusto...
un tiempo para intentar,
y un tiempo para desistir...
»Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de todos sus afanes.»4
1 Alberto Buitrago Jiménez, Dichos y frases hechas (Madrid: Espasa Calpe, 1997), pp. 197‑98.
2 Gá 6:7
3 Mt 7:12
4 Ec 3:1‑2,4,6a,12‑13
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Durante la Edad Media en toda la península española, pero principalmente en Castilla, se celebraban en la época de verano las ferias de ganado. La mayoría de ellas ocurría en el mes de agosto, en especial el día 15. Durante el mes, los feriantes salían con sus productos o con su ganado a comprar y vender mercancía de pueblo en pueblo. Al fin del mes volvían a casa. Así se originó la expresión «hacer su agosto». La tradición continúa en la actualidad con la celebración de ferias y corridas de toros en media España.
Otra interpretación que se le ha dado a la expresión, por cierto muy emparentada, gira en torno a la recolección y a la vendimia, es decir, a la época en que los campesinos cosechan los frutos económicos de su ardua labor al recoger y vender lo que su tierra les ha producido. Con el paso del tiempo, el sentido de la expresión se fue ampliando hasta emplearse para indicar que fácilmente se ha hecho mucho dinero. Por ejemplo, en muchas regiones de habla hispana se dice: «Con estas últimas lluvias, los vendedores de paraguas han hecho su agosto.»1
Sin duda, tarde o temprano, pero preferiblemente con cierta regularidad, todos queremos «hacer nuestro agosto». Pero ¿qué si ese agosto nuestro perjudica a los demás, o el agosto de los demás nos perjudica a nosotros?
Contemplando injusticias como éstas, Dios estableció una ley y una regla de vital importancia para regir nuestra conducta humana: la ley de la cosecha y la regla de oro. Por una parte, Dios ha dispuesto que cosechemos, pero no lo ajeno sino el fruto de lo que nosotros mismos sembramos.2 Y por otra, ha dispuesto que en todo tratemos a los demás tal y como queremos que ellos nos traten a nosotros.3 Es decir, jamás debemos «hacer nuestro agosto» a expensas del prójimo, aprovechándonos de alguna calamidad. Si no podemos «hacer nuestro agosto» sin perjudicar a los demás, entonces más vale que desistamos de hacerlo y nos preocupemos más bien por ser buenos vecinos, buenos amigos y buenos compañeros. Porque, así como nos enseña el Maestro del libro de Eclesiastés: «Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:
»un tiempo para nacer,
y un tiempo para morir;
un tiempo para plantar,
y un tiempo para cosechar...
un tiempo para llorar,
y un tiempo para reír;
un tiempo para estar de luto,
y un tiempo para saltar de gusto...
un tiempo para intentar,
y un tiempo para desistir...
»Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de todos sus afanes.»4
1 Alberto Buitrago Jiménez, Dichos y frases hechas (Madrid: Espasa Calpe, 1997), pp. 197‑98.
2 Gá 6:7
3 Mt 7:12
4 Ec 3:1‑2,4,6a,12‑13
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miércoles, 12 de agosto de 2009
SÓLO UN SOPLO DE VIENTO
por el Hermano Pablo
Era un acto artístico impresionante. Siempre electrizaba al público porque recordaba la célebre hazaña de Guillermo Tell, el histórico arquero suizo. Lo realizaba Kurt Borer, suizo también, con su hijo Roger, de ocho años de edad.
En una feria de Basilea, Suiza, Kurt colocó a su hijo contra el tronco de un árbol. Luego puso la manzana sobre su cabeza y disparó la flecha tal como lo había hecho cientos de veces. Pero un repentino soplo de viento cambió el curso de la flecha, y ésta se clavó en la frente de su hijo.
No fue más que un soplo de viento. Un soplo repentino que fatalmente se levantó justo en el momento en que la flecha iba en vuelo. Y fue suficiente para provocar la tragedia. La policía suiza, que no tomó ninguna medida contra el padre, calificó el suceso «un trágico accidente».
Así suele ocurrir en la vida. Una causa muy pequeña puede provocar grandes efectos, tanto para bien como para mal. Algunos le llaman a esto «destino», y otros «suerte»; algunos lo atribuyen a su horóscopo, y otros aun a la «Divina Providencia».
Todas estas asignaciones son más o menos aceptables. El ser humano vive en un mundo de fuerzas ciegas, y los sucesos de la vida se entrelazan de tal manera que algo que ocurre en Francia puede repercutir en Chile. La decisión de un fanático tomada en la soledad de la noche puede provocar una guerra civil, y el curso de una flecha, en un espectáculo, puede ser alterado por un viento imprevisto.
¿Cómo hacer para vivir en calma en un mundo tan incierto y en medio de una humanidad donde tantas fuerzas violentas corren desbocadas? Aquí es donde aparece la fe en Cristo, Salvador, Pastor y Guardador.
El salmista de antaño, David, aprendió de esta fe en Dios, y vertió sus sentimientos en el Salmo 91. He aquí algunos de sus versos:
El que habita al abrigo del Altísimo
se acoge a la sombra del Todopoderoso.
Sólo él puede librarte de las trampas del cazador
y de mortíferas plagas...
No temerás el terror de la noche,
ni la flecha que vuela de día...
La fe en Cristo suaviza el dolor del infortunio: fe en su persona, fe en sus promesas, fe en el destino que nos ha trazado. Los que nos sometemos al señorío de Cristo sabemos que todo en nuestra vida ocurre según su divina voluntad. Y aunque no siempre comprendamos el porqué de los sucesos, sabemos que Él nunca se equivoca. Entreguémonos a Cristo. En Él siempre estaremos seguros.
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Era un acto artístico impresionante. Siempre electrizaba al público porque recordaba la célebre hazaña de Guillermo Tell, el histórico arquero suizo. Lo realizaba Kurt Borer, suizo también, con su hijo Roger, de ocho años de edad.
En una feria de Basilea, Suiza, Kurt colocó a su hijo contra el tronco de un árbol. Luego puso la manzana sobre su cabeza y disparó la flecha tal como lo había hecho cientos de veces. Pero un repentino soplo de viento cambió el curso de la flecha, y ésta se clavó en la frente de su hijo.
No fue más que un soplo de viento. Un soplo repentino que fatalmente se levantó justo en el momento en que la flecha iba en vuelo. Y fue suficiente para provocar la tragedia. La policía suiza, que no tomó ninguna medida contra el padre, calificó el suceso «un trágico accidente».
Así suele ocurrir en la vida. Una causa muy pequeña puede provocar grandes efectos, tanto para bien como para mal. Algunos le llaman a esto «destino», y otros «suerte»; algunos lo atribuyen a su horóscopo, y otros aun a la «Divina Providencia».
Todas estas asignaciones son más o menos aceptables. El ser humano vive en un mundo de fuerzas ciegas, y los sucesos de la vida se entrelazan de tal manera que algo que ocurre en Francia puede repercutir en Chile. La decisión de un fanático tomada en la soledad de la noche puede provocar una guerra civil, y el curso de una flecha, en un espectáculo, puede ser alterado por un viento imprevisto.
¿Cómo hacer para vivir en calma en un mundo tan incierto y en medio de una humanidad donde tantas fuerzas violentas corren desbocadas? Aquí es donde aparece la fe en Cristo, Salvador, Pastor y Guardador.
El salmista de antaño, David, aprendió de esta fe en Dios, y vertió sus sentimientos en el Salmo 91. He aquí algunos de sus versos:
El que habita al abrigo del Altísimo
se acoge a la sombra del Todopoderoso.
Sólo él puede librarte de las trampas del cazador
y de mortíferas plagas...
No temerás el terror de la noche,
ni la flecha que vuela de día...
La fe en Cristo suaviza el dolor del infortunio: fe en su persona, fe en sus promesas, fe en el destino que nos ha trazado. Los que nos sometemos al señorío de Cristo sabemos que todo en nuestra vida ocurre según su divina voluntad. Y aunque no siempre comprendamos el porqué de los sucesos, sabemos que Él nunca se equivoca. Entreguémonos a Cristo. En Él siempre estaremos seguros.
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Cuando es necesario una leccioncita de parte de Dios
Jueces 10: 10-14
“Entonces los hijos de Israel clamaron a arrepentimiento-genuinoJehová, diciendo: Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales. Y Jehová respondió a los hijos de Israel: ¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los filisteos, de los de Sidón, de Amalec y de Maón, y clamando a mí no os libré de sus manos? Mas vosotros me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos; por tanto, yo no os libraré más. Andad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellos en el tiempo de vuestra aflicción”.
Imagínate por un momento que Dios te dijera: “¿Sabes que?, ya no te ayudare mas”.
Personalmente me muero si escuchara esas palabras, mas aun si vienen de aquel que es el único que me puede ayudar en momentos en donde humanamente no hay solución.
Eso fue lo que les paso al pueblo de Israel en este pasaje bíblico, su maldad era tal, que aunque pidieran perdón a Dios, luego volvían al pecado y se apartaban de El.
¿Te parece conocido su manera de responder al amor perdonador de Dios?, Y es que nosotros somos muy similar al pueblo de Israel, luego de pedir perdón por algo malo que hicimos y de prometer que ya no lo haremos mas, volvemos a olvidarnos de nuestra promesa y al ser seducidos por nuestra concupiscencia(deseos) volvemos a caer en los mismos errores de los cuales ya hemos pedido mil y una vez perdón y de los cuales nos hemos arrepentido como diría una buena amiga “tri-millones” de veces.
Y es que se te olvida algo, y es que Dios también tiene su límite, no de Poder, porque es TODOPODEROSO, pero si tiene un límite hasta donde te permitirá jugar con El.
¿Tu crees que Dios se cree todas las veces que le hemos pedido perdón sin sentirlo de corazón?, já, no, a Dios no lo engaño y pese a que no le he pedido perdón de corazón, aun así me perdona y me da una nueva oportunidad. Y es que el amor de Dios es incomparable, no lo logro entender, pues yo humanamente hablando si alguien me pide perdón pero yo se que lo esta haciendo solo por hacer y no porque lo sienta, realmente no se si lo perdonara, pero Dios es otra cosa, el no piensa como yo pienso, no siente como yo siento, ni actúa como yo actuó.
Pero si bien es cierto Dios es Amor, también es fuego consumidor (Deuteronomio 4:24) y no tendrá al justo por injusto, ni al injusto por justo.
Además Dios, como Padre amoroso, tiene un límite, porque no quiere malcriarte, y es por esa razón que habrá momentos en tu vida en donde te tendrá que dar una leccioncita para que comprendas que no puedes seguir fingiendo algo que no sientes en realidad o simplemente no quieres sentir.
El Pueblo de Israel se encontraba en un momento en donde los filisteos y amonitas los estaban oprimiendo, al ver su estado y la incapacidad para pelear por si mismos contra sus enemigos, no tuvieron más que clamar a Jehová.
Así mismo somos nosotros, hacemos lo que queremos, nos alejamos de la comunión con Dios, le damos rienda sueltas a nuestros deseos, pero cuando vemos la cosa seria entonces venimos llorando delante de Dios pidiéndole que nos ayude. ¿Acaso Dios es un bombero que solo le llamo cuando la casa se me esta quemando?
Lo más común en estos casos es que Dios responda al oír nuestro clamor, más aun cuando aparentamos un arrepentimiento genuino. Pero Dios que te conoce muy bien, sabe en que momento de tu vida tiene que socarte bien los pantalones y darte una palmadita.
Fue así que luego del clamor de los Israelitas Dios contesta con un: “yo no os libraré más”, ¿Perdón?, ¿Cómo fue?, ¿Estoy escuchando bien?, ¿Estoy leyendo bien?, ¿Seguro que es Jehová de los Ejércitos el que dice esto?, Si, definitivamente es El, y es que Dios tiene un limite, no puedes pasártela jugando con El, ¿A ti te gustaría que jugaran con tus sentimientos?, entonces ¿Por qué si Dios lo único que ha hecho es amarte con amor eterno, le pagas alejándote de El y olvidando tu pacto con El?
Por un momento Dios estaba haciendo lo que nunca en la historia había hecho: NEGARSE A AYUDAR A SU PUEBLO. Que terrible escenario, ¿Qué hicieras si al único que pudieras recurrir te dijera: NO, no te ayudare?, sinceramente son palabras muy fuertes, pero que llevaban un objetivo. Y es que no podemos reprochar las formas de actuar de Dios, El siempre sabe el porque y el para que de todo y por esa razón en esta ocasión estaba dando a su pueblo una leccioncita que sin duda les iba a ayudar.
Fue así como el pueblo de Israel entendió que el NO de Dios se debía al fingimiento de su arrepentimiento, que el limite de Dios había llegado a su fin y por ende necesitaban mas que clamar, en pocas palabras necesitaban ya no decir que se arrepentían, si no demostrar que realmente estaban arrepentidos.
Pues entre decir y hacer hay una gran diferencia, tú puedes decir que quieres vivir santamente, pero tu accionar puede ser otro, entonces en esos momentos en donde ya no valen las palabras es donde las acciones tienen que entrar a escena.
Dice la Palabra de Dios en Jueces 10: 16 “Y quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron a Jehová; y él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel.”
El hecho de quitar de entre si lo dioses ajenos es una señal de un arrepentimiento que va mas allá de las palabras y se remonta a las acciones, el hecho de quitar esos dioses ajenos estaba demostrando que ahora si iba en serio, no solo quitaron los dioses si no que pese a la negativa de Dios para ayudarlos, ellos comenzaron a servir a Dios.
Y es que necesitamos tener agradado a Dios, pues nunca sabemos cuando necesitaremos un milagro de parte suya, por esa razón tenemos que estar bien con El.
La Palabra menciona lo siguiente: “y él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel”. Así es mi Dios, es que el amor corre por todo su ser, su misericordia es infinita y su fidelidad incomparable, su leccioncita había dado frutos, el arrepentimiento ahora no eran solo palabras, sino que iban acompañadas de acciones, de esas acciones que mueven el corazón de Dios y que al ver tu problema se angustia por ti, pues quiere verte siempre en bendición.
Es así como cada uno de nosotros debemos aprender a través de esta historia bíblica, la importancia de no permitir que lleguemos a tocar el límite de Dios, pues nadie de nosotros querrá recibir una leccioncita para aprender a no quererse burlar de Dios.
El anhelo del Señor es que cada uno de nosotros lo busquemos de corazón, que quitemos de nuestra vida todo aquello puede llegarse a convertir en un dios pagano y que comencemos a servirle con animo voluntario, no por miedo, sino por temor reverencial que Dios se merece.
Posiblemente tu haz estado jugando con Dios, te has arrepentido muchas veces de algo que sabes bien que esta mal delante de Dios, pero luego de unos días, vas nuevamente en pos de ello olvidando de esta manera lo que hace algunos días le dijiste al Señor acerca de ya no seguir insistiendo en ese pecado.
Mas Dios que te conoce perfectamente sabia muy bien que en ti no existía un verdadero arrepentimiento y a pesar de eso te siguió bendiciendo y dándote oportunidades, pero el limite de Dios esta cerca y por esa razón quiere que a partir de hoy comiences a demostrar con hechos lo arrepentido que estas de haber fallado y lo dispuesto que estas a hacer su voluntad cueste lo que cueste.
No es que el pecado sea mas fuerte que ti, es que tu no estas permitiendo que el Poder y la fortaleza de Dios este en tu vida, pues has dejado de orar, de leer la Palabra, de congregarte quizá o simplemente has dejado de sentir gusto por las cosas espirituales, y todo eso te ha llevado a ser mas vulnerable a los ataques del enemigo.
Mas en esta hora, Dios te da una nueva oportunidad y te dice: “¡VAMOS, YO CREO EN TI!” y es que Dios cree en ti, aun cuando nadie y quizá hasta tu mismo no crees mas en ti, y es porque El sabe el final feliz que tiene preparado para ti, por esa razón, LEVÁNTATE Y INTÉNTALO NUEVAMENTE, pero ahora si, demuéstrale que esta vez si va en serio, pues no quieres llegar a su limite.
El arrepentimiento genuino va acompañado de acciones genuinas que salen de lo profundo de tu corazón.
Autor: Enrique Monterroza
“Entonces los hijos de Israel clamaron a arrepentimiento-genuinoJehová, diciendo: Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales. Y Jehová respondió a los hijos de Israel: ¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los filisteos, de los de Sidón, de Amalec y de Maón, y clamando a mí no os libré de sus manos? Mas vosotros me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos; por tanto, yo no os libraré más. Andad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellos en el tiempo de vuestra aflicción”.
Imagínate por un momento que Dios te dijera: “¿Sabes que?, ya no te ayudare mas”.
Personalmente me muero si escuchara esas palabras, mas aun si vienen de aquel que es el único que me puede ayudar en momentos en donde humanamente no hay solución.
Eso fue lo que les paso al pueblo de Israel en este pasaje bíblico, su maldad era tal, que aunque pidieran perdón a Dios, luego volvían al pecado y se apartaban de El.
¿Te parece conocido su manera de responder al amor perdonador de Dios?, Y es que nosotros somos muy similar al pueblo de Israel, luego de pedir perdón por algo malo que hicimos y de prometer que ya no lo haremos mas, volvemos a olvidarnos de nuestra promesa y al ser seducidos por nuestra concupiscencia(deseos) volvemos a caer en los mismos errores de los cuales ya hemos pedido mil y una vez perdón y de los cuales nos hemos arrepentido como diría una buena amiga “tri-millones” de veces.
Y es que se te olvida algo, y es que Dios también tiene su límite, no de Poder, porque es TODOPODEROSO, pero si tiene un límite hasta donde te permitirá jugar con El.
¿Tu crees que Dios se cree todas las veces que le hemos pedido perdón sin sentirlo de corazón?, já, no, a Dios no lo engaño y pese a que no le he pedido perdón de corazón, aun así me perdona y me da una nueva oportunidad. Y es que el amor de Dios es incomparable, no lo logro entender, pues yo humanamente hablando si alguien me pide perdón pero yo se que lo esta haciendo solo por hacer y no porque lo sienta, realmente no se si lo perdonara, pero Dios es otra cosa, el no piensa como yo pienso, no siente como yo siento, ni actúa como yo actuó.
Pero si bien es cierto Dios es Amor, también es fuego consumidor (Deuteronomio 4:24) y no tendrá al justo por injusto, ni al injusto por justo.
Además Dios, como Padre amoroso, tiene un límite, porque no quiere malcriarte, y es por esa razón que habrá momentos en tu vida en donde te tendrá que dar una leccioncita para que comprendas que no puedes seguir fingiendo algo que no sientes en realidad o simplemente no quieres sentir.
El Pueblo de Israel se encontraba en un momento en donde los filisteos y amonitas los estaban oprimiendo, al ver su estado y la incapacidad para pelear por si mismos contra sus enemigos, no tuvieron más que clamar a Jehová.
Así mismo somos nosotros, hacemos lo que queremos, nos alejamos de la comunión con Dios, le damos rienda sueltas a nuestros deseos, pero cuando vemos la cosa seria entonces venimos llorando delante de Dios pidiéndole que nos ayude. ¿Acaso Dios es un bombero que solo le llamo cuando la casa se me esta quemando?
Lo más común en estos casos es que Dios responda al oír nuestro clamor, más aun cuando aparentamos un arrepentimiento genuino. Pero Dios que te conoce muy bien, sabe en que momento de tu vida tiene que socarte bien los pantalones y darte una palmadita.
Fue así que luego del clamor de los Israelitas Dios contesta con un: “yo no os libraré más”, ¿Perdón?, ¿Cómo fue?, ¿Estoy escuchando bien?, ¿Estoy leyendo bien?, ¿Seguro que es Jehová de los Ejércitos el que dice esto?, Si, definitivamente es El, y es que Dios tiene un limite, no puedes pasártela jugando con El, ¿A ti te gustaría que jugaran con tus sentimientos?, entonces ¿Por qué si Dios lo único que ha hecho es amarte con amor eterno, le pagas alejándote de El y olvidando tu pacto con El?
Por un momento Dios estaba haciendo lo que nunca en la historia había hecho: NEGARSE A AYUDAR A SU PUEBLO. Que terrible escenario, ¿Qué hicieras si al único que pudieras recurrir te dijera: NO, no te ayudare?, sinceramente son palabras muy fuertes, pero que llevaban un objetivo. Y es que no podemos reprochar las formas de actuar de Dios, El siempre sabe el porque y el para que de todo y por esa razón en esta ocasión estaba dando a su pueblo una leccioncita que sin duda les iba a ayudar.
Fue así como el pueblo de Israel entendió que el NO de Dios se debía al fingimiento de su arrepentimiento, que el limite de Dios había llegado a su fin y por ende necesitaban mas que clamar, en pocas palabras necesitaban ya no decir que se arrepentían, si no demostrar que realmente estaban arrepentidos.
Pues entre decir y hacer hay una gran diferencia, tú puedes decir que quieres vivir santamente, pero tu accionar puede ser otro, entonces en esos momentos en donde ya no valen las palabras es donde las acciones tienen que entrar a escena.
Dice la Palabra de Dios en Jueces 10: 16 “Y quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron a Jehová; y él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel.”
El hecho de quitar de entre si lo dioses ajenos es una señal de un arrepentimiento que va mas allá de las palabras y se remonta a las acciones, el hecho de quitar esos dioses ajenos estaba demostrando que ahora si iba en serio, no solo quitaron los dioses si no que pese a la negativa de Dios para ayudarlos, ellos comenzaron a servir a Dios.
Y es que necesitamos tener agradado a Dios, pues nunca sabemos cuando necesitaremos un milagro de parte suya, por esa razón tenemos que estar bien con El.
La Palabra menciona lo siguiente: “y él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel”. Así es mi Dios, es que el amor corre por todo su ser, su misericordia es infinita y su fidelidad incomparable, su leccioncita había dado frutos, el arrepentimiento ahora no eran solo palabras, sino que iban acompañadas de acciones, de esas acciones que mueven el corazón de Dios y que al ver tu problema se angustia por ti, pues quiere verte siempre en bendición.
Es así como cada uno de nosotros debemos aprender a través de esta historia bíblica, la importancia de no permitir que lleguemos a tocar el límite de Dios, pues nadie de nosotros querrá recibir una leccioncita para aprender a no quererse burlar de Dios.
El anhelo del Señor es que cada uno de nosotros lo busquemos de corazón, que quitemos de nuestra vida todo aquello puede llegarse a convertir en un dios pagano y que comencemos a servirle con animo voluntario, no por miedo, sino por temor reverencial que Dios se merece.
Posiblemente tu haz estado jugando con Dios, te has arrepentido muchas veces de algo que sabes bien que esta mal delante de Dios, pero luego de unos días, vas nuevamente en pos de ello olvidando de esta manera lo que hace algunos días le dijiste al Señor acerca de ya no seguir insistiendo en ese pecado.
Mas Dios que te conoce perfectamente sabia muy bien que en ti no existía un verdadero arrepentimiento y a pesar de eso te siguió bendiciendo y dándote oportunidades, pero el limite de Dios esta cerca y por esa razón quiere que a partir de hoy comiences a demostrar con hechos lo arrepentido que estas de haber fallado y lo dispuesto que estas a hacer su voluntad cueste lo que cueste.
No es que el pecado sea mas fuerte que ti, es que tu no estas permitiendo que el Poder y la fortaleza de Dios este en tu vida, pues has dejado de orar, de leer la Palabra, de congregarte quizá o simplemente has dejado de sentir gusto por las cosas espirituales, y todo eso te ha llevado a ser mas vulnerable a los ataques del enemigo.
Mas en esta hora, Dios te da una nueva oportunidad y te dice: “¡VAMOS, YO CREO EN TI!” y es que Dios cree en ti, aun cuando nadie y quizá hasta tu mismo no crees mas en ti, y es porque El sabe el final feliz que tiene preparado para ti, por esa razón, LEVÁNTATE Y INTÉNTALO NUEVAMENTE, pero ahora si, demuéstrale que esta vez si va en serio, pues no quieres llegar a su limite.
El arrepentimiento genuino va acompañado de acciones genuinas que salen de lo profundo de tu corazón.
Autor: Enrique Monterroza
martes, 11 de agosto de 2009
SUS PADRES NUNCA REGRESARON
por el Hermano Pablo
No había para Francesca edificio más intimidante ni pórtico más amenazador. No había, tampoco, un ambiente más frío ni un sentir más indiferente. Todo producía aprensión. Francesca era una dulce y linda niñita de seis años de edad. El edificio al cual entraban era un asilo para niños con enfermedades mentales. Y quienes la llevaban de la mano eran sus propios padres.
Hablaron largamente con el médico. Después llenaron una buena cantidad de papeles. La niña, con un leve retraso mental, miraba todo con asombro. Cuando terminaron de hablar, le dijeron a Francesca: «Espéranos aquí. Volveremos pronto.» Y diciendo eso, salieron por la misma puerta por donde habían entrado.
La niña quedó sola y confundida en manos de extraños. Y los padres nunca regresaron. La chiquita pasó el tiempo en silencio, sin hablar, sin sonreír, casi sin moverse, esperando inútilmente el regreso de sus padres.
Después de cuatro años, siempre esperando, se ahogó con una semilla de ciruela. No se sabe si fue sin querer o si ella misma lo provocó, pero murió esperando. A pesar de su corta edad, tenía un corazón sensible que nunca pudo comprender por qué la abandonaron sus padres.
¡Qué duros e inhumanos son los corazones de algunas personas! A nosotros nunca se nos ocurriría hacer algo así. Y sin embargo, ¡qué fácil nos es estar totalmente imbuidos en nuestros intereses personales! En el trabajo, en la actividad social, o incluso en la televisión, estamos nosotros también, sin advertirlo, abandonando con indiferencia a los hijos nuestros.
A un clérigo, en su último descanso terrenal, lo estaban velando muchos de su congregación. De repente entró un joven a la sala, con rostro que revelaba indicios de que era alcohólico. Contemplando el cuerpo inerte y viendo en torno suyo toda esa gente de maneras refinadas, dijo: «Ahora sé, padre, dónde estabas tú cuando yo más te necesitaba.»
Parece que aquel clérigo no había comprendido que la primera responsabilidad de todo esposo es su esposa, y que la primera responsabilidad de todo padre son sus hijos. Cuando se altera ese orden, el resultado siempre es la desgracia.
Por eso Cristo dijo: «¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan! Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes» (Mateo 7:9-11,12).
www.conciencia.net
No había para Francesca edificio más intimidante ni pórtico más amenazador. No había, tampoco, un ambiente más frío ni un sentir más indiferente. Todo producía aprensión. Francesca era una dulce y linda niñita de seis años de edad. El edificio al cual entraban era un asilo para niños con enfermedades mentales. Y quienes la llevaban de la mano eran sus propios padres.
Hablaron largamente con el médico. Después llenaron una buena cantidad de papeles. La niña, con un leve retraso mental, miraba todo con asombro. Cuando terminaron de hablar, le dijeron a Francesca: «Espéranos aquí. Volveremos pronto.» Y diciendo eso, salieron por la misma puerta por donde habían entrado.
La niña quedó sola y confundida en manos de extraños. Y los padres nunca regresaron. La chiquita pasó el tiempo en silencio, sin hablar, sin sonreír, casi sin moverse, esperando inútilmente el regreso de sus padres.
Después de cuatro años, siempre esperando, se ahogó con una semilla de ciruela. No se sabe si fue sin querer o si ella misma lo provocó, pero murió esperando. A pesar de su corta edad, tenía un corazón sensible que nunca pudo comprender por qué la abandonaron sus padres.
¡Qué duros e inhumanos son los corazones de algunas personas! A nosotros nunca se nos ocurriría hacer algo así. Y sin embargo, ¡qué fácil nos es estar totalmente imbuidos en nuestros intereses personales! En el trabajo, en la actividad social, o incluso en la televisión, estamos nosotros también, sin advertirlo, abandonando con indiferencia a los hijos nuestros.
A un clérigo, en su último descanso terrenal, lo estaban velando muchos de su congregación. De repente entró un joven a la sala, con rostro que revelaba indicios de que era alcohólico. Contemplando el cuerpo inerte y viendo en torno suyo toda esa gente de maneras refinadas, dijo: «Ahora sé, padre, dónde estabas tú cuando yo más te necesitaba.»
Parece que aquel clérigo no había comprendido que la primera responsabilidad de todo esposo es su esposa, y que la primera responsabilidad de todo padre son sus hijos. Cuando se altera ese orden, el resultado siempre es la desgracia.
Por eso Cristo dijo: «¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan! Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes» (Mateo 7:9-11,12).
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sábado, 8 de agosto de 2009
DIVORCIO DE HIJOS Y PADRES
por el Hermano Pablo
El juez golpeó la mesa con el martillo, y solemnemente pronunció la sentencia: «Concedida la demanda. Gregory queda divorciado de Raquel.» Pero en este caso se refería al divorcio en sentido figurado, porque quien se divorciaba era un niño de doce años de edad.
El menor había solicitado, en un tribunal de la Florida en los Estados Unidos, divorciarse de su madre Raquel Kinsley para poder ser adoptado legalmente por George y Lizz Russ, la pareja que lo había prohijado. El juez concedió este extraño divorcio porque Raquel, la madre, había abandonado por completo a su hijo prácticamente desde que nació.
En la actualidad los divorcios no son excepcionales, pero este divorcio es singular porque lo solicitó contra su madre un niño de doce años. La madre era drogadicta, mujer de bares y clubes nocturnos, de hombres, de fiestas y de abandono. En los doce años de la vida de Gregory, Raquel nunca fungió como verdadera madre. Fue madre biológica y nada más.
Gregory nunca tuvo cariño, ni educación ni cuidado. En cambio, la otra pareja le dio a Gregory todo lo que un niño necesita: amor, protección, consejos y la palabra mágica «hogar».
Lo cierto es que el hogar y la familia están sufriendo un ataque despiadado por parte de fuerzas enemigas como lo son el desapego de los padres hacia los hijos, la libertad excesiva, los vicios desenfrenados, la inmoralidad desvergonzada, y la irreligiosidad. La antigua institución judeo-cristiana se bambolea: las paredes se resquebrajan, el techo se hunde, los cimientos ceden y la casa se viene abajo.
¿Qué consecuencias trae este derrumbe del hogar, especialmente entre los adolescentes? Drogadicción, pandillaje, relaciones sexuales fuera del matrimonio, embarazos indeseados, delincuencia juvenil. Todos estos males tienen origen en hogares que no son hogares sino sólo casas, cuatro paredes frías sin alma.
¿De dónde proceden todos estos males sociales? De un gran divorcio previo, cuando el hombre se divorció de Dios. Todos los males que hay en el mundo —y la lista es larga— provienen de aquel primer divorcio que Adán y Eva hicieron de Dios su Creador y Padre.
Sin embargo, es posible reconciliarse con Dios y volver a casarse. Hay sanidad en la familia cuando se restablece esta comunión. Sometámonos al señorío de Jesuscristo. Cuando Él es Señor de nuestra vida, de nuestro matrimonio y de nuestro hogar, todo cambia. Él está en este momento tocando a la puerta de nuestro corazón. Abrámosela hoy mismo.
www.conciencia.net
El juez golpeó la mesa con el martillo, y solemnemente pronunció la sentencia: «Concedida la demanda. Gregory queda divorciado de Raquel.» Pero en este caso se refería al divorcio en sentido figurado, porque quien se divorciaba era un niño de doce años de edad.
El menor había solicitado, en un tribunal de la Florida en los Estados Unidos, divorciarse de su madre Raquel Kinsley para poder ser adoptado legalmente por George y Lizz Russ, la pareja que lo había prohijado. El juez concedió este extraño divorcio porque Raquel, la madre, había abandonado por completo a su hijo prácticamente desde que nació.
En la actualidad los divorcios no son excepcionales, pero este divorcio es singular porque lo solicitó contra su madre un niño de doce años. La madre era drogadicta, mujer de bares y clubes nocturnos, de hombres, de fiestas y de abandono. En los doce años de la vida de Gregory, Raquel nunca fungió como verdadera madre. Fue madre biológica y nada más.
Gregory nunca tuvo cariño, ni educación ni cuidado. En cambio, la otra pareja le dio a Gregory todo lo que un niño necesita: amor, protección, consejos y la palabra mágica «hogar».
Lo cierto es que el hogar y la familia están sufriendo un ataque despiadado por parte de fuerzas enemigas como lo son el desapego de los padres hacia los hijos, la libertad excesiva, los vicios desenfrenados, la inmoralidad desvergonzada, y la irreligiosidad. La antigua institución judeo-cristiana se bambolea: las paredes se resquebrajan, el techo se hunde, los cimientos ceden y la casa se viene abajo.
¿Qué consecuencias trae este derrumbe del hogar, especialmente entre los adolescentes? Drogadicción, pandillaje, relaciones sexuales fuera del matrimonio, embarazos indeseados, delincuencia juvenil. Todos estos males tienen origen en hogares que no son hogares sino sólo casas, cuatro paredes frías sin alma.
¿De dónde proceden todos estos males sociales? De un gran divorcio previo, cuando el hombre se divorció de Dios. Todos los males que hay en el mundo —y la lista es larga— provienen de aquel primer divorcio que Adán y Eva hicieron de Dios su Creador y Padre.
Sin embargo, es posible reconciliarse con Dios y volver a casarse. Hay sanidad en la familia cuando se restablece esta comunión. Sometámonos al señorío de Jesuscristo. Cuando Él es Señor de nuestra vida, de nuestro matrimonio y de nuestro hogar, todo cambia. Él está en este momento tocando a la puerta de nuestro corazón. Abrámosela hoy mismo.
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miércoles, 5 de agosto de 2009
CINCUENTA MILLONES
por Carlos Rey
Eran cincuenta millones. Cincuenta millones de dólares. No estaban en las arcas de un banco, ni pertenecían a una empresa petrolera, ni eran los fondos de una compañía de bienes raíces, ni representaban el presupuesto de una película de Hollywood.
Esa fabulosa suma de dinero estaba en las manos de un joven hispano de diecinueve años, que intentaba entrar en los Estados Unidos. Mejor dicho, estaba en el tanque de gasolina de su camioneta, en forma de cocaína pura escondida en herméticos receptáculos metálicos. Habría sido un contrabando perfecto de no haber sido descubierto.
Cincuenta millones de dólares... ¿Cuántas cosas buenas pudieron haberse hecho con esa cantidad de dinero? Pudo haberse resuelto la crisis de un sinnúmero de personas alrededor del mundo que padecen de hambre o de enfermedades incurables. O pudieron haberse comprado recursos escolares para millones de estudiantes pobres que no los tienen. O pudieron haberse ofrecido becas a miles y miles de jóvenes deseosos de cursar estudios universitarios. O pudieron haberse creado oportunidades de empleo para miles de desempleados.
En fin, esa fortuna pudo haberse invertido en uno o en varios de tales proyectos, pero sucedió lo contrario. No se invirtió sino que se subvirtió su verdadero valor, condensándolo en cocaína destinada a enfermar, envilecer y estropear más aún la mente, la conciencia y la moral de millones de drogadictos y de adictos en potencia, ¡dispuestos a jugarse la vida consumiendo drogas! Injusticias como esta que ocurren a diario en el mundo, síntoma del desbarajuste moral que resulta de una absurda tergiversación de valores y virtudes, tarde o temprano provocarán la intervención divina.
En el libro de Apocalipsis, Juan el evangelista tiene una visión del fin del mundo en que Dios interviene de manera radical, como cuando envió el diluvio en los días de Noé, como cuando arrasó con fuego a Sodoma y Gomorra en los días de Lot. Allí la voz de los mártires nos recuerda el clamor del salmista David: «¿Hasta cuándo, Señor, vas a tolerar esto?»,1 pues claman: «¿Hasta cuándo, Soberano Señor, santo y veraz, seguirás sin juzgar a los habitantes de la tierra...?»2 Lo cierto es que el castigo llega sin demora, pues esos habitantes terminan gritando a las montañas y a las peñas: «¡Caigan sobre nosotros y escóndannos de la mirada del que está sentado en el trono y de [su] ira..., porque ha llegado el gran día del castigo! ¿Quién podrá mantenerse en pie?»3
Más vale que clamemos a Dios antes que las cosas lleguen a ese extremo. No esperemos a que sea demasiado tarde. Porque «éste es el momento propicio de Dios —nos aconseja el apóstol Pablo—; ¡hoy es el día de salvación!»4
1 Sal 35:17
2 Ap 6:10
3 Ap 6:16,17
4 2Co 6:2
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Eran cincuenta millones. Cincuenta millones de dólares. No estaban en las arcas de un banco, ni pertenecían a una empresa petrolera, ni eran los fondos de una compañía de bienes raíces, ni representaban el presupuesto de una película de Hollywood.
Esa fabulosa suma de dinero estaba en las manos de un joven hispano de diecinueve años, que intentaba entrar en los Estados Unidos. Mejor dicho, estaba en el tanque de gasolina de su camioneta, en forma de cocaína pura escondida en herméticos receptáculos metálicos. Habría sido un contrabando perfecto de no haber sido descubierto.
Cincuenta millones de dólares... ¿Cuántas cosas buenas pudieron haberse hecho con esa cantidad de dinero? Pudo haberse resuelto la crisis de un sinnúmero de personas alrededor del mundo que padecen de hambre o de enfermedades incurables. O pudieron haberse comprado recursos escolares para millones de estudiantes pobres que no los tienen. O pudieron haberse ofrecido becas a miles y miles de jóvenes deseosos de cursar estudios universitarios. O pudieron haberse creado oportunidades de empleo para miles de desempleados.
En fin, esa fortuna pudo haberse invertido en uno o en varios de tales proyectos, pero sucedió lo contrario. No se invirtió sino que se subvirtió su verdadero valor, condensándolo en cocaína destinada a enfermar, envilecer y estropear más aún la mente, la conciencia y la moral de millones de drogadictos y de adictos en potencia, ¡dispuestos a jugarse la vida consumiendo drogas! Injusticias como esta que ocurren a diario en el mundo, síntoma del desbarajuste moral que resulta de una absurda tergiversación de valores y virtudes, tarde o temprano provocarán la intervención divina.
En el libro de Apocalipsis, Juan el evangelista tiene una visión del fin del mundo en que Dios interviene de manera radical, como cuando envió el diluvio en los días de Noé, como cuando arrasó con fuego a Sodoma y Gomorra en los días de Lot. Allí la voz de los mártires nos recuerda el clamor del salmista David: «¿Hasta cuándo, Señor, vas a tolerar esto?»,1 pues claman: «¿Hasta cuándo, Soberano Señor, santo y veraz, seguirás sin juzgar a los habitantes de la tierra...?»2 Lo cierto es que el castigo llega sin demora, pues esos habitantes terminan gritando a las montañas y a las peñas: «¡Caigan sobre nosotros y escóndannos de la mirada del que está sentado en el trono y de [su] ira..., porque ha llegado el gran día del castigo! ¿Quién podrá mantenerse en pie?»3
Más vale que clamemos a Dios antes que las cosas lleguen a ese extremo. No esperemos a que sea demasiado tarde. Porque «éste es el momento propicio de Dios —nos aconseja el apóstol Pablo—; ¡hoy es el día de salvación!»4
1 Sal 35:17
2 Ap 6:10
3 Ap 6:16,17
4 2Co 6:2
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martes, 4 de agosto de 2009
EXPLOSIÓN DE IRA
por el Hermano Pablo
Era imposible que una insensata estupidez produjera efectos tan desastrosos. La mañana transcurría pacífica y feliz. El sol brillaba en el cielo. Brisas frescas mecían los pastos. Las vacas rumiaban tranquilamente, y Rubyat Wolf, granjero en el norte del Líbano, miraba feliz su hacienda.
En eso, un sobrino suyo disparó al azar su escopeta, y le dio en un ojo a una de las vacas. El granjero, enfurecido, le propinó una paliza. Intervinieron entonces otros parientes, y se produjo un tremendo tiroteo. Cuando se disipó el humo había, además de varios heridos, trece personas muertas en el suelo, y la vaca, con un ojo menos, seguía rumiando en el campo.
¿Qué fue esto? Un estallido de ira. El motivo era serio, cierto. Un muchachón armado de una escopeta lastimó de gravedad una vaca campeona. Pero, ¿justifica un ojo vacuno perdido, que hubiera, en menos de cinco minutos, trece personas muertas? ¡De ninguna manera!
Hubo alguien que le puso nombre a la ira. La llamó «doncella con corazón de tigre». Si está dormida, es bella como la bella durmiente del bosque. Si está despierta, es violenta y feroz como un furioso huracán.
El sabio Salomón encara este tema con expresiones muy acertadas. He aquí sus palabras: «Pesada es la piedra, pesada es la arena, pero más pesada es la ira del necio» (Proverbios 27:3). La ira es aliento del infierno e impulso del maligno, y sopla vientos de fuego en corazones débiles.
El Maestro de Galilea tuvo unas palabras que decir acerca de la ira. «Ustedes han oído que se dijo a sus antepasados: “No mates, y todo el que mate quedará sujeto al juicio del tribunal.” Pero yo les digo que todo el que se enoje con su hermano quedará sujeto al juicio del tribunal. Es más, cualquiera que insulte a su hermano quedará sujeto al juicio del Consejo. Pero cualquiera que lo maldiga quedará sujeto al juicio del infierno» (Mateo 5:21,22). Notemos cómo Jesucristo pone la ira a la par del homicidio.
La filosofía de hoy nos dice que nuestros sentimientos no se han de violar, que nuestros gustos son más importantes que los de cualquiera, y que si alguien pisotea nuestra opinión, debemos declarar en forma clara que no vamos a permitir que nuestros antojos se ignoren. El resultado es disgustos y pleitos.
¿Qué es lo opuesto a la ira? La comprensión, la bondad, la tolerancia, la paz. El Señor Jesucristo, Señor de amor y de paz, puede poner paz en nuestro corazón. Entreguémosle toda nuestra ansiedad y nuestra ira. A cambio nos dará su paz insondable.
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Era imposible que una insensata estupidez produjera efectos tan desastrosos. La mañana transcurría pacífica y feliz. El sol brillaba en el cielo. Brisas frescas mecían los pastos. Las vacas rumiaban tranquilamente, y Rubyat Wolf, granjero en el norte del Líbano, miraba feliz su hacienda.
En eso, un sobrino suyo disparó al azar su escopeta, y le dio en un ojo a una de las vacas. El granjero, enfurecido, le propinó una paliza. Intervinieron entonces otros parientes, y se produjo un tremendo tiroteo. Cuando se disipó el humo había, además de varios heridos, trece personas muertas en el suelo, y la vaca, con un ojo menos, seguía rumiando en el campo.
¿Qué fue esto? Un estallido de ira. El motivo era serio, cierto. Un muchachón armado de una escopeta lastimó de gravedad una vaca campeona. Pero, ¿justifica un ojo vacuno perdido, que hubiera, en menos de cinco minutos, trece personas muertas? ¡De ninguna manera!
Hubo alguien que le puso nombre a la ira. La llamó «doncella con corazón de tigre». Si está dormida, es bella como la bella durmiente del bosque. Si está despierta, es violenta y feroz como un furioso huracán.
El sabio Salomón encara este tema con expresiones muy acertadas. He aquí sus palabras: «Pesada es la piedra, pesada es la arena, pero más pesada es la ira del necio» (Proverbios 27:3). La ira es aliento del infierno e impulso del maligno, y sopla vientos de fuego en corazones débiles.
El Maestro de Galilea tuvo unas palabras que decir acerca de la ira. «Ustedes han oído que se dijo a sus antepasados: “No mates, y todo el que mate quedará sujeto al juicio del tribunal.” Pero yo les digo que todo el que se enoje con su hermano quedará sujeto al juicio del tribunal. Es más, cualquiera que insulte a su hermano quedará sujeto al juicio del Consejo. Pero cualquiera que lo maldiga quedará sujeto al juicio del infierno» (Mateo 5:21,22). Notemos cómo Jesucristo pone la ira a la par del homicidio.
La filosofía de hoy nos dice que nuestros sentimientos no se han de violar, que nuestros gustos son más importantes que los de cualquiera, y que si alguien pisotea nuestra opinión, debemos declarar en forma clara que no vamos a permitir que nuestros antojos se ignoren. El resultado es disgustos y pleitos.
¿Qué es lo opuesto a la ira? La comprensión, la bondad, la tolerancia, la paz. El Señor Jesucristo, Señor de amor y de paz, puede poner paz en nuestro corazón. Entreguémosle toda nuestra ansiedad y nuestra ira. A cambio nos dará su paz insondable.
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