viernes, 31 de julio de 2009

TREINTA Y SEIS HORAS AL LADO DE LA MUERTE

por el Hermano Pablo

Fue larga la borrachera de esa noche. Eran jóvenes y tenían pocos años de casados, y sin embargo el licor era su única distracción. Scott Osborn, de veintiocho años de edad, y Diana France, de veintiséis, de Rotherham, Inglaterra, bebieron esa noche como nunca.

Al día siguiente Diana no despertó en todo el día, y Scott siguió con sus tragos. Al tercer día Diana tampoco se movió de la cama, y Scott siguió al lado de ella, sin dejar de beber. Por fin Scott se dio cuenta de que ella estaba muerta. Él había estado acostado al lado de un cadáver durante treinta y seis horas.

¡A qué extremos de horror y tragedia conduce el vicio del alcohol! Esta pareja, ambos licenciados, tenían buenos empleos con buenos salarios. Tenían un apartamento bien amueblado y adornado. Pudieran haber sido felices, con placer sano y normal. Pero escogieron el alcohol como pasatiempo principal. Y el designio franco del alcohol es siempre liquidar a su víctima.

Igual que Scott, toda persona dominada por el alcohol vive al lado de un cadáver. Vive, en primer lugar, al lado del cadáver de su inteligencia y su raciocinio, porque el alcohol liquida las facultades de la razón.

Vive también junto al cadáver de su personalidad. El alcohol destruye su verdadera identidad. Vez tras vez se dice del alcohólico: «Cuando está en su sano juicio es una bella persona, pero cuando bebe unas copas de más, ¡es una fiera»!

Con el alcohol se vive también junto al cadáver de un destino brillante y progresista. Hay millones de hombres talentosos y capaces, con perspectivas deslumbrantes, cuyo futuro el alcohol ha desintegrado. Hombres inteligentes, verdaderos genios que, anulados por el alcohol, se hunden en el fracaso.

Sobre todo, el alcohólico vive junto al cadáver de su conciencia moral, esa elevada facultad que distingue al ser humano de la bestia. Con una conciencia muerta, la persona pierde toda noción de compromiso, de responsabilidad, de honor.

Si hoy usted está en las garras de ese enemigo implacable, en primer lugar, reconózcalo. Admítalo ante todos los suyos, y especialmente ante su cónyuge. Diga abiertamente: «Yo soy un alcohólico.»

Luego busque la ayuda de algún grupo de apoyo. Yo le recomiendo el grupo «Alcohólicos Anónimos». Finalmente, sométase al señorío de Cristo. Alléguese a alguna congregación de personas que sirven de todo corazón al divino Creador. Dios tiene el poder para librar de las garras del alcohol a cualquiera que se lo pida. Él quiere darle una nueva vida. Busque a Dios como quien busca la vida misma.

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lunes, 27 de julio de 2009

CUANDO SE NOS CAE EL ESCENARIO

por el Hermano Pablo

Todo iba perfectamente bien en el ensayo general. El Teatro de la Maestranza, en Sevilla, España, lucía como en sus mejores tiempos. Una compañía francesa habría de estrenar la célebre ópera «Otello» del gran maestro Verdi. Se hallaban en el primer acto, y cantaba Plácido Domingo.

De pronto, con estrépito, toda la tramoya se vino abajo. Cien personas que estaban en el escenario corrieron despavoridas. Diez de ellas salieron heridas, y una joven francesa, Annitk Jossette, quedó muerta en la escena.

Pocas veces ocurre que todo el escenario de un teatro se derrumbe por completo. Accidentes de menor cuantía abundan en la vida del teatro, pero que en un sólo ensayo, y con cien personas en escena, todo se venga abajo, ocurre muy pocas veces. «Gajes del oficio», comentó uno de los heridos.

Ahora bien, podrá caerse la tramoya de un teatro, pero es cosa muy distinta que se venga al suelo la estructura entera de nuestra vida.

¿Qué hacer cuando lo que hemos pacientemente creado, edificado y cuidado a lo largo de muchos años —una buena posición económica, una linda familia, prestigio social, un agradable círculo de amistades y deleitosas actividades— se viene de pronto abajo?

¿Cuando el médico, por ejemplo, nos dice: «Lo que usted tiene, señor, es cáncer, y sólo le quedan seis meses de vida», qué podemos hacer?

O ¿qué hacer cuando por un derrumbe económico todo lo que teníamos ganado se reduce a nada, y casa y ahorros y trabajo se esfuman?

O ¿qué puede hacer la señora cuando el esposo, padre y jefe del hogar anuncia que otra mujer ha tomado el lugar de ella?

Los del Teatro de la Maestranza de Sevilla comenzaron a retirar con paciencia todas las tablas, telones, cables y luces que se habían venido abajo, y a los dos días reiniciaron el ensayo. Pero nosotros, ¿qué podemos hacer?

Cuando todo se viene abajo, necesitamos dos cosas. Una, por supuesto, es la solución a nuestro problema inmediato. La otra, y esta es la más importante porque permanece toda la vida, es una fe inquebrantable en la persona de Jesucristo. Cuando sabemos que Dios, en la persona de Cristo, es nuestro amigo, la vida entera, con todos sus problemas, se hace soportable.

Cristo desea estar a nuestro lado para ayudarnos a través de las vicisitudes de esta vida. Invitémoslo a que sea nuestro amigo.

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miércoles, 22 de julio de 2009

Restauración

“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre....” 
Gálatas 6:1

Hace algunos años, un compañero de la facultad, que era cristiano, cometió un pecado muy grave. Pensando en el tremendo escándalo que sería. El día en que se supo la noticia, un miembro de la facultad reunió en la capilla y nos contó lo que había sucedido. Después leyó un pasaje de Gálatas: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.

El camino de Cristo es este, afirma Pablo: arrepentimiento, perdón, aceptación y restauración. Debemos restaurar al hermano que cayó, no con espíritu de condenación, sino con espíritu de humildad. El cristiano no puede abandonar o despreciar al pecador – darle la espalda, sentirse superior, ni apuntarle con el dedo. Por el contrario, debe acercarse y ayudarlo a pararse nuevamente.

Fue eso exactamente lo que el Señor Jesús hizo por nosotros. Él se inclinó y nos extendió la mano, cuando estábamos muertos en delitos y pecados. Nosotros, que somos espirituales, no podemos ser diferentes. Por otro lado, dice Pablo, puede llegar el día que en que nosotros mismos necesitemos ser restaurados... y Dios quiera que en ese momento encontremos personas espiritualmente maduras, que aman.



Piensa

Debemos restaurar al hermano que cayó, no con espíritu de condenación, sino con espíritu de humildad.

Ora

Padre misericordioso, que siempre nos das la mano, mantén encendida la lámpara de la fe, restaura nuestras vidas y haznos instrumentos de amor para con nuestro prójimo. En nombre de Cristo Jesús.Amén.

VALÍA LA PENA

por el Hermano Pablo



Cuando trajeron al joven soldado a la sala de cirugía, el doctor Kenneth Swan movió la cabeza. Dudaba sinceramente que valiera la pena tratar de salvarle la vida. Tenía ambas piernas destrozadas. El pecho lo tenía hundido. Había perdido un ojo, y el otro estaba mal herido. «Si vive
—pensó el médico—, será infeliz toda su vida.» ¿Valdrá la pena operarlo? Sin embargo, lo operó.
Veintitrés años después se encontraron el doctor Swan y Kenneth McGarity, el joven que había sido herido en el campo de batalla. Sucedió en Fort Benning, Georgia, cuando el gobierno le otorgaba cuatro condecoraciones al veterano de Vietnam.
El médico y el veterano se dieron la mano. McGarity estaba lisiado y, además, ciego. Pero había cursado estudios de universidad, se había casado, tenía dos hijos y tocaba magistralmente el piano. Kenneth McGarity era un hombre entero, feliz y útil a la sociedad. «He aprendido una gran lección —dijo el doctor Kenneth Swan—. Nunca debo dudar de la validez de una operación.»
Este caso tiene dos capítulos. El primero fue la explosión de una bomba que destrozó a Kenneth McGarity en la guerra de Vietnam, y el médico que lo operó porque algo, como quiera, había que hacer. El segundo capítulo tuvo lugar veintitrés años después, cuando el médico pudo contemplar el valor de su decisión.
¿Valía la pena hacer todo lo posible por poner en orden el cuerpo destrozado de ese joven? ¡Seguro que sí! Hubo que amputarle ambas piernas. Hubo que extraerle los dos ojos. Hubo que coserlo por todas partes, y reacondicionar pecho, rostro, brazos y manos. Pero valió la pena. Tras veintitrés años de lucha tenaz, Kenneth McGarity llegó a ser un hombre completo y feliz.
¿Qué tal si damos rienda suelta a la imaginación? Un día Dios el Padre y Jesucristo su Hijo conversaban acerca del hombre, que había caído en las garras de Satanás y estaba totalmente destrozado por el pecado. El Padre preguntó: «¿Vale la pena salvar a este despreciable ser humano?» Y el Hijo respondió: «Sí, vale la pena. Tengo esperanza en él. Daré mi vida por él, y con mi sacrificio lo regeneraré y transformaré.» Así pudo haber transcurrido la conversación.
Lo que sabemos sin tener que imaginárnoslo es que Cristo vino a este mundo. Murió en la cruz del Calvario, y resucitó para confirmar el valor de ese sacrificio. A los ojos de Dios, todos somos de inmenso valor. Por eso entregó Dios a su Hijo. Y es por ese sacrificio que nosotros podemos gozar de una vida plena, abundante y digna. A eso la Biblia lo llama salvación.

martes, 21 de julio de 2009

«ME GUSTA CORRER RIESGOS»

por el Hermano Pablo

Helena y su esposo Manuel comenzaron felices su luna de miel. Se fueron a la costa de su país, Portugal. Para Helena, todo era el cumplimiento de una ilusión, la feliz conclusión de todo lo que deseaba. En medio de tal felicidad, Helena y Manuel entraron al mar a bucear.

Helena vio pasar un buque, y nadó debajo del agua hasta casi rozar el casco. Manuel le indicó por señas que se apartara del buque, pero la frase de ella siempre había sido: «Me gusta correr riesgos.» Acto seguido, Helena se hundió bajo la quilla del barco y nunca la hallaron. Tenía veinticinco años de edad.

Su noviazgo con Manuel había sido a la carrera. Y su explicación simplemente era: «Me gusta correr riesgos.» Se casó a los dos meses de haber conocido a Manuel. Al defender su impetuosidad, sólo decía: «Me gusta correr riesgos.» Así llevaba Helena su vida. Todo para ella era riesgos. Tarde o temprano tenía que ocurrirle alguna tragedia.

Es inevitable correr riesgos en esta vida. Algunos hasta sirven para el desarrollo del carácter y de la fe. Nunca arriesgar nada es nunca lograr nada. Pero hay una gran diferencia entre un riesgo y otro. Hay riesgos sanos, así como los hay inútiles. La vida sabia y saludable no está compuesta de azares, de accidentes, de pálpitos y de riesgos. A la vida sabia la rigen la inteligencia, la cordura y la sensatez.

Al mundo mismo lo gobiernan leyes lógicas, sabias y prudentes. Dios, Creador supremo, lo hizo todo con inteligencia, y lo supeditó a ciertas leyes. Desde las partículas atómicas más diminutas hasta el gran cosmos universal que no tiene límite, todo está gobernado por leyes definidas.

De igual forma, Dios no diseñó la vida nuestra para que cada día corramos riesgos. Virtudes morales, como la justicia y la integridad, mezcladas con cualidades mentales, como el entendimiento y la razón, deben ser las que nos guíen a través de esta vida. Y si a la sabiduría y a la moralidad añadimos virtudes espirituales, eso garantiza nuestra supervivencia.

Tal vez la mayor de éstas sea la fe. Cuando ejercitamos la fe —fe en el Señor Jesucristo, fe que nos une a nuestro Creador y nos hace actuar de acuerdo con sus leyes divinas—, nos produce protección, satisfacción y sosiego. No vivamos como esclavos a los riesgos. Sometámonos más bien a la voluntad de Dios. Con Él no hay riesgos sino seguridad. Entreguémonos al señorío de Cristo.

lunes, 20 de julio de 2009

EL PRESIDENTE QUE UNA VEZ FUERA PERFECTO

por Carlos Rey

Nació en Granada, Nicaragua, en 1955. Se dio a conocer a nivel nacional cuando lanzó por su equipo de béisbol Prego Júnior en el Campeonato Juvenil de 1971, ganando 1-0 al permitir un solo hit e impulsando él mismo la única carrera de su equipo con un cuadrangular.

En 1972, a los diecisiete años de edad, ganó once juegos para los Tiburones, incluso el partido en que se coronaron campeones frente al equipo de León. Posteriormente jugó como abridor frente a Cuba en el Torneo de la Amistad celebrado en la República Dominicana, y se destacó lanzando por Nicaragua tanto en el Mundial de ese año como en el de 1973.

En 1976, José Dennis Martínez Ortiz debutó con los Orioles de Baltimore como el primer pelotero nicaragüense en llegar a las Grandes Ligas.

A lo largo de veintitrés temporadas como abridor derecho, Dennis Martínez, que llegaría a conocerse con el mote de El Presidente, jugó diez años con los Orioles de Baltimore, siete años con los Expos de Montreal, dos años con los Indios de Cleveland, y un año con los Marineros de Seattle y los Bravos de Atlanta respectivamente. Ganó 245 partidos, más de cien en cada liga, hasta la fecha más que ningún otro lanzador hispanoamericano y más que ningún otro pítcher que no hubiera ganado veinte partidos en ninguna temporada. Ponchó a 2.149 bateadores en casi 4.000 entradas, permitió un promedio de 3.70 carreras ganadas por partido, y jugó en cuatro Partidos de las Estrellas y en dos Series Mundiales. Con razón que ingresó al Salón de la Fama del deporte nicaragüense en 1994, y que en el año 2001 se le nombró Atleta del Siglo en Nicaragua.

En treinta de los 122 juegos completos que lanzó en las Ligas Mayores, El Presidente no permitió una sola carrera. El 28 de julio de 1991, jugando por los Expos contra los Dodgers en Los Ángeles, lanzó un juego perfecto, retirando a los veintisiete bateadores contrarios en orden consecutivo. Fue el primer lanzador latinoamericano en lograr esa hazaña, y sólo el decimotercero en más de 150.000 juegos en la historia del béisbol.1

En 1983, al cabo de diez años entregado a la bebida, festejando cada triunfo con licor, Dennis había sido arrestado por conducir en estado de embriaguez, lo cual había mermado notablemente su rendimiento profesional. Sus excusas para beber habían sido el estar alejado de su familia, las barreras del idioma, la soledad, los largos viajes y la guerra en Nicaragua.2 En una entrevista que concedió en el decimoprimer aniversario de aquel inolvidable juego perfecto que lanzó ocho años después del arresto, Martínez dijo: «[Ese juego] me permitió entender que Dios tenía un propósito para mi vida. [Él] me había sacado de mis dificultades con el alcohol, y ahora me daba un premio a los cambios que como persona, como padre, amigo y compañero, había hecho en mí.... Hasta hace unos tres o cuatro años recibía cartas de mucha gente que me agradecía el que yo hablara de cómo Dios nos puede cambiar la vida; y en el caso mío, de cómo Dios te puede ayudar a dejar de tomar. Algunas de las cartas hablaban de personas que ya tenían dos, tres o cuatro años de no tomar, y eso me alegró muchísimo. Pienso que ese fue el mejor logro que me dejó el Perfecto.»3

miércoles, 15 de julio de 2009

LAS MEMORIAS QUERIDAS NO SON BASURA

por el Hermano Pablo



Ocurrió cerca de Marsella, Francia, en el mar Mediterráneo. André Guillot, joven todavía, caminaba muy pensativo por la playa. Lo inquietaban hondas nostalgias y queridas memorias. Llevaba bajo el brazo una pequeña caja de metal, y dentro de la caja, las cenizas de su esposa fallecida.
En un momento dado, abrió la caja y desparramó las cenizas donde diez años antes había pasado su luna de miel. Pero, por esa acción, a André lo arrestaron y lo multaron. ¿La infracción? «Desparramar basura en la playa.»
He aquí una situación de hondo sentido humano con valores contrapuestos. Lo que eran memorias venerables para uno era basura para otro. Lo que eran emociones de profundos recuerdos puros para uno, eran desechos para otro. En este caso la ley no tomaba en cuenta el significado de un amor que fue fiel hasta la muerte.
¿Por qué será que tantas personas califican de inútil, de vano, incluso de reprochable, lo que para otros es de valor incalculable?
A la señorita Brenda Acosta la molestaban sus compañeras de colegio porque ella mantenía su virginidad. Hasta que un día ella les dijo: «Yo puedo ser como ustedes en cualquier momento que quiera. Ustedes jamás podrán ser como soy yo.» Para estas compañeras la virginidad no tenía importancia. Para Brenda era un tesoro preciado. Y los ejemplos de esta antítesis son muchos.
La fidelidad conyugal, que es la virtud que solidifica los hogares y da al matrimonio dignidad, honorabilidad y nobleza, se considera como anticuado y monástico, mientras que el adulterio, que ha sido la causa de tanta destrucción de hogares en todo el mundo, se toma como algo común y corriente, sin ser motivo de vergüenza ni razón de alarma.
La integridad y la justicia son virtudes que garantizan el respeto y la honra de nuestros semejantes, y largos y fructíferos años de vida. Sin embargo, para quienes lo ven todo con ojos de avaricia buscando sólo ganancias deshonestas, no son más que prácticas de un santurrón, y desperdicio de grandes oportunidades.
¿Cuándo hemos de abrir los ojos para comenzar a tomar en cuenta las consecuencias? Todos somos, hoy en día, el producto de nuestros hechos pasados. Es por eso que tiene tanta importancia que hagamos de Jesucristo el Señor de nuestra vida. Sólo cuando Él reina en nuestro corazón podemos vivir en triunfo. No sigamos vendiendo nuestra virtud por una conveniencia destructiva.

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lunes, 13 de julio de 2009

VINO, MUJERES Y CANTO

por el Hermano Pablo

Su vida, desde su juventud, había transcurrido, como reza la opereta de Strauss, entre «vino, mujeres y canto». Le encantaba la vida alegre y todo lo que tuviera buen gusto. Había acumulado en su casa una bodega de los mejores vinos europeos, franceses, alemanes, españoles e italianos. Y había acumulado también muchas novias y muchas canciones.

Sin embargo, después de veintisiete años de matrimonio, cuando Peter Graham, magnate inglés, se divorció de su esposa Sarah, ella se vengó de él de un modo muy extraño. Saqueó la bodega de Graham, repartiendo cientos de botellas en todas las casas del pueblo. Le representó una pérdida de 35 mil dólares. «Es mi venganza —explicó Sarah—. Podrá tener mujeres y canto, pero no tendrá más vino.»

Esto nos lleva a tres reflexiones en particular. La primera es que la canción «Vino, mujeres y canto» pueda que suene muy linda en la opereta de Strauss, pero en el diario vivir nunca produce efectos sanos. Ni beber vino en exceso es bueno, ni es bueno tener más de una mujer ni pasarse la vida cantando. Porque no es bueno nada que se hace en exceso y fuera de la moral divina.

La segunda reflexión es que divorciarse de la esposa porque sí, porque ya se ha puesto vieja y hay muchas muchachas jóvenes al alcance, no sólo revela una mente raquítica, sino que es una perversidad. Según el plan y la voluntad del Autor de la vida, los casados deben permanecer unidos para siempre. «Hasta que la muerte los separe» es el voto que generalmente se han hecho.

La tercera reflexión es que ninguna venganza es buena. La venganza nunca trae satisfacción permanente, nunca produce felicidad, nunca enaltece el alma y nunca purifica el espíritu. La venganza, cualquier venganza, como engendro de Satanás que es, produce sólo deterioro, injuria y destrucción.

¿Cómo podemos librarnos de estas emociones que nos embargan? Si la venganza destruye, ¿cómo podemos librarnos de ella? Cuando sometemos nuestra voluntad a Cristo, Él nos da una vida nueva, vida que, por ser la de Cristo implantada en nuestra alma, es pura, honesta y santa. Y comenzamos a sentir sus efectos de inmediato.

En esta vida nueva no hay descuidos morales. No hay excesos que dañan. No hay odio ni resentimiento ni venganza que destruye. Sólo hay virtudes, sentimientos sanos y una nueva fe. Con Cristo cada uno es una nueva persona, digna, limpia, recta y justa. Por eso, por nuestro propio bien, no hay nada que más nos convenga que someternos al señorío de Cristo.

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sábado, 11 de julio de 2009

«EL BECERRO» MÁS FAMOSO DE PUERTO RICO

por Carlos Rey

Tenía sólo veinte años de edad en 1958, su primer año en las Grandes Ligas, y sin embargo contribuyó a tal grado al éxito de su equipo, los Gigantes de San Francisco, que fue elegido por votación unánime como el Novato del Año de la Liga Nacional. Esa temporada tuvo un promedio de bateo de .312, impulsando 96 carreras y conectando 188 hits o imparables, entre éstos 38 dobles, 4 triples y 25 cuadrangulares. Nueve años más tarde, volvió a contribuir notablemente al éxito de su club, llevando esta vez a los Cardenales de San Luis a coronarse campeones de la Serie Mundial. En aquella inolvidable temporada de 1967 tuvo un promedio de bateo de .325, impulsando más carreras que nadie en la Liga Nacional, 111, y conectando 183 hits, entre éstos 37 dobles y 25 cuadrangulares, por lo que fue elegido, nuevamente por votación unánime, como el «Jugador más valioso» de la Liga. Era la primera vez que esa elección había sido unánime desde el año 1936.

En 1961, cuando aún vestía el uniforme de los Gigantes, encabezó la Liga Nacional con 142 carreras impulsadas y 46 cuadrangulares. A lo largo de su carrera, superó el promedio de bateo de .300 en nueve de sus diecisiete temporadas, impulsó 1.365 carreras y conectó 379 cuadrangulares. Conectó más de veintinco cuadrangulares en ocho temporadas, y fue el primero en conectar más de veinte como jugador en cuatro equipos: los Gigantes de San Francisco, los Cardenales de San Luis, los Bravos de Atlanta y los Medias Rojas de Boston.

Por eso los aficionados al béisbol lo eligieron una de las Estrellas de la Liga Nacional en siete ocasiones, y a la postre, en 1999, el Comité de Veteranos votó en favor de que ingresara al Salón de la Fama, ocupando así un lugar al lado de su paisano Roberto Clemente y de su compañero de equipo Juan Marichal.

Se trata de Orlando Manuel Cepeda, potente bateador de Puerto Rico al que le tocó superar una lesión tras otra sufridas en las rodillas. No dejó de jugar con garra, haciendo honor al apodo Baby Bull («el becerro» en inglés) que le dieron por ser hijo y heredero del talento de Pedro «El Toro» Cepeda, que fue sin duda el mejor pelotero puertorriqueño de su época.

En su autobiografía, Orlando «Peruchín» Cepeda cuenta en detalle cómo jugó con todo y ascendió hasta la cumbre del béisbol, sólo para descender hasta la celda de una cárcel por jugar con la marihuana. Luego de diez meses tras las rejas y otros dos de rehabilitación, sufrió el oprobio de haber llegado a ser la vergüenza de su pueblo y una deshonra a la memoria de su padre, y sintió el vacío que deja la separación de su esposa y de sus hijos. De ahí que aquel antiguo «becerro del béisbol» dijera: «Necesitaba algo más grande, más fuerte que yo mismo.»1

De ahí en adelante se entregó a la difícil tarea de recomponer su vida y de advertir a niños y a jóvenes que con las drogas no se juega, ni con quienes las consumen o las venden.2 Tomemos a pecho esta lección que le costó tan caro aprender al ex ídolo puertorriqueño, la misma que el sabio Salomón resumió en el siguiente proverbio: «No abras zanjas si no quieres caer en ellas, ni hagas rodar piedras si no quieres que te aplasten.»3
1 Orlando Cepeda con Herb Fagen, Baby Bull: From Hardball to Hard Time and Back [El becerro: Del béisbol al presidio y de vuelta al béisbol] (Dallas: Taylor Publishing, 1998), pp. 167‑87.
2 Ibíd., pp. 215‑16.
3 Pr 26:27 (TLA)

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jueves, 9 de julio de 2009

CIEN HORAS DE OSCURIDAD

por el Hermano Pablo

El niño, Josué Dennis, tenía apenas diez años de edad cuando ocurrió lo inesperado. Se perdió en un dédalo de galerías interminables de una mina abandonada. Pero no fue cuestión de unos momentos. Fueron cien horas. Cuatro días. Cuatro días de oscuridad casi total. Cuatro días sin comer ni beber. Cuatro días sin ver a nadie. Cuatro días oyendo sólo el apagado rumor de una corriente de agua en las entrañas de la tierra.

Josué iba con un grupo de compañeros que andaban de excursión, y parte del paseo incluía explorar una mina abandonada. Quién sabe cómo, el niño se separó de su grupo y, en medio de la oscuridad, no pudo encontrar la salida. Pero lo halló una patrulla de rescate. Estaba extenuado, pero vivo.

«Recordé las palabras de mi madre —dijo Josué—. Ella decía: “Cuando te veas en alguna dificultad, ora.” Y yo estuve orando a Dios todo el tiempo, pidiéndole que me vinieran a rescatar.»

¿Tiene algún valor la oración? ¿Hay algún beneficio, o más aún, alguna validez en levantar nuestra voz al cielo pidiendo de Dios su ayuda? Algunos han dicho que la oración no es más que una actitud de último recurso que no vale ni el aliento que empleamos en expresarla. Y lo cierto es que si nuestras oraciones, o nuestros rezos, no son más que clamores de angustia de último momento, a fuerza de alguna emergencia, quizás entonces no tengan valor.

En cambio, si hemos establecido una relación personal con Dios, si Cristo es nuestro amigo porque lo hemos recibido como el Señor de nuestra vida, y si sabemos con absoluta seguridad que Él nos oye, nuestra oración recibirá una respuesta divina.

Cualquiera puede pasar por períodos de tristeza y desaliento, de pobreza y abandono, de enfermedad y dolor, porque estas son contingencias comunes de la vida humana. Pero el que tenga fe en Dios, si ora con la confianza de un niño porque cree en Él, podrá soportar toda situación sin caer en la desesperación y sin renegar de Dios. La fe en Cristo será siempre una llama encendida que nada puede apagar y que siempre disipa cualquier clase de sombras.

Si hacemos de Jesucristo el Señor y Salvador de nuestra vida, una luz se encenderá en nuestra alma: la luz de la esperanza, la luz de la fe. Y con esa luz, o encontraremos la paz que Dios da en medio del dolor, o encontraremos la salida de cualquier caverna adversa en la que estemos. No nos alejemos de Dios. No perdamos la fe. Mantengamos viva la comunión con Cristo. Él quiere ser nuestro amigo.

miércoles, 8 de julio de 2009

¿DÓNDE ESTABAS TÚ CUANDO YO TE NECESITABA?

por el Hermano Pablo

Solemne, transcurría el funeral. Yacía en la caja un eminente clérigo que había dedicado toda su vida a servir a la humanidad. Largas filas de personas que habían recibido de él algún consejo sabio, alguna ayuda espiritual, incluso algún beneficio material, testificaban cuándo, cómo y en qué circunstancias el reverendo les había ayudado.

En eso se acercó al ataúd un joven de unos treinta años de edad. Estaba mal vestido, sucio, con barba de una semana y con todas las trazas de alcohólico. Miró detenidamente al cadáver en la caja y, con emociones encontradas como de tristeza mezclada con resentimiento y odio, dijo: «Papá, ahora me doy cuenta dónde estabas tú cuando yo más te necesitaba.»

Esta historia verídica, con profundo sentido humano, de un pastor eminente que dedicó toda su vida a proveer ayuda espiritual y consejo profesional a miles de personas, pero que no tuvo tiempo de prestarle atención a su propia familia, nos deja una tremenda lección.

El proverbista Salomón, entre sus sabias máximas, escribió la siguiente: «Me obligaron a cuidar las viñas; ¡y mi propia viña descuidé!» (Cantares 1:6). Qué fuerte reprensión es ésta a los padres que cuidan de todo y de todos, pero se olvidan de ser amigos, consejeros y verdaderos padres de sus propios hijos.

El pastor de la historia aconsejó a miles, hasta tener en su archivo más de tres mil tarjetas con nombres de personas a quienes había ayudado psicológica y espiritualmente. Pero entre esas tarjetas no aparecía la de su hijo.

¿Quiénes deben tener prioridad en el corazón, en los sentimientos y en el calendario de un esposo y padre? Su esposa y sus hijos. Nadie tiene más derecho que ellos a la atención, al amor, al cuidado y a la protección de ese padre.

A cada uno de los que somos padres nos conviene examinarnos en este sentido. ¿Les hemos dado a nuestros hijos la atención, el tiempo y el interés que ellos tanto necesitan de nosotros? Nuestra responsabilidad primaria es, sin excepción, la familia: esposa e hijos. Nadie ni nada en este mundo debe ser más importante que nuestra familia.

Jesucristo, que es el Señor de la vida, puede hacer de un hombre, desde el más sencillo hasta el más ilustre, un gran padre. Él quiere ayudar a cada uno. Basta con que nos postremos ante Él y le digamos con toda sinceridad: «Señor, me entrego a ti. ¡Ayúdame!»

martes, 7 de julio de 2009

SEISCIENTOS SESENTA Y SEIS

por el Hermano Pablo

Ocurrió en la sección aristocrática de una de las áreas prósperas del sur de California. El número de la casa era el 600 de la calle Arroyo. La hora del suceso: las doce de la noche. Dentro de la casa había seis adolescentes: tres muchachas y tres jóvenes, todos ellos hijos de familias pudientes, y todos estudiantes.

De pronto se armó un tiroteo entre ellos. Las tres niñas cayeron al suelo con heridas mortales en la cabeza. Los tres jóvenes huyeron despavoridos. Una sola pista tuvo la policía: en la casa había sesenta latas vacías de cerveza.

Lo triste del caso es que los seis jóvenes eran amigos, sin ninguna rivalidad, ningunos celos, ningún odio. ¿Por qué entonces ocurrió la matanza? La conclusión era evidente: lo declaraban las sesenta latas vacías de cerveza.

Sin querer, se formó en esta historia policial el célebre número bíblico 666. El número de la casa era 600. Sesenta latas vacías de cerveza daban cuenta de la actividad. Y eran 6 los jóvenes involucrados en la revuelta.

Según algunos intérpretes bíblicos el 666 es el número de la bestia apocalíptica. Dicen ellos que se refiere al gran sistema humano mundial compuesto de religión, cultura, ciencia, filosofía, e ingeniería genética y social, y que propone negar la soberanía de Dios, hacer caso omiso de sus leyes morales, y desmentir su influencia sobre la humanidad.

En este caso de Pasadena, California, podemos decir que la bestia que se puso en juego, sin necesidad del número 666, fue la bestia antigua que dormita debajo de una capa de civilización, cultura y buenos modales.

En pocas palabras, se trata de la bestia del pecado escondida debajo de una pátina de aparente refinamiento, lista para estallar dondequiera que halle el primer ambiente propicio, como por ejemplo muchachos sin ambición, música rock, sexo libre, y sesenta latas de cerveza.

¿Cuándo habremos de reconocer que la gran mayoría de las tragedias de la vida las provocan las demandas perversas de nuestro propio corazón? El profeta Jeremías lo expresó con autoridad divina: «Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo?» (Jeremías 17:9).

¿Hay algo que podemos hacer para evitar tales tragedias? Sí, podemos pedirle a Dios un cambio de corazón. Cuando permitimos que Cristo sea nuestro Señor y Dios, algo grandioso ocurre en nuestra vida. Él nos da un nuevo corazón. Busquemos, en humildad, la gracia de Cristo. Él nos está esperando.

jueves, 2 de julio de 2009

EL ALFARERO Y LA TACITA

Una tacita muy fina, única y bella nos cuenta su historia:
Hace mucho tiempo yo era tan solo un poco de barro. Pero un artesano me tomó entre sus manos y me fue dando forma.Llego el momento en que me desesperé y le grité: ¡Por favor.....ya dejeme en paz!... pero mi amo solo me sonrió y me dijo: Aguanta un poco mas, todavía no es tiempo.Despues me puso en un horno. ¡Nunca habia sentido tanto calor!.Toque a la puerta del horno y a través de la ventanilla pude leer los labios de mi amo que me decian. Aguanta un poco mas, todavia no es tiempo.Cuando al fin se abrió la puerta, mi artesano me puso en un estante. Pero, apenas me habia refrescado, me comenzo a raspar, a lijar, no sé como no acabó conmigo.Me daba vueltas, me miraba de arriba a abajo, por último me aplicó meticulosamente varias pinturas.Sentia que me ahogaba, ¡por favor dejame en paz! le gritaba a mi artesano, pero él solo me decía: aguanta un poco mas, todavia no es tiempo.Al fin, cuando pensé que habia terminado aquello, me metio en otro horno mucho mas caliente que el primero.

Ahora si pensé que terminaba con mi vida.Le rogué y le imploré, grité, lloré, pero mi artesano solo me decia, aguanta un poco más todavia no es tiempo.Me pregunté entonces si habia esperanza, si lograráa sobrevivir a aquellos tratos, pero por alguna razón aguanté todo aquello.

Fue entonces que se abrió la puerta y mi artesano me tomo cariñosamente y me llevó a un lugar muy diferente.Era precioso, alli todas las tazas eran maravillosas, verdaderas obras de arte, resplandecían como solo ocurre en los sueños.No pasó mucho tiempo cuando descubrí que estaba en una fina tienda y ante mi había un espejo. Una de esas maravillas era yo. ¡No podia creerlo... esa no podria ser yo!.Mi artesano entonces me dijo: Yo sé que sufriste al ser moldeada por mis manos, mira tu hermosa figura,. Sé que pasaste terribles calores, pero ahora observa tu sólida consistencia, se que sufriste con las raspasdas y pulidas, pero mira ahora la finura de tu presencia y la pintura te provocaba nauseas, pero contempla ahora tu hermosura. Si te hubiera dejado como estabas, ahora sólo serías un montón de barro.
¡¡Ahora eres una obra terminada, lo que imaginé cuando te empecé a moldear.

Nosotros somos esas tacitas en las manos del mejor alfarero, nuestro Dios. Confiemos en Él, en sus amorosas manos aunque muchas veces no comprendamos porque nos pasan tantas cosas en la vida...¡¡Es que Dios nos está moldeando!

Dios me ayude a mi y a usted a dejarnos moldear para ser una hermosa obra de arte sólo en sus manos -- Para que en los momentos difíciles comprendamos que hay un propósito y que saldremos brillantes y renovadas de todas las pruebas...

orque sin mí, no podéis hacer nada.
Juan 15

Quien está en mí y yo en él, ese dará mucho fruto, porque sin mí, no podéis hacer nada.
Juan 15