por Carlos Rey
Necito Batista Da Silva era empleado ferroviario en Belo Horizonte, Brasil. Tenía un hijo hermoso que se llamaba Claudio. El niño jugaba siempre con un perro blanco y negro, perro vagabundo que era el amigo de todos los chicos del barrio.
Un día el perro se puso rabioso y mordió al niño. Debido a que el padre se había negado a vacunar al perro contra la rabia, Claudio contrajo la espantosa enfermedad. Los médicos lucharon por salvarlo, pero la salud del pequeño se fue agravando. Antes de morir, en uno de los últimos ataques terribles de la enfermedad, Claudio saltó de la cama del hospital y mordió a su padre y a su madre mientras ellos trataban de calmarlo.
La madre se sometió en seguida a un tratamiento antirrábico, pero el padre, Necito Batista, rechazó el tratamiento. El hombre se sintió culpable de la muerte de su hijo, así que quiso morir de la misma enfermedad. Estas fueron sus palabras: «Si actué mal al no hacer vacunar al perro, quiero morir de la misma enfermedad para expiar mi culpa.»
No es difícil comprender el estado de ánimo de ese pobre padre, que sufría profundamente la enfermedad mortal de su hijo. Su vida era un calvario porque estaba convencido de que él tenía la culpa. Pero no por eso tenemos que compartir su punto de vista. Aun cuando tuviera la culpa, no era él quien debiera expiarla.
Según el Diccionario Larousse, «expiar» significa «reparar una culpa por medio de un castigo o sacrificio». Eso era precisamente lo que pretendía hacer Necito Batista: reparar su culpa mediante el sacrificio de sí mismo. Lo que él no comprendía, al igual que muchos otros en la actualidad, es que hay Uno solo capaz de expiar o reparar la culpa de cualquier ser humano. Se trata del Señor Jesucristo. Pero ¿por qué sólo Cristo?
Es que nadie puede expiar su propia culpa, y por consiguiente nadie tiene que morir por su propia redención, porque nadie satisface el requisito divino. En la justicia divina, era necesario que el que expiara la culpa del mundo fuera intachable. Y el único que jamás pecó fue Jesucristo.1 A diferencia de Necito Batista, la vida de Cristo no fue un calvario por sentir él que tenía alguna culpa. Al contrario, Cristo se sacrificó y murió en el Calvario por nosotros a fin de satisfacer ese requisito divino de que el sacrificio fuera intachable.2 Por eso Juan el Bautista, al ver que Cristo se acercaba, anunció: «¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!»3 Juan sabía de antemano que el sacrificio de Cristo habría de ser el único aprobado por Dios para expiar nuestra culpa.
De modo que cuando sintamos la carga de nuestra culpa, no pensemos que nosotros mismos podemos hacer algo para salvarnos, como pensaba Necito Batista. Recordemos más bien que es Cristo quien quita el pecado del mundo, como declaró Juan el Bautista, y digámosle a Cristo: «Gracias, Señor, por dar tu vida por la enfermedad mortal que es mi pecado a fin de expiar mi culpa.»
12Co 5:21; 1P 2:22
2Éx 12:5; 1Co 54:7-8; Heb 9:14; 1P 1:18-19
3Jn 1:29
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viernes, 28 de enero de 2011
jueves, 27 de enero de 2011
CULPABLE 176 VECES
por el Hermano Pablo
El vocero del jurado se puso de pie. Tenía que leer el veredicto en el juicio contra Julio González. Leyó primero el cargo: «Homicidio.» Inmediatamente después pronunció la palabra fatal: «Culpable.» Luego, con lentitud desesperante leyó otro cargo, y otra vez pronunció el veredicto: «Culpable.»
Así fue leyendo cargos y pronunciando el mismo veredicto 176 veces. A Julio González lo hallaron culpable de 87 homicidios, con doble culpabilidad por cada uno. El 25 de marzo de 1990 González había prendido fuego a un salón de baile en Nueva York, y el incendio había provocado la muerte de 87 personas.
Es difícil imaginar lo que habrá sido para Julio González oír ese martilleo continuo de la palabra «culpable». Alguien dijo que era como una puntilla que se clavaba en el féretro mismo del hombre. Que a uno le digan «culpable» una vez es ya algo como para desmayarse. Pero que se lo digan 176 veces es como para no querer seguir viviendo. Sin embargo, la ley exigía que se detallara por separado cada cargo, y que se pronunciara, por cada uno, el mismo veredicto.
Así también será en el juicio final ante el Gran Trono Blanco de Dios. Podemos imaginarnos lo que será juzgar a millones y millones de personas, detallando los pecados de cada una de ellas, y pronunciando para cada una, con monotonía desesperante, la palabra «culpable», «culpable»... y así hasta el infinito.
La Biblia dice que todos los seres humanos comparecerán ante el tribunal de Cristo. Dice también que serán abiertos unos libros donde están registradas las obras de cada uno. Además dice que será abierto «el libro de la vida», y el que no esté escrito en ese libro será juzgado por lo que está escrito en los otros libros. El veredicto será, fatalmente, «culpable». Y el castigo final será, también inevitablemente, «el lago de fuego» (Apocalipsis 20:11‑15).
Sin embargo, el nombre de cada uno de nosotros puede estar escrito en ese «libro de la vida». La verdad es que Dios quiere que así sea. Por eso mandó Dios a su Hijo Jesucristo al mundo, y por eso Cristo se entregó a sí mismo en sacrificio pleno hasta la muerte. Las palabras de Jesús fueron: «El Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28).
¿Cómo logramos ese rescate? Hay una sola manera: aceptando con fe sincera la eficacia de la muerte de Cristo para salvarnos, y recibiéndolo como Señor y dueño de nuestra vida. Así aseguramos que nuestro nombre quede escrito en el libro de la vida, y por consiguiente que jamás se nos pueda hallar culpables. Abrámosle nuestro corazón a Cristo.
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El vocero del jurado se puso de pie. Tenía que leer el veredicto en el juicio contra Julio González. Leyó primero el cargo: «Homicidio.» Inmediatamente después pronunció la palabra fatal: «Culpable.» Luego, con lentitud desesperante leyó otro cargo, y otra vez pronunció el veredicto: «Culpable.»
Así fue leyendo cargos y pronunciando el mismo veredicto 176 veces. A Julio González lo hallaron culpable de 87 homicidios, con doble culpabilidad por cada uno. El 25 de marzo de 1990 González había prendido fuego a un salón de baile en Nueva York, y el incendio había provocado la muerte de 87 personas.
Es difícil imaginar lo que habrá sido para Julio González oír ese martilleo continuo de la palabra «culpable». Alguien dijo que era como una puntilla que se clavaba en el féretro mismo del hombre. Que a uno le digan «culpable» una vez es ya algo como para desmayarse. Pero que se lo digan 176 veces es como para no querer seguir viviendo. Sin embargo, la ley exigía que se detallara por separado cada cargo, y que se pronunciara, por cada uno, el mismo veredicto.
Así también será en el juicio final ante el Gran Trono Blanco de Dios. Podemos imaginarnos lo que será juzgar a millones y millones de personas, detallando los pecados de cada una de ellas, y pronunciando para cada una, con monotonía desesperante, la palabra «culpable», «culpable»... y así hasta el infinito.
La Biblia dice que todos los seres humanos comparecerán ante el tribunal de Cristo. Dice también que serán abiertos unos libros donde están registradas las obras de cada uno. Además dice que será abierto «el libro de la vida», y el que no esté escrito en ese libro será juzgado por lo que está escrito en los otros libros. El veredicto será, fatalmente, «culpable». Y el castigo final será, también inevitablemente, «el lago de fuego» (Apocalipsis 20:11‑15).
Sin embargo, el nombre de cada uno de nosotros puede estar escrito en ese «libro de la vida». La verdad es que Dios quiere que así sea. Por eso mandó Dios a su Hijo Jesucristo al mundo, y por eso Cristo se entregó a sí mismo en sacrificio pleno hasta la muerte. Las palabras de Jesús fueron: «El Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28).
¿Cómo logramos ese rescate? Hay una sola manera: aceptando con fe sincera la eficacia de la muerte de Cristo para salvarnos, y recibiéndolo como Señor y dueño de nuestra vida. Así aseguramos que nuestro nombre quede escrito en el libro de la vida, y por consiguiente que jamás se nos pueda hallar culpables. Abrámosle nuestro corazón a Cristo.
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miércoles, 12 de enero de 2011
PRESO POR UNA TIRA DE PAPEL
por el Hermano Pablo
Fueron largas horas de angustia y de pena para los padres, y de llanto desesperado para el pequeño. El niño, de sólo dos años de edad, había quedado encerrado en su habitación. Y era imposible abrir la puerta. Una simple tira de papel lo impedía.
Todo esto ocurría en Machala, Ecuador. Una patrulla policial había cerrado un bar de mala fama. En su celo por clausurar el antro de vicio, también habían sellado una habitación contigua, que nada tenía que ver con el bar. En esa habitación estaba el pequeño.
«Pude haber roto el papel con la mano y libertar a mi niño —les explicó el padre a los periodistas—, pero temía a la ley. Tuve que gastar diez horas de mi tiempo hasta conseguir orden de la policía para abrir la puerta.»
Este caso pudiera parecerle gracioso al lector insensible. Pero no fue así para los padres que oían llorar a su hijo y veían pasar las horas con lentitud desesperante hasta obtener el permiso policial. La ley es la ley, y aunque esté equivocada, debe ser cumplida.
Sin embargo, el caso de este niño preso por una tira de papel policial nos invita a reflexionar sobre muchas personas mayores que están presas por otras cosas. Algunas, por ejemplo, están presas por sus fobias y temores.
Hay quienes no se atreven a salir a la calle en martes 13. Otros se horrorizan si rompen un espejo, o si ven pasar un entierro antes que nada en la mañana, o si vuelcan sal en la mesa.
Hay personas en las que estas supersticiones infantiles se hacen tan fuertes que hasta desencadenan una histeria. A éstas las aprisionan recuerdos antiguos, o rencores que han acumulado en el corazón, o la incapacidad de perdonar, y viven presas y encadenadas.
Otros permanecen atados al temor de una enfermedad mortal como el cáncer, y viven pendientes del menor síntoma irregular que sienten. Muchas veces esos síntomas anormales sólo son producto de los nervios. Otros, en fin, viven encadenados a sus prejuicios religiosos, sin disfrutar plenamente un solo día de la vida.
Jesucristo dijo: «Si se mantienen fieles a mis enseñanzas... conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:31,32). Libres del temor a la enfermedad y a la muerte. Libres de odios y rencores paralizantes. Libres de supersticiones y prejuicios. Sólo Cristo ofrece libertad verdadera y gratuita.
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Fueron largas horas de angustia y de pena para los padres, y de llanto desesperado para el pequeño. El niño, de sólo dos años de edad, había quedado encerrado en su habitación. Y era imposible abrir la puerta. Una simple tira de papel lo impedía.
Todo esto ocurría en Machala, Ecuador. Una patrulla policial había cerrado un bar de mala fama. En su celo por clausurar el antro de vicio, también habían sellado una habitación contigua, que nada tenía que ver con el bar. En esa habitación estaba el pequeño.
«Pude haber roto el papel con la mano y libertar a mi niño —les explicó el padre a los periodistas—, pero temía a la ley. Tuve que gastar diez horas de mi tiempo hasta conseguir orden de la policía para abrir la puerta.»
Este caso pudiera parecerle gracioso al lector insensible. Pero no fue así para los padres que oían llorar a su hijo y veían pasar las horas con lentitud desesperante hasta obtener el permiso policial. La ley es la ley, y aunque esté equivocada, debe ser cumplida.
Sin embargo, el caso de este niño preso por una tira de papel policial nos invita a reflexionar sobre muchas personas mayores que están presas por otras cosas. Algunas, por ejemplo, están presas por sus fobias y temores.
Hay quienes no se atreven a salir a la calle en martes 13. Otros se horrorizan si rompen un espejo, o si ven pasar un entierro antes que nada en la mañana, o si vuelcan sal en la mesa.
Hay personas en las que estas supersticiones infantiles se hacen tan fuertes que hasta desencadenan una histeria. A éstas las aprisionan recuerdos antiguos, o rencores que han acumulado en el corazón, o la incapacidad de perdonar, y viven presas y encadenadas.
Otros permanecen atados al temor de una enfermedad mortal como el cáncer, y viven pendientes del menor síntoma irregular que sienten. Muchas veces esos síntomas anormales sólo son producto de los nervios. Otros, en fin, viven encadenados a sus prejuicios religiosos, sin disfrutar plenamente un solo día de la vida.
Jesucristo dijo: «Si se mantienen fieles a mis enseñanzas... conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:31,32). Libres del temor a la enfermedad y a la muerte. Libres de odios y rencores paralizantes. Libres de supersticiones y prejuicios. Sólo Cristo ofrece libertad verdadera y gratuita.
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jueves, 6 de enero de 2011
AMORTIGUACIÓN AUTOMÁTICA
por el Hermano Pablo
Ingrid Checha, de apenas dos años de edad, estaba jugando en su domicilio. Ella vivía con sus padres en el piso decimocuarto de un edificio de departamentos en Caracas, Venezuela. En cierto momento la niñita, ilusionada con lo que veía afuera, trató de abrir la ventana. Ésta cedió repentinamente, y la pequeña se precipitó al vacío.
Cayó desde una altura de sesenta metros, pegando contra el techo de zinc de un estacionamiento de vehículos que había abajo, y rebotando sobre el techo de un automóvil. Cuando corrieron a recogerla, dieron por sentado que la chiquita tuvo que haberse destrozado, pero la encontraron llorando, con sólo algunos raspones y magulladuras. «¡Un milagro!», exclamaba la gente, y ciertamente lo era.
Llevaron a la niña al hospital y la sometieron a un período de observación, pero los médicos afirmaron que había quedado en estado increíblemente magnífico.
¿Qué había pasado? Este es uno de los milagros de la naturaleza humana. Los que saben de esto dicen que los infantes reaccionan instintivamente al peligro y en eso tienen una gran ventaja en las caídas.
Cuando un adulto se siente caer, pone rígidos todos sus músculos, con el resultado de que al golpear contra el suelo parece como si fuera de vidrio, y se quiebra, se rasga, se parte y se corta. Pero el infante instintivamente afloja todo su cuerpo, que parece hacerse de goma, y amortigua entonces el choque.
Como que hay, en esto, una lección grandísima para la vida del hombre. Los golpes que recibe nuestra alma son más fuertes, más complejos, más problemáticos y más permanentes que los golpes del cuerpo. El diario vivir nos enfrenta con frustraciones súbitas, con desastres azarosos, con pérdidas inesperadas. El resultado es la frustración, la angustia, la agonía y el dolor.
Si ante estos golpes endurecemos el corazón, nos ponemos rígidos y obstinadamente decimos que con nuestra propia fuerza saldremos adelante, corremos el peligro de hacernos pedazos. Eso le ha ocurrido a muchos.
En cambio, si nos ablandamos en humildad, enterramos nuestra obstinación y sacrificamos nuestro orgullo, podremos rebotar de lo que sería un desastre. Solos no podemos resistir los golpes de la vida, pero si nos humillamos ante Dios, Él nos dará su mano de ayuda. Sólo tenemos que rendirnos en sumisión y entregarle dócilmente nuestra alma a Cristo. Confiemos en su divino amor.
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Ingrid Checha, de apenas dos años de edad, estaba jugando en su domicilio. Ella vivía con sus padres en el piso decimocuarto de un edificio de departamentos en Caracas, Venezuela. En cierto momento la niñita, ilusionada con lo que veía afuera, trató de abrir la ventana. Ésta cedió repentinamente, y la pequeña se precipitó al vacío.
Cayó desde una altura de sesenta metros, pegando contra el techo de zinc de un estacionamiento de vehículos que había abajo, y rebotando sobre el techo de un automóvil. Cuando corrieron a recogerla, dieron por sentado que la chiquita tuvo que haberse destrozado, pero la encontraron llorando, con sólo algunos raspones y magulladuras. «¡Un milagro!», exclamaba la gente, y ciertamente lo era.
Llevaron a la niña al hospital y la sometieron a un período de observación, pero los médicos afirmaron que había quedado en estado increíblemente magnífico.
¿Qué había pasado? Este es uno de los milagros de la naturaleza humana. Los que saben de esto dicen que los infantes reaccionan instintivamente al peligro y en eso tienen una gran ventaja en las caídas.
Cuando un adulto se siente caer, pone rígidos todos sus músculos, con el resultado de que al golpear contra el suelo parece como si fuera de vidrio, y se quiebra, se rasga, se parte y se corta. Pero el infante instintivamente afloja todo su cuerpo, que parece hacerse de goma, y amortigua entonces el choque.
Como que hay, en esto, una lección grandísima para la vida del hombre. Los golpes que recibe nuestra alma son más fuertes, más complejos, más problemáticos y más permanentes que los golpes del cuerpo. El diario vivir nos enfrenta con frustraciones súbitas, con desastres azarosos, con pérdidas inesperadas. El resultado es la frustración, la angustia, la agonía y el dolor.
Si ante estos golpes endurecemos el corazón, nos ponemos rígidos y obstinadamente decimos que con nuestra propia fuerza saldremos adelante, corremos el peligro de hacernos pedazos. Eso le ha ocurrido a muchos.
En cambio, si nos ablandamos en humildad, enterramos nuestra obstinación y sacrificamos nuestro orgullo, podremos rebotar de lo que sería un desastre. Solos no podemos resistir los golpes de la vida, pero si nos humillamos ante Dios, Él nos dará su mano de ayuda. Sólo tenemos que rendirnos en sumisión y entregarle dócilmente nuestra alma a Cristo. Confiemos en su divino amor.
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sábado, 18 de diciembre de 2010
ES SIEMPRE BUENO MIRAR HACIA ATRÁS
por el Hermano Pablo
El camionero Robin MacAllen de Toronto, Canadá, puso en marcha el motor de su vehículo. El camión estaba cargado con varillas de hierro, y Robin estaba saliendo del corralón de materiales.
Como conocía bien el lugar, Robin casi nunca miraba hacia atrás cuando retrocedía. Siempre suponía que tenía suficiente espacio libre. Pero esta vez, al retroceder, chocó contra otro camión que Robin no había advertido, y ocurrió lo insólito. Una varilla —una sola varilla de la carga— se corrió hacía adelante, traspasó el vidrio trasero de la cabina del camión, entró por la nuca de Robin y salió por la frente.
Increíblemente, el desprevenido camionero no murió. La varilla, de milagro, pasó entre los dos hemisferios de su cerebro, sin causar daño mortal. A Robin lo llevaron de emergencia al hospital, y el comentario sentencioso del cirujano Friedman, que le extrajo la varilla, fue: «Hay veces en la vida en que conviene mirar hacia atrás.»
¡Qué lección tan poderosa la de esta frase del doctor Friedman! Mirar hacia atrás es examinar nuestra vida pasada. Es repasar las experiencias. Es analizar la conducta. Y quien con ojos objetivos mira su vida de ayer y estudia los motivos y las razones por los que hizo lo que hizo, tendrá la madurez necesaria para conducir su vida presente hacia triunfos y victorias.
Es realmente sabio poder prever consecuencias y luego, en todas las decisiones, tener presentes esas consecuencias. Solamente la persona que mira hacia atrás, examinando sus hechos pasados, puede prever consecuencias y ordenar su vida presente con cordura y sensatez.
«Hay veces en la vida en que conviene mirar hacia atrás», le dijo el doctor Friedman a Robin MacAllen. Mejor le hubiera dicho: «Siempre conviene mirar hacia atrás. Siempre conviene aprender del pasado. Siempre conviene medir nuestra conducta conforme a las experiencias vividas. Siempre conviene tener presentes las lecciones que nuestro ayer nos ha dejado.»
Si nuestra vida no ha rendido el fruto que debe, y hemos tenido heridas, frustraciones y malentendidos, es porque toda nuestra vida es un espejo que refleja lo que le hemos dado. La vida nos paga según nuestra inversión en ella. Lo que sembramos es precisamente lo que cosechamos.
Para poder aprender del pasado y del presente, pidámosle a Cristo que sea nuestro Señor. Él quiere ser nuestro Maestro. Abrámosle nuestro corazón.
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El camionero Robin MacAllen de Toronto, Canadá, puso en marcha el motor de su vehículo. El camión estaba cargado con varillas de hierro, y Robin estaba saliendo del corralón de materiales.
Como conocía bien el lugar, Robin casi nunca miraba hacia atrás cuando retrocedía. Siempre suponía que tenía suficiente espacio libre. Pero esta vez, al retroceder, chocó contra otro camión que Robin no había advertido, y ocurrió lo insólito. Una varilla —una sola varilla de la carga— se corrió hacía adelante, traspasó el vidrio trasero de la cabina del camión, entró por la nuca de Robin y salió por la frente.
Increíblemente, el desprevenido camionero no murió. La varilla, de milagro, pasó entre los dos hemisferios de su cerebro, sin causar daño mortal. A Robin lo llevaron de emergencia al hospital, y el comentario sentencioso del cirujano Friedman, que le extrajo la varilla, fue: «Hay veces en la vida en que conviene mirar hacia atrás.»
¡Qué lección tan poderosa la de esta frase del doctor Friedman! Mirar hacia atrás es examinar nuestra vida pasada. Es repasar las experiencias. Es analizar la conducta. Y quien con ojos objetivos mira su vida de ayer y estudia los motivos y las razones por los que hizo lo que hizo, tendrá la madurez necesaria para conducir su vida presente hacia triunfos y victorias.
Es realmente sabio poder prever consecuencias y luego, en todas las decisiones, tener presentes esas consecuencias. Solamente la persona que mira hacia atrás, examinando sus hechos pasados, puede prever consecuencias y ordenar su vida presente con cordura y sensatez.
«Hay veces en la vida en que conviene mirar hacia atrás», le dijo el doctor Friedman a Robin MacAllen. Mejor le hubiera dicho: «Siempre conviene mirar hacia atrás. Siempre conviene aprender del pasado. Siempre conviene medir nuestra conducta conforme a las experiencias vividas. Siempre conviene tener presentes las lecciones que nuestro ayer nos ha dejado.»
Si nuestra vida no ha rendido el fruto que debe, y hemos tenido heridas, frustraciones y malentendidos, es porque toda nuestra vida es un espejo que refleja lo que le hemos dado. La vida nos paga según nuestra inversión en ella. Lo que sembramos es precisamente lo que cosechamos.
Para poder aprender del pasado y del presente, pidámosle a Cristo que sea nuestro Señor. Él quiere ser nuestro Maestro. Abrámosle nuestro corazón.
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martes, 14 de diciembre de 2010
UN EXPERTO EN GUSANOS
por el Hermano Pablo
«¡Venga pronto, lo necesitamos! ¡Hay miles, y están saltando hasta treinta centímetros!» A raíz de la urgente petición, Carl Olson, de cuarenta y cuatro años de edad, entomólogo de la Universidad de Arizona, Estados Unidos, se dirigió a la morgue. Tenía que examinar un cadáver humano.
El cadáver estaba lleno de larvas de mosca casera que saltaban del cuerpo a gran altura. Era algo rara vez visto. Así nació la vocación de Carl Olson.
He aquí un oficio que, aunque muy bien pagado, no muchos desean realizar. Sin embargo, cuando hay que determinar en qué día u hora murió un ser humano, alguien tiene que hacerlo. Examinando las larvas del cuerpo —de qué clase son, de qué tamaño y forma—, es posible decir, casi con exactitud, cuánto tiempo tiene de muerta la persona.
«No me da nada trabajar con cadáveres —asegura Carl—. El alma ya se ha ido. El espíritu ha vuelto a Dios. Si con mi trabajo puedo ayudar a esclarecer un crimen o un accidente, me doy por satisfecho.»
No es de muy buen gusto tocar temas que tienen que ver con la putrefacción y la muerte. Hay en casi todo ser humano una especie de repulsión hacia lo que no es vida. En cambio, sí nos gusta pensar en la salud, la fuerza y la vida, es decir, en lo agradable, lo provechoso, lo vivificante y lo encantador.
Desgraciadamente, no todo en la vida es encantador. Si hemos de ver con ojos sinceros la realidad de las cosas tenemos que reconocer que no sólo en un cuerpo físico puede haber putrefacción. También en el alma humana hay peste, podredumbre y muerte. Fue precisamente a causa de lo podrido del ser humano que Dios tuvo que mandar a Cristo su Hijo a la cruz. O moría el pecador, o moría Cristo por el pecador.
Dios había creado perfecto al ser humano. No había en Adán ni en Eva, en su primer estado, nada de maldad. Los gusanos de la corrupción moral que hoy destruyen nuestra sociedad no eran parte de aquella primera pareja. Cuando menos, no lo eran sino hasta después que ellos optaron por rebelarse contra Dios. La muerte espiritual del hombre comenzó cuando él quiso independizarse de Dios.
Hoy la raza humana está tan lejos de la pureza moral que nadie se confía de nadie. Todo convenio tiene que ser protegido por un complicado juego de leyes, y aun así, el que quiere engañar, elude la ley.
¿Qué necesitamos entonces? Un arrepentimiento profundo, una limpieza del alma, una transformación del corazón. Sólo Cristo produce esa transformación. Sólo Él salva. Volvamos a Dios. Sólo así viviremos en paz.
«¡Venga pronto, lo necesitamos! ¡Hay miles, y están saltando hasta treinta centímetros!» A raíz de la urgente petición, Carl Olson, de cuarenta y cuatro años de edad, entomólogo de la Universidad de Arizona, Estados Unidos, se dirigió a la morgue. Tenía que examinar un cadáver humano.
El cadáver estaba lleno de larvas de mosca casera que saltaban del cuerpo a gran altura. Era algo rara vez visto. Así nació la vocación de Carl Olson.
He aquí un oficio que, aunque muy bien pagado, no muchos desean realizar. Sin embargo, cuando hay que determinar en qué día u hora murió un ser humano, alguien tiene que hacerlo. Examinando las larvas del cuerpo —de qué clase son, de qué tamaño y forma—, es posible decir, casi con exactitud, cuánto tiempo tiene de muerta la persona.
«No me da nada trabajar con cadáveres —asegura Carl—. El alma ya se ha ido. El espíritu ha vuelto a Dios. Si con mi trabajo puedo ayudar a esclarecer un crimen o un accidente, me doy por satisfecho.»
No es de muy buen gusto tocar temas que tienen que ver con la putrefacción y la muerte. Hay en casi todo ser humano una especie de repulsión hacia lo que no es vida. En cambio, sí nos gusta pensar en la salud, la fuerza y la vida, es decir, en lo agradable, lo provechoso, lo vivificante y lo encantador.
Desgraciadamente, no todo en la vida es encantador. Si hemos de ver con ojos sinceros la realidad de las cosas tenemos que reconocer que no sólo en un cuerpo físico puede haber putrefacción. También en el alma humana hay peste, podredumbre y muerte. Fue precisamente a causa de lo podrido del ser humano que Dios tuvo que mandar a Cristo su Hijo a la cruz. O moría el pecador, o moría Cristo por el pecador.
Dios había creado perfecto al ser humano. No había en Adán ni en Eva, en su primer estado, nada de maldad. Los gusanos de la corrupción moral que hoy destruyen nuestra sociedad no eran parte de aquella primera pareja. Cuando menos, no lo eran sino hasta después que ellos optaron por rebelarse contra Dios. La muerte espiritual del hombre comenzó cuando él quiso independizarse de Dios.
Hoy la raza humana está tan lejos de la pureza moral que nadie se confía de nadie. Todo convenio tiene que ser protegido por un complicado juego de leyes, y aun así, el que quiere engañar, elude la ley.
¿Qué necesitamos entonces? Un arrepentimiento profundo, una limpieza del alma, una transformación del corazón. Sólo Cristo produce esa transformación. Sólo Él salva. Volvamos a Dios. Sólo así viviremos en paz.
sábado, 11 de diciembre de 2010
UNA VIDA MALGASTADA
por el Hermano Pablo
La oportunidad se presentó en bandeja. Un millón ochocientos cincuenta mil dólares no son un bocado despreciable, sobre todo si es fácil apoderarse de ellos y los riesgos son mínimos. La tentación era demasiado grande.
Así que Jorge Manuel Bosque, joven empleado del Banco de Reserva de San Francisco, California, tomó el dinero y se apoderó de él. Debía llevarlo del aeropuerto al banco. Pero Jorge Manuel desapareció por completo, y con él, el dinero. Lo arrestaron quince meses más tarde cuando le quedaban sólo cien dólares. Había derrochado todo el dinero robado: un millón ochocientos cincuenta mil dólares. Estuvo preso seis años.
A los once años de haber perpetrado aquel robo, Jorge Manuel murió en un hotel de San Francisco, víctima de una sobredosis de droga.
Al margen de la manera delictiva en que obtuvo el dinero, este hombre es un ejemplo de lo fácil que es derrochar todo lo que se tiene. Se apoderó de casi dos millones de dólares. Durante quince meses hizo las compras más absurdas. Tiró el dinero por todos lados. Realizó paseos y fiestas extravagantes.
Cuando salió de la cárcel, derrochó todo lo que le quedaba: su salud, su mente y el resto del dinero con el que comenzó su nueva vida. Cayó en el pozo de la decadencia y se entregó a las drogas. Y las drogas acabaron con su vida. Lo hallaron muerto en su habitación en un hotel, y nadie se presentó para pedir su cuerpo.
Muchas personas como Jorge Manuel Bosque derrochan todo lo que tienen, incluso pertenencias que han obtenido honradamente y que en sí son sanas. Como que no perciben el valor de las cosas. Lo peor de todo es que malgastan los años de vida que Dios les ha concedido.
Tales personas nunca se acuerdan de Dios, y cuando llegan al día final, tratan desesperadamente de encontrarlo. No es sino hasta entonces que caen en la cuenta de que el peor de los derroches es malgastar los años de vida sin tener a Jesucristo, el Hijo de Dios, como su Señor y Salvador.
La vida humana no es muy larga. Sigue su curso, y luego se acaba. Contamos, a lo sumo, con setenta, ochenta o noventa años para realizar todo lo que podamos. Después de eso, toda puerta queda cerrada.
¿Por qué no coronamos hoy mismo a Jesucristo como Rey de nuestra vida? No derrochemos ni un solo día más de nuestra efímera existencia. El tiempo se va, las oportunidades se esfuman, y tan sólo aprovechamos lo que logramos en el presente. Hoy es el día de salvación. Ahora es cuando tenemos que decidir. No dejemos pasar esta ocasión sin entregarnos a Cristo. Este es el momento más importante de nuestra vida.
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La oportunidad se presentó en bandeja. Un millón ochocientos cincuenta mil dólares no son un bocado despreciable, sobre todo si es fácil apoderarse de ellos y los riesgos son mínimos. La tentación era demasiado grande.
Así que Jorge Manuel Bosque, joven empleado del Banco de Reserva de San Francisco, California, tomó el dinero y se apoderó de él. Debía llevarlo del aeropuerto al banco. Pero Jorge Manuel desapareció por completo, y con él, el dinero. Lo arrestaron quince meses más tarde cuando le quedaban sólo cien dólares. Había derrochado todo el dinero robado: un millón ochocientos cincuenta mil dólares. Estuvo preso seis años.
A los once años de haber perpetrado aquel robo, Jorge Manuel murió en un hotel de San Francisco, víctima de una sobredosis de droga.
Al margen de la manera delictiva en que obtuvo el dinero, este hombre es un ejemplo de lo fácil que es derrochar todo lo que se tiene. Se apoderó de casi dos millones de dólares. Durante quince meses hizo las compras más absurdas. Tiró el dinero por todos lados. Realizó paseos y fiestas extravagantes.
Cuando salió de la cárcel, derrochó todo lo que le quedaba: su salud, su mente y el resto del dinero con el que comenzó su nueva vida. Cayó en el pozo de la decadencia y se entregó a las drogas. Y las drogas acabaron con su vida. Lo hallaron muerto en su habitación en un hotel, y nadie se presentó para pedir su cuerpo.
Muchas personas como Jorge Manuel Bosque derrochan todo lo que tienen, incluso pertenencias que han obtenido honradamente y que en sí son sanas. Como que no perciben el valor de las cosas. Lo peor de todo es que malgastan los años de vida que Dios les ha concedido.
Tales personas nunca se acuerdan de Dios, y cuando llegan al día final, tratan desesperadamente de encontrarlo. No es sino hasta entonces que caen en la cuenta de que el peor de los derroches es malgastar los años de vida sin tener a Jesucristo, el Hijo de Dios, como su Señor y Salvador.
La vida humana no es muy larga. Sigue su curso, y luego se acaba. Contamos, a lo sumo, con setenta, ochenta o noventa años para realizar todo lo que podamos. Después de eso, toda puerta queda cerrada.
¿Por qué no coronamos hoy mismo a Jesucristo como Rey de nuestra vida? No derrochemos ni un solo día más de nuestra efímera existencia. El tiempo se va, las oportunidades se esfuman, y tan sólo aprovechamos lo que logramos en el presente. Hoy es el día de salvación. Ahora es cuando tenemos que decidir. No dejemos pasar esta ocasión sin entregarnos a Cristo. Este es el momento más importante de nuestra vida.
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