lunes, 30 de agosto de 2010

«NUNCA PUDISTE PERDONARME»

por Carlos Rey

«Tengo que confesar que, cuando me enteré hace unos momentos de la muerte de la hija menor de doña Clementina, hacía muchos años que no pensaba en ella. [En] la noticia... del periódico... invita a la ceremonia fúnebre su hermano, porque ella nunca llegó a casarse.

»... ¡Florinda, Florindita, Florinda! La quise con ese primer amor que nos deja una nostalgia especial en el alma.... ¡Por cuánto tiempo allá en mi juventud acaricié su nombre a solas, entre suspiros! Aún me parece verla, el talle erguido y la mirada brillante, rozando las teclas del piano, arrancando melodías que me llenaban de una emoción que amenazó con romperme el pecho a fuerza de latidos. Y ahora, Florinda está muerta....

»Doña Clementina... organizó una fiestecita en su casa a la cual estaba invitada toda la juventud. Felipe llegó tarde... y nos fue saludando uno a uno hasta llegar a Florinda, que se le quedó mirando con tal angustia que todos nos dimos cuenta de que algo había pasado entre esos dos que no estaba resuelto aún.... [Por los] celos que me ahogaban... tuve que salir de la casa [para] no dar un espectáculo....

»Fuimos todos a la finca al día siguiente.... Llegamos allá al río, todos los muchachos dispuestos a bañarnos....

»... Sólo quería que vieras a Felipe tan ridículo como lo veía yo, un montuno ignorante incapaz de nadar, porque le tenía miedo al agua. ¡Te lo juro, Florinda! Yo no lo empujé al charco como tú creíste. Él se cayó solito de las piedras, y quién sabe cómo se golpeó. ¿No te diste cuenta de que fui el primero en tirarme, cuando noté que no salía? Sentí allá abajo, cerca del fondo, su cuerpo desesperado buscando apoyo, y traté de sacarlo; pero se prensó de mis piernas halándome al abismo cenagoso, y tuve que empujarlo porque yo también me ahogaba. Todos se dieron cuenta de que yo hice un gran esfuerzo por salvarlo, menos tú; escuché tus gritos de espanto cuando logramos sacar el cuerpo frío y sin vida del agua, y vi tus ojos de acusación antes de que te desmayaras....

»Nunca me contestaste las cartas. Te encerraste en una soledad que nadie pudo llenar, y todos en el pueblo pensaron que te escondiste así por la muerte de tu padre y se olvidaron de aquel verano cuando nos volvimos viejos de repente.

»Y ahora estás muerta, Florinda, y sé que nunca pudiste perdonarme....

»Espero que alguno de mis nietos pueda llevarme al entierro de Florinda. Tengo que cumplir con ella aunque sea por última vez.»1

Así termina el cuento de la doctora Rosa María Britton, ginecóloga, oncóloga y prolífica escritora panameña, al que le puso por título «El primer amor». Se trata de un amor romántico que nunca llegó a ser correspondido, debido a que la mujer amada juzgó con severidad y condenó sin misericordia al hombre que ansiaba manifestárselo. Gracias a Dios, en lo tocante a su amor divino no tenemos que preocuparnos por que Él nos juzgue con severidad por nuestros errores y desatinos, ni mucho menos por nuestros pecados si se los confesamos. Porque Él no envió a su Hijo Jesucristo al mundo a condenarnos sino a salvarnos.2 Tanto es así que, en la hora misma de su muerte por nuestros pecados, Jesús le dijo al Padre que lo había enviado: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»3
1 Rosa María Britton, La muerte tiene dos caras, 3a. ed. (Panamá: Editora Sibauste, 2003), pp. 47‑60.
2 Jn 3:16-17; 8:1-11; 1Jn 1:9
3 Lc 23:34

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jueves, 26 de agosto de 2010

«NO AMO A NADIE»

«No sé qué es el amor. No amo a nadie, y antes más bien trato de hacerles daño a las personas que más me quieren, que son mi esposa y mi hija. No sé qué me pasa. Hago cosas que no debo y, cada vez que quiero buscar a Dios, me siento acusado y culpable. Por eso tengo mucho miedo, [y] me escondo detrás de este computador para escribir lo que no puedo decirle a nadie por miedo al rechazo.

»Dentro de mí hay algo que quiere gritar: “¡Jesucristo, ayúdame!” Pero no soy capaz; estoy atado a muchos vicios. Quiero empezar de nuevo.»

Este es el consejo que le dimos:

«Estimado amigo:

»... Comencemos con la culpa y la condenación que siente. Usted dice que esos sentimientos impiden que busque a Dios. Pero no es Dios el que quiere condenarlo. De hecho, Él dio a su único Hijo, Jesucristo, para que muriera en la cruz en su lugar a fin de que usted no tuviera que ser condenado. Eso quiere decir que la condenación que usted siente no proviene de Dios. Nosotros creemos que viene, más bien, de Satanás mismo. Satanás quiere que usted se sienta tan condenado que no busque una relación personal con Dios. Así que Satanás le dice de continuo al oído que usted es culpable de muchos pecados. Eso es verdad; cada uno de nosotros es culpable de pecado. Pero Satanás también le dice al oído que usted es un inútil, que no merece que se le ame, y que un Dios santo jamás lo aceptaría. Y todo eso es mentira.

»Mientras tanto, Dios está tratando de comunicarse con usted. Es la voz de Él la que usted oye por encima del miedo y de la culpa que siente. Por eso usted dice que hay algo adentro que quiere gritar y pedirle a Cristo que lo ayude. Esa es la respuesta suya a la invitación que Él le está haciendo. Dios lo invita a que tenga una relación con Él. Si usted acepta esa invitación, Él lo perdonará y le quitará la culpa que siente por todas las maneras en que ha pecado contra Él y contra el prójimo. Además, como Dios es amor, Él lo ayudará a aprender a amar a otros, tales como su esposa y su hija.

»Usted dice que no sabe qué le pasa, ni por qué sigue haciendo cosas indebidas. Eso se debe a que ha permitido que Satanás tenga el dominio en su vida. Usted le ha dado a él control absoluto. Él hasta le ha quitado el amor que usted, de otro modo, hubiera sentido por su familia. ¿Quiere seguir así? Si no quiere seguir dándole control absoluto a Satanás, entonces dígale a Dios que está arrepentido y pídale que perdone sus pecados. Agradézcale que Cristo ya tomó el castigo por todo el pecado suyo para que usted no tuviera que ser condenado. Deje que Dios quebrante el poder que Satanás ha ejercido en su vida. Deje que Dios lo cambie por completo.

»¡Usted puede empezar de nuevo!

»Linda y Carlos Rey.»

miércoles, 18 de agosto de 2010

«ESTOY LISTA»(O) PARA VIVIR Ó PARTIR

por Carlos Rey

Verónica Argüello comenzó el paseo. Fue un paseo fuera de lo común, en camilla y por pasillos iluminados. Un paseo silencioso, llevada por enfermeras en zapatillas. Los que se cruzaban con ella le sonreían débilmente. Sería el último paseo de Verónica, un paseo que se interrumpiría bruscamente en medio del camino. Aquella joven argentina, de apenas catorce años, iba a recibir en Toronto, Canadá, el segundo trasplante de hígado. Estaba grave, muy grave, casi en estado de coma.

A la mitad del paseo de la sala hasta el quirófano, abrió los ojos, miró a su mamá por última vez y le dijo: «Mamá, ya estoy lista.» De allí partió a la eternidad. No logró siquiera llegar a la sala de operaciones.

El caso de esta adolescente enferma conmovió por lo menos a tres países: Argentina, Estados Unidos y Canadá. El hígado no le funcionaba, así que la llevaron desde Buenos Aires, Argentina, país en el que nació, hasta Los Ángeles, California, en busca de un tratamiento apropiado. De Los Ángeles la trasladaron a Dallas, Texas, y de Dallas a Toronto, Canadá, porque tanto en Dallas como en Toronto había especialistas en trasplantes de órganos.

Centenares de personas en los tres países aportaron dinero para su operación. Se pusieron a su disposición los mejores equipos médicos. Y fue la receptora de dos donaciones de hígado, algo extraordinario en esos tiempos. Pero nada de eso dio resultado. En el último pasillo del último hospital, camino a la sala de operaciones, Verónica sonrió, miró a la mamá y le dijo: «Estoy lista», y abandonó el cuerpo.

No se contempla con tanto miedo la muerte cuando se está preparado para morir, cuando el alma está en armonía con Dios al haber aceptado la paz que Cristo hizo por nosotros con Dios al morir en la cruz. Cuando llegamos a disfrutar de esa paz, se anhela más el cielo que la tierra, la vida eterna más que la presente, y a Jesucristo, el Señor y Salvador, más que a ninguna otra persona de la tierra.

Al fin Verónica pudo descansar. Su corazón no daba más. Su cuerpo se quebraba. Su alma se liberó de esa cárcel material. Pero estaba preparada para morir, y morir así no es morir. ¡Es renacer! Es dejar las sombras grises de este mundo para entrar en la luz esplendorosa de la presencia de Cristo.

Esa sufrida joven había aprendido a tiempo la valiosísima lección que Cristo mismo enseñó mediante la parábola de las diez jóvenes solteras: «Las jóvenes que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas. Y se cerró la puerta —dijo el Señor—. Así también ustedes deben estar preparados.»1
1 Mt 25:10; 24:44

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lunes, 16 de agosto de 2010

EL AFINADOR DE PIANOS

por Carlos Rey

Cuando los González se trasladaron a uno de los mejores barrios de la capital, comenzaron a vender algunas de las cosas que no encajaban con la nueva casa. Vendieron los muebles porque, además de anticuados, no iban a hacer juego con los nuevos que necesitaban comprar. Se deshicieron de la alfombra debido a que era demasiado pequeña y estaba muy desgastada. Y decidieron cambiar el automóvil a causa de que el nuevo vecindario era diferente y mucho más aristocrático.

Hubieran vendido también el piano de no haber sido por Jaime, el menor de los hijos, que insistió en que lo dejaran quedarse con él.

—Es mejor venderlo —dijo el padre—. Está tan viejo que da vergüenza. ¡Y suena mal!

Pero Jaime, interesado en que el piano se quedara con la familia, repuso:

—¿Por qué no llamamos al afinador para que nos dé su opinión?

Esa misma tarde, llegó el afinador y examinó el piano. Por la noche, mientras la familia cenaba, se oyó una dulcísima melodía en la sala. El padre dejó de comer y le preguntó a su esposa:

—Estamos estrenando piano, ¿no?

—No, querido —respondió ella—; es el mismo piano. El afinador lo arregló esta tarde, y ahora nuestro viejo piano nos regala su música.

Desde ese día en adelante, el piano ocupó un lugar de preferencia en la casa de la familia González.

Así como el piano es un instrumento diseñado para ser tocado armónicamente, Dios diseñó al hombre para que fuera el fruto de una perfecta armonía de elementos físicos, morales y espirituales. Pero el pecado desafinó esa armonía, y el hombre perdió la comunión con Dios y con sus semejantes, incluso con los miembros de su propia familia. Por eso envió Dios a su Hijo Jesucristo a este mundo para morir por los pecados de toda la humanidad. No había otro modo de restaurar la armonía que se había perdido.

De cierto modo, entonces, Cristo es el afinador del corazón humano. Todos los que permitimos que Él toque las teclas de nuestro corazón con sus manos benditas venimos a ser instrumentos de armonía constante. En cambio, los que no le damos la oportunidad de afinar nuestro corazón llegamos a ser como pianos disonantes de los que sus dueños quieren deshacerse y quienes los escuchan quieren alejarse.

La buena noticia es que para tener el corazón afinado, sólo tenemos que invitar a Cristo a que venga para afinarlo. A diferencia de los mejores afinadores de este mundo, que con buena razón cobran una suma considerable por sus servicios, Cristo, el Afinador por excelencia, está dispuesto a hacerlo gratuitamente. No hay nadie que carezca de los medios para contratar sus servicios, aunque viva en el barrio más pobre del mundo. Porque fue para eso que Cristo dio su vida por nosotros. Y ahora está tocando a la puerta de nuestro corazón. ¡Más vale que lo dejemos entrar!


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miércoles, 4 de agosto de 2010

CREADOS PARA SALTAR A LA VISTA DE TODOS

por Carlos Rey



Enrique Leyer contempló con tristeza una escena que lo conmovió profundamente. Un gran camión de carga transportaba doce caballos que iban al matadero porque ya no servían para correr. A Enrique le llamó la atención uno de los caballos, y el dueño se lo vendió por unos treinta dólares.
Aunque no le había costado mucho, Enrique comenzó a cuidar de su caballo con mucho esmero. Cuando le dio su primer baño, se dio cuenta de que el noble animal tenía pelo blanco y reluciente, así que decidió llamarlo «Nieve». Pero Enrique tenía un gran problema. No lograba mantener al caballo en el corral. Siempre se le escapaba saltando los cercos, hasta los más altos.
Un día, Enrique llevó al caballo a un entrenador. Cuando el hombre lo vio saltar, reconoció que era un gran caballo, así que aceptó entrenarlo. A los pocos meses de preparación, fue tan sobresaliente la destreza de Nieve que comenzó a competir en concursos hípicos de salto. De ahí que se fuera incrementando su valor y que fuera vendido y comprado por diferentes dueños a los que les rindió cada vez más utilidad. ¡Con decir que la última cifra por la que se vendió aquel extraordinario animal fue cien mil dólares, el mismo caballo que había sido vendido inicialmente por sólo treinta dólares!
Este curioso caso nos hace reflexionar sobre nuestro propio valor. ¿Qué vemos cuando nos imaginamos lo que pudiera ser nuestra vida sin Cristo como dueño? ¿Vemos a un pobre, decepcionado porque los demás lo tratan como si no valiera nada? ¿Vemos a un drogadicto o a un borracho, imbuidos en todo lo que ofrece el mundo? ¿Vemos a un ladrón que tiene que robar para alimentar su vicio? ¿Vemos a un infeliz a quien nadie quiere y que no es más que una vergüenza para la sociedad? Ese pudiera ser el caso nuestro.
Gracias a Dios, lo que ha marcado la diferencia en muchos de nosotros es el haberle dado entrada a Cristo en nuestro corazón, permitiéndole que cambiara nuestra vida por completo. A raíz de esa trascendental decisión, las ambiciones que tenemos ahora, las tenemos porque Él nos las dio; la paz que tenemos en el corazón, la tenemos porque Él nos la dio; y el gozo y la satisfacción que hoy sentimos, los sentimos porque Él nos los dio. En fin, sabemos a ciencia cierta que sin Cristo en el corazón, fácilmente podríamos ser los más desdichados de todas las personas.
Hagamos dueño de nuestra vida a Aquel que nos creó con la capacidad de saltar a la vista de todos. Él ya nos compró por el precio más alto posible: el de su propia sangre vertida para salvarnos de la muerte eterna. A sus ojos, tenemos un valor incalculable.





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lunes, 2 de agosto de 2010

«SE PAGA EL VIAJE, PERO NO EL ASIENTO»

por Carlos Rey



«En la estación había mucha gente esperando....
»[Ana y José] subieron [al autobús]... ante el grupo de gente que entre gritos y empujones trataban de subirse....
»—¿Qué se le va a hacer? —[dijo] José... —. Nunca he podido irme sentado; siempre que pasa por aquí viene lleno.
»Por una ventanilla del autobús, que aún seguía detenido, apareció el ayudante que, mientras señalaba, gritó:
»—¡Hey! Ese chavo de camisa azul, ¡córrase... córrase!...
»Un señor trataba de irse al fondo. Caminó por donde Ana y José, luego donde una señora, a la que sin intención machucó. La señora dio un brinco y, en voz muy alta, dijo:
»—...El de abajo es el mío, fíjese...
»—Disculpe, no fue mi intención —respondió el señor, muy apenado....
»—¡Vámonos, que ya es tarde! —gritó alguien desde los últimos asientos.
»—Si se quieren ir, ¡córranse, pues! —gritó el ayudante desde afuera....
»[Luego, dirigiéndose al conductor, dijo:]
»—¡Hey, apagá... que esta gente no se quiere correr!...
»Éste apagó el bus y, [mientras miraba por el retrovisor y encendía un cigarrillo, amenazó]:
»—¡Se corren... o aquí vamos a amanecer!... Yo no tengo urgencia....
»La gente iba muy apretada; algunos colgaban de la puerta del autobús. El conductor dio unas instrucciones más, luego encendió el motor.
»—Vaya, dale, vos, ponele que ahí viene la siete cuarenta y cinco —gritó el cobrador.
»Empezaron a avanzar lentamente. Otro autobús se aproximaba a la estación....
»... Un joven de camisa blanca y corbata negra..., muy asustado, miró a la señora que iba a la par, y dijo:
»—Por favor, doña, agarre esa gallina, que me va picoteando.
»La señora, sin decir palabra, cumplió la petición....
»—¡Próxima, próxima! —gritaba un señor que venía al fondo—. ¡Próxima! ¿Para dónde... me llevas?
»El autobús se detuvo tres cuadras después de la estación.
»—¡Bájele... bájele: Pasaje, pasaje en mano el que baja!
»—... ¿Querés que pague? ¿Acaso yo me bajaba aquí?...
»El cobrador sonaba unas monedas.
»—¡Pasaje! —dijo a uno que venía colgado de la puerta.
»—...Esperate... ¡Vos querés que me mate por veinte centavos!...
»—¡Pasaje! —dijo a una señora que venía de pie.
»—No... te debería... pagar —[contestó] ella—; ¡tanto que se tardan y una aquí como idiota viene parada!
»—¿Y acaso es el asiento el que paga? Se paga el viaje, pero no el asiento —contestó algo molesto.
»[En eso] llegaron a la siguiente estación....»1
¡Con ese viaje en autobús sí que nos identificamos muchos de nosotros, sobre todo los que vivimos en una de las metrópolis de nuestra querida Iberoamérica! Quien la relata es el autor hondureño Roberto Quesada, en su obra de cuentos titulada El desertor.
Menos mal que Jesucristo, el Conductor divino, al morir en la cruz por nuestros pecados, pagó tanto el viaje como el asiento de cada uno de los pasajeros que vamos con Él rumbo a la vida eterna por el camino de la vida plena.2 Pero conste que Él nos advierte en la Biblia, su Guía de Transporte, que es angosto el camino que conduce a esa vida, y que son pocos los que la encuentran.3 Más vale, entonces, que abordemos ese autobús cuanto antes, para que podamos comenzar de una vez a disfrutar de ese viaje sin igual con destino a la estación final.


1Roberto Quesada, El desertor (Cuentos), «El loco de la calle Herrera» (Tegucigalpa, Honduras: Litografía López, 2008). pp. 119-24.
21P 1:18-19; Jn 10:10
3Mt 7:14
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