miércoles, 28 de octubre de 2009

UNIDOS AL FIN

por el Hermano Pablo



Las puertas de la sala de emergencia se abrieron de par en par. Una camilla conducida por enfermeros pasó rápidamente. Traían a un hombre de sesenta y un años de edad, llamado Clarence, víctima de un ataque cardíaco. Pero los esfuerzos de los médicos fueron vanos. Clarence murió media hora después.
Acababan de quitar de la sala a Clarence cuando volvieron a abrirse rápidamente las puertas. Esta vez traían en la camilla a otro hombre, de cincuenta y seis años, llamado Charles, también víctima de un ataque cardíaco. De nuevo los esfuerzos de los médicos fueron vanos. Charles murió a la media hora.
En la morgue del hospital los cuerpos de Clarence Atton y Charles Atton yacían uno junto al otro, fríos, inmóviles, silentes. Clarence y Charles eran hermanos que habían estado enemistados durante veinticinco años. No se habían hablado ni una sola vez en ese lapso de tiempo. Los dos murieron el mismo día, casi a la misma hora, de un ataque cardíaco. Y la súbita muerte no les dio tiempo para reconciliarse.
He aquí un caso patético. Los dos hermanos tuvieron una vez una contienda. Se enemistaron seriamente. Ninguno de los dos quiso nunca dar su brazo a torcer. Alimentaron su resentimiento, sin deseos de perdón, durante veinticinco años.
En sólo dos ocasiones cambiaron unas breves palabras: en el funeral de la madre de ambos, y en el funeral de una hermana. Vivían en la misma ciudad: Boston, Estados Unidos. Pero nunca mostraron la voluntad de reconciliarse. Cuando al fin estuvieron uno junto al otro, ya estaban en la morgue, separados para siempre.
¿Cuánto tiempo vamos a esperar nosotros para reconciliarnos con nuestro hermano o nuestra hermana, con nuestro esposo o nuestra esposa, o con cualquiera con quien estamos enemistados? ¿Un día? ¿Un mes? ¿Un año? ¿O esperaremos hasta el día de la muerte, cuando la puerta se haya cerrado para siempre?
La obstinación es uno de los pecados más absurdos del ser humano. Nos herimos a nosotros mismos. Arruinamos nuestra propia vida. Destruimos nuestro propio ser, y todo por el orgullo que no nos deja decir: «Perdóname.»
Lo triste de esta obstinación es que el que sufre es el que no perdona. El que no perdona lleva una vida solitaria. El que no perdona no conoce la paz. El que no perdona sólo conoce amargura. El que no perdona no puede ni perdonarse a sí mismo. Y lo peor de todo es que el que no perdona no puede encontrar el perdón de Dios.
La oración más conocida de todos, el Padrenuestro, dice: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores» (Mateo 6:12). Es como decir; «Perdóname, Señor, de la misma manera en que yo perdono.» Y si nosotros, en obstinación, no perdonamos, no podemos obtener el perdón de Dios.
Cristo nos mostró el camino al reconciliarnos con Dios. Perdonemos nosotros, para vivir en paz y para disfrutar del perdón de Dios.

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martes, 27 de octubre de 2009

«LA MAFIA DE LAS ABUELITAS»

por el Hermano Pablo



Eran dieciocho mujeres. Mujeres ancianas, de cabello blanco. Mujeres que tenían el porte y el semblante de personas honestas, dignas, aplomadas en lo moral y maduras en lo espiritual. Dieciocho mujeres que iban y venían entre California y otros estados, como quien pasea de lo más desaprensivamente.
Sin embargo, formaban una mafia, «la mafia de las abuelitas», como la llamaron los diarios. Esas ancianas se dedicaban al tráfico de drogas. Y llegaron a acumular una fortuna calculada en veinticinco millones de dólares. Cuando por fin cayeron presas, fue motivo de gran asombro para todos los vecinos y conocidos.
Las blancas cabezas y los serenos semblantes presentaban un agudo contraste con el trabajo que realizaban. «Eran todas mujeres respetables en su comunidad —comentó el jefe de la policía de Los Ángeles—. Pero uno nunca termina de desengañarse de la gente.»
Siempre se ha supuesto que los años, las arrugas y las canas traen consigo la sabiduría. En los años de nuestra juventud se nos concede que hagamos travesuras y locuras, y que violemos normas y leyes. Pero al llegar los años de la senectud, se supone que debemos calmarnos y entrar en una vida reposada, sabia y serena. Aquellas ancianas hicieron todo lo contrario.
Todas ellas, con más de sesenta años de edad y ya abuelas, en lugar de ponerse a tejer conjuntos para sus nietos, como toda abuela normal, entraron en el negocio del narcotráfico. Y escudadas en su edad, su porte, su semblante y su buen nombre, cometieron un delito que las leyes penan severamente.
Es que los años y las canas no compran la sabiduría por sí solos. La vejez no es necesariamente, de por sí, la edad de la bondad, la justicia y la sabiduría. La verdad es que el ser humano puede ser tan malo a los ochenta años como lo fue a los veinte, los treinta o los cincuenta. El corazón no se cambia por sí solo. Carece de fuerza suficiente para ello. Nadie se autorregenera por más que se lo proponga o lo desee. Quien cambia al individuo, a cualquier edad, es Cristo. Y sólo Cristo puede tomar a un pecador, ya sea adolescente, joven, adulto o anciano, y transformarlo por completo.
¡No es posible exagerar la importancia de entregarle nuestra vida y nuestro corazón a Cristo cuanto antes en la vida! «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que lleguen los días malos», dice la Biblia (Eclesiastés 12:1). Hoy mismo, antes que pase más tiempo, démosle nuestra vida a Cristo.

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lunes, 26 de octubre de 2009

LA VIOLENTA MUERTE DE COAZINHO

por el Hermano Pablo



Una multitud encolerizada, con furia compuesta de frustración, abandono, pobreza y ansias de desquite, perseguía a Coazinho. Coazinho, muchacho de diecisiete años, de los arrabales de Río de Janeiro, a su vez corría procurando salvar su vida. Pero lo alcanzaron.
La turba furiosa lo ató a un árbol, le clavó dos hierros en el vientre, puso un cartucho de dinamita entre los hierros y prendió fuego a la mecha. Así fue como Coazinho, apenas un muchachón con historia de robos, asaltos, muertes y violaciones, murió de un modo violento. Esa es una de las muertes más violentas que le puede ocurrir a un hombre: morir dinamitado.
He aquí una historia triste, producida por una sociedad triste, en medio de una época y mundo que poco sabe de alegrías. Coazinho, cuyo verdadero nombre se desconoce, nació y fue criado en medio de la misma violencia que lo mató.
Hijo de una mujer de mala vida que lo dio a luz en un prostíbulo, Coazinho no conoció padre, ni madre, ni hogar, ni escuela ni iglesia. Se crió como pudo, recibiendo golpes, insultos, malos tratos y desprecios. No conoció más escuela que la calle, más iglesia que la taberna, más hogar que el orfanato.
No bien había llegado a la adolescencia cuando salió a vivir por su cuenta. Y vivió rodeado de la violencia y el delito, sumido en la furia y el resentimiento. Falto de educación formal y moral, los bajos instintos del hombre hicieron presa permanente de él.
Un día en que le robó la cartera a un hombre, colmó la copa de sus maldades, según juzgaron los vecinos. Así que lo persiguieron, lo alcanzaron, lo ataron a un árbol y lo dinamitaron por la mitad. A juicio de ellos, una vida que nunca había conocido más que la violencia debía terminar en forma violenta.
Es fácil comentar el caso y emitir palabras cargadas de sentimiento. ¡Pobre Coazinho! ¿Por qué tuvo que terminar de ese modo? Si hubiera sido hijo de la mayoría de nosotros, habría sido otro su destino.
La violencia que tanto perjudica a los niños y a los adolescentes no se encuentra sólo en las calles, en las tabernas, en las casas de vicio. Puede hallarse también en hogares respetables. Por eso mismo nos conviene invitar a Cristo a vivir en nuestro hogar hoy mismo. Porque sólo Cristo puede librarnos de la violencia que marca a los Coazinhos.

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sábado, 24 de octubre de 2009

LO MEJOR Y LO PEOR DEL MUNDO

por Carlos Rey



Había una vez un hombre rico que tenía un esclavo muy sabio. Cierto día el hombre envió a su esclavo al mercado para que le comprara la mejor comida que encontrara, ya que tenía varios amigos invitados a comer y quería ofrecerles algo apetitoso. Así que el esclavo fue al mercado y compró lengua, y al volver a casa, la preparó lo mejor que pudo.
Cuando el amo le preguntó a su esclavo por qué había comprado lengua, el esclavo le dijo:
—Porque la lengua es lo mejor del mundo: con la lengua alabamos a los dioses, con la lengua cantamos las glorias de la patria, con la lengua le declaramos amor a la mujer amada, y con la lengua le brindamos consejo al mejor amigo.
El amo, reconociendo la sabiduría de su esclavo, le respondió:
—Está bien, pero mañana me traerás lo peor que encuentres en el mercado.
Al día siguiente, el esclavo volvió otra vez con lengua.
—¿Por qué has vuelto a traer lengua? —le preguntó el amo—. ¿No decías ayer que es lo mejor del mundo? ¡Yo te pedí que me trajeras lo peor!
—Es que, sin duda alguna, Señor —contestó el esclavo—, la lengua es también lo peor del mundo, porque con ella mentimos, con ella calumniamos, con ella blasfemamos de los dioses, con ella juramos en falso, y con ella insultamos al prójimo.
Esta fábula, atribuida al legendario Esopo, encierra una gran lección. La verdad es que la lengua en sí no es ni buena ni mala; es simplemente el instrumento con que se expresa el corazón. En realidad, es el corazón lo que es malo o bueno. La lengua no hace más que obedecerle. Por eso dijo Jesucristo que «de lo que abunda en el corazón habla la boca».1
De modo que podemos emplear la lengua para hacer el bien o para hacer el mal. El sabio Salomón lo resume en los siguientes proverbios: «Los labios del justo destilan bondad; de la boca del malvado brota perversidad»; «En la lengua hay poder de vida y muerte»: «Fuente de vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre violencia»; «La lengua que brinda consuelo es árbol de vida; la lengua insidiosa deprime el espíritu»; «El charlatán hiere con la lengua como con una espada, pero la lengua del sabio brinda alivio»; «Con la boca el impío destruye a su prójimo»; «los labios del sabio son su propia protección».2
¡Qué bueno sería que, al igual que Salomón, le pidiéramos a Dios sabiduría por sobre todas las cosas,3 y que, al igual que David su padre, le pidiéramos a Dios que creara en nosotros un corazón limpio!4 De hacerlo así, nuestra lengua, cual fuente de vida, no haría más que destilar bondad y brindar consuelo y alivio.


1Lc 6:45
2Pr 10:32; 18:21; 10:11; 15:4; 12:18; 11:9; 14:3
32Cr 1:7‑12
4Sal 51:10


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DECISIONES Y CONSECUENCIAS

por el Hermano Pablo



¿Su nombre? María Isabel Flores. ¿Su edad? Treinta años. ¿Su ciudad? México, D.F. ¿La fecha del suceso? Un viernes en la noche, del mes de septiembre. María Isabel Flores, llena de hondas amarguras por decepciones de amor, y perdido todo el deseo de vivir, determinó que ese viernes se eliminaría de la tierra de los vivientes.
Lo había pensado bien. Lo haría de una manera fácil, barata, silenciosa e indolora. «Moriré yo sola —había indicado—, tranquila, sin molestar a nadie y sin que nadie me llore.» Y en la noche escogida, en el momento preciso, abrió la llave del gas y se acostó a dormir. Pero como a las cuatro de la mañana, por alguna razón inexplicable, hubo una horrible explosión. El vapor letal estalló espontáneamente y la conflagración que se produjo fue pavorosa.
La mujer semi-desnuda, junto con otros muchos inquilinos, salió corriendo a la calle. Allí tuvo que contemplar las consecuencias de su decisión. Nadie murió, pero veintidós apartamentos quedaron en ruinas, y cien personas, sin hogar. De ahí que a María Isabel la echaran en la cárcel, desde donde comenzaría a gestionar su proceso jurídico.
Podemos tomar ciertas decisiones, pero una vez que las llevamos a cabo, no tenemos ningún control sobre sus consecuencias. No hay nada en este mundo, absolutamente nada, que podamos hacer que no tenga consecuencias. Esa es una ley ineludible. El código universal de Dios lo establece en estos términos: «Cada uno cosecha lo que siembra» (Gálatas 6:7).
Es muy interesante y a la vez irónico que aun cuando no creamos que hay una ley moral absoluta que rige en este mundo, y aun cuando no aceptemos la existencia de Dios, el creador de esa ley, de todos modos seguimos sufriendo las consecuencias de la infracción de esas leyes que decimos que no existen.
¿Cuándo hemos de abrir los ojos y de salir de nuestro cascarón de orgullo, egoísmo y arrogancia para reconocer que sí hay un Dios que tarde o temprano nos pedirá cuentas de todo lo que hayamos hecho?
Sí hay un Dios, y su amor y su compasión son incomparables. Es más, así como la infracción de sus leyes morales trae consecuencias destructivas, también la obediencia a ellas trae consecuencias gratas. No batallemos más contra nuestra conciencia. Descubramos la libertad que nos trae el someternos a Dios. Digamos con todo nuestro ser: «Señor, entra hoy en mi corazón y sé Tú mi dueño.» Ese acto solemne, realizado con toda sinceridad, nos traerá la paz que tanto necesitamos. Clamemos a Dios hoy mismo.

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martes, 13 de octubre de 2009

EL ÚLTIMO ABISMO

por el Hermano Pablo



El poema fue creación de un alma juvenil, confundida y traspasada de problemas. «Tinieblas —dice el primer verso—, vengan y llévenme al último abismo, donde el dolor y el odio, y la ira y la guerra, ya no queman más.»
Y siguiendo ese mismo tono, la poesía, compuesta de versos graves y tristes, termina con: «El amor ha llegado a ser mi enemigo; la amistad se ha vuelto burla; y la esperanza, mi prisión.» Así concluyó Elisabeth Garrison, de dieciséis años de edad, su poema. Su dolor, expresado en verso, explica el crimen que acababa de cometer. Elisabeth Garrison acababa de matar a su madre.
El alma del poeta se conmueve con las emociones más extremas. Ve la vida con ojos penetrantes, y reacciona de modo diferente al común entre los mortales.
Elisabeth no se llevaba bien con su madre. Las dos nunca se habían entendido, y a los dieciséis años de edad, en medio de la desesperación, Elisabeth mató a su madre. Inmediatamente después, todavía en su cuarto, la joven compuso esos versos. En ellos pedía que se le llevara al «abismo final, donde el dolor cesa. Porque —¡y qué expresión de una muchacha de apenas dieciséis años de edad!— el amor ha llegado a ser mi enemigo; la amistad se ha vuelto burla; y la esperanza, mi prisión.»
Ante esto nos preguntamos: ¿A qué profundidad de dolor, de desesperanza, habrá llegado la persona que dice que el amor es su enemigo, y que luego mata al ser más querido que tiene? Llegar a ese extremo es lo más desastroso que el ser humano pueda conocer. Y sin embargo hay muchas personas que han caído en ese abismo.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, cuando la desesperación nos ahoga, ese es el momento de clamar: «¡Señor, te necesito; por favor, ayúdame!»
El salmista David sufrió, así también, sus momentos de angustia. Escuchemos uno de sus clamores: «¡Sálvame, Señor mi Dios, porque en ti busco refugio! ¡Líbrame de todos mis perseguidores! De lo contrario, me devorarán como leones; me despedazarán, y no habrá quien me libre.» Con esa ansiedad comienza David el Salmo 7, pero concluye con optimismo: «Mi escudo está en Dios, que salva a los de corazón recto... ¡Alabaré al Señor por su justicia! ¡Al nombre del Señor altísimo cantaré salmos!»
Aprendamos del salmista que siempre podemos encontrar refugio en Dios. Cuando todo en esta vida nos consume, siempre queda Dios. Y con tal que lo busquemos con toda sinceridad, Él siempre nos responderá. Pongamos nuestra confianza en Dios. Él jamás nos defraudará.

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viernes, 9 de octubre de 2009

«AHORA YO VOY A DESAFIAR A LA VIDA»

por el Hermano Pablo



«La vida me ha traído un desafío. Ahora yo voy a desafiar a la vida.» Así habló Ed Kanan, hombre de cuarenta y seis años de edad. Dicho esto, comenzó a esquiar: primero en el agua, lo cual es bastante difícil, después en la nieve, que es más difícil aún. Le puso tanto empeño al deporte que ganó campeonatos nacionales e internacionales.
Lo notable de estas hazañas es que Ed Kanan quedó ciego a los cuarenta y cinco años de edad, justo un año antes de aprender a esquiar. Armado de persistencia y optimismo, Kanan, a pesar del desafío de su ceguera, no permitió que su condición le robara la confianza. Al contrario, afrontó cada desafío con la seguridad de vencer.
La enfermedad que lo había dejado ciego, la diabetes, a su tiempo cobró su víctima, y a los cincuenta y nueve años de edad Ed Kanan murió. Pero dejó un legado: un legado del cual todos nosotros podemos aprovecharnos. Es este: «La vida me ha traído un desafío. Ahora yo voy a desafiar a la vida.»
Lo cierto es que la vida es un desafío continuo para todo ser humano. A veces nos acobardamos ante el desafío, y huimos. Otras veces, llenos de fe y armados de confianza, con una oración en los labios, retamos a la vida y vencemos.
Es rara la vez en que la vida presenta bendiciones, dichas o satisfacciones en una bandeja de plata. Con la vida hay que pelear. Uno puede obtener la victoria y llegar a disfrutar del triunfo y tener al fin la satisfacción de decir: «He peleado y he vencido», pero es, como quiera, una batalla.
Hay dos enemigos que son los que más nos acosan. Uno es el miedo; el otro es el desánimo. El miedo es siempre a lo desconocido. No tememos lo que conocemos; tememos lo que desconocemos. Eso debe decirnos mucho. Si lo que tememos nos es desconocido, ¿cómo sabemos que nos puede perjudicar?
El desánimo, por su parte, es una reacción. Tiene como base nuestras emociones. Depende de la manera en que reaccionamos a las circunstancias de la vida. Si no reaccionamos negativamente, no sufrimos desánimo.
Es innegable que la vida no es justa. No siempre podremos controlar nuestras emociones. ¿Qué hacer entonces? Cobijarnos en la gracia de Dios. Si Cristo es nuestro amigo, si estamos acostumbrados a hablar con Él, podemos estar seguros de que Él nos tiene en sus planes. Y si estamos en sus planes, nada puede ocurrirnos que Él no apruebe. Todos podemos tener esa certeza.
Rindámonos, pues, al Señor Jesucristo y así podremos, con fe y con plena seguridad, desafiar a la vida. Él será nuestra victoria. Él nos acompañará hasta la recta final.

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martes, 6 de octubre de 2009

DIECISIETE AÑOS DE OLVIDO

por Carlos Rey



De un momento a otro, se dio cuenta de que era otra persona. Es decir, de repente, tras muchos años de olvido, se dio cuenta realmente de quién era él. Rafaele Venutti se sentó asombrado en un banco de la plaza, se rascó la cabeza y se rió un poco de sí mismo.
Diecisiete años atrás, Rafaele Venutti vivía en el pueblo de Erto, a orillas del lago Langarone, en Italia. La noche del 9 de diciembre de 1963, debido a las grandes llu­vias, una avalancha de tierra se desprendió de la montaña y cayó al lago. Las aguas se levantaron en una enorme ola, y esa ola arrastró con tres localidades de la orilla.
Rafaele quedó mudo de la impresión y perdió la memoria. Todos creyeron que había muerto, y su familia se resignó a su pérdida. Diecisiete años después, en la ciudad italiana de Udine, recuperó súbitamente la memoria y les pidió a las autoridades que lo ayudaran a reencontrarse con sus familiares. Para él fue como volver a vivir.
«Volver a vivir.» ¡Qué linda frase! Rafaele vivió diecisiete años como vagabundo, sin familia, sin hogar, sin casa, sin amigos y sin parientes. En esos diecisiete años, él se creía un abandonado de todos, un verdadero paria, deambulando de aquí para allá como perro sin dueño, sin tener ni siquiera dónde caerse muerto. Y sin embargo, sin saberlo, todo ese tiempo era dueño de una propiedad, y tenía esposa e hijos, como también muchos parientes y amigos que lo amaban y que felizmente compartirían la vida con él. Cuando recuperó la memoria, Rafaele recuperó todas sus posesiones y volvió a ser feliz.
Conocer a Jesucristo como Señor y Salvador es algo así como recuperar la memoria de un momento a otro. Es entrar súbitamente en una nueva dimensión de vida. Es hacerse de familia, de amor, de amigos y de parientes. Es saber, de repente, que uno es alguien, que no es un simple vagabundo en este mundo, un paria desposeído de todo, sino un hijo de Dios, con toda la herencia y toda la dignidad de los hijos de Dios.
Podemos vivir en esta vida hasta veinte, treinta, cuarenta, o decenas más de años como si nada tuviéramos, como si fuéramos los más pobres y desamparados del mundo. Pero cuando encontramos a Cristo, nos damos cuenta de lo ricos que somos. Y entonces exclamamos asombrados: «¡Toda esta bendición que me tenía guardada Cristo, y yo ni me había dado cuenta!» Si aún no hemos tenido esta experiencia, ya es hora de que la tengamos, si no en este momento, en el que sigue...





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lunes, 5 de octubre de 2009

DIOS SIEMPRE LLEGA EN EL MOMENTO JUSTO.

Todos los Domingos por la tarde, después del servicio mañanero en la iglesia, el Pastor y su hijo de 11 años iban al pueblo a repartir volantes a cada persona que veían.

Este Domingo en particular, cuando llegó la hora de ir al pueblo a repartir los volantes, el tiempo estaba muy frío y comenzó a lloviznar.

El niño se puso su ropa para el frío y le dijo a su padre:
OK, papá, estoy listo'.
Su papá, el Pastor, le dijo, 'Listo para qué?
'Papá, es hora de ir afuera y repartir nuestros volantes.'
El papá respondió, 'Hijo, esta muy frío afuera y está lloviznando. '
El niño miró sorprendido a su padre y le dijo, 'Pero Papá, la gente necesitan saber de Dios aún en los días lluviosos.'
El Papá contestó , 'Hijo yo no voy a ir afuera con este tiempo.'
Con desespero, el niño dijo, 'Papá, puedo ir yo solo? Por favor?
Su padre titubeó por un momento y luego dijo, 'Hijo, tú puedes ir.
Aquí tienes los volantes, ten cuidado.'
'Gracias papá!'

Y con esto, el hijo se fue debajo de la lluvia. El niño de 11 años caminó todas las calles del pueblo, repartiendo los volantes a las personas que veía.
Después de 2 horas caminando bajo la lluvia, con frío y su último volante, se detuvo en una esquina y miró a ver si veía a alguien a quien darle el volante, pero las calles estaban totalmente desiertas.


Entonces él se viró hacia la primera casa que vio, caminó hasta la puerta del frente, tocó el timbre varias veces y esperó, pero nadie salió.
Finalmente el niño se volteó para irse, pero algo lo detuvo. El niño se volteó nuevamente hacia la puerta y comenzó a tocar el timbre y a golpear la puerta fuertemente con los nudillos.
Él seguía esperando, algo lo aguantaba ahí frente a la puerta.
Tocó nuevamente el timbre y esta vez la puerta se abrió suavemente.

Salió una señora con una mirada muy triste y suavemente le preguntó:
'Qué puedo hacer por ti, hijo.'
Con unos ojos radiantes y una sonrisa que le cortaba las palabras, el niño dijo,:
'Señora, lo siento si la molesté, pero sólo quiero decirle que...
*DIOS REALMENTE LA AMA * y vine para darle mi último volante, que habla sobre DIOS y SU GRAN AMOR.
El niño le dio el volante y se fué.
Ella solo dijo:
'GRACIAS, HIJO, y que DIOS te bendiga.'
Bien, el siguiente domingo por la mañana el pastor estaba en el púlpito y cuando comenzó el servicio preguntó:
'Alguien tiene un testimonio ó algo que quiera compartir?.
Suavemente, en la fila de atrás de la iglesia, una señora mayor se puso de pie. Cuando empezó a hablar, una mirada radiante y gloriosa brotaba de sus ojos:
'Nadie en esta iglesia me conoce. Nunca había estado aquí, incluso todavía el domingo pasado no era Cristiana.
Mi esposo murió hace un tiempo atrás dejándome totalmente sola en este mundo.
El domingo pasado fue un dia particularmente frío y lluvioso, y también lo fue en mi corazón; ese día llegué al final del camino, ya que no tenía esperanza alguna ni ganas de vivir.
Entonces tomé una silla y una soga y subí hasta el ático de mi casa. Amarré y aseguré bien un extremo de la soga a las vigas del techo; entonces me subí a la silla y puse el otro extremo de la soga alrededor de mi cuello.

Parada en la silla, tan sola y con el corazón destrozado, estaba a punto de tirarme cuando de repente escuché el sonido fuerte del timbre de la puerta.
Entonces pensé, 'Esperaré un minuto y quien quiera que sea se irá'.
Yo esperé y esperé, pero el timbre de la puerta cada vez era más insistente, y luego la persona comenzó a golpear la puerta con fuerza.
Entonces me pregunté, QUIEN PODRÁ SER?
Jamás nadie toca mi puerta ni vienen a verme!
Solté la soga de mi cuello y fui hasta la puerta, mientras el timbre seguía sonando cada vez con mayor insistencia.

Cuando abrí la puerta no podía creer lo que veían mis ojos, frente a mi puerta estaba el más radiante y angelical niño que jamás había visto.
Su sonrisa, ohhh, nunca podré describirla! Las palabras que salieron de su boca hicieron que mi corazón, muerto hace tanto tiempo, volviera a la vida, cuando dijo con voz de querubín:
'SEÑORA , sólo quiero decirle que DIOS realmente la ama.'

'Cuando el pequeño ángel desapareció entre el frío y la lluvia, cerré mi puerta y leí cada palabra del volante.
Entonces fui al ático para quitar la silla y la soga..
Ya no las necesitaría más.
Como ven . . ..ahora soy una hija feliz del REY.
Como la dirección de la iglesia estaba en la parte de atrás del volante, yo vine personalmente decirle GRACIAS a ese pequeño ÁNGEL DE DIOS que llegó justo a tiempo y de hecho, a rescatar mi vida de una eternidad en el infierno.'

Todos lloraban en la iglesia.
El Pastor bajó del pulpito hasta la primera banca del frente, donde estaba sentado el pequeño ángel; tomó a su hijo en sus brazos y lloró incontrolablemente.
Probablemente la iglesia no volvió a tener un momento más glorioso.

Dios bendiga tus ojos por leer este mensaje.
No permitas que este mensaje muera de frío; después de leerlo, pásalo a otros.
Recuerda, el mensaje de DIOS puede hacer una gran diferencia en la vida de alguien cerca de ti.
POR FAVOR LEER CON FE Esta es una oración impresionante.
Créelo y serás bendecido. Lucas 18,27:
"El les dijo:
Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios".
El problema con muchos de nosotros es que no creemos que Dios abrirá una ventana y derramara bendiciones que no tendremos lugar para recibirlas.
Reto a cualquier persona a tratar a Dios.
Él es fiel a su palabra.
Dios no puede mentir y sus promesas son seguras.
Tres cosas le sucederán esta semana que viene:
(1) usted encontrará el favor de alguien de quien usted no espera;
(2) usted será demasiado relevante para ser ignorado;
(3) usted se encontrará con Dios y usted nunca será igual otra vez.
Mi oración por usted hoy:
Los ojos que están viendo este mensaje no verán ningún mal.
Las manos que enviarán este mensaje a otros no trabajarán en vano.
La boca que dice Amen a esta oración reirá por siempre.
Permanezca en el amor de Dios enviando esta oración a todos en su lista..
¡Tenga un viaje encantador en la vida!
¡Confíe en el señor con todo su corazón y él nunca le fallará porque él es IMPRESIONANTE!
Padre Divino.
Dios más afable y más amoroso,
te ruego que bendigas abundantemente mi familia y a mi.
Sé que tú reconoces, que una familia es más que una madre, padre, hermana, hermano, esposo y esposa, pero todos los que crean y confíen en ti.
Padre,
Mando una oración de suplica de bendiciones, no solamente para la persona que me envió esto, pero para mí y para todos a los que he remitido este mensaje.
Y que la fuerza de la unión en la oración por los que creen y confían en ti es más poderosa que cualquier otra cosa.
Te agradezco de antemano por tus bendiciones.
Dios Padre,
Libera a la persona que lee esto ahora de deudas y de las cargas por las deudas.
Envía tu sabiduría santa que yo pueda ser un buen administrador sobre todo lo que me has dado Padre, yo sé que eres maravilloso y poderoso y como si te obedecemos y caminamos en tu palabra y tenemos la fe de una semilla de mostaza tu derramaras de tus bendiciones.
Te agradezco señor por las bendiciones recientes que he recibido y por las bendiciones que todavía han de venir porque sé que tú aun no has terminado conmigo todavía.
En el nombre de Jesús. Amen
Tomese unos segundos y envíelo.
En pocas horas, usted habrá hecho que una multitud de gente ore a Dios los unos por los otros.
Entonces siéntese y mire el poder de Dios trabajando en su vida por hacer las cosas que usted sabe que él ama.

sábado, 3 de octubre de 2009

«USTED NO TIENE NINGUNA ENFERMEDAD»

por el Hermano Pablo



Primero sintió una molesta comezón en casi todo el cuerpo. Pensó que era alergia o picaduras de insectos. Pero la comezón siguió, y se complicó con cansancio y dolores en los brazos y las piernas.
Comenzó entonces para Patricia Delaney una larga e intensa odisea. La vieron veinticinco especialistas en Estados Unidos y Europa. Todos le dijeron lo mismo: «Usted, señora, no tiene ninguna enfermedad.» Pero la realidad era que Patricia sufría del mal de Hodgkin, cáncer glandular. Felizmente, por fin diagnosticaron su mal, y comenzó la etapa de recuperación.
Pero lo que le pasó a esta mujer, consultora industrial, le ocurre a muchas personas. Tienen una debilidad general. A su condición la acompañan fuertes dolores de cabeza y un desgano que no les permite estar activos. Entonces consultan médicos, recorren una ciudad tras otra y van de hospital en hospital, pero todos aseguran lo mismo: «Usted no tiene ninguna enfermedad.»
Esto es triste, y ocurre con más frecuencia de lo que las autoridades médicas están dispuestas a admitir. Pero hay algo que entristece aún más. Es cuando un hombre o una mujer van de un remedio a otro, de un consejero a otro, buscando la paz. Lo consultan todo: el horóscopo, el vaticinio, la adivinación, el augurio. Hasta se van tras religiones extrañas —el vudú, la hechicería, el satanismo—, todo para encontrar satisfacción en la vida. Y su búsqueda no produce más que desengaño.
¿Cuál es el mal universal que acosa al hombre? Es el pecado. Cuando el hombre infringe las leyes morales de Dios, acarrea consecuencias que él no entiende. No entiende por qué está triste. No entiende por qué no puede controlar sus apetitos. No entiende por qué sigue tras lo que lo destruye. Se está muriendo de temor, de confusión, de desesperación, y no comprende qué le está pasando.
Es que el ser humano necesita un Médico supremo, un Médico para la enfermedad universal, que es el pecado. Fuimos creados para funcionar de cierto modo, y cuando no seguimos las instrucciones, todo se vuelve confusión y desorden.
Jesucristo desea ser nuestro Salvador. Él es el Creador, y sabe cuál es nuestro mal y qué necesitamos para vivir en paz. Invitémoslo a que sea nuestro Salvador. Entreguémosle nuestra vida y sometámonos a su divina voluntad. Él nos ama intensamente y tiene la gracia y el poder para sanarnos de ese mal espiritual que nos agobia. Cristo quiere ser nuestro Salvador. Ya no busquemos más. Aceptemos su diagnóstico y la ayuda sobrenatural que nos ofrece.

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