lunes, 4 de octubre de 2010

¿CUÁL MANO TUVO LA CULPA?

por el Hermano Pablo



Fueron dos manos juntas, dos manos de la misma sangre, unidas firmemente. Pero no eran manos unidas en oración. Esas dos manos empuñaban juntas un revólver. Y juntas dispararon el arma.
El problema del jurado era decidir qué dedo, de cuál mano, fue el que apretó el gatillo. Porque ambos hermanos, Jesse Hogan y su hermana Jean, habían matado a la enfermera Ana Urdiales. El jurado decidió, por fin, que fue el dedo de Jesse el que apretó el gatillo. Así que condenaron a Jesse a muerte.
He aquí un caso dramático. Dos personas, hermano y hermana, empuñan un arma y con ella matan a una enfermera. Ambas manos sostienen el revólver, pero es un solo dedo el que hace el movimiento fatal. A una mano, la que no apretó el gatillo, le corresponde un castigo menor; a la otra, la pena de muerte.
¡Cuántas veces son dos manos las que cometen el delito, pero una sola recibe el castigo! ¡Cuántas veces el mal que se comete es resultado de otros elementos que han contribuido al mal, pero sólo una persona es castigada!
Una persona bajo la influencia del alcohol comete un asesinato, y sólo ella lleva la culpa. Pero ¿qué del fabricante de licores? ¿Qué del que anuncia con llamativa propaganda su veneno? ¿Qué del que vende el licor? Es más, ¿qué de las leyes que autorizan tales ventas? ¿No tienen todos ellos, también, la culpa de ese homicidio?
Una muchacha se escapa de su casa y se hace miembro de una pandilla callejera. Allí prueba drogas. Para tener con qué comprar las drogas, se vuelve prostituta. A causa de la prostitución, contrae SIDA. Así infecta a decenas de hombres que a su vez infectan a sus esposas. Y las que están embarazadas le transmiten el SIDA al hijo que está por nacer.
¿Quién es culpable? ¿La joven infectada? Claro que sí, pero junto con ella tienen la culpa, también, los padres, si no le dieron un hogar amoroso, las pandillas callejeras, los narcotraficantes y los hombres lujuriosos que compraron por una ínfima cantidad de dinero el cuerpo y el alma de aquella mujer.
Nadie peca solo. Todo lo que hacemos tiene repercusiones enormes. El pecado de Adán ha manchado la vida de toda la humanidad de todo tiempo y de todo lugar. Nadie peca solo.
Sólo Dios puede hacernos cambiar nuestra conducta. Lo hace cuando cambia nuestra vida. A esto Cristo lo llama «nacer de nuevo». Busquemos el perdón de Dios. Cuando Él limpia nuestro corazón, la semilla que sembramos produce vidas sanas y puras.

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domingo, 12 de septiembre de 2010

FALSA PIEDAD

por Carlos Rey



Bernadete acababa de cumplir los diecisiete años de edad cuando recibió los resultados de las pruebas que confirmaban que padecía de una enfermedad cerebral. Sus padres creyeron que la muchacha podría encontrar alivio al someterse a un tratamiento especial, así que la llevaron a la casa de un tendero de nombre Emilio Bettio. Él les aseguró que el problema de Bernadete no era físico sino espiritual. Según el tendero, se trataba de una posesión demoníaca, y para librar del demonio a la infeliz era necesario azotarla fuertemente.
Los desesperados padres dieron su consentimiento e hicieron arrodillar a la pobre Bernadete sobre una cama. Allí el tendero, sin compasión, descargó sobre ella dieciséis latigazos, y para darle un aspecto de piedad al castigo, con cada cuatro latigazos repetía: «En el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, en el nombre del Espíritu Santo, Amén.»
Los golpes fueron tan severos que la joven murió, y posteriormente, en Zurich, Alemania, se entabló juicio contra el verdugo Emilio Bettio: juicio por homicidio.
Parece increíble que se cometiera semejante crimen en el nombre de Dios. Pero lo cierto es que lo mismo ocurrió tanto en las Cruzadas contra los infieles como en la llamada «Santa» Inquisición entre los siglos doce y diecinueve, y lamentablemente ocurre en el siglo veintiuno. Todavía hay quienes se valen del nombre de Dios para perpetrar toda clase de atrocidades. Algunos, motivados por su avidez de poder y control, engañan a otros que los siguen ciegamente. Otros se vuelven fanáticos de una causa por su propia cuenta, mientras que a otros los consume el deseo de ser el centro de atención por lo menos unos minutos. Los más fanáticos son capaces de llegar al extremo de suicidarse y a la vez matar a un sinnúmero de personas que poco o nada tienen que ver con las tales «causas» detrás de los hechos.
¿Por qué culparán a Dios de actos tan bárbaros? Porque así les dan a esos actos un aspecto de piedad. Es que saben que, si se hacen pasar por voceros de Dios y le atribuyen a Él la autoría intelectual, entonces se supone que a los demás no nos queda más remedio que tragarnos el cuento. ¿No es cierto que cuando alguien alega que Dios le dijo que tomara determinada medida, con eso se hace infalible? ¿Y quién de nosotros va a poner en tela de juicio la voluntad de Dios?
El colmo de este engaño consiste en atribuirle la causa de la muerte al Autor de la vida. La verdad es que Jesucristo vino al mundo para erradicar la enfermedad de nuestra alma, librándonos así de la muerte y dándonos vida. Pero a diferencia de Emilio Bettio, Cristo no nos azota sin compasión ni nos pide que nos suicidemos o que azotemos o matemos a otros por su causa. Al contrario, Él mismo se dejó azotar y matar sin compasión por causa nuestra. Y por si eso fuera poco, nos asegura que si nos sometemos a su tratamiento especial de compasión y ternura, encontraremos alivio permanente para todo nuestro ser.





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sábado, 4 de septiembre de 2010

«ROBAR SU PROPIO BANCO»

por el Hermano Pablo

Iba a ser el asalto perfecto, un asalto que no podría fallar, que no dejaría ninguna pista, y que produciría al asaltante una cuantiosa suma. El disfraz del asaltante, también, era perfecto: anteojos negros, peluca de color diferente, y nariz arreglada por un experto en maquillajes de teatro.

Así disfrazado, Wong Hoi Wan, de cincuenta y ocho años de edad, de Hong Kong, decidió asaltar un banco de su ciudad. Sólo que él era el presidente del banco. No se sabe si por el calor o por los nervios, la nariz se le desprendió. Y por si eso fuera poco, su enorme figura de 135 kilos de peso ya lo había denunciado a los guardias.

El titular en los diarios era interesante: «Intentó robar su propio banco».

¿Qué significa robar su propio banco? Es alzarse con el dinero que clientes desprevenidos, con toda confianza, han depositado en él. Es levantar una suma incalculable de dinero sin pensar en las consecuencias. Es arruinar honra, familia y porvenir. De ahí que Wong Hoi Wan tuviera que rendirle cuentas a la policía, al juez y a sus depositantes, expiando tras las rejas su maldad.

Si bien en esta vida pocos han de robar su propio banco literalmente, muchos lo han de hacer en sentido figurado. Pues robar su propio banco también es minar el prestigio que uno, con paciencia y cuidado, ha conquistado. Es derribar, por descuidos éticos, la posición que uno, en el mundo de los negocios, ha ganado.

Es destruir, por infidelidad conyugal, lo más hermoso y preciado que en este mundo existe: su matrimonio. Y junto con la destrucción de su matrimonio quedan, también, destruidos sus hijos, sus nietos y el resto de la familia.

Robar su propio banco es agredirse uno mismo con el uso de drogas y alcohol, destruyendo ánimo, cerebro y voluntad, haciéndose inútil para servicio benéfico y provechoso.

Es hacer caso omiso de la inquietud espiritual que toda persona tiene, destruyendo así la oportunidad de reconciliarse con Dios. Es llevar una vida materialista —efímera, volátil y falsa— sin preocuparse de lo espiritual. Es cerrar las puertas del cielo. «¿De qué le sirve a uno —afirmaba Jesucristo— ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?» (Lucas 9:25).

Lo cierto es que podemos ganar millones y adquirir casas, joyas, lujos y placeres, pero si descuidamos nuestra alma nos estamos robando a nosotros mismos.

No sigamos robándonos así. Sometámonos más bien al señorío de Cristo. Él quiere ser nuestro Salvador. Dejemos de robar nuestro propio banco.

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lunes, 30 de agosto de 2010

«NUNCA PUDISTE PERDONARME»

por Carlos Rey

«Tengo que confesar que, cuando me enteré hace unos momentos de la muerte de la hija menor de doña Clementina, hacía muchos años que no pensaba en ella. [En] la noticia... del periódico... invita a la ceremonia fúnebre su hermano, porque ella nunca llegó a casarse.

»... ¡Florinda, Florindita, Florinda! La quise con ese primer amor que nos deja una nostalgia especial en el alma.... ¡Por cuánto tiempo allá en mi juventud acaricié su nombre a solas, entre suspiros! Aún me parece verla, el talle erguido y la mirada brillante, rozando las teclas del piano, arrancando melodías que me llenaban de una emoción que amenazó con romperme el pecho a fuerza de latidos. Y ahora, Florinda está muerta....

»Doña Clementina... organizó una fiestecita en su casa a la cual estaba invitada toda la juventud. Felipe llegó tarde... y nos fue saludando uno a uno hasta llegar a Florinda, que se le quedó mirando con tal angustia que todos nos dimos cuenta de que algo había pasado entre esos dos que no estaba resuelto aún.... [Por los] celos que me ahogaban... tuve que salir de la casa [para] no dar un espectáculo....

»Fuimos todos a la finca al día siguiente.... Llegamos allá al río, todos los muchachos dispuestos a bañarnos....

»... Sólo quería que vieras a Felipe tan ridículo como lo veía yo, un montuno ignorante incapaz de nadar, porque le tenía miedo al agua. ¡Te lo juro, Florinda! Yo no lo empujé al charco como tú creíste. Él se cayó solito de las piedras, y quién sabe cómo se golpeó. ¿No te diste cuenta de que fui el primero en tirarme, cuando noté que no salía? Sentí allá abajo, cerca del fondo, su cuerpo desesperado buscando apoyo, y traté de sacarlo; pero se prensó de mis piernas halándome al abismo cenagoso, y tuve que empujarlo porque yo también me ahogaba. Todos se dieron cuenta de que yo hice un gran esfuerzo por salvarlo, menos tú; escuché tus gritos de espanto cuando logramos sacar el cuerpo frío y sin vida del agua, y vi tus ojos de acusación antes de que te desmayaras....

»Nunca me contestaste las cartas. Te encerraste en una soledad que nadie pudo llenar, y todos en el pueblo pensaron que te escondiste así por la muerte de tu padre y se olvidaron de aquel verano cuando nos volvimos viejos de repente.

»Y ahora estás muerta, Florinda, y sé que nunca pudiste perdonarme....

»Espero que alguno de mis nietos pueda llevarme al entierro de Florinda. Tengo que cumplir con ella aunque sea por última vez.»1

Así termina el cuento de la doctora Rosa María Britton, ginecóloga, oncóloga y prolífica escritora panameña, al que le puso por título «El primer amor». Se trata de un amor romántico que nunca llegó a ser correspondido, debido a que la mujer amada juzgó con severidad y condenó sin misericordia al hombre que ansiaba manifestárselo. Gracias a Dios, en lo tocante a su amor divino no tenemos que preocuparnos por que Él nos juzgue con severidad por nuestros errores y desatinos, ni mucho menos por nuestros pecados si se los confesamos. Porque Él no envió a su Hijo Jesucristo al mundo a condenarnos sino a salvarnos.2 Tanto es así que, en la hora misma de su muerte por nuestros pecados, Jesús le dijo al Padre que lo había enviado: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»3
1 Rosa María Britton, La muerte tiene dos caras, 3a. ed. (Panamá: Editora Sibauste, 2003), pp. 47‑60.
2 Jn 3:16-17; 8:1-11; 1Jn 1:9
3 Lc 23:34

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jueves, 26 de agosto de 2010

«NO AMO A NADIE»

«No sé qué es el amor. No amo a nadie, y antes más bien trato de hacerles daño a las personas que más me quieren, que son mi esposa y mi hija. No sé qué me pasa. Hago cosas que no debo y, cada vez que quiero buscar a Dios, me siento acusado y culpable. Por eso tengo mucho miedo, [y] me escondo detrás de este computador para escribir lo que no puedo decirle a nadie por miedo al rechazo.

»Dentro de mí hay algo que quiere gritar: “¡Jesucristo, ayúdame!” Pero no soy capaz; estoy atado a muchos vicios. Quiero empezar de nuevo.»

Este es el consejo que le dimos:

«Estimado amigo:

»... Comencemos con la culpa y la condenación que siente. Usted dice que esos sentimientos impiden que busque a Dios. Pero no es Dios el que quiere condenarlo. De hecho, Él dio a su único Hijo, Jesucristo, para que muriera en la cruz en su lugar a fin de que usted no tuviera que ser condenado. Eso quiere decir que la condenación que usted siente no proviene de Dios. Nosotros creemos que viene, más bien, de Satanás mismo. Satanás quiere que usted se sienta tan condenado que no busque una relación personal con Dios. Así que Satanás le dice de continuo al oído que usted es culpable de muchos pecados. Eso es verdad; cada uno de nosotros es culpable de pecado. Pero Satanás también le dice al oído que usted es un inútil, que no merece que se le ame, y que un Dios santo jamás lo aceptaría. Y todo eso es mentira.

»Mientras tanto, Dios está tratando de comunicarse con usted. Es la voz de Él la que usted oye por encima del miedo y de la culpa que siente. Por eso usted dice que hay algo adentro que quiere gritar y pedirle a Cristo que lo ayude. Esa es la respuesta suya a la invitación que Él le está haciendo. Dios lo invita a que tenga una relación con Él. Si usted acepta esa invitación, Él lo perdonará y le quitará la culpa que siente por todas las maneras en que ha pecado contra Él y contra el prójimo. Además, como Dios es amor, Él lo ayudará a aprender a amar a otros, tales como su esposa y su hija.

»Usted dice que no sabe qué le pasa, ni por qué sigue haciendo cosas indebidas. Eso se debe a que ha permitido que Satanás tenga el dominio en su vida. Usted le ha dado a él control absoluto. Él hasta le ha quitado el amor que usted, de otro modo, hubiera sentido por su familia. ¿Quiere seguir así? Si no quiere seguir dándole control absoluto a Satanás, entonces dígale a Dios que está arrepentido y pídale que perdone sus pecados. Agradézcale que Cristo ya tomó el castigo por todo el pecado suyo para que usted no tuviera que ser condenado. Deje que Dios quebrante el poder que Satanás ha ejercido en su vida. Deje que Dios lo cambie por completo.

»¡Usted puede empezar de nuevo!

»Linda y Carlos Rey.»

miércoles, 18 de agosto de 2010

«ESTOY LISTA»(O) PARA VIVIR Ó PARTIR

por Carlos Rey

Verónica Argüello comenzó el paseo. Fue un paseo fuera de lo común, en camilla y por pasillos iluminados. Un paseo silencioso, llevada por enfermeras en zapatillas. Los que se cruzaban con ella le sonreían débilmente. Sería el último paseo de Verónica, un paseo que se interrumpiría bruscamente en medio del camino. Aquella joven argentina, de apenas catorce años, iba a recibir en Toronto, Canadá, el segundo trasplante de hígado. Estaba grave, muy grave, casi en estado de coma.

A la mitad del paseo de la sala hasta el quirófano, abrió los ojos, miró a su mamá por última vez y le dijo: «Mamá, ya estoy lista.» De allí partió a la eternidad. No logró siquiera llegar a la sala de operaciones.

El caso de esta adolescente enferma conmovió por lo menos a tres países: Argentina, Estados Unidos y Canadá. El hígado no le funcionaba, así que la llevaron desde Buenos Aires, Argentina, país en el que nació, hasta Los Ángeles, California, en busca de un tratamiento apropiado. De Los Ángeles la trasladaron a Dallas, Texas, y de Dallas a Toronto, Canadá, porque tanto en Dallas como en Toronto había especialistas en trasplantes de órganos.

Centenares de personas en los tres países aportaron dinero para su operación. Se pusieron a su disposición los mejores equipos médicos. Y fue la receptora de dos donaciones de hígado, algo extraordinario en esos tiempos. Pero nada de eso dio resultado. En el último pasillo del último hospital, camino a la sala de operaciones, Verónica sonrió, miró a la mamá y le dijo: «Estoy lista», y abandonó el cuerpo.

No se contempla con tanto miedo la muerte cuando se está preparado para morir, cuando el alma está en armonía con Dios al haber aceptado la paz que Cristo hizo por nosotros con Dios al morir en la cruz. Cuando llegamos a disfrutar de esa paz, se anhela más el cielo que la tierra, la vida eterna más que la presente, y a Jesucristo, el Señor y Salvador, más que a ninguna otra persona de la tierra.

Al fin Verónica pudo descansar. Su corazón no daba más. Su cuerpo se quebraba. Su alma se liberó de esa cárcel material. Pero estaba preparada para morir, y morir así no es morir. ¡Es renacer! Es dejar las sombras grises de este mundo para entrar en la luz esplendorosa de la presencia de Cristo.

Esa sufrida joven había aprendido a tiempo la valiosísima lección que Cristo mismo enseñó mediante la parábola de las diez jóvenes solteras: «Las jóvenes que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas. Y se cerró la puerta —dijo el Señor—. Así también ustedes deben estar preparados.»1
1 Mt 25:10; 24:44

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lunes, 16 de agosto de 2010

EL AFINADOR DE PIANOS

por Carlos Rey

Cuando los González se trasladaron a uno de los mejores barrios de la capital, comenzaron a vender algunas de las cosas que no encajaban con la nueva casa. Vendieron los muebles porque, además de anticuados, no iban a hacer juego con los nuevos que necesitaban comprar. Se deshicieron de la alfombra debido a que era demasiado pequeña y estaba muy desgastada. Y decidieron cambiar el automóvil a causa de que el nuevo vecindario era diferente y mucho más aristocrático.

Hubieran vendido también el piano de no haber sido por Jaime, el menor de los hijos, que insistió en que lo dejaran quedarse con él.

—Es mejor venderlo —dijo el padre—. Está tan viejo que da vergüenza. ¡Y suena mal!

Pero Jaime, interesado en que el piano se quedara con la familia, repuso:

—¿Por qué no llamamos al afinador para que nos dé su opinión?

Esa misma tarde, llegó el afinador y examinó el piano. Por la noche, mientras la familia cenaba, se oyó una dulcísima melodía en la sala. El padre dejó de comer y le preguntó a su esposa:

—Estamos estrenando piano, ¿no?

—No, querido —respondió ella—; es el mismo piano. El afinador lo arregló esta tarde, y ahora nuestro viejo piano nos regala su música.

Desde ese día en adelante, el piano ocupó un lugar de preferencia en la casa de la familia González.

Así como el piano es un instrumento diseñado para ser tocado armónicamente, Dios diseñó al hombre para que fuera el fruto de una perfecta armonía de elementos físicos, morales y espirituales. Pero el pecado desafinó esa armonía, y el hombre perdió la comunión con Dios y con sus semejantes, incluso con los miembros de su propia familia. Por eso envió Dios a su Hijo Jesucristo a este mundo para morir por los pecados de toda la humanidad. No había otro modo de restaurar la armonía que se había perdido.

De cierto modo, entonces, Cristo es el afinador del corazón humano. Todos los que permitimos que Él toque las teclas de nuestro corazón con sus manos benditas venimos a ser instrumentos de armonía constante. En cambio, los que no le damos la oportunidad de afinar nuestro corazón llegamos a ser como pianos disonantes de los que sus dueños quieren deshacerse y quienes los escuchan quieren alejarse.

La buena noticia es que para tener el corazón afinado, sólo tenemos que invitar a Cristo a que venga para afinarlo. A diferencia de los mejores afinadores de este mundo, que con buena razón cobran una suma considerable por sus servicios, Cristo, el Afinador por excelencia, está dispuesto a hacerlo gratuitamente. No hay nadie que carezca de los medios para contratar sus servicios, aunque viva en el barrio más pobre del mundo. Porque fue para eso que Cristo dio su vida por nosotros. Y ahora está tocando a la puerta de nuestro corazón. ¡Más vale que lo dejemos entrar!


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