por Carlos Rey
Enrique Leyer contempló con tristeza una escena que lo conmovió profundamente. Un gran camión de carga transportaba doce caballos que iban al matadero porque ya no servían para correr. A Enrique le llamó la atención uno de los caballos, y el dueño se lo vendió por unos treinta dólares.
Aunque no le había costado mucho, Enrique comenzó a cuidar de su caballo con mucho esmero. Cuando le dio su primer baño, se dio cuenta de que el noble animal tenía pelo blanco y reluciente, así que decidió llamarlo «Nieve». Pero Enrique tenía un gran problema. No lograba mantener al caballo en el corral. Siempre se le escapaba saltando los cercos, hasta los más altos.
Un día, Enrique llevó al caballo a un entrenador. Cuando el hombre lo vio saltar, reconoció que era un gran caballo, así que aceptó entrenarlo. A los pocos meses de preparación, fue tan sobresaliente la destreza de Nieve que comenzó a competir en concursos hípicos de salto. De ahí que se fuera incrementando su valor y que fuera vendido y comprado por diferentes dueños a los que les rindió cada vez más utilidad. ¡Con decir que la última cifra por la que se vendió aquel extraordinario animal fue cien mil dólares, el mismo caballo que había sido vendido inicialmente por sólo treinta dólares!
Este curioso caso nos hace reflexionar sobre nuestro propio valor. ¿Qué vemos cuando nos imaginamos lo que pudiera ser nuestra vida sin Cristo como dueño? ¿Vemos a un pobre, decepcionado porque los demás lo tratan como si no valiera nada? ¿Vemos a un drogadicto o a un borracho, imbuidos en todo lo que ofrece el mundo? ¿Vemos a un ladrón que tiene que robar para alimentar su vicio? ¿Vemos a un infeliz a quien nadie quiere y que no es más que una vergüenza para la sociedad? Ese pudiera ser el caso nuestro.
Gracias a Dios, lo que ha marcado la diferencia en muchos de nosotros es el haberle dado entrada a Cristo en nuestro corazón, permitiéndole que cambiara nuestra vida por completo. A raíz de esa trascendental decisión, las ambiciones que tenemos ahora, las tenemos porque Él nos las dio; la paz que tenemos en el corazón, la tenemos porque Él nos la dio; y el gozo y la satisfacción que hoy sentimos, los sentimos porque Él nos los dio. En fin, sabemos a ciencia cierta que sin Cristo en el corazón, fácilmente podríamos ser los más desdichados de todas las personas.
Hagamos dueño de nuestra vida a Aquel que nos creó con la capacidad de saltar a la vista de todos. Él ya nos compró por el precio más alto posible: el de su propia sangre vertida para salvarnos de la muerte eterna. A sus ojos, tenemos un valor incalculable.
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miércoles, 4 de agosto de 2010
lunes, 2 de agosto de 2010
«SE PAGA EL VIAJE, PERO NO EL ASIENTO»
por Carlos Rey
«En la estación había mucha gente esperando....
»[Ana y José] subieron [al autobús]... ante el grupo de gente que entre gritos y empujones trataban de subirse....
»—¿Qué se le va a hacer? —[dijo] José... —. Nunca he podido irme sentado; siempre que pasa por aquí viene lleno.
»Por una ventanilla del autobús, que aún seguía detenido, apareció el ayudante que, mientras señalaba, gritó:
»—¡Hey! Ese chavo de camisa azul, ¡córrase... córrase!...
»Un señor trataba de irse al fondo. Caminó por donde Ana y José, luego donde una señora, a la que sin intención machucó. La señora dio un brinco y, en voz muy alta, dijo:
»—...El de abajo es el mío, fíjese...
»—Disculpe, no fue mi intención —respondió el señor, muy apenado....
»—¡Vámonos, que ya es tarde! —gritó alguien desde los últimos asientos.
»—Si se quieren ir, ¡córranse, pues! —gritó el ayudante desde afuera....
»[Luego, dirigiéndose al conductor, dijo:]
»—¡Hey, apagá... que esta gente no se quiere correr!...
»Éste apagó el bus y, [mientras miraba por el retrovisor y encendía un cigarrillo, amenazó]:
»—¡Se corren... o aquí vamos a amanecer!... Yo no tengo urgencia....
»La gente iba muy apretada; algunos colgaban de la puerta del autobús. El conductor dio unas instrucciones más, luego encendió el motor.
»—Vaya, dale, vos, ponele que ahí viene la siete cuarenta y cinco —gritó el cobrador.
»Empezaron a avanzar lentamente. Otro autobús se aproximaba a la estación....
»... Un joven de camisa blanca y corbata negra..., muy asustado, miró a la señora que iba a la par, y dijo:
»—Por favor, doña, agarre esa gallina, que me va picoteando.
»La señora, sin decir palabra, cumplió la petición....
»—¡Próxima, próxima! —gritaba un señor que venía al fondo—. ¡Próxima! ¿Para dónde... me llevas?
»El autobús se detuvo tres cuadras después de la estación.
»—¡Bájele... bájele: Pasaje, pasaje en mano el que baja!
»—... ¿Querés que pague? ¿Acaso yo me bajaba aquí?...
»El cobrador sonaba unas monedas.
»—¡Pasaje! —dijo a uno que venía colgado de la puerta.
»—...Esperate... ¡Vos querés que me mate por veinte centavos!...
»—¡Pasaje! —dijo a una señora que venía de pie.
»—No... te debería... pagar —[contestó] ella—; ¡tanto que se tardan y una aquí como idiota viene parada!
»—¿Y acaso es el asiento el que paga? Se paga el viaje, pero no el asiento —contestó algo molesto.
»[En eso] llegaron a la siguiente estación....»1
¡Con ese viaje en autobús sí que nos identificamos muchos de nosotros, sobre todo los que vivimos en una de las metrópolis de nuestra querida Iberoamérica! Quien la relata es el autor hondureño Roberto Quesada, en su obra de cuentos titulada El desertor.
Menos mal que Jesucristo, el Conductor divino, al morir en la cruz por nuestros pecados, pagó tanto el viaje como el asiento de cada uno de los pasajeros que vamos con Él rumbo a la vida eterna por el camino de la vida plena.2 Pero conste que Él nos advierte en la Biblia, su Guía de Transporte, que es angosto el camino que conduce a esa vida, y que son pocos los que la encuentran.3 Más vale, entonces, que abordemos ese autobús cuanto antes, para que podamos comenzar de una vez a disfrutar de ese viaje sin igual con destino a la estación final.
1Roberto Quesada, El desertor (Cuentos), «El loco de la calle Herrera» (Tegucigalpa, Honduras: Litografía López, 2008). pp. 119-24.
21P 1:18-19; Jn 10:10
3Mt 7:14
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«En la estación había mucha gente esperando....
»[Ana y José] subieron [al autobús]... ante el grupo de gente que entre gritos y empujones trataban de subirse....
»—¿Qué se le va a hacer? —[dijo] José... —. Nunca he podido irme sentado; siempre que pasa por aquí viene lleno.
»Por una ventanilla del autobús, que aún seguía detenido, apareció el ayudante que, mientras señalaba, gritó:
»—¡Hey! Ese chavo de camisa azul, ¡córrase... córrase!...
»Un señor trataba de irse al fondo. Caminó por donde Ana y José, luego donde una señora, a la que sin intención machucó. La señora dio un brinco y, en voz muy alta, dijo:
»—...El de abajo es el mío, fíjese...
»—Disculpe, no fue mi intención —respondió el señor, muy apenado....
»—¡Vámonos, que ya es tarde! —gritó alguien desde los últimos asientos.
»—Si se quieren ir, ¡córranse, pues! —gritó el ayudante desde afuera....
»[Luego, dirigiéndose al conductor, dijo:]
»—¡Hey, apagá... que esta gente no se quiere correr!...
»Éste apagó el bus y, [mientras miraba por el retrovisor y encendía un cigarrillo, amenazó]:
»—¡Se corren... o aquí vamos a amanecer!... Yo no tengo urgencia....
»La gente iba muy apretada; algunos colgaban de la puerta del autobús. El conductor dio unas instrucciones más, luego encendió el motor.
»—Vaya, dale, vos, ponele que ahí viene la siete cuarenta y cinco —gritó el cobrador.
»Empezaron a avanzar lentamente. Otro autobús se aproximaba a la estación....
»... Un joven de camisa blanca y corbata negra..., muy asustado, miró a la señora que iba a la par, y dijo:
»—Por favor, doña, agarre esa gallina, que me va picoteando.
»La señora, sin decir palabra, cumplió la petición....
»—¡Próxima, próxima! —gritaba un señor que venía al fondo—. ¡Próxima! ¿Para dónde... me llevas?
»El autobús se detuvo tres cuadras después de la estación.
»—¡Bájele... bájele: Pasaje, pasaje en mano el que baja!
»—... ¿Querés que pague? ¿Acaso yo me bajaba aquí?...
»El cobrador sonaba unas monedas.
»—¡Pasaje! —dijo a uno que venía colgado de la puerta.
»—...Esperate... ¡Vos querés que me mate por veinte centavos!...
»—¡Pasaje! —dijo a una señora que venía de pie.
»—No... te debería... pagar —[contestó] ella—; ¡tanto que se tardan y una aquí como idiota viene parada!
»—¿Y acaso es el asiento el que paga? Se paga el viaje, pero no el asiento —contestó algo molesto.
»[En eso] llegaron a la siguiente estación....»1
¡Con ese viaje en autobús sí que nos identificamos muchos de nosotros, sobre todo los que vivimos en una de las metrópolis de nuestra querida Iberoamérica! Quien la relata es el autor hondureño Roberto Quesada, en su obra de cuentos titulada El desertor.
Menos mal que Jesucristo, el Conductor divino, al morir en la cruz por nuestros pecados, pagó tanto el viaje como el asiento de cada uno de los pasajeros que vamos con Él rumbo a la vida eterna por el camino de la vida plena.2 Pero conste que Él nos advierte en la Biblia, su Guía de Transporte, que es angosto el camino que conduce a esa vida, y que son pocos los que la encuentran.3 Más vale, entonces, que abordemos ese autobús cuanto antes, para que podamos comenzar de una vez a disfrutar de ese viaje sin igual con destino a la estación final.
1Roberto Quesada, El desertor (Cuentos), «El loco de la calle Herrera» (Tegucigalpa, Honduras: Litografía López, 2008). pp. 119-24.
21P 1:18-19; Jn 10:10
3Mt 7:14
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miércoles, 28 de julio de 2010
FALLA EN EL SISTEMA DE FRENOS
por el Hermano Pablo
Altas cumbres de los Andes venezolanos. El camino baja y sube como grisácea serpiente de cemento. Hay curvas, y hay descensos, y hay abismos que se abren a ambos lados del camino, ora a la izquierda, ora a la derecha. Los paisajes son de ensueño, y el tiempo, bueno y plácido.
Un autobús del liceo militar «Jáuregui» corría a excesiva velocidad. Iba cargado de jóvenes estudiantes. Al aproximarse a un puente entre las localidades de La Grita y La Fría, estado de Táchira, el chofer intentó aplicar los frenos. Pero los frenos no respondieron. El autobús falló la entrada al puente y cayó al abismo.
En la caída y en el incendio que siguió, murieron destrozados y quemados treinta y cuatro estudiantes.
Falla de frenos. Eso fue todo.
Muchas tragedias como ésta se registran anualmente en todas partes del mundo. Falla de frenos. Cuando más se necesitan buenos frenos para detener la marcha de un vehículo cargado de pasajeros, es cuando fallan. Y quedarse sin frenos es anticipo de catástrofe y de muerte.
Un auto, un camión, un tren, que se queda sin frenos, es un vehículo que se precipita hacia un desastre inevitable. ¿Y qué del hombre que se queda sin frenos morales? También se precipita hacia desastres, problemas y ruinas.
Un hombre que se queda sin frenos morales dice una palabra hiriente, que quisiera retirar en el acto, pero ya no puede. Y esa palabra hiriente puede traer la ruptura de una vieja amistad.
Un hombre que se queda sin frenos morales puede beber un día hasta rodar por el suelo, y ese puede ser el principio de su ruina total. Porque el alcohol es un inquilino insidioso que, una vez metido dentro, ya no quiere salir.
Un hombre que se queda sin frenos morales puede caer en el adulterio, y ese adulterio quebrar el corazón de la esposa, disolver el hogar, estropear la salud mental de los hijos y hacer naufragar a toda la familia.
Y es que los frenos morales del hombre son muy frágiles. Se descomponen y fallan fácilmente.
Por eso necesitamos de otros frenos, frenos que jamás fallen. Esos frenos de la conducta, las palabras y las acciones sólo los tiene Cristo. Hagamos de Cristo el Señor y Salvador de nuestra vida, y nuestro supremo conductor moral.
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Altas cumbres de los Andes venezolanos. El camino baja y sube como grisácea serpiente de cemento. Hay curvas, y hay descensos, y hay abismos que se abren a ambos lados del camino, ora a la izquierda, ora a la derecha. Los paisajes son de ensueño, y el tiempo, bueno y plácido.
Un autobús del liceo militar «Jáuregui» corría a excesiva velocidad. Iba cargado de jóvenes estudiantes. Al aproximarse a un puente entre las localidades de La Grita y La Fría, estado de Táchira, el chofer intentó aplicar los frenos. Pero los frenos no respondieron. El autobús falló la entrada al puente y cayó al abismo.
En la caída y en el incendio que siguió, murieron destrozados y quemados treinta y cuatro estudiantes.
Falla de frenos. Eso fue todo.
Muchas tragedias como ésta se registran anualmente en todas partes del mundo. Falla de frenos. Cuando más se necesitan buenos frenos para detener la marcha de un vehículo cargado de pasajeros, es cuando fallan. Y quedarse sin frenos es anticipo de catástrofe y de muerte.
Un auto, un camión, un tren, que se queda sin frenos, es un vehículo que se precipita hacia un desastre inevitable. ¿Y qué del hombre que se queda sin frenos morales? También se precipita hacia desastres, problemas y ruinas.
Un hombre que se queda sin frenos morales dice una palabra hiriente, que quisiera retirar en el acto, pero ya no puede. Y esa palabra hiriente puede traer la ruptura de una vieja amistad.
Un hombre que se queda sin frenos morales puede beber un día hasta rodar por el suelo, y ese puede ser el principio de su ruina total. Porque el alcohol es un inquilino insidioso que, una vez metido dentro, ya no quiere salir.
Un hombre que se queda sin frenos morales puede caer en el adulterio, y ese adulterio quebrar el corazón de la esposa, disolver el hogar, estropear la salud mental de los hijos y hacer naufragar a toda la familia.
Y es que los frenos morales del hombre son muy frágiles. Se descomponen y fallan fácilmente.
Por eso necesitamos de otros frenos, frenos que jamás fallen. Esos frenos de la conducta, las palabras y las acciones sólo los tiene Cristo. Hagamos de Cristo el Señor y Salvador de nuestra vida, y nuestro supremo conductor moral.
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martes, 27 de julio de 2010
UN NUEVO ESPEJO PARA EL ALMA DE ÁNGEL
por Carlos Rey
Ángel Pérez, de Montevideo, Uruguay, tenía ocho años cuando, por primera vez en la vida, contempló su rostro normal al mirarse al espejo tras una operación quirúrgica.
El niño había nacido con una enorme mancha en el lado izquierdo de la cara. La mancha era tan grande que le abarcaba el cuello y una oreja. El aspecto del rostro de Ángel era tan feo que los compañeros de escuela lo rehuían.
A una acaudalada mujer argentina, que prefirió permanecer en el anonimato, le llamó la atención el patético caso de Ángel y se compadeció de él. Mediante el Club de Leones de Montevideo, la benefactora contrató los servicios del eminente cirujano plástico José Pedro Cibils Puig, que ya años antes había realizado una operación similar en una niña panameña. La operación del cirujano, que fue un rotundo éxito, le devolvió al niño un rostro normal, y contribuyó a que se normalizaran, al mismo tiempo, su alma, su carácter y su vida entera.
Bien se dice que el rostro es el espejo del alma. El rostro traduce todos los sentimientos que agitan el alma. El amor, el odio, la alegría, el pesar, la tranquilidad, el miedo: todo se refleja en las líneas del rostro. Y aun las distintas conformaciones de carácter, así como las enfermedades físicas y mentales, pueden leerse en el rostro como en un libro abierto.
La Biblia dice que cuando Dios no recibió la ofrenda de Caín con el mismo gusto con que recibió la ofrenda de su hermano Abel, en el rostro de Caín «se le veía lo enojado que estaba».1 Mucho antes de que aquel hijo mayor de Adán y Eva se convirtiera en el primer fratricida, cometiendo el terrible delito de matar a su hermano, ya las intenciones de Caín se dibujaban en su rostro. No le era posible ocultarlas. Y es así con todos nosotros. Porque en el rostro llevamos dos sellos. El primero, desteñido y desdibujado, es el sello de la hermosura y la gloria que tuvimos en la inocencia. En cambio, el segundo, cada vez más ordinario y pronunciado, es el sello de nuestras pasiones febriles, de nuestros disgustos, de nuestros malestares, de nuestros tormentos y de todas nuestras aflicciones.
Gracias a Dios, su Hijo Jesucristo, el Médico divino, el Gran Cirujano Plástico, es capaz de darnos un nuevo corazón y, con él, un nuevo rostro. Permitámosle a Cristo que cambie nuestro semblante por completo. Pidámosle que nos dé, así como el cirujano le dio a Ángel Pérez, un nuevo espejo para el alma, de modo que la paz que se dibuja en nuestro rostro refleje la transformación que se ha efectuado en nuestro corazón.
1 Gn 4:5-6 (TLA)
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Ángel Pérez, de Montevideo, Uruguay, tenía ocho años cuando, por primera vez en la vida, contempló su rostro normal al mirarse al espejo tras una operación quirúrgica.
El niño había nacido con una enorme mancha en el lado izquierdo de la cara. La mancha era tan grande que le abarcaba el cuello y una oreja. El aspecto del rostro de Ángel era tan feo que los compañeros de escuela lo rehuían.
A una acaudalada mujer argentina, que prefirió permanecer en el anonimato, le llamó la atención el patético caso de Ángel y se compadeció de él. Mediante el Club de Leones de Montevideo, la benefactora contrató los servicios del eminente cirujano plástico José Pedro Cibils Puig, que ya años antes había realizado una operación similar en una niña panameña. La operación del cirujano, que fue un rotundo éxito, le devolvió al niño un rostro normal, y contribuyó a que se normalizaran, al mismo tiempo, su alma, su carácter y su vida entera.
Bien se dice que el rostro es el espejo del alma. El rostro traduce todos los sentimientos que agitan el alma. El amor, el odio, la alegría, el pesar, la tranquilidad, el miedo: todo se refleja en las líneas del rostro. Y aun las distintas conformaciones de carácter, así como las enfermedades físicas y mentales, pueden leerse en el rostro como en un libro abierto.
La Biblia dice que cuando Dios no recibió la ofrenda de Caín con el mismo gusto con que recibió la ofrenda de su hermano Abel, en el rostro de Caín «se le veía lo enojado que estaba».1 Mucho antes de que aquel hijo mayor de Adán y Eva se convirtiera en el primer fratricida, cometiendo el terrible delito de matar a su hermano, ya las intenciones de Caín se dibujaban en su rostro. No le era posible ocultarlas. Y es así con todos nosotros. Porque en el rostro llevamos dos sellos. El primero, desteñido y desdibujado, es el sello de la hermosura y la gloria que tuvimos en la inocencia. En cambio, el segundo, cada vez más ordinario y pronunciado, es el sello de nuestras pasiones febriles, de nuestros disgustos, de nuestros malestares, de nuestros tormentos y de todas nuestras aflicciones.
Gracias a Dios, su Hijo Jesucristo, el Médico divino, el Gran Cirujano Plástico, es capaz de darnos un nuevo corazón y, con él, un nuevo rostro. Permitámosle a Cristo que cambie nuestro semblante por completo. Pidámosle que nos dé, así como el cirujano le dio a Ángel Pérez, un nuevo espejo para el alma, de modo que la paz que se dibuja en nuestro rostro refleje la transformación que se ha efectuado en nuestro corazón.
1 Gn 4:5-6 (TLA)
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lunes, 26 de julio de 2010
«LA MUERTE DE LA MUERTE»
por el Hermano Pablo
Julio Azael Zepeda, de Barranquilla, Colombia, se probó el traje una vez más. Era un traje viejo, de más de cinco años, pero por eso mismo le tenía más aprecio. Todo lo encontró correcto: las medidas, el color, la tela, los adornos. Y como desde hacía cinco años, sonrío satisfecho.
Después de colgar el traje en el ropero, salió a la calle. En pocos días comenzaba el carnaval de 1984, pero en la calle, inesperada e intempestivamente, lo atropelló un carro tirado por mulas. Julio Azael encontró la muerte, y allí en el ropero quedó esperándolo su traje de «La muerte». Porque ese era el disfraz que usaba con todo éxito cada año en el carnaval. Se vestía de muerte para desafiar a la muerte.
«Fue la muerte de la muerte», anunciaron los diarios de Barranquilla.
Aquí tenemos otra de tantas ironías de la vida. Julio Azael Zepeda se disfrazaba todos los años con el disfraz de Muerte: paños negros, esqueleto pintado, calavera pálida. Era uno de los mejores disfraces del carnaval de Barranquilla. Pero de tanto bromear con la Muerte, la Muerte de Carnaval, lo sorprendió la otra muerte, esa que no es un disfraz ni un chiste ni un carnaval: la muerte auténtica y verdadera.
Lo que llamó la atención fueron los titulares de los diarios: «Murió la Muerte»; «La Muerte encontró a la muerte»; «La muerte de la Muerte». Todos los titulares giraban en torno a la misma paradoja, la misma ironía, el mismo chiste macabro.
Sin embargo, el concepto de «la muerte de la muerte» es perfectamente bíblico. Es una de las promesas más grandes que Dios le ha hecho a la humanidad. Lo expresa en verso el profeta Oseas en el capítulo 13 de su profecía: «¿Dónde están, oh muerte, tus plagas? / ¿Dónde está, oh sepulcro, tu destrucción? / ¡Vengan, que no les tendré misericordia!» (v. 14).
Y en el libro del Apocalipsis, la última gran profecía de la Biblia, se estampa: «Ya no habrá muerte» (21:4). La muerte, que ha sido la compañera inseparable del hombre desde el día en que Adán pecó y ha sido la más temible experiencia de todas, un día dejará de existir. Ya no atacará más, ni morderá más, ni volverá a destruir felicidades e ilusiones, ni a provocar dolores y lágrimas.
Sólo Jesucristo, el Señor resucitado y viviente, tiene el verdadero y absoluto poder sobre la muerte y el sepulcro. Sólo Cristo tiene vida eterna para darnos.
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Julio Azael Zepeda, de Barranquilla, Colombia, se probó el traje una vez más. Era un traje viejo, de más de cinco años, pero por eso mismo le tenía más aprecio. Todo lo encontró correcto: las medidas, el color, la tela, los adornos. Y como desde hacía cinco años, sonrío satisfecho.
Después de colgar el traje en el ropero, salió a la calle. En pocos días comenzaba el carnaval de 1984, pero en la calle, inesperada e intempestivamente, lo atropelló un carro tirado por mulas. Julio Azael encontró la muerte, y allí en el ropero quedó esperándolo su traje de «La muerte». Porque ese era el disfraz que usaba con todo éxito cada año en el carnaval. Se vestía de muerte para desafiar a la muerte.
«Fue la muerte de la muerte», anunciaron los diarios de Barranquilla.
Aquí tenemos otra de tantas ironías de la vida. Julio Azael Zepeda se disfrazaba todos los años con el disfraz de Muerte: paños negros, esqueleto pintado, calavera pálida. Era uno de los mejores disfraces del carnaval de Barranquilla. Pero de tanto bromear con la Muerte, la Muerte de Carnaval, lo sorprendió la otra muerte, esa que no es un disfraz ni un chiste ni un carnaval: la muerte auténtica y verdadera.
Lo que llamó la atención fueron los titulares de los diarios: «Murió la Muerte»; «La Muerte encontró a la muerte»; «La muerte de la Muerte». Todos los titulares giraban en torno a la misma paradoja, la misma ironía, el mismo chiste macabro.
Sin embargo, el concepto de «la muerte de la muerte» es perfectamente bíblico. Es una de las promesas más grandes que Dios le ha hecho a la humanidad. Lo expresa en verso el profeta Oseas en el capítulo 13 de su profecía: «¿Dónde están, oh muerte, tus plagas? / ¿Dónde está, oh sepulcro, tu destrucción? / ¡Vengan, que no les tendré misericordia!» (v. 14).
Y en el libro del Apocalipsis, la última gran profecía de la Biblia, se estampa: «Ya no habrá muerte» (21:4). La muerte, que ha sido la compañera inseparable del hombre desde el día en que Adán pecó y ha sido la más temible experiencia de todas, un día dejará de existir. Ya no atacará más, ni morderá más, ni volverá a destruir felicidades e ilusiones, ni a provocar dolores y lágrimas.
Sólo Jesucristo, el Señor resucitado y viviente, tiene el verdadero y absoluto poder sobre la muerte y el sepulcro. Sólo Cristo tiene vida eterna para darnos.
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sábado, 3 de julio de 2010
«PALABRA DE FUEGO, ORO Y SEDA»
por Carlos Rey
«Era un día de fiesta cuando mi hermano menor murió de meningitis... en Puerto Rico, mi pueblo natal. Aquel día amargo, como todos los días de miseria de mi infancia, el pueblo gozaba indiferente a nuestro dolor. Nosotros buscamos un carpintero para que hiciera la caja mortuoria, entre serpentinas de risas ajenas. No teníamos dinero, ni estaba el carpintero, [así que mi padre y yo] convertimos muebles y maderos viejos en una rústica caja mortuoria para meter allí a nuestro amado muertecito. Al día siguiente, yo, que era un muchacho casi libertino, ajeno a Cristo y a los problemas del mundo, juré servir a la causa de Dios...»
Así relata en síntesis el Hermano Pablo «una página de tristeza infinita» de su niñez, según el reportero de La Prensa Gráfica de El Salvador que lo entrevistó en 1971 con motivo de su retorno a aquel país en que había vivido veintiún años. El juramento que hace como muchacho aquel día, de servir a la causa de Dios, lo cumple el Hermano Pablo, como nunca antes en los medios de comunicación social, el primero de julio de 1955. Ese día, en la emisora YSU en San Salvador, se transmite su primer programa radial, que a los nueve años se convierte en UN MENSAJE A LA CONCIENCIA.
Pasados ya cincuenta y cinco años desde aquella primera transmisión radial, sigue siendo certero el juicio que emitió ese periodista salvadoreño respecto al Hermano Pablo, cuya «ancha sonrisa fraternal» acompaña a «su palabra de fuego, oro y seda». He aquí el comentario personal que expuso el reportero en La Prensa Gráfica:
«Casi es obvio presentar la figura intelectual y humana de este pastor, ya que nuestro pueblo, al igual que todos los de América, se ha familiarizado con su verbo valiente, esclarecido, vibrante y humano. La ambición, el dolor, la infelicidad, la moral tan desbalanceada en esta época de confusión, la piedad, la angustia, todos los aspectos concernientes al corazón humano torturado por las pasiones, encuentran en la palabra de este pastor el ángulo preciso, el enfoque ajustado, las frases adecuadas y la moraleja convertida en razonada filosofía. Tres minutos son suficientes a este brillante orador sagrado para definir con densidad humana y filosófica su tema, y su enfoque encuadra ajustadamente al pensamiento bíblico, que de esta manera adquiere actualidad eterna. Los tres minutos de UN MENSAJE A LA CONCIENCIA del Hermano Pablo nos acercan cada día más estrechamente al Cristo admirable del Sermón de la Montaña. En sus palabras está siempre Cristo repitiéndonos: “Yo soy la resurrección. Yo soy el camino. Yo soy la verdad. ¡Seguidme!”»1
1«El Hermano Pablo y su poderoso “Mensaje a la Conciencia” nos visitará», La Prensa Gráfica (San Salvador, El Salvador) 24 enero 1971: 10.
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«Era un día de fiesta cuando mi hermano menor murió de meningitis... en Puerto Rico, mi pueblo natal. Aquel día amargo, como todos los días de miseria de mi infancia, el pueblo gozaba indiferente a nuestro dolor. Nosotros buscamos un carpintero para que hiciera la caja mortuoria, entre serpentinas de risas ajenas. No teníamos dinero, ni estaba el carpintero, [así que mi padre y yo] convertimos muebles y maderos viejos en una rústica caja mortuoria para meter allí a nuestro amado muertecito. Al día siguiente, yo, que era un muchacho casi libertino, ajeno a Cristo y a los problemas del mundo, juré servir a la causa de Dios...»
Así relata en síntesis el Hermano Pablo «una página de tristeza infinita» de su niñez, según el reportero de La Prensa Gráfica de El Salvador que lo entrevistó en 1971 con motivo de su retorno a aquel país en que había vivido veintiún años. El juramento que hace como muchacho aquel día, de servir a la causa de Dios, lo cumple el Hermano Pablo, como nunca antes en los medios de comunicación social, el primero de julio de 1955. Ese día, en la emisora YSU en San Salvador, se transmite su primer programa radial, que a los nueve años se convierte en UN MENSAJE A LA CONCIENCIA.
Pasados ya cincuenta y cinco años desde aquella primera transmisión radial, sigue siendo certero el juicio que emitió ese periodista salvadoreño respecto al Hermano Pablo, cuya «ancha sonrisa fraternal» acompaña a «su palabra de fuego, oro y seda». He aquí el comentario personal que expuso el reportero en La Prensa Gráfica:
«Casi es obvio presentar la figura intelectual y humana de este pastor, ya que nuestro pueblo, al igual que todos los de América, se ha familiarizado con su verbo valiente, esclarecido, vibrante y humano. La ambición, el dolor, la infelicidad, la moral tan desbalanceada en esta época de confusión, la piedad, la angustia, todos los aspectos concernientes al corazón humano torturado por las pasiones, encuentran en la palabra de este pastor el ángulo preciso, el enfoque ajustado, las frases adecuadas y la moraleja convertida en razonada filosofía. Tres minutos son suficientes a este brillante orador sagrado para definir con densidad humana y filosófica su tema, y su enfoque encuadra ajustadamente al pensamiento bíblico, que de esta manera adquiere actualidad eterna. Los tres minutos de UN MENSAJE A LA CONCIENCIA del Hermano Pablo nos acercan cada día más estrechamente al Cristo admirable del Sermón de la Montaña. En sus palabras está siempre Cristo repitiéndonos: “Yo soy la resurrección. Yo soy el camino. Yo soy la verdad. ¡Seguidme!”»1
1«El Hermano Pablo y su poderoso “Mensaje a la Conciencia” nos visitará», La Prensa Gráfica (San Salvador, El Salvador) 24 enero 1971: 10.
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PRESO VOLUNTARIO
por el Hermano Pablo
—Puede salir en libertad —dictaminó el juez de La Paz, Baja California, México—. A causa de su buena conducta en la cárcel, he decidido abreviar su condena. Está usted libre para volver a su familia y comenzar una nueva vida.
Para sorpresa del juez, el preso rechazó el indulto.
—Señor juez —explicó—, me metieron aquí por narcotraficante, y la sentencia era justa; pero aquí en esta cárcel he tenido una experiencia espiritual que ha cambiado mi vida. He conocido a Cristo, y quiero finalizar mi condena aquí, para darlo a conocer a mis compañeros de prisión.
Esas fueron las palabras del preso, Ignacio Mancida.
Esta notable historia la cuenta Alejandro Tapia, arquitecto de la ciudad de La Paz, Baja California, que llegó a ser un denodado seguidor de Cristo. El señor Tapia comenzó a contar acerca de su experiencia con Cristo en la cárcel de su ciudad, y al poco tiempo hubo más de cuarenta presos que hicieron profesión de fe en Cristo como su Salvador. Entre ellos se encontraba Ignacio Mancida, que optó por quedarse en la cárcel para, a su vez, contarles a otros acerca de su conversión.
Hay en este mundo, como prueba irrefutable del deterioro de la humanidad, muchísimas cárceles, penitenciarías, reformatorios y prisiones. Hay también muchas clases de presos. Presos injustamente encarcelados. Presos que muerden de rabia los barrotes de su celda. Presos por asaltos y homicidios. Presos políticos. Y presos para toda la vida. Pero presos voluntarios, que se quedan en la cárcel sólo para contarles a otros acerca de Cristo, hay pocos, muy pocos.
Hubo un tiempo célebre en la historia humana cuando los cristianos de Moravia que abrazaron la reforma religiosa del siglo dieciséis llegaron hasta a venderse como esclavos para proclamar la buena noticia de Jesucristo a otros esclavos. Tal era el amor que sentían por sus compañeros.
El apóstol Pablo padeció varios años de cárcel. Estuvo preso en Jerusalén, en Cesarea y en Roma por predicar el evangelio, y siempre aprovechó su estancia en la cárcel para predicar la libertad espiritual a los cautivos. Porque todos los seres humanos somos cautivos de lo mismo: del pecado.
Cristo todavía está redimiendo, tanto a hombres como a mujeres, de la cárcel opresora del pecado. Todos somos prisioneros, o del pecado, o de Cristo. Los que no han hecho de Jesucristo el Señor de su vida están en la cárcel del pecado. Fue por la urgencia del mensaje de libertad que Cristo les dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura» (Marcos 16:15).
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—Puede salir en libertad —dictaminó el juez de La Paz, Baja California, México—. A causa de su buena conducta en la cárcel, he decidido abreviar su condena. Está usted libre para volver a su familia y comenzar una nueva vida.
Para sorpresa del juez, el preso rechazó el indulto.
—Señor juez —explicó—, me metieron aquí por narcotraficante, y la sentencia era justa; pero aquí en esta cárcel he tenido una experiencia espiritual que ha cambiado mi vida. He conocido a Cristo, y quiero finalizar mi condena aquí, para darlo a conocer a mis compañeros de prisión.
Esas fueron las palabras del preso, Ignacio Mancida.
Esta notable historia la cuenta Alejandro Tapia, arquitecto de la ciudad de La Paz, Baja California, que llegó a ser un denodado seguidor de Cristo. El señor Tapia comenzó a contar acerca de su experiencia con Cristo en la cárcel de su ciudad, y al poco tiempo hubo más de cuarenta presos que hicieron profesión de fe en Cristo como su Salvador. Entre ellos se encontraba Ignacio Mancida, que optó por quedarse en la cárcel para, a su vez, contarles a otros acerca de su conversión.
Hay en este mundo, como prueba irrefutable del deterioro de la humanidad, muchísimas cárceles, penitenciarías, reformatorios y prisiones. Hay también muchas clases de presos. Presos injustamente encarcelados. Presos que muerden de rabia los barrotes de su celda. Presos por asaltos y homicidios. Presos políticos. Y presos para toda la vida. Pero presos voluntarios, que se quedan en la cárcel sólo para contarles a otros acerca de Cristo, hay pocos, muy pocos.
Hubo un tiempo célebre en la historia humana cuando los cristianos de Moravia que abrazaron la reforma religiosa del siglo dieciséis llegaron hasta a venderse como esclavos para proclamar la buena noticia de Jesucristo a otros esclavos. Tal era el amor que sentían por sus compañeros.
El apóstol Pablo padeció varios años de cárcel. Estuvo preso en Jerusalén, en Cesarea y en Roma por predicar el evangelio, y siempre aprovechó su estancia en la cárcel para predicar la libertad espiritual a los cautivos. Porque todos los seres humanos somos cautivos de lo mismo: del pecado.
Cristo todavía está redimiendo, tanto a hombres como a mujeres, de la cárcel opresora del pecado. Todos somos prisioneros, o del pecado, o de Cristo. Los que no han hecho de Jesucristo el Señor de su vida están en la cárcel del pecado. Fue por la urgencia del mensaje de libertad que Cristo les dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura» (Marcos 16:15).
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