por el Hermano Pablo
Eran dos montones de basura. Dos montones de sufrimiento. Dos montones de fracaso. Dos montones de abandono. Él se llamaba Juan Bojorque, y tenía sesenta y un años de edad. Ella, Sandy Estrada, y tenía cincuenta y uno. Ambos vivían en los basureros de una de las capitales del mundo.
Desocupados los dos, marginados los dos, sin recursos los dos, se juntaron para calentarse una noche de frío, y allí nació el amor; porque el amor puede nacer en cualquier parte, incluso en un basurero. Unos meses después, el clérigo Lorenzo Martín los unió en matrimonio. «El amor es como un lirio —expresó el sacerdote—. Puede nacer aun en el fango.»
Caso interesante. Dos personas, arrojadas a los basureros por los fracasos de la vida, sin dinero, sin empleo, sin esperanza, se conocen una noche de intenso frío. Con sólo mirarse a los ojos ya saben que, para siempre, serán el uno para el otro. Y al fin se casan, delante de Dios y de la ley. Seguirán, quizá, sufriendo las desventuras de la vida, pero como marido y mujer.
El amor no siempre nace en lujosos salones, bailando valses vieneses y bebiendo champaña francesa. Es interesante que el proverbista Salomón ya había previsto el hecho de que la pobreza no es obstáculo para amarse. He aquí sus palabras: «Más vale comer verduras sazonadas con amor que un festín de carne sazonada con odio» (Proverbios 15:17).
Juan Bojorque y Sandy Estrada tal vez siguieran comiendo las legumbres marchitas que encontraran en los desperdicios de los restaurantes, pero se amaban, y por eso les sabría como faisán al horno.
El amor es la esencia de la vida. Desgraciadamente el amor bueno e inmutable ha perdido su lugar en una sociedad donde la lascivia y la lujuria predominan. Pero no ha perdido, ni puede nunca perder, su refulgencia y su gloria, precisamente por su carácter íntegro, puro y santo.
Amor así no viene por sí solo. Hay que cultivarlo y hay que sustentarlo. Pero ese es el amor que une profundamente al hombre y a la mujer, que dignifica el matrimonio y que honra a Dios. Es también el amor que sobrelleva la enfermedad, que soporta la pobreza y que sobrevive toda tempestad.
A todo esposo y a toda esposa les conviene vivir esa clase de amor. Dios quiere que el amor de toda pareja sea así, y Él desea, intensamente, dárselo a cada una. Él hará que su matrimonio sea uno de armonía y permanencia, y transformará su unión en remanso de paz. Pero los dos cónyuges, juntos, tienen que desearlo y pedirlo. Más vale que lo hagan hoy mismo.
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jueves, 27 de mayo de 2010
lunes, 17 de mayo de 2010
VISIÓN PERDURABLE
por el Hermano Pablo
El tiempo había transcurrido de noviembre a julio. En nueve meses pasan muchas cosas: un bebé es concebido y avanza a su madurez en el vientre materno; tres estaciones del año pasan siguiendo su ritmo inevitable; la política, la economía y el deporte experimentan grandes cambios.
Pero esos nueve meses no trajeron ningún cambio en la vida de Carmela Salas, de 65 años, mexicana residente de Texas. Los pasó, según el periódico «Los Ángeles Times», contemplando el cadáver de su esposo, Enrique Salas, acostado en la cama matrimonial.
Cuando el esposo murió, ella, negándose a reconocer la realidad, hizo de cuenta que la desgracia no había pasado, y el tiempo se detuvo para ella.
Este no es el primer caso en que hombres o mujeres ven morir al ser más querido y no se resignan a tener que dejar de mirarlo. Y aunque son cadáveres ya, y la momificación de la muerte ha comenzado el proceso de descomposición, el amor que les tienen es más fuerte.
El odio jamás hará una cosa semejante. El odio tiende a destruir, destrozar, masacrar y a hacer desaparecer todo de la vista. El amor construye, y cuando no puede construir, hace perdurar. Porque el amor es muy diferente al odio.
El amor de Dios es el amor más fuerte que existe. Es una fuerza que tiende siempre a reparar, a curar, a construir, a conservar lo bueno, a hermosear más lo que ya es lindo, a regenerar, a purificar y a santificar. El amor de Dios tiende siempre a perdonar y, más que perdonar, a olvidar. Incluso olvida el pecado, el mal, la falta, la derrota, el fracaso humano.
Y como Carmela Salas, Dios también contempla perdurablemente a sus seres amados. Él nunca deja de mirarlos. «El Señor recorre con su mirada toda la tierra —dice la Biblia—, y está listo para ayudar a quienes le son fieles» (2 Crónicas 16:9).
No hay nada más perdurable, poderoso, fiel y comprensivo en la humanidad que el amor de Cristo. Es un amor que nunca falla, una sabiduría que nunca yerra. Tener un corazón entregado a Él es asegurarse la bendición de la vida eterna. Tomemos hoy la más grande decisión moral posible: Elijamos a Cristo como nuestro Salvador y nuestro Señor.
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El tiempo había transcurrido de noviembre a julio. En nueve meses pasan muchas cosas: un bebé es concebido y avanza a su madurez en el vientre materno; tres estaciones del año pasan siguiendo su ritmo inevitable; la política, la economía y el deporte experimentan grandes cambios.
Pero esos nueve meses no trajeron ningún cambio en la vida de Carmela Salas, de 65 años, mexicana residente de Texas. Los pasó, según el periódico «Los Ángeles Times», contemplando el cadáver de su esposo, Enrique Salas, acostado en la cama matrimonial.
Cuando el esposo murió, ella, negándose a reconocer la realidad, hizo de cuenta que la desgracia no había pasado, y el tiempo se detuvo para ella.
Este no es el primer caso en que hombres o mujeres ven morir al ser más querido y no se resignan a tener que dejar de mirarlo. Y aunque son cadáveres ya, y la momificación de la muerte ha comenzado el proceso de descomposición, el amor que les tienen es más fuerte.
El odio jamás hará una cosa semejante. El odio tiende a destruir, destrozar, masacrar y a hacer desaparecer todo de la vista. El amor construye, y cuando no puede construir, hace perdurar. Porque el amor es muy diferente al odio.
El amor de Dios es el amor más fuerte que existe. Es una fuerza que tiende siempre a reparar, a curar, a construir, a conservar lo bueno, a hermosear más lo que ya es lindo, a regenerar, a purificar y a santificar. El amor de Dios tiende siempre a perdonar y, más que perdonar, a olvidar. Incluso olvida el pecado, el mal, la falta, la derrota, el fracaso humano.
Y como Carmela Salas, Dios también contempla perdurablemente a sus seres amados. Él nunca deja de mirarlos. «El Señor recorre con su mirada toda la tierra —dice la Biblia—, y está listo para ayudar a quienes le son fieles» (2 Crónicas 16:9).
No hay nada más perdurable, poderoso, fiel y comprensivo en la humanidad que el amor de Cristo. Es un amor que nunca falla, una sabiduría que nunca yerra. Tener un corazón entregado a Él es asegurarse la bendición de la vida eterna. Tomemos hoy la más grande decisión moral posible: Elijamos a Cristo como nuestro Salvador y nuestro Señor.
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La preeminencia del amor
1 Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. 2 Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. 3 Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. 4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; 5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; 6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. 7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 8 El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. 9 Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; 10 mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. 11 Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. 12 Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. 13 Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
martes, 11 de mayo de 2010
«MURIÓ COMO CREYENTE EN CRISTO»
por el Hermano Pablo
Durante la noche hizo un repaso de toda su vida. No había sido una vida larga: sólo veintiséis años. Desde más o menos seis años de edad no había recuerdos buenos. Recordó desobediencias, malos tratos, peleas callejeras, poca escuela. Recordó también su adolescencia, la flor de la juventud y... drogas.
Se trataba de Gary Salvany, convicto de dos asesinatos, preso en el estado de Florida y condenado a morir por inyección letal.
A las seis de la mañana fueron por él a su celda. Había llegado la hora. Gary se puso de rodillas y elevó una sencilla oración a Dios. Luego caminó humildemente, custodiado por dos guardias, hasta la cámara de ejecución. Allí les dijo a los presentes: «Los amo a todos. Denle un beso de despedida a papá y a mamá. Yo me voy con Cristo.» Y Gary Salvany murió en la camilla de ejecución de la prisión. «Murió como creyente en Cristo», informó el capellán, y todos los diarios lo citaron: «Murió como creyente en Cristo.»
¿Cómo puede morir «como creyente en Cristo» un hombre que es ejecutado por dos homicidios violentos? ¿Cómo puede morir «como creyente en Cristo» un hombre que vivió toda su vida como un rebelde? ¿Cómo puede una persona llegar al fin de sus días con un tubo insertado en un brazo por donde le llega la solución letal por homicida, y todavía morir «como creyente en Cristo»?
Parece ilógico, absurdo y contradictorio, pero teológicamente no lo es. Ese muchacho, que desde la adolescencia anduvo en drogas, que se relacionó con delincuentes y se hizo al fin delincuente él mismo, escuchó en la cárcel la buena noticia de Cristo. Allí supo que Cristo había muerto por sus pecados y que sólo era necesario creer en Él y aceptar esa obra bendita para recibir la redención completa, el perdón absoluto, el regalo de vida eterna.
Cuando Gary comprendió eso, reconoció sus faltas y su condición perdida, y clamó por perdón, Jesucristo lo perdonó y lo recibió en su reino celestial, igual que al criminal arrepentido que fue crucificado al lado suyo.
La redención de Gary Salvany fue notable por lo horrible de su crimen. Pero ante la perfección de Dios, todos somos pecadores. Nadie merece sus favores. ¿Qué hacer entonces? Lo mismo que hizo Gary: comprender el significado de la cruz, reconocer nuestra condición perdida y clamar a Dios por perdón y vida eterna. Él se la dará a quien en humildad sincera se la pida.
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Durante la noche hizo un repaso de toda su vida. No había sido una vida larga: sólo veintiséis años. Desde más o menos seis años de edad no había recuerdos buenos. Recordó desobediencias, malos tratos, peleas callejeras, poca escuela. Recordó también su adolescencia, la flor de la juventud y... drogas.
Se trataba de Gary Salvany, convicto de dos asesinatos, preso en el estado de Florida y condenado a morir por inyección letal.
A las seis de la mañana fueron por él a su celda. Había llegado la hora. Gary se puso de rodillas y elevó una sencilla oración a Dios. Luego caminó humildemente, custodiado por dos guardias, hasta la cámara de ejecución. Allí les dijo a los presentes: «Los amo a todos. Denle un beso de despedida a papá y a mamá. Yo me voy con Cristo.» Y Gary Salvany murió en la camilla de ejecución de la prisión. «Murió como creyente en Cristo», informó el capellán, y todos los diarios lo citaron: «Murió como creyente en Cristo.»
¿Cómo puede morir «como creyente en Cristo» un hombre que es ejecutado por dos homicidios violentos? ¿Cómo puede morir «como creyente en Cristo» un hombre que vivió toda su vida como un rebelde? ¿Cómo puede una persona llegar al fin de sus días con un tubo insertado en un brazo por donde le llega la solución letal por homicida, y todavía morir «como creyente en Cristo»?
Parece ilógico, absurdo y contradictorio, pero teológicamente no lo es. Ese muchacho, que desde la adolescencia anduvo en drogas, que se relacionó con delincuentes y se hizo al fin delincuente él mismo, escuchó en la cárcel la buena noticia de Cristo. Allí supo que Cristo había muerto por sus pecados y que sólo era necesario creer en Él y aceptar esa obra bendita para recibir la redención completa, el perdón absoluto, el regalo de vida eterna.
Cuando Gary comprendió eso, reconoció sus faltas y su condición perdida, y clamó por perdón, Jesucristo lo perdonó y lo recibió en su reino celestial, igual que al criminal arrepentido que fue crucificado al lado suyo.
La redención de Gary Salvany fue notable por lo horrible de su crimen. Pero ante la perfección de Dios, todos somos pecadores. Nadie merece sus favores. ¿Qué hacer entonces? Lo mismo que hizo Gary: comprender el significado de la cruz, reconocer nuestra condición perdida y clamar a Dios por perdón y vida eterna. Él se la dará a quien en humildad sincera se la pida.
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lunes, 10 de mayo de 2010
EL DESTINO DE OCHO CONEJO
por Carlos Rey
«Ocho Conejo escuchaba el rítmico sonar de los tambores.... Desde las primeras horas de la mañana... se había purificado en las aguas de un río cercano a El Tajín.... [Ahora] sus dos servidores se afanaban por vestirlo...: había que concluir con el honroso trabajo de ataviar a este afamado jugador de pelota....
»Los jugadores habían de ser ágiles, poseer una mirada de jaguar y la destreza de los monos, ya que saltaban para enfrentar la pelota con su cadera, dando el golpe en el lugar preciso, donde se localizan los huesos más fuertes de la cintura; si la pelota pegaba en los muslos, provocaba brutales moretones, incluso podía romper los huesos de la pierna, o peor aun, si golpeaba en las cercanías del estómago o el hígado, podía hacer estallar las vísceras del jugador.... Por todo ello los jugadores debían proteger sus órganos más delicados con gruesos cinturones, rellenos de tela y cubiertos de piel, que amortiguaban el peligroso impacto de la pelota. El cuidado de los antebrazos se lograba con bandas hechas también de algodón y de cuero, mientras que las manos[, los talones y las rodillas] se envolvían con tiras de piel de venado, muy curtidas....
»... Finalmente... el jugador estaba listo para afrontar su destino....
»Para esta ocasión asistieron ocho jugadores.... Los caracoles sonaron y todo el mundo puso atención en el sacerdote principal, que llevaba en sus manos la sagrada pelota de hule [es decir, de caucho].
»La música cesó y se hizo un mágico silencio. Ocho Conejo fue el primero en dar el golpe con su cadera, iniciando así el rítmico y violento transcurrir del juego....
»El equipo de Ocho Conejo empezó a dar muestras de cansancio... Ocho Conejo saltó para recibir la pelota que desde atrás había lanzado el más ágil jugador del equipo contrario y, al golpear la pelota, ésta tomó otra dirección, provocando en el público un grito lastimero. De inmediato, los sacerdotes ordenaron que el juego terminara. Habían observado con terror que la pelota marcaba el fatal designio.
»... El sacerdote principal indicó al líder del equipo contrario que sujetara por los brazos a Ocho Conejo... en la piedra sagrada.... [Sujetando] el cuchillo de sílex con la mano derecha mientras... con la izquierda sujetaba [la] cabellera [de la víctima], enterró de un golpe el navajón en el punto preciso, donde está la vena que nutre de sangre el cuerpo.... Posteriormente, de manera muy ágil, [cortó] por el frente y [desprendió] la cabeza de la columna vertebral. La sangre brotaba incontenible, mostrando al pueblo que así llegaría la lluvia que tanto esperaban. La cabeza fue levantada en alto, y algunas gotas de sangre cayeron sobre la pelota.»1
Así como en este relato prehispánico de la cultura totonaca de México, Ocho Conejo no se resistió a que lo sujetaran a una gran piedra en la que derramaría su sangre para salvar a su pueblo de una posible sequía física, tampoco Jesucristo, el Hijo de Dios, se resistió a que lo clavaran a una cruz en la que derramaría su sangre para salvar a su pueblo de una segura sequía espiritual. Pero conste que Cristo no se sacrificó sólo para salvar temporalmente a su pueblo judío, sino para salvar eternamente a todo el que en Él cree.
1 Felipe Solís y Anatole Pohorilenko, Pasajes de la historia, Tomo 1, Fascículo 5, «Los señoríos de la costa del Golfo: El culto ritual del juego de pelota» (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes [CONACULTA] y Editorial México Desconocido, México, 2000), pp. 60‑67.
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«Ocho Conejo escuchaba el rítmico sonar de los tambores.... Desde las primeras horas de la mañana... se había purificado en las aguas de un río cercano a El Tajín.... [Ahora] sus dos servidores se afanaban por vestirlo...: había que concluir con el honroso trabajo de ataviar a este afamado jugador de pelota....
»Los jugadores habían de ser ágiles, poseer una mirada de jaguar y la destreza de los monos, ya que saltaban para enfrentar la pelota con su cadera, dando el golpe en el lugar preciso, donde se localizan los huesos más fuertes de la cintura; si la pelota pegaba en los muslos, provocaba brutales moretones, incluso podía romper los huesos de la pierna, o peor aun, si golpeaba en las cercanías del estómago o el hígado, podía hacer estallar las vísceras del jugador.... Por todo ello los jugadores debían proteger sus órganos más delicados con gruesos cinturones, rellenos de tela y cubiertos de piel, que amortiguaban el peligroso impacto de la pelota. El cuidado de los antebrazos se lograba con bandas hechas también de algodón y de cuero, mientras que las manos[, los talones y las rodillas] se envolvían con tiras de piel de venado, muy curtidas....
»... Finalmente... el jugador estaba listo para afrontar su destino....
»Para esta ocasión asistieron ocho jugadores.... Los caracoles sonaron y todo el mundo puso atención en el sacerdote principal, que llevaba en sus manos la sagrada pelota de hule [es decir, de caucho].
»La música cesó y se hizo un mágico silencio. Ocho Conejo fue el primero en dar el golpe con su cadera, iniciando así el rítmico y violento transcurrir del juego....
»El equipo de Ocho Conejo empezó a dar muestras de cansancio... Ocho Conejo saltó para recibir la pelota que desde atrás había lanzado el más ágil jugador del equipo contrario y, al golpear la pelota, ésta tomó otra dirección, provocando en el público un grito lastimero. De inmediato, los sacerdotes ordenaron que el juego terminara. Habían observado con terror que la pelota marcaba el fatal designio.
»... El sacerdote principal indicó al líder del equipo contrario que sujetara por los brazos a Ocho Conejo... en la piedra sagrada.... [Sujetando] el cuchillo de sílex con la mano derecha mientras... con la izquierda sujetaba [la] cabellera [de la víctima], enterró de un golpe el navajón en el punto preciso, donde está la vena que nutre de sangre el cuerpo.... Posteriormente, de manera muy ágil, [cortó] por el frente y [desprendió] la cabeza de la columna vertebral. La sangre brotaba incontenible, mostrando al pueblo que así llegaría la lluvia que tanto esperaban. La cabeza fue levantada en alto, y algunas gotas de sangre cayeron sobre la pelota.»1
Así como en este relato prehispánico de la cultura totonaca de México, Ocho Conejo no se resistió a que lo sujetaran a una gran piedra en la que derramaría su sangre para salvar a su pueblo de una posible sequía física, tampoco Jesucristo, el Hijo de Dios, se resistió a que lo clavaran a una cruz en la que derramaría su sangre para salvar a su pueblo de una segura sequía espiritual. Pero conste que Cristo no se sacrificó sólo para salvar temporalmente a su pueblo judío, sino para salvar eternamente a todo el que en Él cree.
1 Felipe Solís y Anatole Pohorilenko, Pasajes de la historia, Tomo 1, Fascículo 5, «Los señoríos de la costa del Golfo: El culto ritual del juego de pelota» (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes [CONACULTA] y Editorial México Desconocido, México, 2000), pp. 60‑67.
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sábado, 8 de mayo de 2010
ASOCIACIÓN ILÍCITA
por el Hermano Pablo
Koh Bak Kin, de treinta años de edad, era un rico comerciante de Singapur. Se dedicaba a la comercialización de madera fina para muebles, un negocio honrado a todas luces. Gozaba de prestigio social y de solvencia económica.
Bin Fazalda, de treinta y cuatro años, era profesor de escuela secundaria en Singapur. Gozaba de buen nombre en su colegio, donde se le reconocían sus dotes profesionales. Ganaba buen salario. Estaba casado y era padre de cinco hijos. Su vida transcurría tranquilamente en medio de satisfacciones.
Un día, estos dos hombres se unieron para realizar un negocio. Se trataba de transportar veinte kilogramos de heroína a Roma. Adaptaron a sus maletas un doble fondo, solicitaron visa de turismo, sacaron pasaje de avión y partieron para la capital de Italia.
Sin embargo, en el aeropuerto internacional Leonardo da Vinci de Roma los esperaba la INTERPOL. Una denuncia anónima los había delatado. Koh Bak Kin y Bin Fazalda fueron descubiertos, detenidos, requisados y encarcelados. «Asociación ilícita» fue el cargo del que los acusaron.
¿Qué es una asociación ilícita? Es la sociedad que realizan dos o más personas para hacer algo que está penado por las leyes. Estos dos hombres se asociaron para realizar un contrabando de heroína. Los dos pusieron capital. Los dos planearon el negocio. Los dos se comprometieron a ser fieles al contrato y los dos se estrecharon la mano como prueba de su asentimiento. Pero el negocio era delictivo, y la asociación, ilícita.
Así pasa también en el ámbito moral de nuestra vida. La jovencita que a espaldas de sus padres planea una fiesta con sus amigos, y en esa fiesta se bebe licor, se usa droga y se practica la inmoralidad sexual, está realizando una asociación ilícita. El caballero que a espaldas de su esposa planea una salida al teatro, o un paseo en auto en la noche con su secretaria, y esto con fines inconfesables, está realizando una asociación ilícita.
El mal no consiste sólo en que un hecho sea o no ilegal sino en sus consecuencias destructivas. ¡Cómo necesitamos poner todos nuestros negocios, toda nuestra vida, bajo el control de las leyes morales de Dios! Sólo así salvamos nuestra vida. Sólo así nos aseguramos el parabién divino. Sólo así podemos vivir en paz.
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Koh Bak Kin, de treinta años de edad, era un rico comerciante de Singapur. Se dedicaba a la comercialización de madera fina para muebles, un negocio honrado a todas luces. Gozaba de prestigio social y de solvencia económica.
Bin Fazalda, de treinta y cuatro años, era profesor de escuela secundaria en Singapur. Gozaba de buen nombre en su colegio, donde se le reconocían sus dotes profesionales. Ganaba buen salario. Estaba casado y era padre de cinco hijos. Su vida transcurría tranquilamente en medio de satisfacciones.
Un día, estos dos hombres se unieron para realizar un negocio. Se trataba de transportar veinte kilogramos de heroína a Roma. Adaptaron a sus maletas un doble fondo, solicitaron visa de turismo, sacaron pasaje de avión y partieron para la capital de Italia.
Sin embargo, en el aeropuerto internacional Leonardo da Vinci de Roma los esperaba la INTERPOL. Una denuncia anónima los había delatado. Koh Bak Kin y Bin Fazalda fueron descubiertos, detenidos, requisados y encarcelados. «Asociación ilícita» fue el cargo del que los acusaron.
¿Qué es una asociación ilícita? Es la sociedad que realizan dos o más personas para hacer algo que está penado por las leyes. Estos dos hombres se asociaron para realizar un contrabando de heroína. Los dos pusieron capital. Los dos planearon el negocio. Los dos se comprometieron a ser fieles al contrato y los dos se estrecharon la mano como prueba de su asentimiento. Pero el negocio era delictivo, y la asociación, ilícita.
Así pasa también en el ámbito moral de nuestra vida. La jovencita que a espaldas de sus padres planea una fiesta con sus amigos, y en esa fiesta se bebe licor, se usa droga y se practica la inmoralidad sexual, está realizando una asociación ilícita. El caballero que a espaldas de su esposa planea una salida al teatro, o un paseo en auto en la noche con su secretaria, y esto con fines inconfesables, está realizando una asociación ilícita.
El mal no consiste sólo en que un hecho sea o no ilegal sino en sus consecuencias destructivas. ¡Cómo necesitamos poner todos nuestros negocios, toda nuestra vida, bajo el control de las leyes morales de Dios! Sólo así salvamos nuestra vida. Sólo así nos aseguramos el parabién divino. Sólo así podemos vivir en paz.
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SALVADA DE LAS FAUCES DE UN CAIMÁN
por Carlos Rey
Era una mañana clara y despejada, típica de la región de La Mosquita en la costa nordeste de Honduras. Unas mujeres, que despreocupadas lavaban la ropa, oyeron de repente los gritos despavoridos de una niña. Alzaron los ojos hacia el sitio desde donde provenían los gritos, y apenas alcanzaron a ver la figura de la niña arrastrada por debajo del agua. La madre instintivamente supo lo que era: ¡un caimán! Así que agarró un palo y salió corriendo hacia el temible reptil, sin pensar en lo que pudiera pasarle a ella misma.
Las otras mujeres le gritaron que era imposible salvar a su hija, que no se metiera en el agua porque el caimán podría matarla a ella también. Pero la madre no les hizo caso, ya que sólo le importaba salvar a su hija. Con el palo en la mano, se lanzó sobre el peligroso reptil e hizo lo primero que se le ocurrió: puyó los ojos del caimán hasta hacerlos sangrar. A causa del dolor y de la ceguera, el caimán soltó a la niña, se retorció en el agua y desapareció.
Temblando por el esfuerzo que había hecho y por la emoción que sentía, la madre tomó en los brazos a su hija malherida y con gran ternura hizo lo que pudo para tranquilizarla asegurándole que ya no había peligro. Afortunadamente, con el tiempo y gracias al cuidado médico, la niña, que sólo tenía diez años de edad, se sanó por completo.
No tenemos que ser médicos ni enfermeros para saber que en una emergencia somos capaces de hacer hazañas que jamás pudiéramos realizar bajo condiciones normales. Pero sí dependemos del estudio de la medicina para saber de qué se trata y a qué se debe este fenómeno. Resulta que cuando más lo necesitamos, nuestro cuerpo libera adrenalina, llamada la hormona de la emergencia, a fin de estimular y fortificar nuestro organismo para contrarrestar el peligro que lo amenaza. La adrenalina aumenta el ritmo y la fuerza de flujo de la sangre del corazón, y sirve de mediadora química para transmitir los impulsos nerviosos a los órganos destinados a responder al estímulo.1
Lo cierto es que en una emergencia nuestro cuerpo no hace más que seguir la norma establecida por su Creador. Frente al peligro del pecado que nos separa de Dios eternamente, el Padre celestial, cuando más lo necesitábamos, envió a su Hijo Jesucristo al mundo, liberándolo a Él como adrenalina a fin de liberarnos a nosotros. Cristo, nuestra Adrenalina divina, nos da la fuerza necesaria para contrarrestar ese peligro mortal del pecado, pero no mediante un mayor flujo de sangre nuestra sino mediante el flujo de su propia sangre que vertió al morir en una cruz por nosotros. Y ahora, en calidad de único Mediador entre Dios y los hombres, nos transmite sus impulsos divinos a fin de socorrernos cuando somos tentados. Mediante su estímulo poderoso, se dispone a rescatarnos del peligro del pecado cada vez que lo afrontamos.
1 Encyclopaedia Britannica 2002 [CD-ROM], s.v. «Epinephrine and norepinephrine, also called adrenaline and noradrenaline».
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Era una mañana clara y despejada, típica de la región de La Mosquita en la costa nordeste de Honduras. Unas mujeres, que despreocupadas lavaban la ropa, oyeron de repente los gritos despavoridos de una niña. Alzaron los ojos hacia el sitio desde donde provenían los gritos, y apenas alcanzaron a ver la figura de la niña arrastrada por debajo del agua. La madre instintivamente supo lo que era: ¡un caimán! Así que agarró un palo y salió corriendo hacia el temible reptil, sin pensar en lo que pudiera pasarle a ella misma.
Las otras mujeres le gritaron que era imposible salvar a su hija, que no se metiera en el agua porque el caimán podría matarla a ella también. Pero la madre no les hizo caso, ya que sólo le importaba salvar a su hija. Con el palo en la mano, se lanzó sobre el peligroso reptil e hizo lo primero que se le ocurrió: puyó los ojos del caimán hasta hacerlos sangrar. A causa del dolor y de la ceguera, el caimán soltó a la niña, se retorció en el agua y desapareció.
Temblando por el esfuerzo que había hecho y por la emoción que sentía, la madre tomó en los brazos a su hija malherida y con gran ternura hizo lo que pudo para tranquilizarla asegurándole que ya no había peligro. Afortunadamente, con el tiempo y gracias al cuidado médico, la niña, que sólo tenía diez años de edad, se sanó por completo.
No tenemos que ser médicos ni enfermeros para saber que en una emergencia somos capaces de hacer hazañas que jamás pudiéramos realizar bajo condiciones normales. Pero sí dependemos del estudio de la medicina para saber de qué se trata y a qué se debe este fenómeno. Resulta que cuando más lo necesitamos, nuestro cuerpo libera adrenalina, llamada la hormona de la emergencia, a fin de estimular y fortificar nuestro organismo para contrarrestar el peligro que lo amenaza. La adrenalina aumenta el ritmo y la fuerza de flujo de la sangre del corazón, y sirve de mediadora química para transmitir los impulsos nerviosos a los órganos destinados a responder al estímulo.1
Lo cierto es que en una emergencia nuestro cuerpo no hace más que seguir la norma establecida por su Creador. Frente al peligro del pecado que nos separa de Dios eternamente, el Padre celestial, cuando más lo necesitábamos, envió a su Hijo Jesucristo al mundo, liberándolo a Él como adrenalina a fin de liberarnos a nosotros. Cristo, nuestra Adrenalina divina, nos da la fuerza necesaria para contrarrestar ese peligro mortal del pecado, pero no mediante un mayor flujo de sangre nuestra sino mediante el flujo de su propia sangre que vertió al morir en una cruz por nosotros. Y ahora, en calidad de único Mediador entre Dios y los hombres, nos transmite sus impulsos divinos a fin de socorrernos cuando somos tentados. Mediante su estímulo poderoso, se dispone a rescatarnos del peligro del pecado cada vez que lo afrontamos.
1 Encyclopaedia Britannica 2002 [CD-ROM], s.v. «Epinephrine and norepinephrine, also called adrenaline and noradrenaline».
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jueves, 6 de mayo de 2010
«NO PUEDO SOPORTAR [A LA HIJA DE MI ESPOSO]»
«Tengo un año [de] casada.... Yo sabía que mi esposo tenía una hija de seis años a quien su mamá abandonó a los once meses de nacida.... Me fastidia la niña. La ignoro.... Le hablo feo.... Siento que no puedo soportarla. Cuando hace alguna travesura, le grito a mi esposo que ella es un error que él cometió y que él se encargue de ella.... He llegado a desearle la muerte.... No me gusta ese sentimiento....
»No sé cómo mejorar eso, cómo poder amarla como hija y dejar de verla como el fruto del pasado de mi esposo...»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»Usted hizo lo correcto al escribirnos. Escogimos su caso esta semana porque creemos que es cuestión de vida o muerte. Esperamos que tome muy en serio lo que le decimos y que se lo comunique a su esposo en seguida. A usted no le va a gustar lo que vamos a decirle, pero recuerde que nos pidió consejo.
»Con su actitud y su conducta usted está maltratando mentalmente a su hijastra todos los días, y nos preocupa que la vida de ella corra peligro....
»Por el bien de la niña, le rogamos que empaque sus pertenencias y abandone esa casa de inmediato. Tal vez el matrimonio pueda anularse, pero aun si eso no es posible, usted debe terminarlo. Usted no dice que ama a su esposo, pero si lo ama, lo dejará en libertad para cuidarse a sí mismo y a su hijita. En cambio, si no lo ama, entonces ¿por qué no dejarlo y ponerle fin a ese conflicto constante?
»Es evidente que usted considera a esa niñita como una rival en cuanto al afecto de su esposo. Usted siente celos porque ella ha sostenido una relación estrecha con él durante más tiempo, y él la ama a ella. Pero ella es apenas una niñita, y el amor que él siente por ella no es igual al que siente por usted. Creemos que hay problemas psicológicos en el pasado suyo que no se han resuelto, y que por eso usted está reaccionando ante la niña de un modo completamente inapropiado y destructivo. Una vez que usted haya salido de allí, la instamos a que busque la ayuda de un psicólogo o consejero profesional para que aprenda a afrontar su enojo y su resentimiento.
»El apóstol Pablo tiene una receta para usted. Él dice: «Pero ahora abandonen también todo esto: enojo, ira, malicia, calumnia y lenguaje obsceno.»1 Le rogamos que haga lo que sea necesario para seguir el consejo de San Pablo así como el nuestro al deshacerse de esas emociones y de esa conducta negativa y destructiva.
»¡Hágalo hoy mismo!
1 Col 3:8
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»No sé cómo mejorar eso, cómo poder amarla como hija y dejar de verla como el fruto del pasado de mi esposo...»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»Usted hizo lo correcto al escribirnos. Escogimos su caso esta semana porque creemos que es cuestión de vida o muerte. Esperamos que tome muy en serio lo que le decimos y que se lo comunique a su esposo en seguida. A usted no le va a gustar lo que vamos a decirle, pero recuerde que nos pidió consejo.
»Con su actitud y su conducta usted está maltratando mentalmente a su hijastra todos los días, y nos preocupa que la vida de ella corra peligro....
»Por el bien de la niña, le rogamos que empaque sus pertenencias y abandone esa casa de inmediato. Tal vez el matrimonio pueda anularse, pero aun si eso no es posible, usted debe terminarlo. Usted no dice que ama a su esposo, pero si lo ama, lo dejará en libertad para cuidarse a sí mismo y a su hijita. En cambio, si no lo ama, entonces ¿por qué no dejarlo y ponerle fin a ese conflicto constante?
»Es evidente que usted considera a esa niñita como una rival en cuanto al afecto de su esposo. Usted siente celos porque ella ha sostenido una relación estrecha con él durante más tiempo, y él la ama a ella. Pero ella es apenas una niñita, y el amor que él siente por ella no es igual al que siente por usted. Creemos que hay problemas psicológicos en el pasado suyo que no se han resuelto, y que por eso usted está reaccionando ante la niña de un modo completamente inapropiado y destructivo. Una vez que usted haya salido de allí, la instamos a que busque la ayuda de un psicólogo o consejero profesional para que aprenda a afrontar su enojo y su resentimiento.
»El apóstol Pablo tiene una receta para usted. Él dice: «Pero ahora abandonen también todo esto: enojo, ira, malicia, calumnia y lenguaje obsceno.»1 Le rogamos que haga lo que sea necesario para seguir el consejo de San Pablo así como el nuestro al deshacerse de esas emociones y de esa conducta negativa y destructiva.
»¡Hágalo hoy mismo!
1 Col 3:8
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miércoles, 5 de mayo de 2010
EL PODER SIN IGUAL DEL AMOR
por Carlos Rey
Hace muchos años, en una aldea de Escocia, una mujer acostó a su bebé, bien envuelto en una frazada, sobre un montón de heno en el campo donde ella trabajaba. De pronto, una enorme sombra pasó sobre los trabajadores y, antes de que alguien pudiera impedirlo, una gigantesca águila se llevó entre sus garras al pequeño con frazada y todo. No hubo tiempo para reaccionar: la reina de las aves se elevó con la misma rapidez con que había bajado en picada, y ascendió hasta perderse de vista en la cúspide de la montaña.
Un fornido marinero se ofreció a escalar la montaña donde el águila tenía su nido, pero luego de intentarlo se dio por vencido y regresó sin nada. Acto seguido, emprendió el ascenso un robusto leñador con el mismo propósito, pero las fuerzas le faltaron y volvió frustrado.
La pobre mujer había cifrado sus esperanzas en que uno de los dos hombres rescatara a su hijito, pero nada pudieron hacer. Así que determinó que no había más remedio que hacer el intento ella misma. Cuanto más procuraron disuadirla de su empeño por los peligros que había, más resuelta estuvo a arriesgarlo todo por salvar a su hijo.
La angustiada madre, presa del terror pero armada de valor, comenzó el penoso ascenso de la montaña y, a pesar del intenso dolor que le provocó la fatiga, no se detuvo hasta que llegó al enorme nido del águila. Allí, con mucho cuidado rescató del nido el precioso envoltorio, se lo ató al pecho y descendió con él hasta llevarlo de vuelta a su aldea, sano y salvo.
¿Cómo se explica que aquella mujer, a pesar de tenerlo todo en contra, lograra lo que no habían sido capaces de hacer ni el marinero ni el leñador? La respuesta está en que a ella la impulsó un poder extraordinario, el poder del vínculo invisible que la unía espiritualmente a su hijo. ¡Era el poder del amor!
Así como aquella pequeña criatura cayó presa del águila, también el mundo ha caído presa del pecado. Sólo que Jesucristo nuestro Salvador, a diferencia de la madre de esta historia, no sólo resolvió arriesgarlo todo por salvarnos, sino que dio su vida para lograrlo. Consciente de su misión, Cristo mismo dijo: «Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos.»1 Con eso nos dio a entender lo que lo impulsó a morir en una cruz para rescatarnos de las garras del pecado. ¡Era la inmensidad de su amor, que tiene un poder sin igual!
Ahora Cristo nos invita a que aceptemos su amor incomparable, y nos manda que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado. A Dios gracias que Él no sólo nos dio ejemplo, como lo dio la valiente madre frente al águila, sino que también nos ayuda a amar a los demás tal y como Él nos amó a nosotros.
1 Jn 15:13
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Hace muchos años, en una aldea de Escocia, una mujer acostó a su bebé, bien envuelto en una frazada, sobre un montón de heno en el campo donde ella trabajaba. De pronto, una enorme sombra pasó sobre los trabajadores y, antes de que alguien pudiera impedirlo, una gigantesca águila se llevó entre sus garras al pequeño con frazada y todo. No hubo tiempo para reaccionar: la reina de las aves se elevó con la misma rapidez con que había bajado en picada, y ascendió hasta perderse de vista en la cúspide de la montaña.
Un fornido marinero se ofreció a escalar la montaña donde el águila tenía su nido, pero luego de intentarlo se dio por vencido y regresó sin nada. Acto seguido, emprendió el ascenso un robusto leñador con el mismo propósito, pero las fuerzas le faltaron y volvió frustrado.
La pobre mujer había cifrado sus esperanzas en que uno de los dos hombres rescatara a su hijito, pero nada pudieron hacer. Así que determinó que no había más remedio que hacer el intento ella misma. Cuanto más procuraron disuadirla de su empeño por los peligros que había, más resuelta estuvo a arriesgarlo todo por salvar a su hijo.
La angustiada madre, presa del terror pero armada de valor, comenzó el penoso ascenso de la montaña y, a pesar del intenso dolor que le provocó la fatiga, no se detuvo hasta que llegó al enorme nido del águila. Allí, con mucho cuidado rescató del nido el precioso envoltorio, se lo ató al pecho y descendió con él hasta llevarlo de vuelta a su aldea, sano y salvo.
¿Cómo se explica que aquella mujer, a pesar de tenerlo todo en contra, lograra lo que no habían sido capaces de hacer ni el marinero ni el leñador? La respuesta está en que a ella la impulsó un poder extraordinario, el poder del vínculo invisible que la unía espiritualmente a su hijo. ¡Era el poder del amor!
Así como aquella pequeña criatura cayó presa del águila, también el mundo ha caído presa del pecado. Sólo que Jesucristo nuestro Salvador, a diferencia de la madre de esta historia, no sólo resolvió arriesgarlo todo por salvarnos, sino que dio su vida para lograrlo. Consciente de su misión, Cristo mismo dijo: «Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos.»1 Con eso nos dio a entender lo que lo impulsó a morir en una cruz para rescatarnos de las garras del pecado. ¡Era la inmensidad de su amor, que tiene un poder sin igual!
Ahora Cristo nos invita a que aceptemos su amor incomparable, y nos manda que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado. A Dios gracias que Él no sólo nos dio ejemplo, como lo dio la valiente madre frente al águila, sino que también nos ayuda a amar a los demás tal y como Él nos amó a nosotros.
1 Jn 15:13
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lunes, 3 de mayo de 2010
LA CANASTILLA APLASTADA
por Carlos Rey
Se acercaba el Día de la Madre. Un niño de nueve años había hecho, con sus propias manos, una canastilla de cañas para obsequiársela a su querida madre. Todos los días, desde una semana antes, el muchacho, a escondidas, sacaba el regalo y lo contemplaba con orgullo. Si alguna de las cañas se había zafado, o no estaba bien sujetada, el niño la cambiaba y modificaba todo el diseño de la canastilla.
Llegó por fin el Día de la Madre. Había acordado con su hermanita que cada uno llevaría su regalo a la mesa para darle la sorpresa a la mamá. Cuando llegó el momento, la hermana llevó el suyo, pero el niño no aparecía por ningún lado. La madre, después de un buen tiempo, lo llamó, pero él no salió de su cuarto. Así que ella puso el oído a la puerta, y oyó al niño llorando.
Muy sabia y discretamente, la madre abrió la puerta y vio a su hijo sentado en el piso, con el regalo entre las piernas, todo aplastado. Lo había ocultado detrás de un escritorio, y alguien había movido el escritorio y había destrozado la canastilla.
Sin decir nada, la dulce madre se sentó junto al hijo y empezó a rehacer la canastilla, caña por caña. El niño comenzó a secarse las lágrimas, y a medida que la canastilla volvía a tomar forma en las manos de la mamá, más y más amplia se hacía la sonrisa en su inocente rostro.
Al terminar la madre la tarea, fue con su hijo hasta el comedor con el regalito, y el niño experimentó ese día el Día de la Madre más inolvidable de toda su vida. «Lo recuerdo perfectamente —escribió ya como adulto el Hermano Pablo—, porque aquel niño era yo mismo.»
Esa historia verídica acerca de su niñez la contó el Hermano Pablo por primera vez en la radio cuando tenía cerca de cincuenta años de edad. En efecto, quedó grabada en su memoria, como una cinta magnética que resiste el desgaste del tiempo. Así como en todos los mensajes que transmitió en el transcurso de cuarenta años en los medios de comunicación, el Hermano Pablo también aplicó a la vida cotidiana aquel «Mensaje a la Conciencia». Lo hizo en las siguientes palabras:
«Muchas veces en la vida, desde entonces, he visto la misma escena. Pero no ya, amigo mío, una canastilla rota que construye una madre con sus propias manos, sino vidas destrozadas, arruinadas, estropeadas por el pecado, que toma Cristo en sus manos y las recompone y regenera. Cristo es el gran Carpintero de las almas, amigo mío. Tiene amor, tiene paciencia, tiene sabiduría y tiene poder. Puede recomponer cualquier vida hecha escombros por el pecado. Y Él sólo está esperando que nosotros, con lágrimas y con esperanza, le entreguemos nuestra alma.»
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Se acercaba el Día de la Madre. Un niño de nueve años había hecho, con sus propias manos, una canastilla de cañas para obsequiársela a su querida madre. Todos los días, desde una semana antes, el muchacho, a escondidas, sacaba el regalo y lo contemplaba con orgullo. Si alguna de las cañas se había zafado, o no estaba bien sujetada, el niño la cambiaba y modificaba todo el diseño de la canastilla.
Llegó por fin el Día de la Madre. Había acordado con su hermanita que cada uno llevaría su regalo a la mesa para darle la sorpresa a la mamá. Cuando llegó el momento, la hermana llevó el suyo, pero el niño no aparecía por ningún lado. La madre, después de un buen tiempo, lo llamó, pero él no salió de su cuarto. Así que ella puso el oído a la puerta, y oyó al niño llorando.
Muy sabia y discretamente, la madre abrió la puerta y vio a su hijo sentado en el piso, con el regalo entre las piernas, todo aplastado. Lo había ocultado detrás de un escritorio, y alguien había movido el escritorio y había destrozado la canastilla.
Sin decir nada, la dulce madre se sentó junto al hijo y empezó a rehacer la canastilla, caña por caña. El niño comenzó a secarse las lágrimas, y a medida que la canastilla volvía a tomar forma en las manos de la mamá, más y más amplia se hacía la sonrisa en su inocente rostro.
Al terminar la madre la tarea, fue con su hijo hasta el comedor con el regalito, y el niño experimentó ese día el Día de la Madre más inolvidable de toda su vida. «Lo recuerdo perfectamente —escribió ya como adulto el Hermano Pablo—, porque aquel niño era yo mismo.»
Esa historia verídica acerca de su niñez la contó el Hermano Pablo por primera vez en la radio cuando tenía cerca de cincuenta años de edad. En efecto, quedó grabada en su memoria, como una cinta magnética que resiste el desgaste del tiempo. Así como en todos los mensajes que transmitió en el transcurso de cuarenta años en los medios de comunicación, el Hermano Pablo también aplicó a la vida cotidiana aquel «Mensaje a la Conciencia». Lo hizo en las siguientes palabras:
«Muchas veces en la vida, desde entonces, he visto la misma escena. Pero no ya, amigo mío, una canastilla rota que construye una madre con sus propias manos, sino vidas destrozadas, arruinadas, estropeadas por el pecado, que toma Cristo en sus manos y las recompone y regenera. Cristo es el gran Carpintero de las almas, amigo mío. Tiene amor, tiene paciencia, tiene sabiduría y tiene poder. Puede recomponer cualquier vida hecha escombros por el pecado. Y Él sólo está esperando que nosotros, con lágrimas y con esperanza, le entreguemos nuestra alma.»
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