miércoles, 28 de julio de 2010

FALLA EN EL SISTEMA DE FRENOS

por el Hermano Pablo

Altas cumbres de los Andes venezolanos. El camino baja y sube como grisácea serpiente de cemento. Hay curvas, y hay descensos, y hay abismos que se abren a ambos lados del camino, ora a la izquierda, ora a la derecha. Los paisajes son de ensueño, y el tiempo, bueno y plácido.

Un autobús del liceo militar «Jáuregui» corría a excesiva velocidad. Iba cargado de jóvenes estudiantes. Al aproximarse a un puente entre las localidades de La Grita y La Fría, estado de Táchira, el chofer intentó aplicar los frenos. Pero los frenos no respondieron. El autobús falló la entrada al puente y cayó al abismo.

En la caída y en el incendio que siguió, murieron destrozados y quemados treinta y cuatro estudiantes.

Falla de frenos. Eso fue todo.

Muchas tragedias como ésta se registran anualmente en todas partes del mundo. Falla de frenos. Cuando más se necesitan buenos frenos para detener la marcha de un vehículo cargado de pasajeros, es cuando fallan. Y quedarse sin frenos es anticipo de catástrofe y de muerte.

Un auto, un camión, un tren, que se queda sin frenos, es un vehículo que se precipita hacia un desastre inevitable. ¿Y qué del hombre que se queda sin frenos morales? También se precipita hacia desastres, problemas y ruinas.

Un hombre que se queda sin frenos morales dice una palabra hiriente, que quisiera retirar en el acto, pero ya no puede. Y esa palabra hiriente puede traer la ruptura de una vieja amistad.

Un hombre que se queda sin frenos morales puede beber un día hasta rodar por el suelo, y ese puede ser el principio de su ruina total. Porque el alcohol es un inquilino insidioso que, una vez metido dentro, ya no quiere salir.

Un hombre que se queda sin frenos morales puede caer en el adulterio, y ese adulterio quebrar el corazón de la esposa, disolver el hogar, estropear la salud mental de los hijos y hacer naufragar a toda la familia.

Y es que los frenos morales del hombre son muy frágiles. Se descomponen y fallan fácilmente.

Por eso necesitamos de otros frenos, frenos que jamás fallen. Esos frenos de la conducta, las palabras y las acciones sólo los tiene Cristo. Hagamos de Cristo el Señor y Salvador de nuestra vida, y nuestro supremo conductor moral.

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martes, 27 de julio de 2010

UN NUEVO ESPEJO PARA EL ALMA DE ÁNGEL

por Carlos Rey

Ángel Pérez, de Montevideo, Uruguay, tenía ocho años cuando, por primera vez en la vida, contempló su rostro normal al mirarse al espejo tras una operación quirúrgica.

El niño había nacido con una enorme mancha en el lado izquierdo de la cara. La mancha era tan grande que le abarcaba el cuello y una oreja. El aspecto del rostro de Ángel era tan feo que los compañeros de escuela lo rehuían.

A una acaudalada mujer argentina, que prefirió permanecer en el anonimato, le llamó la atención el patético caso de Ángel y se compadeció de él. Mediante el Club de Leones de Montevideo, la benefactora contrató los servicios del eminente cirujano plástico José Pedro Cibils Puig, que ya años antes había realizado una operación similar en una niña panameña. La operación del cirujano, que fue un rotundo éxito, le devolvió al niño un rostro normal, y contribuyó a que se normalizaran, al mismo tiempo, su alma, su carácter y su vida entera.

Bien se dice que el rostro es el espejo del alma. El rostro traduce todos los sentimientos que agitan el alma. El amor, el odio, la alegría, el pesar, la tranquilidad, el miedo: todo se refleja en las líneas del rostro. Y aun las distintas conformaciones de carácter, así como las enfermedades físicas y mentales, pueden leerse en el rostro como en un libro abierto.

La Biblia dice que cuando Dios no recibió la ofrenda de Caín con el mismo gusto con que recibió la ofrenda de su hermano Abel, en el rostro de Caín «se le veía lo enojado que estaba».1 Mucho antes de que aquel hijo mayor de Adán y Eva se convirtiera en el primer fratricida, cometiendo el terrible delito de matar a su hermano, ya las intenciones de Caín se dibujaban en su rostro. No le era posible ocultarlas. Y es así con todos nosotros. Porque en el rostro llevamos dos sellos. El primero, desteñido y desdibujado, es el sello de la hermosura y la gloria que tuvimos en la inocencia. En cambio, el segundo, cada vez más ordinario y pronunciado, es el sello de nuestras pasiones febriles, de nuestros disgustos, de nuestros malestares, de nuestros tormentos y de todas nuestras aflicciones.

Gracias a Dios, su Hijo Jesucristo, el Médico divino, el Gran Cirujano Plástico, es capaz de darnos un nuevo corazón y, con él, un nuevo rostro. Permitámosle a Cristo que cambie nuestro semblante por completo. Pidámosle que nos dé, así como el cirujano le dio a Ángel Pérez, un nuevo espejo para el alma, de modo que la paz que se dibuja en nuestro rostro refleje la transformación que se ha efectuado en nuestro corazón.
1 Gn 4:5-6 (TLA)

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lunes, 26 de julio de 2010

«LA MUERTE DE LA MUERTE»

por el Hermano Pablo

Julio Azael Zepeda, de Barranquilla, Colombia, se probó el traje una vez más. Era un traje viejo, de más de cinco años, pero por eso mismo le tenía más aprecio. Todo lo encontró correcto: las medidas, el color, la tela, los adornos. Y como desde hacía cinco años, sonrío satisfecho.

Después de colgar el traje en el ropero, salió a la calle. En pocos días comenzaba el carnaval de 1984, pero en la calle, inesperada e intempestivamente, lo atropelló un carro tirado por mulas. Julio Azael encontró la muerte, y allí en el ropero quedó esperándolo su traje de «La muerte». Porque ese era el disfraz que usaba con todo éxito cada año en el carnaval. Se vestía de muerte para desafiar a la muerte.

«Fue la muerte de la muerte», anunciaron los diarios de Barranquilla.

Aquí tenemos otra de tantas ironías de la vida. Julio Azael Zepeda se disfrazaba todos los años con el disfraz de Muerte: paños negros, esqueleto pintado, calavera pálida. Era uno de los mejores disfraces del carnaval de Barranquilla. Pero de tanto bromear con la Muerte, la Muerte de Carnaval, lo sorprendió la otra muerte, esa que no es un disfraz ni un chiste ni un carnaval: la muerte auténtica y verdadera.

Lo que llamó la atención fueron los titulares de los diarios: «Murió la Muerte»; «La Muerte encontró a la muerte»; «La muerte de la Muerte». Todos los titulares giraban en torno a la misma paradoja, la misma ironía, el mismo chiste macabro.

Sin embargo, el concepto de «la muerte de la muerte» es perfectamente bíblico. Es una de las promesas más grandes que Dios le ha hecho a la humanidad. Lo expresa en verso el profeta Oseas en el capítulo 13 de su profecía: «¿Dónde están, oh muerte, tus plagas? / ¿Dónde está, oh sepulcro, tu destrucción? / ¡Vengan, que no les tendré misericordia!» (v. 14).

Y en el libro del Apocalipsis, la última gran profecía de la Biblia, se estampa: «Ya no habrá muerte» (21:4). La muerte, que ha sido la compañera inseparable del hombre desde el día en que Adán pecó y ha sido la más temible experiencia de todas, un día dejará de existir. Ya no atacará más, ni morderá más, ni volverá a destruir felicidades e ilusiones, ni a provocar dolores y lágrimas.

Sólo Jesucristo, el Señor resucitado y viviente, tiene el verdadero y absoluto poder sobre la muerte y el sepulcro. Sólo Cristo tiene vida eterna para darnos.

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sábado, 3 de julio de 2010

«PALABRA DE FUEGO, ORO Y SEDA»

por Carlos Rey



«Era un día de fiesta cuando mi hermano menor murió de meningitis... en Puerto Rico, mi pueblo natal. Aquel día amargo, como todos los días de miseria de mi infancia, el pueblo gozaba indiferente a nuestro dolor. Nosotros buscamos un carpintero para que hiciera la caja mortuoria, entre serpentinas de risas ajenas. No teníamos dinero, ni estaba el carpintero, [así que mi padre y yo] convertimos muebles y maderos viejos en una rústica caja mortuoria para meter allí a nuestro amado muertecito. Al día siguiente, yo, que era un muchacho casi libertino, ajeno a Cristo y a los problemas del mundo, juré servir a la causa de Dios...»
Así relata en síntesis el Hermano Pablo «una página de tristeza infinita» de su niñez, según el reportero de La Prensa Gráfica de El Salvador que lo entrevistó en 1971 con motivo de su retorno a aquel país en que había vivido veintiún años. El juramento que hace como muchacho aquel día, de servir a la causa de Dios, lo cumple el Hermano Pablo, como nunca antes en los medios de comunicación social, el primero de julio de 1955. Ese día, en la emisora YSU en San Salvador, se transmite su primer programa radial, que a los nueve años se convierte en UN MENSAJE A LA CONCIENCIA.
Pasados ya cincuenta y cinco años desde aquella primera transmisión radial, sigue siendo certero el juicio que emitió ese periodista salvadoreño respecto al Hermano Pablo, cuya «ancha sonrisa fraternal» acompaña a «su palabra de fuego, oro y seda». He aquí el comentario personal que expuso el reportero en La Prensa Gráfica:
«Casi es obvio presentar la figura intelectual y humana de este pastor, ya que nuestro pueblo, al igual que todos los de América, se ha familiarizado con su verbo valiente, esclarecido, vibrante y humano. La ambición, el dolor, la infelicidad, la moral tan desbalanceada en esta época de confusión, la piedad, la angustia, todos los aspectos concernientes al corazón humano torturado por las pasiones, encuentran en la palabra de este pastor el ángulo preciso, el enfoque ajustado, las frases adecuadas y la moraleja convertida en razonada filosofía. Tres minutos son suficientes a este brillante orador sagrado para definir con densidad humana y filosófica su tema, y su enfoque encuadra ajustadamente al pensamiento bíblico, que de esta manera adquiere actualidad eterna. Los tres minutos de UN MENSAJE A LA CONCIENCIA del Hermano Pablo nos acercan cada día más estrechamente al Cristo admirable del Sermón de la Montaña. En sus palabras está siempre Cristo repitiéndonos: “Yo soy la resurrección. Yo soy el camino. Yo soy la verdad. ¡Seguidme!”»1


1«El Hermano Pablo y su poderoso “Mensaje a la Conciencia” nos visitará», La Prensa Gráfica (San Salvador, El Salvador) 24 enero 1971: 10.


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PRESO VOLUNTARIO

por el Hermano Pablo



—Puede salir en libertad —dictaminó el juez de La Paz, Baja California, México—. A causa de su buena conducta en la cárcel, he decidido abreviar su condena. Está usted libre para volver a su familia y comenzar una nueva vida.
Para sorpresa del juez, el preso rechazó el indulto.
—Señor juez —explicó—, me metieron aquí por narcotraficante, y la sentencia era justa; pero aquí en esta cárcel he tenido una experiencia espiritual que ha cambiado mi vida. He conocido a Cristo, y quiero finalizar mi condena aquí, para darlo a conocer a mis compañeros de prisión.
Esas fueron las palabras del preso, Ignacio Mancida.
Esta notable historia la cuenta Alejandro Tapia, arquitecto de la ciudad de La Paz, Baja California, que llegó a ser un denodado seguidor de Cristo. El señor Tapia comenzó a contar acerca de su experiencia con Cristo en la cárcel de su ciudad, y al poco tiempo hubo más de cuarenta presos que hicieron profesión de fe en Cristo como su Salvador. Entre ellos se encontraba Ignacio Mancida, que optó por quedarse en la cárcel para, a su vez, contarles a otros acerca de su conversión.
Hay en este mundo, como prueba irrefutable del deterioro de la humanidad, muchísimas cárceles, penitenciarías, reformatorios y prisiones. Hay también muchas clases de presos. Presos injustamente encarcelados. Presos que muerden de rabia los barrotes de su celda. Presos por asaltos y homicidios. Presos políticos. Y presos para toda la vida. Pero presos voluntarios, que se quedan en la cárcel sólo para contarles a otros acerca de Cristo, hay pocos, muy pocos.
Hubo un tiempo célebre en la historia humana cuando los cristianos de Moravia que abrazaron la reforma religiosa del siglo dieciséis llegaron hasta a venderse como esclavos para proclamar la buena noticia de Jesucristo a otros esclavos. Tal era el amor que sentían por sus compañeros.
El apóstol Pablo padeció varios años de cárcel. Estuvo preso en Jerusalén, en Cesarea y en Roma por predicar el evangelio, y siempre aprovechó su estancia en la cárcel para predicar la libertad espiritual a los cautivos. Porque todos los seres humanos somos cautivos de lo mismo: del pecado.
Cristo todavía está redimiendo, tanto a hombres como a mujeres, de la cárcel opresora del pecado. Todos somos prisioneros, o del pecado, o de Cristo. Los que no han hecho de Jesucristo el Señor de su vida están en la cárcel del pecado. Fue por la urgencia del mensaje de libertad que Cristo les dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura» (Marcos 16:15).

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