sábado, 18 de diciembre de 2010

ES SIEMPRE BUENO MIRAR HACIA ATRÁS

por el Hermano Pablo



El camionero Robin MacAllen de Toronto, Canadá, puso en marcha el motor de su vehículo. El camión estaba cargado con varillas de hierro, y Robin estaba saliendo del corralón de materiales.
Como conocía bien el lugar, Robin casi nunca miraba hacia atrás cuando retrocedía. Siempre suponía que tenía suficiente espacio libre. Pero esta vez, al retroceder, chocó contra otro camión que Robin no había advertido, y ocurrió lo insólito. Una varilla —una sola varilla de la carga— se corrió hacía adelante, traspasó el vidrio trasero de la cabina del camión, entró por la nuca de Robin y salió por la frente.
Increíblemente, el desprevenido camionero no murió. La varilla, de milagro, pasó entre los dos hemisferios de su cerebro, sin causar daño mortal. A Robin lo llevaron de emergencia al hospital, y el comentario sentencioso del cirujano Friedman, que le extrajo la varilla, fue: «Hay veces en la vida en que conviene mirar hacia atrás.»
¡Qué lección tan poderosa la de esta frase del doctor Friedman! Mirar hacia atrás es examinar nuestra vida pasada. Es repasar las experiencias. Es analizar la conducta. Y quien con ojos objetivos mira su vida de ayer y estudia los motivos y las razones por los que hizo lo que hizo, tendrá la madurez necesaria para conducir su vida presente hacia triunfos y victorias.
Es realmente sabio poder prever consecuencias y luego, en todas las decisiones, tener presentes esas consecuencias. Solamente la persona que mira hacia atrás, examinando sus hechos pasados, puede prever consecuencias y ordenar su vida presente con cordura y sensatez.
«Hay veces en la vida en que conviene mirar hacia atrás», le dijo el doctor Friedman a Robin MacAllen. Mejor le hubiera dicho: «Siempre conviene mirar hacia atrás. Siempre conviene aprender del pasado. Siempre conviene medir nuestra conducta conforme a las experiencias vividas. Siempre conviene tener presentes las lecciones que nuestro ayer nos ha dejado.»
Si nuestra vida no ha rendido el fruto que debe, y hemos tenido heridas, frustraciones y malentendidos, es porque toda nuestra vida es un espejo que refleja lo que le hemos dado. La vida nos paga según nuestra inversión en ella. Lo que sembramos es precisamente lo que cosechamos.
Para poder aprender del pasado y del presente, pidámosle a Cristo que sea nuestro Señor. Él quiere ser nuestro Maestro. Abrámosle nuestro corazón.

www.conciencia.net

martes, 14 de diciembre de 2010

UN EXPERTO EN GUSANOS

por el Hermano Pablo



«¡Venga pronto, lo necesitamos! ¡Hay miles, y están saltando hasta treinta centímetros!» A raíz de la urgente petición, Carl Olson, de cuarenta y cuatro años de edad, entomólogo de la Universidad de Arizona, Estados Unidos, se dirigió a la morgue. Tenía que examinar un cadáver humano.
El cadáver estaba lleno de larvas de mosca casera que saltaban del cuerpo a gran altura. Era algo rara vez visto. Así nació la vocación de Carl Olson.
He aquí un oficio que, aunque muy bien pagado, no muchos desean realizar. Sin embargo, cuando hay que determinar en qué día u hora murió un ser humano, alguien tiene que hacerlo. Examinando las larvas del cuerpo —de qué clase son, de qué tamaño y forma—, es posible decir, casi con exactitud, cuánto tiempo tiene de muerta la persona.
«No me da nada trabajar con cadáveres —asegura Carl—. El alma ya se ha ido. El espíritu ha vuelto a Dios. Si con mi trabajo puedo ayudar a esclarecer un crimen o un accidente, me doy por satisfecho.»
No es de muy buen gusto tocar temas que tienen que ver con la putrefacción y la muerte. Hay en casi todo ser humano una especie de repulsión hacia lo que no es vida. En cambio, sí nos gusta pensar en la salud, la fuerza y la vida, es decir, en lo agradable, lo provechoso, lo vivificante y lo encantador.
Desgraciadamente, no todo en la vida es encantador. Si hemos de ver con ojos sinceros la realidad de las cosas tenemos que reconocer que no sólo en un cuerpo físico puede haber putrefacción. También en el alma humana hay peste, podredumbre y muerte. Fue precisamente a causa de lo podrido del ser humano que Dios tuvo que mandar a Cristo su Hijo a la cruz. O moría el pecador, o moría Cristo por el pecador.
Dios había creado perfecto al ser humano. No había en Adán ni en Eva, en su primer estado, nada de maldad. Los gusanos de la corrupción moral que hoy destruyen nuestra sociedad no eran parte de aquella primera pareja. Cuando menos, no lo eran sino hasta después que ellos optaron por rebelarse contra Dios. La muerte espiritual del hombre comenzó cuando él quiso independizarse de Dios.
Hoy la raza humana está tan lejos de la pureza moral que nadie se confía de nadie. Todo convenio tiene que ser protegido por un complicado juego de leyes, y aun así, el que quiere engañar, elude la ley.
¿Qué necesitamos entonces? Un arrepentimiento profundo, una limpieza del alma, una transformación del corazón. Sólo Cristo produce esa transformación. Sólo Él salva. Volvamos a Dios. Sólo así viviremos en paz.

sábado, 11 de diciembre de 2010

UNA VIDA MALGASTADA

por el Hermano Pablo

La oportunidad se presentó en bandeja. Un millón ochocientos cincuenta mil dólares no son un bocado despreciable, sobre todo si es fácil apoderarse de ellos y los riesgos son mínimos. La tentación era demasiado grande.

Así que Jorge Manuel Bosque, joven empleado del Banco de Reserva de San Francisco, California, tomó el dinero y se apoderó de él. Debía llevarlo del aeropuerto al banco. Pero Jorge Manuel desapareció por completo, y con él, el dinero. Lo arrestaron quince meses más tarde cuando le quedaban sólo cien dólares. Había derrochado todo el dinero robado: un millón ochocientos cincuenta mil dólares. Estuvo preso seis años.

A los once años de haber perpetrado aquel robo, Jorge Manuel murió en un hotel de San Francisco, víctima de una sobredosis de droga.

Al margen de la manera delictiva en que obtuvo el dinero, este hombre es un ejemplo de lo fácil que es derrochar todo lo que se tiene. Se apoderó de casi dos millones de dólares. Durante quince meses hizo las compras más absurdas. Tiró el dinero por todos lados. Realizó paseos y fiestas extravagantes.

Cuando salió de la cárcel, derrochó todo lo que le quedaba: su salud, su mente y el resto del dinero con el que comenzó su nueva vida. Cayó en el pozo de la decadencia y se entregó a las drogas. Y las drogas acabaron con su vida. Lo hallaron muerto en su habitación en un hotel, y nadie se presentó para pedir su cuerpo.

Muchas personas como Jorge Manuel Bosque derrochan todo lo que tienen, incluso pertenencias que han obtenido honradamente y que en sí son sanas. Como que no perciben el valor de las cosas. Lo peor de todo es que malgastan los años de vida que Dios les ha concedido.

Tales personas nunca se acuerdan de Dios, y cuando llegan al día final, tratan desesperadamente de encontrarlo. No es sino hasta entonces que caen en la cuenta de que el peor de los derroches es malgastar los años de vida sin tener a Jesucristo, el Hijo de Dios, como su Señor y Salvador.

La vida humana no es muy larga. Sigue su curso, y luego se acaba. Contamos, a lo sumo, con setenta, ochenta o noventa años para realizar todo lo que podamos. Después de eso, toda puerta queda cerrada.

¿Por qué no coronamos hoy mismo a Jesucristo como Rey de nuestra vida? No derrochemos ni un solo día más de nuestra efímera existencia. El tiempo se va, las oportunidades se esfuman, y tan sólo aprovechamos lo que logramos en el presente. Hoy es el día de salvación. Ahora es cuando tenemos que decidir. No dejemos pasar esta ocasión sin entregarnos a Cristo. Este es el momento más importante de nuestra vida.

www.conciencia.net

viernes, 22 de octubre de 2010

LA LLAVE DESTRUCTORA

por el Hermano Pablo

Era el año 1944, y la Segunda Guerra Mundial hervía en su última etapa. Estaba por comenzar la batalla final, la de Berlín, Alemania.

Fue entonces que la fábrica Mercedes Benz recibió un pedido oficial. Tenía que fabricar un automóvil completamente a prueba de balas. Esto incluía puertas blindadas, cristales irrompibles y un motor de 400 caballos de fuerza, capaz de hacer correr el vehículo a más de 200 kilómetros por hora. Debía estar tapizado con el más fino cuero, contar con teléfono, radio y aire acondicionado, y ser completamente automático. Estaba destinado al Mariscal Goering. Como último detalle, debía proveérsele de un mecanismo especial, en que con sólo al mover una llave, esa joya mecánica pudiera desintegrarse instantáneamente.

El Mariscal Goering lo usó muy poco tiempo. Poco después Berlín cayó. A todos los jefes alemanes los arrestaron. Hitler se suicidó, y Goering mismo, ingiriendo una pastilla de veneno, también se quitó la vida.

El famoso Mercedes Benz fue confiscado por las tropas invasoras y posteriormente vendido a un coleccionista por 165.000 dólares. El nuevo dueño, que compró el auto para exhibirlo, poseía ahora no sólo una joya mecánica sino también una reliquia histórica. Pero era así mismo dueño de una bomba, pues con el más pequeño descuido el mal uso de esa llavecita haría desintegrar por completo ese tesoro.

El ser humano, como aquel Mercedes Benz, es un tesoro de incalculable valor. Y tiene también una llavecita que controla su vida. Esa llave es su voluntad, que es el elemento dentro de él que lo distingue de la bestia. La voluntad es esa parte muy especial del ser humano que le da la capacidad de imaginar, de creer, de soñar, de amar. Es la parte que le permite tener fe, experimentar esperanza, creer en sí mismo y conocer a Dios. Pero esa misma voluntad lleva en sí, también, la capacidad de destruir, porque usada para engañar, para deshonrar, para odiar y para matar, se convierte en la llave que puede desintegrar totalmente el tesoro que es él mismo.

Nuestra voluntad nos destruirá si no está sometida a la voluntad de Dios. No podemos, sin Dios, regir nuestra vida sin destruirnos a nosotros mismos. Entreguémosle nuestra vida al Señor Jesucristo. Sólo así podremos ser el tesoro que Dios quiso que fuéramos.

www.conciencia.net

martes, 19 de octubre de 2010

LA SEÑAL DEL ALFARERO Y EL BARRO

1 Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: 2 Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. 3 Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. 4 Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. 5 Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: 6 ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel. 7 En un instante hablaré contra pueblos y contra reinos, para arrancar, y derribar, y destruir. 8 Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, 9 y en un instante hablaré de la gente y del reino, para edificar y para plantar. 10 Pero si hiciere lo malo delante de mis ojos, no oyendo mi voz, me arrepentiré del bien que había determinado hacerle. 11 Ahora, pues, habla luego a todo hombre de Judá y a los moradores de Jerusalén, diciendo: Así ha dicho Jehová: He aquí que yo dispongo mal contra vosotros, y trazo contra vosotros designios; conviértase ahora cada uno de su mal camino, y mejore sus caminos y sus obras.

jueves, 14 de octubre de 2010

CUANDO LA PAREJA SE DIVORCIA

Fue un momento sumamente emotivo. Los médicos, las enfermeras y el personal de la clínica se hallaban conmovidos. Richard Livingstone, de veintisiete años, estaba donando uno de sus riñones a Jane, su joven esposa, de veintiuno. La operación fue un éxito, y a Jane la salvaron. Algún tiempo después, hubo otro momento conmovedor. Tras siete años de matrimonio, Richard y Jane se estaban divorciando. ¿La causa? Infidelidad de la esposa. El juez, los abogados y los miembros del tribunal estaban asombrados. Richard le estaba reclamando a Jane la devolución de todas las cosas que él tenía desde antes del matrimonio, incluso el riñón que le donó. «Es un caso difícil, que no tiene precedentes», dijo el juez.

Siempre es muy triste la disolución de un matrimonio. Siempre se parece a un naufragio, a un incendio, a un huracán, a un accidente. Un accidente en que se pierden vidas. Siempre es penoso ver cómo esposo y esposa, que una vez se juraron amor eterno, pelean ahora por los bienes materiales: la casa, el automóvil, los muebles, el dinero. Y ahora resulta el caso del hombre que le exige a su ex esposa la devolución de su riñón. Esto nunca se había visto. Bien dice el proverbio cervantino: «Cosas verás, Sancho, que no las creerás.»
CUANDO LA PAREJA SE DIVORCIA
por el Hermano Pablo
¿Por qué tantos matrimonios terminan en divorcio? La historia siempre se parece. No hay comprensión entre ellos. Hay egoísmo; hay mal humor, ira y violencia. Lo raro es que hasta cierto punto todo matrimonio tiene esos elementos. ¿Por qué es entonces que algunos sobreviven y otros no? Por una parte, las expectativas que los recién casados tienen de su cónyuge son ilusorias. Siguiendo esa misma línea, los cónyuges que se acepten mutuamente tal cual son habrán aprendido uno de los secretos fundamentales del matrimonio feliz.

Si se añade a eso la realidad de la presencia de Dios en los dos corazones y en el matrimonio, se habrá encontrado la fórmula eficaz que hace del matrimonio un organismo fuerte, duradero, digno y feliz.

Nuestro matrimonio, nuestro hogar y nuestra familia son los tesoros más grandes que tenemos. No los destruyamos. Cambiando el egoísmo por humildad y la rebelión por comprensión, nuestro matrimonio será feliz. Y eso puede hacerlo solamente Jesucristo reinando en el corazón de los cónyuges, que es el centro mismo del hogar.

lunes, 4 de octubre de 2010

¿CUÁL MANO TUVO LA CULPA?

por el Hermano Pablo



Fueron dos manos juntas, dos manos de la misma sangre, unidas firmemente. Pero no eran manos unidas en oración. Esas dos manos empuñaban juntas un revólver. Y juntas dispararon el arma.
El problema del jurado era decidir qué dedo, de cuál mano, fue el que apretó el gatillo. Porque ambos hermanos, Jesse Hogan y su hermana Jean, habían matado a la enfermera Ana Urdiales. El jurado decidió, por fin, que fue el dedo de Jesse el que apretó el gatillo. Así que condenaron a Jesse a muerte.
He aquí un caso dramático. Dos personas, hermano y hermana, empuñan un arma y con ella matan a una enfermera. Ambas manos sostienen el revólver, pero es un solo dedo el que hace el movimiento fatal. A una mano, la que no apretó el gatillo, le corresponde un castigo menor; a la otra, la pena de muerte.
¡Cuántas veces son dos manos las que cometen el delito, pero una sola recibe el castigo! ¡Cuántas veces el mal que se comete es resultado de otros elementos que han contribuido al mal, pero sólo una persona es castigada!
Una persona bajo la influencia del alcohol comete un asesinato, y sólo ella lleva la culpa. Pero ¿qué del fabricante de licores? ¿Qué del que anuncia con llamativa propaganda su veneno? ¿Qué del que vende el licor? Es más, ¿qué de las leyes que autorizan tales ventas? ¿No tienen todos ellos, también, la culpa de ese homicidio?
Una muchacha se escapa de su casa y se hace miembro de una pandilla callejera. Allí prueba drogas. Para tener con qué comprar las drogas, se vuelve prostituta. A causa de la prostitución, contrae SIDA. Así infecta a decenas de hombres que a su vez infectan a sus esposas. Y las que están embarazadas le transmiten el SIDA al hijo que está por nacer.
¿Quién es culpable? ¿La joven infectada? Claro que sí, pero junto con ella tienen la culpa, también, los padres, si no le dieron un hogar amoroso, las pandillas callejeras, los narcotraficantes y los hombres lujuriosos que compraron por una ínfima cantidad de dinero el cuerpo y el alma de aquella mujer.
Nadie peca solo. Todo lo que hacemos tiene repercusiones enormes. El pecado de Adán ha manchado la vida de toda la humanidad de todo tiempo y de todo lugar. Nadie peca solo.
Sólo Dios puede hacernos cambiar nuestra conducta. Lo hace cuando cambia nuestra vida. A esto Cristo lo llama «nacer de nuevo». Busquemos el perdón de Dios. Cuando Él limpia nuestro corazón, la semilla que sembramos produce vidas sanas y puras.

www.conciencia.net

domingo, 12 de septiembre de 2010

FALSA PIEDAD

por Carlos Rey



Bernadete acababa de cumplir los diecisiete años de edad cuando recibió los resultados de las pruebas que confirmaban que padecía de una enfermedad cerebral. Sus padres creyeron que la muchacha podría encontrar alivio al someterse a un tratamiento especial, así que la llevaron a la casa de un tendero de nombre Emilio Bettio. Él les aseguró que el problema de Bernadete no era físico sino espiritual. Según el tendero, se trataba de una posesión demoníaca, y para librar del demonio a la infeliz era necesario azotarla fuertemente.
Los desesperados padres dieron su consentimiento e hicieron arrodillar a la pobre Bernadete sobre una cama. Allí el tendero, sin compasión, descargó sobre ella dieciséis latigazos, y para darle un aspecto de piedad al castigo, con cada cuatro latigazos repetía: «En el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, en el nombre del Espíritu Santo, Amén.»
Los golpes fueron tan severos que la joven murió, y posteriormente, en Zurich, Alemania, se entabló juicio contra el verdugo Emilio Bettio: juicio por homicidio.
Parece increíble que se cometiera semejante crimen en el nombre de Dios. Pero lo cierto es que lo mismo ocurrió tanto en las Cruzadas contra los infieles como en la llamada «Santa» Inquisición entre los siglos doce y diecinueve, y lamentablemente ocurre en el siglo veintiuno. Todavía hay quienes se valen del nombre de Dios para perpetrar toda clase de atrocidades. Algunos, motivados por su avidez de poder y control, engañan a otros que los siguen ciegamente. Otros se vuelven fanáticos de una causa por su propia cuenta, mientras que a otros los consume el deseo de ser el centro de atención por lo menos unos minutos. Los más fanáticos son capaces de llegar al extremo de suicidarse y a la vez matar a un sinnúmero de personas que poco o nada tienen que ver con las tales «causas» detrás de los hechos.
¿Por qué culparán a Dios de actos tan bárbaros? Porque así les dan a esos actos un aspecto de piedad. Es que saben que, si se hacen pasar por voceros de Dios y le atribuyen a Él la autoría intelectual, entonces se supone que a los demás no nos queda más remedio que tragarnos el cuento. ¿No es cierto que cuando alguien alega que Dios le dijo que tomara determinada medida, con eso se hace infalible? ¿Y quién de nosotros va a poner en tela de juicio la voluntad de Dios?
El colmo de este engaño consiste en atribuirle la causa de la muerte al Autor de la vida. La verdad es que Jesucristo vino al mundo para erradicar la enfermedad de nuestra alma, librándonos así de la muerte y dándonos vida. Pero a diferencia de Emilio Bettio, Cristo no nos azota sin compasión ni nos pide que nos suicidemos o que azotemos o matemos a otros por su causa. Al contrario, Él mismo se dejó azotar y matar sin compasión por causa nuestra. Y por si eso fuera poco, nos asegura que si nos sometemos a su tratamiento especial de compasión y ternura, encontraremos alivio permanente para todo nuestro ser.





www.conciencia.net

sábado, 4 de septiembre de 2010

«ROBAR SU PROPIO BANCO»

por el Hermano Pablo

Iba a ser el asalto perfecto, un asalto que no podría fallar, que no dejaría ninguna pista, y que produciría al asaltante una cuantiosa suma. El disfraz del asaltante, también, era perfecto: anteojos negros, peluca de color diferente, y nariz arreglada por un experto en maquillajes de teatro.

Así disfrazado, Wong Hoi Wan, de cincuenta y ocho años de edad, de Hong Kong, decidió asaltar un banco de su ciudad. Sólo que él era el presidente del banco. No se sabe si por el calor o por los nervios, la nariz se le desprendió. Y por si eso fuera poco, su enorme figura de 135 kilos de peso ya lo había denunciado a los guardias.

El titular en los diarios era interesante: «Intentó robar su propio banco».

¿Qué significa robar su propio banco? Es alzarse con el dinero que clientes desprevenidos, con toda confianza, han depositado en él. Es levantar una suma incalculable de dinero sin pensar en las consecuencias. Es arruinar honra, familia y porvenir. De ahí que Wong Hoi Wan tuviera que rendirle cuentas a la policía, al juez y a sus depositantes, expiando tras las rejas su maldad.

Si bien en esta vida pocos han de robar su propio banco literalmente, muchos lo han de hacer en sentido figurado. Pues robar su propio banco también es minar el prestigio que uno, con paciencia y cuidado, ha conquistado. Es derribar, por descuidos éticos, la posición que uno, en el mundo de los negocios, ha ganado.

Es destruir, por infidelidad conyugal, lo más hermoso y preciado que en este mundo existe: su matrimonio. Y junto con la destrucción de su matrimonio quedan, también, destruidos sus hijos, sus nietos y el resto de la familia.

Robar su propio banco es agredirse uno mismo con el uso de drogas y alcohol, destruyendo ánimo, cerebro y voluntad, haciéndose inútil para servicio benéfico y provechoso.

Es hacer caso omiso de la inquietud espiritual que toda persona tiene, destruyendo así la oportunidad de reconciliarse con Dios. Es llevar una vida materialista —efímera, volátil y falsa— sin preocuparse de lo espiritual. Es cerrar las puertas del cielo. «¿De qué le sirve a uno —afirmaba Jesucristo— ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?» (Lucas 9:25).

Lo cierto es que podemos ganar millones y adquirir casas, joyas, lujos y placeres, pero si descuidamos nuestra alma nos estamos robando a nosotros mismos.

No sigamos robándonos así. Sometámonos más bien al señorío de Cristo. Él quiere ser nuestro Salvador. Dejemos de robar nuestro propio banco.

www.conciencia.net

lunes, 30 de agosto de 2010

«NUNCA PUDISTE PERDONARME»

por Carlos Rey

«Tengo que confesar que, cuando me enteré hace unos momentos de la muerte de la hija menor de doña Clementina, hacía muchos años que no pensaba en ella. [En] la noticia... del periódico... invita a la ceremonia fúnebre su hermano, porque ella nunca llegó a casarse.

»... ¡Florinda, Florindita, Florinda! La quise con ese primer amor que nos deja una nostalgia especial en el alma.... ¡Por cuánto tiempo allá en mi juventud acaricié su nombre a solas, entre suspiros! Aún me parece verla, el talle erguido y la mirada brillante, rozando las teclas del piano, arrancando melodías que me llenaban de una emoción que amenazó con romperme el pecho a fuerza de latidos. Y ahora, Florinda está muerta....

»Doña Clementina... organizó una fiestecita en su casa a la cual estaba invitada toda la juventud. Felipe llegó tarde... y nos fue saludando uno a uno hasta llegar a Florinda, que se le quedó mirando con tal angustia que todos nos dimos cuenta de que algo había pasado entre esos dos que no estaba resuelto aún.... [Por los] celos que me ahogaban... tuve que salir de la casa [para] no dar un espectáculo....

»Fuimos todos a la finca al día siguiente.... Llegamos allá al río, todos los muchachos dispuestos a bañarnos....

»... Sólo quería que vieras a Felipe tan ridículo como lo veía yo, un montuno ignorante incapaz de nadar, porque le tenía miedo al agua. ¡Te lo juro, Florinda! Yo no lo empujé al charco como tú creíste. Él se cayó solito de las piedras, y quién sabe cómo se golpeó. ¿No te diste cuenta de que fui el primero en tirarme, cuando noté que no salía? Sentí allá abajo, cerca del fondo, su cuerpo desesperado buscando apoyo, y traté de sacarlo; pero se prensó de mis piernas halándome al abismo cenagoso, y tuve que empujarlo porque yo también me ahogaba. Todos se dieron cuenta de que yo hice un gran esfuerzo por salvarlo, menos tú; escuché tus gritos de espanto cuando logramos sacar el cuerpo frío y sin vida del agua, y vi tus ojos de acusación antes de que te desmayaras....

»Nunca me contestaste las cartas. Te encerraste en una soledad que nadie pudo llenar, y todos en el pueblo pensaron que te escondiste así por la muerte de tu padre y se olvidaron de aquel verano cuando nos volvimos viejos de repente.

»Y ahora estás muerta, Florinda, y sé que nunca pudiste perdonarme....

»Espero que alguno de mis nietos pueda llevarme al entierro de Florinda. Tengo que cumplir con ella aunque sea por última vez.»1

Así termina el cuento de la doctora Rosa María Britton, ginecóloga, oncóloga y prolífica escritora panameña, al que le puso por título «El primer amor». Se trata de un amor romántico que nunca llegó a ser correspondido, debido a que la mujer amada juzgó con severidad y condenó sin misericordia al hombre que ansiaba manifestárselo. Gracias a Dios, en lo tocante a su amor divino no tenemos que preocuparnos por que Él nos juzgue con severidad por nuestros errores y desatinos, ni mucho menos por nuestros pecados si se los confesamos. Porque Él no envió a su Hijo Jesucristo al mundo a condenarnos sino a salvarnos.2 Tanto es así que, en la hora misma de su muerte por nuestros pecados, Jesús le dijo al Padre que lo había enviado: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»3
1 Rosa María Britton, La muerte tiene dos caras, 3a. ed. (Panamá: Editora Sibauste, 2003), pp. 47‑60.
2 Jn 3:16-17; 8:1-11; 1Jn 1:9
3 Lc 23:34

www.conciencia.net

jueves, 26 de agosto de 2010

«NO AMO A NADIE»

«No sé qué es el amor. No amo a nadie, y antes más bien trato de hacerles daño a las personas que más me quieren, que son mi esposa y mi hija. No sé qué me pasa. Hago cosas que no debo y, cada vez que quiero buscar a Dios, me siento acusado y culpable. Por eso tengo mucho miedo, [y] me escondo detrás de este computador para escribir lo que no puedo decirle a nadie por miedo al rechazo.

»Dentro de mí hay algo que quiere gritar: “¡Jesucristo, ayúdame!” Pero no soy capaz; estoy atado a muchos vicios. Quiero empezar de nuevo.»

Este es el consejo que le dimos:

«Estimado amigo:

»... Comencemos con la culpa y la condenación que siente. Usted dice que esos sentimientos impiden que busque a Dios. Pero no es Dios el que quiere condenarlo. De hecho, Él dio a su único Hijo, Jesucristo, para que muriera en la cruz en su lugar a fin de que usted no tuviera que ser condenado. Eso quiere decir que la condenación que usted siente no proviene de Dios. Nosotros creemos que viene, más bien, de Satanás mismo. Satanás quiere que usted se sienta tan condenado que no busque una relación personal con Dios. Así que Satanás le dice de continuo al oído que usted es culpable de muchos pecados. Eso es verdad; cada uno de nosotros es culpable de pecado. Pero Satanás también le dice al oído que usted es un inútil, que no merece que se le ame, y que un Dios santo jamás lo aceptaría. Y todo eso es mentira.

»Mientras tanto, Dios está tratando de comunicarse con usted. Es la voz de Él la que usted oye por encima del miedo y de la culpa que siente. Por eso usted dice que hay algo adentro que quiere gritar y pedirle a Cristo que lo ayude. Esa es la respuesta suya a la invitación que Él le está haciendo. Dios lo invita a que tenga una relación con Él. Si usted acepta esa invitación, Él lo perdonará y le quitará la culpa que siente por todas las maneras en que ha pecado contra Él y contra el prójimo. Además, como Dios es amor, Él lo ayudará a aprender a amar a otros, tales como su esposa y su hija.

»Usted dice que no sabe qué le pasa, ni por qué sigue haciendo cosas indebidas. Eso se debe a que ha permitido que Satanás tenga el dominio en su vida. Usted le ha dado a él control absoluto. Él hasta le ha quitado el amor que usted, de otro modo, hubiera sentido por su familia. ¿Quiere seguir así? Si no quiere seguir dándole control absoluto a Satanás, entonces dígale a Dios que está arrepentido y pídale que perdone sus pecados. Agradézcale que Cristo ya tomó el castigo por todo el pecado suyo para que usted no tuviera que ser condenado. Deje que Dios quebrante el poder que Satanás ha ejercido en su vida. Deje que Dios lo cambie por completo.

»¡Usted puede empezar de nuevo!

»Linda y Carlos Rey.»

miércoles, 18 de agosto de 2010

«ESTOY LISTA»(O) PARA VIVIR Ó PARTIR

por Carlos Rey

Verónica Argüello comenzó el paseo. Fue un paseo fuera de lo común, en camilla y por pasillos iluminados. Un paseo silencioso, llevada por enfermeras en zapatillas. Los que se cruzaban con ella le sonreían débilmente. Sería el último paseo de Verónica, un paseo que se interrumpiría bruscamente en medio del camino. Aquella joven argentina, de apenas catorce años, iba a recibir en Toronto, Canadá, el segundo trasplante de hígado. Estaba grave, muy grave, casi en estado de coma.

A la mitad del paseo de la sala hasta el quirófano, abrió los ojos, miró a su mamá por última vez y le dijo: «Mamá, ya estoy lista.» De allí partió a la eternidad. No logró siquiera llegar a la sala de operaciones.

El caso de esta adolescente enferma conmovió por lo menos a tres países: Argentina, Estados Unidos y Canadá. El hígado no le funcionaba, así que la llevaron desde Buenos Aires, Argentina, país en el que nació, hasta Los Ángeles, California, en busca de un tratamiento apropiado. De Los Ángeles la trasladaron a Dallas, Texas, y de Dallas a Toronto, Canadá, porque tanto en Dallas como en Toronto había especialistas en trasplantes de órganos.

Centenares de personas en los tres países aportaron dinero para su operación. Se pusieron a su disposición los mejores equipos médicos. Y fue la receptora de dos donaciones de hígado, algo extraordinario en esos tiempos. Pero nada de eso dio resultado. En el último pasillo del último hospital, camino a la sala de operaciones, Verónica sonrió, miró a la mamá y le dijo: «Estoy lista», y abandonó el cuerpo.

No se contempla con tanto miedo la muerte cuando se está preparado para morir, cuando el alma está en armonía con Dios al haber aceptado la paz que Cristo hizo por nosotros con Dios al morir en la cruz. Cuando llegamos a disfrutar de esa paz, se anhela más el cielo que la tierra, la vida eterna más que la presente, y a Jesucristo, el Señor y Salvador, más que a ninguna otra persona de la tierra.

Al fin Verónica pudo descansar. Su corazón no daba más. Su cuerpo se quebraba. Su alma se liberó de esa cárcel material. Pero estaba preparada para morir, y morir así no es morir. ¡Es renacer! Es dejar las sombras grises de este mundo para entrar en la luz esplendorosa de la presencia de Cristo.

Esa sufrida joven había aprendido a tiempo la valiosísima lección que Cristo mismo enseñó mediante la parábola de las diez jóvenes solteras: «Las jóvenes que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas. Y se cerró la puerta —dijo el Señor—. Así también ustedes deben estar preparados.»1
1 Mt 25:10; 24:44

www.conciencia.net

lunes, 16 de agosto de 2010

EL AFINADOR DE PIANOS

por Carlos Rey

Cuando los González se trasladaron a uno de los mejores barrios de la capital, comenzaron a vender algunas de las cosas que no encajaban con la nueva casa. Vendieron los muebles porque, además de anticuados, no iban a hacer juego con los nuevos que necesitaban comprar. Se deshicieron de la alfombra debido a que era demasiado pequeña y estaba muy desgastada. Y decidieron cambiar el automóvil a causa de que el nuevo vecindario era diferente y mucho más aristocrático.

Hubieran vendido también el piano de no haber sido por Jaime, el menor de los hijos, que insistió en que lo dejaran quedarse con él.

—Es mejor venderlo —dijo el padre—. Está tan viejo que da vergüenza. ¡Y suena mal!

Pero Jaime, interesado en que el piano se quedara con la familia, repuso:

—¿Por qué no llamamos al afinador para que nos dé su opinión?

Esa misma tarde, llegó el afinador y examinó el piano. Por la noche, mientras la familia cenaba, se oyó una dulcísima melodía en la sala. El padre dejó de comer y le preguntó a su esposa:

—Estamos estrenando piano, ¿no?

—No, querido —respondió ella—; es el mismo piano. El afinador lo arregló esta tarde, y ahora nuestro viejo piano nos regala su música.

Desde ese día en adelante, el piano ocupó un lugar de preferencia en la casa de la familia González.

Así como el piano es un instrumento diseñado para ser tocado armónicamente, Dios diseñó al hombre para que fuera el fruto de una perfecta armonía de elementos físicos, morales y espirituales. Pero el pecado desafinó esa armonía, y el hombre perdió la comunión con Dios y con sus semejantes, incluso con los miembros de su propia familia. Por eso envió Dios a su Hijo Jesucristo a este mundo para morir por los pecados de toda la humanidad. No había otro modo de restaurar la armonía que se había perdido.

De cierto modo, entonces, Cristo es el afinador del corazón humano. Todos los que permitimos que Él toque las teclas de nuestro corazón con sus manos benditas venimos a ser instrumentos de armonía constante. En cambio, los que no le damos la oportunidad de afinar nuestro corazón llegamos a ser como pianos disonantes de los que sus dueños quieren deshacerse y quienes los escuchan quieren alejarse.

La buena noticia es que para tener el corazón afinado, sólo tenemos que invitar a Cristo a que venga para afinarlo. A diferencia de los mejores afinadores de este mundo, que con buena razón cobran una suma considerable por sus servicios, Cristo, el Afinador por excelencia, está dispuesto a hacerlo gratuitamente. No hay nadie que carezca de los medios para contratar sus servicios, aunque viva en el barrio más pobre del mundo. Porque fue para eso que Cristo dio su vida por nosotros. Y ahora está tocando a la puerta de nuestro corazón. ¡Más vale que lo dejemos entrar!


www.conciencia.net

miércoles, 4 de agosto de 2010

CREADOS PARA SALTAR A LA VISTA DE TODOS

por Carlos Rey



Enrique Leyer contempló con tristeza una escena que lo conmovió profundamente. Un gran camión de carga transportaba doce caballos que iban al matadero porque ya no servían para correr. A Enrique le llamó la atención uno de los caballos, y el dueño se lo vendió por unos treinta dólares.
Aunque no le había costado mucho, Enrique comenzó a cuidar de su caballo con mucho esmero. Cuando le dio su primer baño, se dio cuenta de que el noble animal tenía pelo blanco y reluciente, así que decidió llamarlo «Nieve». Pero Enrique tenía un gran problema. No lograba mantener al caballo en el corral. Siempre se le escapaba saltando los cercos, hasta los más altos.
Un día, Enrique llevó al caballo a un entrenador. Cuando el hombre lo vio saltar, reconoció que era un gran caballo, así que aceptó entrenarlo. A los pocos meses de preparación, fue tan sobresaliente la destreza de Nieve que comenzó a competir en concursos hípicos de salto. De ahí que se fuera incrementando su valor y que fuera vendido y comprado por diferentes dueños a los que les rindió cada vez más utilidad. ¡Con decir que la última cifra por la que se vendió aquel extraordinario animal fue cien mil dólares, el mismo caballo que había sido vendido inicialmente por sólo treinta dólares!
Este curioso caso nos hace reflexionar sobre nuestro propio valor. ¿Qué vemos cuando nos imaginamos lo que pudiera ser nuestra vida sin Cristo como dueño? ¿Vemos a un pobre, decepcionado porque los demás lo tratan como si no valiera nada? ¿Vemos a un drogadicto o a un borracho, imbuidos en todo lo que ofrece el mundo? ¿Vemos a un ladrón que tiene que robar para alimentar su vicio? ¿Vemos a un infeliz a quien nadie quiere y que no es más que una vergüenza para la sociedad? Ese pudiera ser el caso nuestro.
Gracias a Dios, lo que ha marcado la diferencia en muchos de nosotros es el haberle dado entrada a Cristo en nuestro corazón, permitiéndole que cambiara nuestra vida por completo. A raíz de esa trascendental decisión, las ambiciones que tenemos ahora, las tenemos porque Él nos las dio; la paz que tenemos en el corazón, la tenemos porque Él nos la dio; y el gozo y la satisfacción que hoy sentimos, los sentimos porque Él nos los dio. En fin, sabemos a ciencia cierta que sin Cristo en el corazón, fácilmente podríamos ser los más desdichados de todas las personas.
Hagamos dueño de nuestra vida a Aquel que nos creó con la capacidad de saltar a la vista de todos. Él ya nos compró por el precio más alto posible: el de su propia sangre vertida para salvarnos de la muerte eterna. A sus ojos, tenemos un valor incalculable.





www.conciencia.net

lunes, 2 de agosto de 2010

«SE PAGA EL VIAJE, PERO NO EL ASIENTO»

por Carlos Rey



«En la estación había mucha gente esperando....
»[Ana y José] subieron [al autobús]... ante el grupo de gente que entre gritos y empujones trataban de subirse....
»—¿Qué se le va a hacer? —[dijo] José... —. Nunca he podido irme sentado; siempre que pasa por aquí viene lleno.
»Por una ventanilla del autobús, que aún seguía detenido, apareció el ayudante que, mientras señalaba, gritó:
»—¡Hey! Ese chavo de camisa azul, ¡córrase... córrase!...
»Un señor trataba de irse al fondo. Caminó por donde Ana y José, luego donde una señora, a la que sin intención machucó. La señora dio un brinco y, en voz muy alta, dijo:
»—...El de abajo es el mío, fíjese...
»—Disculpe, no fue mi intención —respondió el señor, muy apenado....
»—¡Vámonos, que ya es tarde! —gritó alguien desde los últimos asientos.
»—Si se quieren ir, ¡córranse, pues! —gritó el ayudante desde afuera....
»[Luego, dirigiéndose al conductor, dijo:]
»—¡Hey, apagá... que esta gente no se quiere correr!...
»Éste apagó el bus y, [mientras miraba por el retrovisor y encendía un cigarrillo, amenazó]:
»—¡Se corren... o aquí vamos a amanecer!... Yo no tengo urgencia....
»La gente iba muy apretada; algunos colgaban de la puerta del autobús. El conductor dio unas instrucciones más, luego encendió el motor.
»—Vaya, dale, vos, ponele que ahí viene la siete cuarenta y cinco —gritó el cobrador.
»Empezaron a avanzar lentamente. Otro autobús se aproximaba a la estación....
»... Un joven de camisa blanca y corbata negra..., muy asustado, miró a la señora que iba a la par, y dijo:
»—Por favor, doña, agarre esa gallina, que me va picoteando.
»La señora, sin decir palabra, cumplió la petición....
»—¡Próxima, próxima! —gritaba un señor que venía al fondo—. ¡Próxima! ¿Para dónde... me llevas?
»El autobús se detuvo tres cuadras después de la estación.
»—¡Bájele... bájele: Pasaje, pasaje en mano el que baja!
»—... ¿Querés que pague? ¿Acaso yo me bajaba aquí?...
»El cobrador sonaba unas monedas.
»—¡Pasaje! —dijo a uno que venía colgado de la puerta.
»—...Esperate... ¡Vos querés que me mate por veinte centavos!...
»—¡Pasaje! —dijo a una señora que venía de pie.
»—No... te debería... pagar —[contestó] ella—; ¡tanto que se tardan y una aquí como idiota viene parada!
»—¿Y acaso es el asiento el que paga? Se paga el viaje, pero no el asiento —contestó algo molesto.
»[En eso] llegaron a la siguiente estación....»1
¡Con ese viaje en autobús sí que nos identificamos muchos de nosotros, sobre todo los que vivimos en una de las metrópolis de nuestra querida Iberoamérica! Quien la relata es el autor hondureño Roberto Quesada, en su obra de cuentos titulada El desertor.
Menos mal que Jesucristo, el Conductor divino, al morir en la cruz por nuestros pecados, pagó tanto el viaje como el asiento de cada uno de los pasajeros que vamos con Él rumbo a la vida eterna por el camino de la vida plena.2 Pero conste que Él nos advierte en la Biblia, su Guía de Transporte, que es angosto el camino que conduce a esa vida, y que son pocos los que la encuentran.3 Más vale, entonces, que abordemos ese autobús cuanto antes, para que podamos comenzar de una vez a disfrutar de ese viaje sin igual con destino a la estación final.


1Roberto Quesada, El desertor (Cuentos), «El loco de la calle Herrera» (Tegucigalpa, Honduras: Litografía López, 2008). pp. 119-24.
21P 1:18-19; Jn 10:10
3Mt 7:14
www.conciencia.net

miércoles, 28 de julio de 2010

FALLA EN EL SISTEMA DE FRENOS

por el Hermano Pablo

Altas cumbres de los Andes venezolanos. El camino baja y sube como grisácea serpiente de cemento. Hay curvas, y hay descensos, y hay abismos que se abren a ambos lados del camino, ora a la izquierda, ora a la derecha. Los paisajes son de ensueño, y el tiempo, bueno y plácido.

Un autobús del liceo militar «Jáuregui» corría a excesiva velocidad. Iba cargado de jóvenes estudiantes. Al aproximarse a un puente entre las localidades de La Grita y La Fría, estado de Táchira, el chofer intentó aplicar los frenos. Pero los frenos no respondieron. El autobús falló la entrada al puente y cayó al abismo.

En la caída y en el incendio que siguió, murieron destrozados y quemados treinta y cuatro estudiantes.

Falla de frenos. Eso fue todo.

Muchas tragedias como ésta se registran anualmente en todas partes del mundo. Falla de frenos. Cuando más se necesitan buenos frenos para detener la marcha de un vehículo cargado de pasajeros, es cuando fallan. Y quedarse sin frenos es anticipo de catástrofe y de muerte.

Un auto, un camión, un tren, que se queda sin frenos, es un vehículo que se precipita hacia un desastre inevitable. ¿Y qué del hombre que se queda sin frenos morales? También se precipita hacia desastres, problemas y ruinas.

Un hombre que se queda sin frenos morales dice una palabra hiriente, que quisiera retirar en el acto, pero ya no puede. Y esa palabra hiriente puede traer la ruptura de una vieja amistad.

Un hombre que se queda sin frenos morales puede beber un día hasta rodar por el suelo, y ese puede ser el principio de su ruina total. Porque el alcohol es un inquilino insidioso que, una vez metido dentro, ya no quiere salir.

Un hombre que se queda sin frenos morales puede caer en el adulterio, y ese adulterio quebrar el corazón de la esposa, disolver el hogar, estropear la salud mental de los hijos y hacer naufragar a toda la familia.

Y es que los frenos morales del hombre son muy frágiles. Se descomponen y fallan fácilmente.

Por eso necesitamos de otros frenos, frenos que jamás fallen. Esos frenos de la conducta, las palabras y las acciones sólo los tiene Cristo. Hagamos de Cristo el Señor y Salvador de nuestra vida, y nuestro supremo conductor moral.

www.conciencia.net

martes, 27 de julio de 2010

UN NUEVO ESPEJO PARA EL ALMA DE ÁNGEL

por Carlos Rey

Ángel Pérez, de Montevideo, Uruguay, tenía ocho años cuando, por primera vez en la vida, contempló su rostro normal al mirarse al espejo tras una operación quirúrgica.

El niño había nacido con una enorme mancha en el lado izquierdo de la cara. La mancha era tan grande que le abarcaba el cuello y una oreja. El aspecto del rostro de Ángel era tan feo que los compañeros de escuela lo rehuían.

A una acaudalada mujer argentina, que prefirió permanecer en el anonimato, le llamó la atención el patético caso de Ángel y se compadeció de él. Mediante el Club de Leones de Montevideo, la benefactora contrató los servicios del eminente cirujano plástico José Pedro Cibils Puig, que ya años antes había realizado una operación similar en una niña panameña. La operación del cirujano, que fue un rotundo éxito, le devolvió al niño un rostro normal, y contribuyó a que se normalizaran, al mismo tiempo, su alma, su carácter y su vida entera.

Bien se dice que el rostro es el espejo del alma. El rostro traduce todos los sentimientos que agitan el alma. El amor, el odio, la alegría, el pesar, la tranquilidad, el miedo: todo se refleja en las líneas del rostro. Y aun las distintas conformaciones de carácter, así como las enfermedades físicas y mentales, pueden leerse en el rostro como en un libro abierto.

La Biblia dice que cuando Dios no recibió la ofrenda de Caín con el mismo gusto con que recibió la ofrenda de su hermano Abel, en el rostro de Caín «se le veía lo enojado que estaba».1 Mucho antes de que aquel hijo mayor de Adán y Eva se convirtiera en el primer fratricida, cometiendo el terrible delito de matar a su hermano, ya las intenciones de Caín se dibujaban en su rostro. No le era posible ocultarlas. Y es así con todos nosotros. Porque en el rostro llevamos dos sellos. El primero, desteñido y desdibujado, es el sello de la hermosura y la gloria que tuvimos en la inocencia. En cambio, el segundo, cada vez más ordinario y pronunciado, es el sello de nuestras pasiones febriles, de nuestros disgustos, de nuestros malestares, de nuestros tormentos y de todas nuestras aflicciones.

Gracias a Dios, su Hijo Jesucristo, el Médico divino, el Gran Cirujano Plástico, es capaz de darnos un nuevo corazón y, con él, un nuevo rostro. Permitámosle a Cristo que cambie nuestro semblante por completo. Pidámosle que nos dé, así como el cirujano le dio a Ángel Pérez, un nuevo espejo para el alma, de modo que la paz que se dibuja en nuestro rostro refleje la transformación que se ha efectuado en nuestro corazón.
1 Gn 4:5-6 (TLA)

www.conciencia.net

lunes, 26 de julio de 2010

«LA MUERTE DE LA MUERTE»

por el Hermano Pablo

Julio Azael Zepeda, de Barranquilla, Colombia, se probó el traje una vez más. Era un traje viejo, de más de cinco años, pero por eso mismo le tenía más aprecio. Todo lo encontró correcto: las medidas, el color, la tela, los adornos. Y como desde hacía cinco años, sonrío satisfecho.

Después de colgar el traje en el ropero, salió a la calle. En pocos días comenzaba el carnaval de 1984, pero en la calle, inesperada e intempestivamente, lo atropelló un carro tirado por mulas. Julio Azael encontró la muerte, y allí en el ropero quedó esperándolo su traje de «La muerte». Porque ese era el disfraz que usaba con todo éxito cada año en el carnaval. Se vestía de muerte para desafiar a la muerte.

«Fue la muerte de la muerte», anunciaron los diarios de Barranquilla.

Aquí tenemos otra de tantas ironías de la vida. Julio Azael Zepeda se disfrazaba todos los años con el disfraz de Muerte: paños negros, esqueleto pintado, calavera pálida. Era uno de los mejores disfraces del carnaval de Barranquilla. Pero de tanto bromear con la Muerte, la Muerte de Carnaval, lo sorprendió la otra muerte, esa que no es un disfraz ni un chiste ni un carnaval: la muerte auténtica y verdadera.

Lo que llamó la atención fueron los titulares de los diarios: «Murió la Muerte»; «La Muerte encontró a la muerte»; «La muerte de la Muerte». Todos los titulares giraban en torno a la misma paradoja, la misma ironía, el mismo chiste macabro.

Sin embargo, el concepto de «la muerte de la muerte» es perfectamente bíblico. Es una de las promesas más grandes que Dios le ha hecho a la humanidad. Lo expresa en verso el profeta Oseas en el capítulo 13 de su profecía: «¿Dónde están, oh muerte, tus plagas? / ¿Dónde está, oh sepulcro, tu destrucción? / ¡Vengan, que no les tendré misericordia!» (v. 14).

Y en el libro del Apocalipsis, la última gran profecía de la Biblia, se estampa: «Ya no habrá muerte» (21:4). La muerte, que ha sido la compañera inseparable del hombre desde el día en que Adán pecó y ha sido la más temible experiencia de todas, un día dejará de existir. Ya no atacará más, ni morderá más, ni volverá a destruir felicidades e ilusiones, ni a provocar dolores y lágrimas.

Sólo Jesucristo, el Señor resucitado y viviente, tiene el verdadero y absoluto poder sobre la muerte y el sepulcro. Sólo Cristo tiene vida eterna para darnos.

www.conciencia.net

sábado, 3 de julio de 2010

«PALABRA DE FUEGO, ORO Y SEDA»

por Carlos Rey



«Era un día de fiesta cuando mi hermano menor murió de meningitis... en Puerto Rico, mi pueblo natal. Aquel día amargo, como todos los días de miseria de mi infancia, el pueblo gozaba indiferente a nuestro dolor. Nosotros buscamos un carpintero para que hiciera la caja mortuoria, entre serpentinas de risas ajenas. No teníamos dinero, ni estaba el carpintero, [así que mi padre y yo] convertimos muebles y maderos viejos en una rústica caja mortuoria para meter allí a nuestro amado muertecito. Al día siguiente, yo, que era un muchacho casi libertino, ajeno a Cristo y a los problemas del mundo, juré servir a la causa de Dios...»
Así relata en síntesis el Hermano Pablo «una página de tristeza infinita» de su niñez, según el reportero de La Prensa Gráfica de El Salvador que lo entrevistó en 1971 con motivo de su retorno a aquel país en que había vivido veintiún años. El juramento que hace como muchacho aquel día, de servir a la causa de Dios, lo cumple el Hermano Pablo, como nunca antes en los medios de comunicación social, el primero de julio de 1955. Ese día, en la emisora YSU en San Salvador, se transmite su primer programa radial, que a los nueve años se convierte en UN MENSAJE A LA CONCIENCIA.
Pasados ya cincuenta y cinco años desde aquella primera transmisión radial, sigue siendo certero el juicio que emitió ese periodista salvadoreño respecto al Hermano Pablo, cuya «ancha sonrisa fraternal» acompaña a «su palabra de fuego, oro y seda». He aquí el comentario personal que expuso el reportero en La Prensa Gráfica:
«Casi es obvio presentar la figura intelectual y humana de este pastor, ya que nuestro pueblo, al igual que todos los de América, se ha familiarizado con su verbo valiente, esclarecido, vibrante y humano. La ambición, el dolor, la infelicidad, la moral tan desbalanceada en esta época de confusión, la piedad, la angustia, todos los aspectos concernientes al corazón humano torturado por las pasiones, encuentran en la palabra de este pastor el ángulo preciso, el enfoque ajustado, las frases adecuadas y la moraleja convertida en razonada filosofía. Tres minutos son suficientes a este brillante orador sagrado para definir con densidad humana y filosófica su tema, y su enfoque encuadra ajustadamente al pensamiento bíblico, que de esta manera adquiere actualidad eterna. Los tres minutos de UN MENSAJE A LA CONCIENCIA del Hermano Pablo nos acercan cada día más estrechamente al Cristo admirable del Sermón de la Montaña. En sus palabras está siempre Cristo repitiéndonos: “Yo soy la resurrección. Yo soy el camino. Yo soy la verdad. ¡Seguidme!”»1


1«El Hermano Pablo y su poderoso “Mensaje a la Conciencia” nos visitará», La Prensa Gráfica (San Salvador, El Salvador) 24 enero 1971: 10.


www.conciencia.net

PRESO VOLUNTARIO

por el Hermano Pablo



—Puede salir en libertad —dictaminó el juez de La Paz, Baja California, México—. A causa de su buena conducta en la cárcel, he decidido abreviar su condena. Está usted libre para volver a su familia y comenzar una nueva vida.
Para sorpresa del juez, el preso rechazó el indulto.
—Señor juez —explicó—, me metieron aquí por narcotraficante, y la sentencia era justa; pero aquí en esta cárcel he tenido una experiencia espiritual que ha cambiado mi vida. He conocido a Cristo, y quiero finalizar mi condena aquí, para darlo a conocer a mis compañeros de prisión.
Esas fueron las palabras del preso, Ignacio Mancida.
Esta notable historia la cuenta Alejandro Tapia, arquitecto de la ciudad de La Paz, Baja California, que llegó a ser un denodado seguidor de Cristo. El señor Tapia comenzó a contar acerca de su experiencia con Cristo en la cárcel de su ciudad, y al poco tiempo hubo más de cuarenta presos que hicieron profesión de fe en Cristo como su Salvador. Entre ellos se encontraba Ignacio Mancida, que optó por quedarse en la cárcel para, a su vez, contarles a otros acerca de su conversión.
Hay en este mundo, como prueba irrefutable del deterioro de la humanidad, muchísimas cárceles, penitenciarías, reformatorios y prisiones. Hay también muchas clases de presos. Presos injustamente encarcelados. Presos que muerden de rabia los barrotes de su celda. Presos por asaltos y homicidios. Presos políticos. Y presos para toda la vida. Pero presos voluntarios, que se quedan en la cárcel sólo para contarles a otros acerca de Cristo, hay pocos, muy pocos.
Hubo un tiempo célebre en la historia humana cuando los cristianos de Moravia que abrazaron la reforma religiosa del siglo dieciséis llegaron hasta a venderse como esclavos para proclamar la buena noticia de Jesucristo a otros esclavos. Tal era el amor que sentían por sus compañeros.
El apóstol Pablo padeció varios años de cárcel. Estuvo preso en Jerusalén, en Cesarea y en Roma por predicar el evangelio, y siempre aprovechó su estancia en la cárcel para predicar la libertad espiritual a los cautivos. Porque todos los seres humanos somos cautivos de lo mismo: del pecado.
Cristo todavía está redimiendo, tanto a hombres como a mujeres, de la cárcel opresora del pecado. Todos somos prisioneros, o del pecado, o de Cristo. Los que no han hecho de Jesucristo el Señor de su vida están en la cárcel del pecado. Fue por la urgencia del mensaje de libertad que Cristo les dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura» (Marcos 16:15).

www.conciencia.net

martes, 22 de junio de 2010

LA MUERTE DE UNO SOLO BASTA

por el Hermano Pablo

Parecía una escena bíblica, de los tiempos de hierro de la edad patriarcal, pero no lo era. El padre levantó el cuchillo de carnicero, de afilada hoja, y tomó a su hijo. La madre había corrido al patio despavorida, pidiendo auxilio.

El padre, creyendo cumplir la voluntad de Dios, pasó la hoja del cuchillo por la garganta del hijo, y le seccionó las carótidas. «Tienes que morir, hijo mío, por los pecados del mundo», había dicho con espantosa determinación.

La escena no era de los tiempos de Abraham sino en Randallstown, Maryland, Estados Unidos. Stephen Johnson, un hombre de veintiocho años, semitrastornado, sin duda, había sacrificado a su hijo Steve de sólo catorce meses de edad.

Gente fanática y trastornada hay mucha en este mundo. Stephen Johnson, que estaba bajo tratamiento psiquiátrico, era uno de ellos. Llevado por sus propias imaginaciones, y quizá por el uso de drogas, llegó a creer que él era Dios, y su pequeño hijo, Jesucristo. Y por eso cometió el crimen.

Así ha pasado durante todos los siglos en que ha existido el cristianismo en este mundo. Gente fanática, gente que se deja llevar de sus ideas, sus impresiones y sus sueños y visiones más que de la Biblia, ha caído en excesos, desatinos y locuras.

No es necesario que nadie más muera por los pecados del mundo. Sólo Jesucristo, Dios hecho hombre, podía morir en rescate por todos los pecadores. Cristo murió una sola vez, y su sacrificio es irrepetible. Con una sola vez que muriera, ha bastado para expiar los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos.

El apóstol Pedro lo dice con toda claridad en su primera carta universal: «Porque Cristo murió por los pecados una vez por todas, el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios» (1 Pedro 3:18). También en la epístola a los Hebreos está escrito: «Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos» (Hebreos 9:28).

Nadie debe morir por los pecados de nadie. Cristo ya lo ha hecho por todos, de una vez y para siempre. ¿Qué debemos hacer nosotros? Simplemente aceptar la validez eterna de ese sacrificio único y perfecto, y reconciliarnos con Dios, dándole gracias por Jesucristo. Él murió una sola vez, y una sola vez resucitó, por nosotros. Por eso ahora no tenemos que hacer más que aceptarlo.

www.conciencia.net

miércoles, 9 de junio de 2010

EL ASESINO SILENCIOSO

por el Hermano Pablo

La noche estaba fría, como suelen ser las del otoño en Toronto, Canadá. Dentro de la casa el ambiente era grato. Había habido una rica cena, con diez personas alrededor de la mesa familiar. Habían disfrutado juntos de un buen programa de televisión, y ya era hora de ir a la cama. Así que todos —padre, madre y ocho hijos, entre los once y los veinticinco años de edad— se retiraron a dormir.

Encendieron el calentador de gas, apagaron las luces, se arrebujaron entre sus cobijas, y se durmieron. Hasta ahí, todo fue normal. Pero jamás volvieron a despertarse. El gas del calentador, asesino silencioso, dio cuenta de los diez durmientes. La familia entera pasó de un sueño al otro, sin sentir nada.

Muchos son los casos registrados de personas que mueren por el gas de los calentadores. Este caso en el Canadá es impresionante por tratarse de una familia entera, una familia seguramente amorosa y unida porque todos vivían juntos, incluso los hijos mayores de dieciocho años. Pero el gas se los llevó a todos sin darles tiempo de reaccionar o defenderse.

La característica más ominosa que tienen estos gases, especialmente el monóxido de carbono, es que primero producen un adormecimiento agradable, una sensación placentera de tranquilidad, de serenidad, de paz. Pero luego que adormecen a sus víctimas, las matan sin piedad.

Por esa característica del tal llamado asesino silencioso, al gas letal lo podemos comparar con el espíritu del mal que reina en este mundo. Es el espíritu que comienza adormeciendo la conciencia. Produce una sensación de bienestar, de calma. Da la impresión de que todo está bien, que la vida es buena y hay que disfrutarla. Y las víctimas se adormecen. Su conciencia entra en un estupor donde ya no reacciona con nada, y cuando la víctima se da cuenta, ya está atrapada.

Así es como toma auge el mal uso de las drogas, la inmoralidad sexual, la irreverencia, el materialismo y el descreimiento. Estos gases mortales se han infiltrado en la sociedad occidental y la tienen ya en sus garras.

Podríamos decir: ¿Qué importa? Lo que importa es que sin saber porqué, sufrimos consecuencias desastrosas que poco a poco destruyen nuestra vida.

Pero todavía hay tiempo para reaccionar. El único remedio contra el gas letal es el aire puro, el oxígeno vital y renovador. Así mismo, el único remedio contra el adormecimiento espiritual es el Espíritu de Jesucristo. Abramos nuestro corazón a Cristo. Su doctrina es nuestra salvación, y su persona, nuestro Salvador.

www.conciencia.net

martes, 8 de junio de 2010

«MENTIRAS Y FINGIMIENTOS»

por Carlos Rey

En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Conocí a un hombre que, según me dijo, era divorciado. Dada su extrema amabilidad, su afán de protegerme y su amor, acabé accediendo, y convinimos en vivir juntos. Al cabo de muchos meses, me dijo que vendrían a visitarlo sus hijos y la madre de ellos, y que debía recibirlos en nuestra casa. El caso es que él nunca estuvo separado. Divorciado sí, pero de común acuerdo con su mujer para ver la posibilidad [de] casarse en este país y [tomar] la nacionalidad y emigrar la familia completa. Todo no fue más que mentiras y fingimientos....

»Les escribo mi triste experiencia... más que nada para alcanzar el perdón de Dios por no haber sabido respetar la dignidad con la que Él me revistió.»

Este es el consejo que le dimos:

«Estimada amiga:

»Es usted muy valiente al contarnos su caso, y tiene sabiduría al reconocer que... cometió un gran error. Lamentablemente hay muchos que están dispuestos a mentir, a engañar y a tener relaciones sexuales a fin de obtener la ciudadanía en otro país, sin importarles a quiénes perjudican al hacerlo....

»Nosotros creemos que a cada mujer le conviene hacer una lista bien pensada de reglas sensatas para sí misma y determinar que no las quebrantará, ni siquiera si siente que está perdidamente enamorada. Debe guardar las reglas por escrito y darles copias a algunas amigas y a algunos familiares. La lista debe comenzar con reglas acerca de los límites en cuanto al dinero y a las relaciones sexuales.

»Dios diseñó el sexo para que fuera una expresión amorosa entre un hombre y una mujer que están comprometidos de por vida mediante el matrimonio. Él tuvo la intención de que fuera la intimidad suprema que resulta de lazos de amor tan especiales que no pueden incluir a nadie más. Es un regalo que la esposa le da al esposo, y que el esposo le da a la esposa. Dios quiso que fuera hermoso, puro y exclusivo.

»Muchos creen que las prohibiciones bíblicas en contra de las relaciones sexuales fuera del matrimonio han pasado de moda. A niños, jóvenes y adultos la cultura popular les ha lavado el cerebro para que crean que las relaciones sexuales deben practicarse comúnmente en cualquier relación romántica entre adultos. Y hay quienes creen que las relaciones sexuales no son más que una diversión sin componente emocional....

»Usted menciona que quiere que Dios la perdone por no respetar la dignidad con que Él la creó. Le aseguramos que Dios la perdonará si se lo pide. Él quiere restaurar su dignidad y su amor propio para que usted pueda exigir que los demás la traten como es debido. Usted ha aprendido una valiosa lección que la ayudará a evitar decisiones imprudentes en el futuro. Establezca reglas que demuestren que usted valora tanto sus emociones como su cuerpo.

»Gracias por contarnos su caso,

»Linda y Carlos Rey.»

El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa el enlace que dice: «Caso 82» dentro del enlace en www.conciencia.net que dice: «Caso de la semana».


www.conciencia.net

lunes, 7 de junio de 2010

SEPARACIÓN ENTRE IGLESIA Y ESTADO

por el Hermano Pablo

El juicio estaba llegando a su fin. Toda la evidencia pesaba en contra del acusado. La sentencia de muerte sin duda caería sobre Carlos Chambers. Había matado a una mujer de setenta años para robarle. Seguramente lo condenarían a la cámara de gas.

El fiscal, a fin de reafirmar su tesis, tuvo la ocurrencia de citar la Biblia: «Dios dice que el que derrama sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada.»

Ante esto el abogado defensor pidió que se anulara la sentencia, y el juez se vio obligado a conceder la petición. La ley dictaba que no se podía citar la Biblia para acusar a un hombre. Esto se debía a que en ese país había estricta separación entre Iglesia y Estado. Así que por referirse a la Biblia, el fiscal perdió su caso.

He aquí un caso interesante. Sucede en un país donde ocurren toda clase de argucias jurídicas extrañas, y se presta para una seria reflexión. Un asesino merece la pena de muerte. No debiera haber escape. Pero al citar la Biblia para condenarlo, se ponen en juego tretas jurídicas, y el hombre se salva.

Vale la pena preguntarnos: Al fin de cuentas, ¿en qué se basan las leyes humanas de todos los países del mundo para definir un delito? Si no puede citarse la Biblia en el juicio de un asesino, tampoco debe poder citarse para condenar a un adúltero, o a un mentiroso, o a un ladrón, o a quien sea culpable de cualquier delito.

Los Diez Mandamientos, que se encuentran en el Libro Sagrado, fijan y establecen la moral humana. Si no hubiera Biblia y no existiera ese Decálogo de Moisés, el hombre no tendría ley a la cual sujetarse. ¿Cuál sería el resultado? Se regiría sólo por la violencia y la fuerza. Su única ley sería su propio capricho personal.

En los días previos al diluvio universal, nadie obedecía a nadie. No había ley, no había moral, no había norma de vida. Regía sólo la violencia. Cada uno establecía su propia ley. Fue entonces que Dios envió el diluvio, para comenzar un nuevo pueblo.

Lo cierto es que aunque Dios jamás hubiera mandado a escribir sus mandamientos en tablas de piedra o en ninguna otra parte, el homicidio sería criminal, el adulterio sería inmoral, el robo sería ruin, y todo pecado sería maligno. Lo que no está escrito en tablas de piedra, está escrito en la conciencia humana. Y todos hemos violado la ley de la conciencia.

¿Habrá salvación para el pecador? Sí, la hay, con toda seguridad. Por eso dio su vida Jesucristo en la cruz del Calvario: para pagar el precio de nuestra redención. Podemos acudir a Él. Cristo murió por nuestra maldad. Por eso se llama Salvador. Rindámosle nuestra vida.

www.conciencia.net

martes, 1 de junio de 2010

SESENTA SÁBANAS HACIA LA LIBERTAD

por el Hermano Pablo


Se necesitó bastante paciencia hacer nudo tras nudo. También hizo falta paciencia para juntar habilidosamente tantas sábanas, sobre todo en ese lugar tan vigilado. Pero el hombre coleccionó sesenta sábanas e hizo ciento veinte nudos. Y deslizándose por esa cuerda de sábanas, bajó catorce pisos.

Una hora después de su hazaña, Ahmad Shelton, de veintiséis años de edad, llamó por teléfono al periódico «Los Ángeles Times» y dijo: «Gracias por las sábanas. Sirvieron para escaparme. Se las dejé a la policía.» Quién sabe cómo logró conseguirlas del periódico, pero ahora que había escapado, las devolvía.

Cuando lo arrestaron en la sección de investigación de robos y lo detuvieron en la Comisaría de policía de Los Ángeles, California, batió un récord mundial. Nunca nadie antes se había escapado de una cárcel anudando semejante cantidad de sábanas: ¡nada menos que sesenta! Así había descendido catorce pisos hasta poner los pies en el suelo.

Si bien precisó de sesenta sábanas para conseguir la libertad de aquella cárcel, ¿cuántas sábanas más habría necesitado Ahmad Shelton para lograr una libertad absoluta?

Para una libertad completa no habría necesitado sábanas, pero sí le habrían hecho falta por lo menos sesenta páginas de descargos escritos por un buen abogado. Habría necesitado sesenta días para pensar bien cómo responderles a los jueces cuando lo volvieran a arrestar, o sesenta mil dólares para contratar al mejor abogado posible, y sesenta años para pensar seriamente en los delitos de su vida.

Sin embargo, ni con todo eso habría encontrado aquel joven la verdadera libertad. Porque la libertad verdadera —libertad de vicios arraigados, libertad de remordimiento de conciencia y libertad de pecados—, sólo se encuentra en el perdón de Cristo.

Ahmad podría pasar sesenta años haciendo penitencia, o seiscientos años vagando como alma en pena, o convertido en un fantasma que habita en castillos medievales. Podría derramar sesenta litros de lágrimas, o flagelarse sesenta veces con sesenta escorpiones, pero con todo eso no lograría la libertad del delito del alma, que es el pecado.

Estar libre de una cárcel de piedra y de cemento, de celdas y de rejas, de guardias y de jueces, no garantiza la libertad. Podemos estar fuera de una cárcel y sin embargo ser los reos más presos del mundo. La cárcel más cerrada que existe es la del pecado. Y de ésa sólo Cristo nos libra. Sesenta sábanas darán libertad de alguna celda, pero sólo Cristo puede dar libertad del pecado. Él quiere ser nuestro Libertador.

www.conciencia.net

jueves, 27 de mayo de 2010

AUN EN LA BASURA NACE EL AMOR

por el Hermano Pablo

Eran dos montones de basura. Dos montones de sufrimiento. Dos montones de fracaso. Dos montones de abandono. Él se llamaba Juan Bojorque, y tenía sesenta y un años de edad. Ella, Sandy Estrada, y tenía cincuenta y uno. Ambos vivían en los basureros de una de las capitales del mundo.

Desocupados los dos, marginados los dos, sin recursos los dos, se juntaron para calentarse una noche de frío, y allí nació el amor; porque el amor puede nacer en cualquier parte, incluso en un basurero. Unos meses después, el clérigo Lorenzo Martín los unió en matrimonio. «El amor es como un lirio —expresó el sacerdote—. Puede nacer aun en el fango.»

Caso interesante. Dos personas, arrojadas a los basureros por los fracasos de la vida, sin dinero, sin empleo, sin esperanza, se conocen una noche de intenso frío. Con sólo mirarse a los ojos ya saben que, para siempre, serán el uno para el otro. Y al fin se casan, delante de Dios y de la ley. Seguirán, quizá, sufriendo las desventuras de la vida, pero como marido y mujer.

El amor no siempre nace en lujosos salones, bailando valses vieneses y bebiendo champaña francesa. Es interesante que el proverbista Salomón ya había previsto el hecho de que la pobreza no es obstáculo para amarse. He aquí sus palabras: «Más vale comer verduras sazonadas con amor que un festín de carne sazonada con odio» (Proverbios 15:17).

Juan Bojorque y Sandy Estrada tal vez siguieran comiendo las legumbres marchitas que encontraran en los desperdicios de los restaurantes, pero se amaban, y por eso les sabría como faisán al horno.

El amor es la esencia de la vida. Desgraciadamente el amor bueno e inmutable ha perdido su lugar en una sociedad donde la lascivia y la lujuria predominan. Pero no ha perdido, ni puede nunca perder, su refulgencia y su gloria, precisamente por su carácter íntegro, puro y santo.

Amor así no viene por sí solo. Hay que cultivarlo y hay que sustentarlo. Pero ese es el amor que une profundamente al hombre y a la mujer, que dignifica el matrimonio y que honra a Dios. Es también el amor que sobrelleva la enfermedad, que soporta la pobreza y que sobrevive toda tempestad.

A todo esposo y a toda esposa les conviene vivir esa clase de amor. Dios quiere que el amor de toda pareja sea así, y Él desea, intensamente, dárselo a cada una. Él hará que su matrimonio sea uno de armonía y permanencia, y transformará su unión en remanso de paz. Pero los dos cónyuges, juntos, tienen que desearlo y pedirlo. Más vale que lo hagan hoy mismo.

www.conciencia.net

lunes, 17 de mayo de 2010

VISIÓN PERDURABLE

por el Hermano Pablo

El tiempo había transcurrido de noviembre a julio. En nueve meses pasan muchas cosas: un bebé es concebido y avanza a su madurez en el vientre materno; tres estaciones del año pasan siguiendo su ritmo inevitable; la política, la economía y el deporte experimentan grandes cambios.

Pero esos nueve meses no trajeron ningún cambio en la vida de Carmela Salas, de 65 años, mexicana residente de Texas. Los pasó, según el periódico «Los Ángeles Times», contemplando el cadáver de su esposo, Enrique Salas, acostado en la cama matrimonial.

Cuando el esposo murió, ella, negándose a reconocer la realidad, hizo de cuenta que la desgracia no había pasado, y el tiempo se detuvo para ella.

Este no es el primer caso en que hombres o mujeres ven morir al ser más querido y no se resignan a tener que dejar de mirarlo. Y aunque son cadáveres ya, y la momificación de la muerte ha comenzado el proceso de descomposición, el amor que les tienen es más fuerte.

El odio jamás hará una cosa semejante. El odio tiende a destruir, destrozar, masacrar y a hacer desaparecer todo de la vista. El amor construye, y cuando no puede construir, hace perdurar. Porque el amor es muy diferente al odio.

El amor de Dios es el amor más fuerte que existe. Es una fuerza que tiende siempre a reparar, a curar, a construir, a conservar lo bueno, a hermosear más lo que ya es lindo, a regenerar, a purificar y a santificar. El amor de Dios tiende siempre a perdonar y, más que perdonar, a olvidar. Incluso olvida el pecado, el mal, la falta, la derrota, el fracaso humano.

Y como Carmela Salas, Dios también contempla perdurablemente a sus seres amados. Él nunca deja de mirarlos. «El Señor recorre con su mirada toda la tierra —dice la Biblia—, y está listo para ayudar a quienes le son fieles» (2 Crónicas 16:9).

No hay nada más perdurable, poderoso, fiel y comprensivo en la humanidad que el amor de Cristo. Es un amor que nunca falla, una sabiduría que nunca yerra. Tener un corazón entregado a Él es asegurarse la bendición de la vida eterna. Tomemos hoy la más grande decisión moral posible: Elijamos a Cristo como nuestro Salvador y nuestro Señor.

www.conciencia.net

La preeminencia del amor

1 Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. 2 Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. 3 Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. 4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; 5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; 6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. 7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 8 El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. 9 Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; 10 mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. 11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. 12 Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. 13 Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.

martes, 11 de mayo de 2010

«MURIÓ COMO CREYENTE EN CRISTO»

por el Hermano Pablo

Durante la noche hizo un repaso de toda su vida. No había sido una vida larga: sólo veintiséis años. Desde más o menos seis años de edad no había recuerdos buenos. Recordó desobediencias, malos tratos, peleas callejeras, poca escuela. Recordó también su adolescencia, la flor de la juventud y... drogas.

Se trataba de Gary Salvany, convicto de dos asesinatos, preso en el estado de Florida y condenado a morir por inyección letal.

A las seis de la mañana fueron por él a su celda. Había llegado la hora. Gary se puso de rodillas y elevó una sencilla oración a Dios. Luego caminó humildemente, custodiado por dos guardias, hasta la cámara de ejecución. Allí les dijo a los presentes: «Los amo a todos. Denle un beso de despedida a papá y a mamá. Yo me voy con Cristo.» Y Gary Salvany murió en la camilla de ejecución de la prisión. «Murió como creyente en Cristo», informó el capellán, y todos los diarios lo citaron: «Murió como creyente en Cristo.»

¿Cómo puede morir «como creyente en Cristo» un hombre que es ejecutado por dos homicidios violentos? ¿Cómo puede morir «como creyente en Cristo» un hombre que vivió toda su vida como un rebelde? ¿Cómo puede una persona llegar al fin de sus días con un tubo insertado en un brazo por donde le llega la solución letal por homicida, y todavía morir «como creyente en Cristo»?

Parece ilógico, absurdo y contradictorio, pero teológicamente no lo es. Ese muchacho, que desde la adolescencia anduvo en drogas, que se relacionó con delincuentes y se hizo al fin delincuente él mismo, escuchó en la cárcel la buena noticia de Cristo. Allí supo que Cristo había muerto por sus pecados y que sólo era necesario creer en Él y aceptar esa obra bendita para recibir la redención completa, el perdón absoluto, el regalo de vida eterna.

Cuando Gary comprendió eso, reconoció sus faltas y su condición perdida, y clamó por perdón, Jesucristo lo perdonó y lo recibió en su reino celestial, igual que al criminal arrepentido que fue crucificado al lado suyo.

La redención de Gary Salvany fue notable por lo horrible de su crimen. Pero ante la perfección de Dios, todos somos pecadores. Nadie merece sus favores. ¿Qué hacer entonces? Lo mismo que hizo Gary: comprender el significado de la cruz, reconocer nuestra condición perdida y clamar a Dios por perdón y vida eterna. Él se la dará a quien en humildad sincera se la pida.

www.conciencia.net

lunes, 10 de mayo de 2010

EL DESTINO DE OCHO CONEJO

por Carlos Rey


«Ocho Conejo escuchaba el rítmico sonar de los tambores.... Desde las primeras horas de la mañana... se había purificado en las aguas de un río cercano a El Tajín.... [Ahora] sus dos servidores se afanaban por vestirlo...: había que concluir con el honroso trabajo de ataviar a este afamado jugador de pelota....

»Los jugadores habían de ser ágiles, poseer una mirada de jaguar y la destreza de los monos, ya que saltaban para enfrentar la pelota con su cadera, dando el golpe en el lugar preciso, donde se localizan los huesos más fuertes de la cintura; si la pelota pegaba en los muslos, provocaba brutales moretones, incluso podía romper los huesos de la pierna, o peor aun, si golpeaba en las cercanías del estómago o el hígado, podía hacer estallar las vísceras del jugador.... Por todo ello los jugadores debían proteger sus órganos más delicados con gruesos cinturones, rellenos de tela y cubiertos de piel, que amortiguaban el peligroso impacto de la pelota. El cuidado de los antebrazos se lograba con bandas hechas también de algodón y de cuero, mientras que las manos[, los talones y las rodillas] se envolvían con tiras de piel de venado, muy curtidas....

»... Finalmente... el jugador estaba listo para afrontar su destino....

»Para esta ocasión asistieron ocho jugadores.... Los caracoles sonaron y todo el mundo puso atención en el sacerdote principal, que llevaba en sus manos la sagrada pelota de hule [es decir, de caucho].

»La música cesó y se hizo un mágico silencio. Ocho Conejo fue el primero en dar el golpe con su cadera, iniciando así el rítmico y violento transcurrir del juego....

»El equipo de Ocho Conejo empezó a dar muestras de cansancio... Ocho Conejo saltó para recibir la pelota que desde atrás había lanzado el más ágil jugador del equipo contrario y, al golpear la pelota, ésta tomó otra dirección, provocando en el público un grito lastimero. De inmediato, los sacerdotes ordenaron que el juego terminara. Habían observado con terror que la pelota marcaba el fatal designio.

»... El sacerdote principal indicó al líder del equipo contrario que sujetara por los brazos a Ocho Conejo... en la piedra sagrada.... [Sujetando] el cuchillo de sílex con la mano derecha mientras... con la izquierda sujetaba [la] cabellera [de la víctima], enterró de un golpe el navajón en el punto preciso, donde está la vena que nutre de sangre el cuerpo.... Posteriormente, de manera muy ágil, [cortó] por el frente y [desprendió] la cabeza de la columna vertebral. La sangre brotaba incontenible, mostrando al pueblo que así llegaría la lluvia que tanto esperaban. La cabeza fue levantada en alto, y algunas gotas de sangre cayeron sobre la pelota.»1

Así como en este relato prehispánico de la cultura totonaca de México, Ocho Conejo no se resistió a que lo sujetaran a una gran piedra en la que derramaría su sangre para salvar a su pueblo de una posible sequía física, tampoco Jesucristo, el Hijo de Dios, se resistió a que lo clavaran a una cruz en la que derramaría su sangre para salvar a su pueblo de una segura sequía espiritual. Pero conste que Cristo no se sacrificó sólo para salvar temporalmente a su pueblo judío, sino para salvar eternamente a todo el que en Él cree.
1 Felipe Solís y Anatole Pohorilenko, Pasajes de la historia, Tomo 1, Fascículo 5, «Los señoríos de la costa del Golfo: El culto ritual del juego de pelota» (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes [CONACULTA] y Editorial México Desconocido, México, 2000), pp. 60‑67.

www.conciencia.net

sábado, 8 de mayo de 2010

ASOCIACIÓN ILÍCITA

por el Hermano Pablo

Koh Bak Kin, de treinta años de edad, era un rico comerciante de Singapur. Se dedicaba a la comercialización de madera fina para muebles, un negocio honrado a todas luces. Gozaba de prestigio social y de solvencia económica.

Bin Fazalda, de treinta y cuatro años, era profesor de escuela secundaria en Singapur. Gozaba de buen nombre en su colegio, donde se le reconocían sus dotes profesionales. Ganaba buen salario. Estaba casado y era padre de cinco hijos. Su vida transcurría tranquilamente en medio de satisfacciones.

Un día, estos dos hombres se unieron para realizar un negocio. Se trataba de transportar veinte kilogramos de heroína a Roma. Adaptaron a sus maletas un doble fondo, solicitaron visa de turismo, sacaron pasaje de avión y partieron para la capital de Italia.

Sin embargo, en el aeropuerto internacional Leonardo da Vinci de Roma los esperaba la INTERPOL. Una denuncia anónima los había delatado. Koh Bak Kin y Bin Fazalda fueron descubiertos, detenidos, requisados y encarcelados. «Asociación ilícita» fue el cargo del que los acusaron.

¿Qué es una asociación ilícita? Es la sociedad que realizan dos o más personas para hacer algo que está penado por las leyes. Estos dos hombres se asociaron para realizar un contrabando de heroína. Los dos pusieron capital. Los dos planearon el negocio. Los dos se comprometieron a ser fieles al contrato y los dos se estrecharon la mano como prueba de su asentimiento. Pero el negocio era delictivo, y la asociación, ilícita.

Así pasa también en el ámbito moral de nuestra vida. La jovencita que a espaldas de sus padres planea una fiesta con sus amigos, y en esa fiesta se bebe licor, se usa droga y se practica la inmoralidad sexual, está realizando una asociación ilícita. El caballero que a espaldas de su esposa planea una salida al teatro, o un paseo en auto en la noche con su secretaria, y esto con fines inconfesables, está realizando una asociación ilícita.

El mal no consiste sólo en que un hecho sea o no ilegal sino en sus consecuencias destructivas. ¡Cómo necesitamos poner todos nuestros negocios, toda nuestra vida, bajo el control de las leyes morales de Dios! Sólo así salvamos nuestra vida. Sólo así nos aseguramos el parabién divino. Sólo así podemos vivir en paz.

www.conciencia.net

SALVADA DE LAS FAUCES DE UN CAIMÁN

por Carlos Rey

Era una mañana clara y despejada, típica de la región de La Mosquita en la costa nordeste de Honduras. Unas mujeres, que despreocupadas lavaban la ropa, oyeron de repente los gritos despavoridos de una niña. Alzaron los ojos hacia el sitio desde donde provenían los gritos, y apenas alcanzaron a ver la figura de la niña arrastrada por debajo del agua. La madre instintivamente supo lo que era: ¡un caimán! Así que agarró un palo y salió corriendo hacia el temible reptil, sin pensar en lo que pudiera pasarle a ella misma.

Las otras mujeres le gritaron que era imposible salvar a su hija, que no se metiera en el agua porque el caimán podría matarla a ella también. Pero la madre no les hizo caso, ya que sólo le importaba salvar a su hija. Con el palo en la mano, se lanzó sobre el peligroso reptil e hizo lo primero que se le ocurrió: puyó los ojos del caimán hasta hacerlos sangrar. A causa del dolor y de la ceguera, el caimán soltó a la niña, se retorció en el agua y desapareció.

Temblando por el esfuerzo que había hecho y por la emoción que sentía, la madre tomó en los brazos a su hija malherida y con gran ternura hizo lo que pudo para tranquilizarla asegurándole que ya no había peligro. Afortunadamente, con el tiempo y gracias al cuidado médico, la niña, que sólo tenía diez años de edad, se sanó por completo.

No tenemos que ser médicos ni enfermeros para saber que en una emergencia somos capaces de hacer hazañas que jamás pudiéramos realizar bajo condiciones normales. Pero sí dependemos del estudio de la medicina para saber de qué se trata y a qué se debe este fenómeno. Resulta que cuando más lo necesitamos, nuestro cuerpo libera adrenalina, llamada la hormona de la emergencia, a fin de estimular y fortificar nuestro organismo para contrarrestar el peligro que lo amenaza. La adrenalina aumenta el ritmo y la fuerza de flujo de la sangre del corazón, y sirve de mediadora química para transmitir los impulsos nerviosos a los órganos destinados a responder al estímulo.1

Lo cierto es que en una emergencia nuestro cuerpo no hace más que seguir la norma establecida por su Creador. Frente al peligro del pecado que nos separa de Dios eternamente, el Padre celestial, cuando más lo necesitábamos, envió a su Hijo Jesucristo al mundo, liberándolo a Él como adrenalina a fin de liberarnos a nosotros. Cristo, nuestra Adrenalina divina, nos da la fuerza necesaria para contrarrestar ese peligro mortal del pecado, pero no mediante un mayor flujo de sangre nuestra sino mediante el flujo de su propia sangre que vertió al morir en una cruz por nosotros. Y ahora, en calidad de único Mediador entre Dios y los hombres, nos transmite sus impulsos divinos a fin de socorrernos cuando somos tentados. Mediante su estímulo poderoso, se dispone a rescatarnos del peligro del pecado cada vez que lo afrontamos.
1 Encyclopaedia Britannica 2002 [CD-ROM], s.v. «Epinephrine and norepinephrine, also called adrenaline and noradrenaline».

www.conciencia.net

jueves, 6 de mayo de 2010

«NO PUEDO SOPORTAR [A LA HIJA DE MI ESPOSO]»

«Tengo un año [de] casada.... Yo sabía que mi esposo tenía una hija de seis años a quien su mamá abandonó a los once meses de nacida.... Me fastidia la niña. La ignoro.... Le hablo feo.... Siento que no puedo soportarla. Cuando hace alguna travesura, le grito a mi esposo que ella es un error que él cometió y que él se encargue de ella.... He llegado a desearle la muerte.... No me gusta ese sentimiento....

»No sé cómo mejorar eso, cómo poder amarla como hija y dejar de verla como el fruto del pasado de mi esposo...»

Este es el consejo que le dimos:

«Estimada amiga:

»Usted hizo lo correcto al escribirnos. Escogimos su caso esta semana porque creemos que es cuestión de vida o muerte. Esperamos que tome muy en serio lo que le decimos y que se lo comunique a su esposo en seguida. A usted no le va a gustar lo que vamos a decirle, pero recuerde que nos pidió consejo.

»Con su actitud y su conducta usted está maltratando mentalmente a su hijastra todos los días, y nos preocupa que la vida de ella corra peligro....

»Por el bien de la niña, le rogamos que empaque sus pertenencias y abandone esa casa de inmediato. Tal vez el matrimonio pueda anularse, pero aun si eso no es posible, usted debe terminarlo. Usted no dice que ama a su esposo, pero si lo ama, lo dejará en libertad para cuidarse a sí mismo y a su hijita. En cambio, si no lo ama, entonces ¿por qué no dejarlo y ponerle fin a ese conflicto constante?

»Es evidente que usted considera a esa niñita como una rival en cuanto al afecto de su esposo. Usted siente celos porque ella ha sostenido una relación estrecha con él durante más tiempo, y él la ama a ella. Pero ella es apenas una niñita, y el amor que él siente por ella no es igual al que siente por usted. Creemos que hay problemas psicológicos en el pasado suyo que no se han resuelto, y que por eso usted está reaccionando ante la niña de un modo completamente inapropiado y destructivo. Una vez que usted haya salido de allí, la instamos a que busque la ayuda de un psicólogo o consejero profesional para que aprenda a afrontar su enojo y su resentimiento.

»El apóstol Pablo tiene una receta para usted. Él dice: «Pero ahora abandonen también todo esto: enojo, ira, malicia, calumnia y lenguaje obsceno.»1 Le rogamos que haga lo que sea necesario para seguir el consejo de San Pablo así como el nuestro al deshacerse de esas emociones y de esa conducta negativa y destructiva.

»¡Hágalo hoy mismo!

1 Col 3:8

www.conciencia.net

miércoles, 5 de mayo de 2010

EL PODER SIN IGUAL DEL AMOR

por Carlos Rey

Hace muchos años, en una aldea de Escocia, una mujer acostó a su bebé, bien envuelto en una frazada, sobre un montón de heno en el campo donde ella trabajaba. De pronto, una enorme sombra pasó sobre los trabajadores y, antes de que alguien pudiera impedirlo, una gigantesca águila se llevó entre sus garras al pequeño con frazada y todo. No hubo tiempo para reaccionar: la reina de las aves se elevó con la misma rapidez con que había bajado en picada, y ascendió hasta perderse de vista en la cúspide de la montaña.

Un fornido marinero se ofreció a escalar la montaña donde el águila tenía su nido, pero luego de intentarlo se dio por vencido y regresó sin nada. Acto seguido, emprendió el ascenso un robusto leñador con el mismo propósito, pero las fuerzas le faltaron y volvió frustrado.

La pobre mujer había cifrado sus esperanzas en que uno de los dos hombres rescatara a su hijito, pero nada pudieron hacer. Así que determinó que no había más remedio que hacer el intento ella misma. Cuanto más procuraron disuadirla de su empeño por los peligros que había, más resuelta estuvo a arriesgarlo todo por salvar a su hijo.

La angustiada madre, presa del terror pero armada de valor, comenzó el penoso ascenso de la montaña y, a pesar del intenso dolor que le provocó la fatiga, no se detuvo hasta que llegó al enorme nido del águila. Allí, con mucho cuidado rescató del nido el precioso envoltorio, se lo ató al pecho y descendió con él hasta llevarlo de vuelta a su aldea, sano y salvo.

¿Cómo se explica que aquella mujer, a pesar de tenerlo todo en contra, lograra lo que no habían sido capaces de hacer ni el marinero ni el leñador? La respuesta está en que a ella la impulsó un poder extraordinario, el poder del vínculo invisible que la unía espiritualmente a su hijo. ¡Era el poder del amor!

Así como aquella pequeña criatura cayó presa del águila, también el mundo ha caído presa del pecado. Sólo que Jesucristo nuestro Salvador, a diferencia de la madre de esta historia, no sólo resolvió arriesgarlo todo por salvarnos, sino que dio su vida para lograrlo. Consciente de su misión, Cristo mismo dijo: «Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos.»1 Con eso nos dio a entender lo que lo impulsó a morir en una cruz para rescatarnos de las garras del pecado. ¡Era la inmensidad de su amor, que tiene un poder sin igual!

Ahora Cristo nos invita a que aceptemos su amor incomparable, y nos manda que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado. A Dios gracias que Él no sólo nos dio ejemplo, como lo dio la valiente madre frente al águila, sino que también nos ayuda a amar a los demás tal y como Él nos amó a nosotros.
1 Jn 15:13

www.conciencia.net

lunes, 3 de mayo de 2010

LA CANASTILLA APLASTADA

por Carlos Rey

Se acercaba el Día de la Madre. Un niño de nueve años había hecho, con sus propias manos, una canastilla de cañas para obsequiársela a su querida madre. Todos los días, desde una semana antes, el muchacho, a escondidas, sacaba el regalo y lo contemplaba con orgullo. Si alguna de las cañas se había zafado, o no estaba bien sujetada, el niño la cambiaba y modificaba todo el diseño de la canastilla.

Llegó por fin el Día de la Madre. Había acordado con su hermanita que cada uno llevaría su regalo a la mesa para darle la sorpresa a la mamá. Cuando llegó el momento, la hermana llevó el suyo, pero el niño no aparecía por ningún lado. La madre, después de un buen tiempo, lo llamó, pero él no salió de su cuarto. Así que ella puso el oído a la puerta, y oyó al niño llorando.

Muy sabia y discretamente, la madre abrió la puerta y vio a su hijo sentado en el piso, con el regalo entre las piernas, todo aplastado. Lo había ocultado detrás de un escritorio, y alguien había movido el escritorio y había destrozado la canastilla.

Sin decir nada, la dulce madre se sentó junto al hijo y empezó a rehacer la canastilla, caña por caña. El niño comenzó a secarse las lágrimas, y a medida que la canastilla volvía a tomar forma en las manos de la mamá, más y más amplia se hacía la sonrisa en su inocente rostro.

Al terminar la madre la tarea, fue con su hijo hasta el comedor con el regalito, y el niño experimentó ese día el Día de la Madre más inolvidable de toda su vida. «Lo recuerdo perfectamente —escribió ya como adulto el Hermano Pablo—, porque aquel niño era yo mismo.»

Esa historia verídica acerca de su niñez la contó el Hermano Pablo por primera vez en la radio cuando tenía cerca de cincuenta años de edad. En efecto, quedó grabada en su memoria, como una cinta magnética que resiste el desgaste del tiempo. Así como en todos los mensajes que transmitió en el transcurso de cuarenta años en los medios de comunicación, el Hermano Pablo también aplicó a la vida cotidiana aquel «Mensaje a la Conciencia». Lo hizo en las siguientes palabras:

«Muchas veces en la vida, desde entonces, he visto la misma escena. Pero no ya, amigo mío, una canastilla rota que construye una madre con sus propias manos, sino vidas destrozadas, arruinadas, estropeadas por el pecado, que toma Cristo en sus manos y las recompone y regenera. Cristo es el gran Carpintero de las almas, amigo mío. Tiene amor, tiene paciencia, tiene sabiduría y tiene poder. Puede recomponer cualquier vida hecha escombros por el pecado. Y Él sólo está esperando que nosotros, con lágrimas y con esperanza, le entreguemos nuestra alma.»


www.conciencia.net

martes, 27 de abril de 2010

EL DON DEL HIJO AL PADRE

por el Hermano Pablo

El diagnóstico: leucemia. El pronóstico, no menos funesto: tal vez un año más de vida. Acababa de recibir esa terrible noticia Simón Bird, muchacho de catorce años, cuando salió del hospital acompañado por su padre. ¡Sólo un año más para vivir! En la flor de la adolescencia, vendría la muerte inexorable a segar su vida.

El valiente muchacho de Yeovil, Inglaterra encaró con firmeza su destino y aprovechó la oferta que le hizo una institución benéfica llamada «Los sueños se hacen realidad». Esa entidad ofrecía regalos a los adolescentes moribundos. Pero Simón no pidió nada para él mismo sino para su padre. Pidió que a su progenitor le regalaran un pequeño tractor de jardín para que éste pudiera ganarse la vida. Ese fue el supremo don del hijo al padre.

Esta tierna historia levanta el espíritu de quienes todos los días tienen que hacer la crónica de todo lo malo que ocurre en el mundo. El chico moribundo pudo haber pedido cualquier cosa para él mismo —un auto, una moto, un viaje, un equipo de sonido, un televisor—, pero cuando más razón tenía para pensar en sí mismo, pensó más bien en su padre.

Hay acciones generosas que debemos destacar. No todo en este mundo es drogadicción, narcotráfico, asalto, robo, asesinato, guerrilla y terrorismo. También hay gestos nobles, acciones generosas y sentido humanitario.

Simón pasó a la presencia de Dios. Cuando sus padres y hermanos contemplaron el espléndido tractor que les había conseguido como recurso económico para la familia, comentaron: «En la última hora de su vida, Simón pensó en nuestro bienestar. No vivió en vano ni murió en vano. En su corta existencia tuvo tiempo de dejarnos lo que nos ayudaría a vivir.»

La Biblia dice: «No son los hijos los que deben ahorrar para los padres, sino los padres para los hijos» (2 Corintios 12:14). Esa es la norma sana de vida. Los padres deben dejarles a sus hijos la mejor herencia. Pero en este caso se produjo la bendición a la inversa: el hijo le dejó una herencia al padre.

Dios, que inspiró al escritor del texto Bíblico anterior, hizo lo que ese texto manda. Nos dejó a nosotros los seres humanos la mejor, la más grande, pura y perfecta de las herencias: nada menos que a su propio Hijo Jesucristo. Y junto con Cristo nos dejó todo: el perdón, la regeneración, la paz y, para el final, la vida eterna. Hay, pues, un regalo, un don gratuito y grandioso, que Dios nos ofrece. Y nosotros no tenemos que hacer más que aceptarlo.

www.conciencia.net

miércoles, 14 de abril de 2010

ENCERRADO CON TIGRES

por el Hermano Pablo

El muchacho, de veinte años de edad, levantó el auricular del teléfono. No era una llamada inocente que hacía desde su casa. Era una llamada que le hacía a un grupo de periodistas desde una cárcel. «Quiero que me condenen a muerte. No soportaría estar preso toda la vida.»

Se trataba de Mark Scott, que había sido condenado a cadena perpetua por homicidio. El sólo pensar en permanecer toda la vida tras las rejas de una cárcel era más de lo que podía soportar. Por eso llamó a los periodistas, y posteriormente se le concedió su petición. Fue así como Mark Scott llegó a ser el condenado a muerte más joven de la prisión de San Quintín. Sólo tenía veinte años.

He aquí a un joven que quería morir. No quería cadena perpetua. «Para mí —dijo él—, estar preso toda la vida es como si me encerraran en un cuarto con tigres que, bocado a bocado, me fueran comiendo.»

Pero ¿cómo había llegado este estudiante inteligente a cometer dos años antes, teniendo apenas dieciocho años, un homicidio por el que lo condenarían a cadena perpetua? Precisamente al permitir, empleando su propia analogía, que un «tigre» le fuera comiendo pedazo a pedazo la moral y la conciencia.

Primero fue el «tigre» del egoísmo, el deseo insano de las satisfacciones egoístas, de vivir sólo para sí. Luego fue el «tigre» del cine y de la televisión, que fueron comiendo su conciencia pedazo a pedazo.

Después fue el «tigre» feroz de la drogadicción, que minó y desmenuzó su raciocinio. Por último fue el «tigre» de la codicia. Aquel joven, de sólo dieciocho años de edad, secuestró a Kelly Sullivan, enfermera de treinta y tres años, y la mató de tres balazos para robarle lo poco que llevaba en la cartera.

Hay muchos como Mark Scott, que permiten que los «tigres» les vayan comiendo el alma, pedazo a pedazo. Cada día se someten a los mordiscos del «tigre» hasta que son consumidos por completo. Son los que se abandonan a las pasiones, a los vicios, a la codicia y a la lujuria.

¿Hay alguien que pueda dominar estas fieras destructivas que parecen ensañarse con los seres humanos? Sí, lo hay. Jesucristo, el Señor que vive con plenitud de vida, tiene poder para venir en ayuda de cualquier víctima del pecado que clama desesperada.

Sólo Jesucristo nos libra de los «tigres» que nos consumen. Sólo Cristo tiene compasión y buena voluntad para librarnos. Sólo Él puede salvarnos.

www.conciencia.net

domingo, 11 de abril de 2010

«YO MATÉ A UN HOMBRE»

por el Hermano Pablo

Hace veinte años, yo maté a un hombre. No, no es cierto. Sólo es alegoría. Pero permítame seguir con la figura.

Me descubrieron con el arma en la mano y el cuerpo del delito a mis pies. Como no tenía coartada alguna, me llevaron de inmediato a la cárcel. El juez no tardó en seguir el proceso jurídico, y el jurado me halló culpable.

Ahora tenía que pagar el precio de mi maldad porque fui yo quien cometió el delito. Sólo esperaba la hora de mi ejecución.

El día designado, y a la hora precisa, el carcelero llegó a mi celda, metió la llave en el cerrojo y abrió la puerta. El chillido de hierro contra hierro me hizo sentir aun más terror. Pero sucedió algo extraño.

El carcelero me dijo:

—Señor, usted está libre. Puede irse.

—No juegue con mi vida —le respondí—. Yo sé a qué ha venido.

—Señor —repitió el carcelero—, usted está libre.

Dicho esto, se fue, dejando abierta la puerta de mi celda, así que me asomé a la puerta. El patio de la cárcel estaba vacío. Con cierto temor crucé el patio y me encaminé hacia la calle. Varios oficiales me vieron, pero nadie dijo nada. Recuerdo haber escuchado unos balazos cuando llegué a la calle, pero nadie me detuvo.

Cuando llegué a casa me explicaron que mi defensor había indagado en libros jurídicos antiguos y había descubierto que otra persona podía tomar el lugar del culpable. Así que había hecho correr la noticia, y un joven se había ofrecido para que se le aplicara mi sentencia.

Si bien este relato es alegórico, lo cierto es que ilustra algo que no lo es. Yo, como todo ser humano, soy pecador. Mi pecado merece el infierno. No hay nada que yo pueda hacer para librarme de esa pena. Estoy eternamente condenado, y eso no es alegoría.

Un día Dios, en la persona de Jesucristo, vino al mundo. Aunque Jesús llevó una vida santa, lo acusaron de malhechor y lo condenaron a morir en una cruz. Pero su muerte fue sustitutiva. Él murió en mi lugar, y eso no es alegoría.

«Gracia» es una palabra que no cabe en la mente humana. Quiere decir perdón inmerecido, amor incondicional, salvación sólo por el favor de Dios. El apóstol Pablo explica que Dios ofreció a su Hijo Jesucristo como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, y que es por su gracia divina que nos justifica gratuitamente mediante esa redención (Romanos 3:24,25).

Aunque nuestra vida sea un desastre, podemos ser salvos mediante la muerte de Cristo en nuestro lugar. Lo único que tenemos que hacer es rendirnos a sus pies. Él pagó el precio de nuestro pecado. El castigo que era nuestro, Jesús lo tomó. Ahora sólo tenemos que creer en Cristo y recibirlo como Señor y Salvador. Ese es el significado de la cruz del Calvario. No rechacemos el amor de Dios.

www.conciencia.net