por el Hermano Pablo
Fue larga la borrachera de esa noche. Eran jóvenes y tenían pocos años de casados, y sin embargo el licor era su única distracción. Scott Osborn, de veintiocho años de edad, y Diana France, de veintiséis, de Rotherham, Inglaterra, bebieron esa noche como nunca.
Al día siguiente Diana no despertó en todo el día, y Scott siguió con sus tragos. Al tercer día Diana tampoco se movió de la cama, y Scott siguió al lado de ella, sin dejar de beber. Por fin Scott se dio cuenta de que ella estaba muerta. Él había estado acostado al lado de un cadáver durante treinta y seis horas.
¡A qué extremos de horror y tragedia conduce el vicio del alcohol! Esta pareja, ambos licenciados, tenían buenos empleos con buenos salarios. Tenían un apartamento bien amueblado y adornado. Pudieran haber sido felices, con placer sano y normal. Pero escogieron el alcohol como pasatiempo principal. Y el designio franco del alcohol es siempre liquidar a su víctima.
Igual que Scott, toda persona dominada por el alcohol vive al lado de un cadáver. Vive, en primer lugar, al lado del cadáver de su inteligencia y su raciocinio, porque el alcohol liquida las facultades de la razón.
Vive también junto al cadáver de su personalidad. El alcohol destruye su verdadera identidad. Vez tras vez se dice del alcohólico: «Cuando está en su sano juicio es una bella persona, pero cuando bebe unas copas de más, ¡es una fiera»!
Con el alcohol se vive también junto al cadáver de un destino brillante y progresista. Hay millones de hombres talentosos y capaces, con perspectivas deslumbrantes, cuyo futuro el alcohol ha desintegrado. Hombres inteligentes, verdaderos genios que, anulados por el alcohol, se hunden en el fracaso.
Sobre todo, el alcohólico vive junto al cadáver de su conciencia moral, esa elevada facultad que distingue al ser humano de la bestia. Con una conciencia muerta, la persona pierde toda noción de compromiso, de responsabilidad, de honor.
Si hoy usted está en las garras de ese enemigo implacable, en primer lugar, reconózcalo. Admítalo ante todos los suyos, y especialmente ante su cónyuge. Diga abiertamente: «Yo soy un alcohólico.»
Luego busque la ayuda de algún grupo de apoyo. Yo le recomiendo el grupo «Alcohólicos Anónimos». Finalmente, sométase al señorío de Cristo. Alléguese a alguna congregación de personas que sirven de todo corazón al divino Creador. Dios tiene el poder para librar de las garras del alcohol a cualquiera que se lo pida. Él quiere darle una nueva vida. Busque a Dios como quien busca la vida misma.
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viernes, 31 de julio de 2009
lunes, 27 de julio de 2009
CUANDO SE NOS CAE EL ESCENARIO
por el Hermano Pablo
Todo iba perfectamente bien en el ensayo general. El Teatro de la Maestranza, en Sevilla, España, lucía como en sus mejores tiempos. Una compañía francesa habría de estrenar la célebre ópera «Otello» del gran maestro Verdi. Se hallaban en el primer acto, y cantaba Plácido Domingo.
De pronto, con estrépito, toda la tramoya se vino abajo. Cien personas que estaban en el escenario corrieron despavoridas. Diez de ellas salieron heridas, y una joven francesa, Annitk Jossette, quedó muerta en la escena.
Pocas veces ocurre que todo el escenario de un teatro se derrumbe por completo. Accidentes de menor cuantía abundan en la vida del teatro, pero que en un sólo ensayo, y con cien personas en escena, todo se venga abajo, ocurre muy pocas veces. «Gajes del oficio», comentó uno de los heridos.
Ahora bien, podrá caerse la tramoya de un teatro, pero es cosa muy distinta que se venga al suelo la estructura entera de nuestra vida.
¿Qué hacer cuando lo que hemos pacientemente creado, edificado y cuidado a lo largo de muchos años —una buena posición económica, una linda familia, prestigio social, un agradable círculo de amistades y deleitosas actividades— se viene de pronto abajo?
¿Cuando el médico, por ejemplo, nos dice: «Lo que usted tiene, señor, es cáncer, y sólo le quedan seis meses de vida», qué podemos hacer?
O ¿qué hacer cuando por un derrumbe económico todo lo que teníamos ganado se reduce a nada, y casa y ahorros y trabajo se esfuman?
O ¿qué puede hacer la señora cuando el esposo, padre y jefe del hogar anuncia que otra mujer ha tomado el lugar de ella?
Los del Teatro de la Maestranza de Sevilla comenzaron a retirar con paciencia todas las tablas, telones, cables y luces que se habían venido abajo, y a los dos días reiniciaron el ensayo. Pero nosotros, ¿qué podemos hacer?
Cuando todo se viene abajo, necesitamos dos cosas. Una, por supuesto, es la solución a nuestro problema inmediato. La otra, y esta es la más importante porque permanece toda la vida, es una fe inquebrantable en la persona de Jesucristo. Cuando sabemos que Dios, en la persona de Cristo, es nuestro amigo, la vida entera, con todos sus problemas, se hace soportable.
Cristo desea estar a nuestro lado para ayudarnos a través de las vicisitudes de esta vida. Invitémoslo a que sea nuestro amigo.
www.conciencia.net
Todo iba perfectamente bien en el ensayo general. El Teatro de la Maestranza, en Sevilla, España, lucía como en sus mejores tiempos. Una compañía francesa habría de estrenar la célebre ópera «Otello» del gran maestro Verdi. Se hallaban en el primer acto, y cantaba Plácido Domingo.
De pronto, con estrépito, toda la tramoya se vino abajo. Cien personas que estaban en el escenario corrieron despavoridas. Diez de ellas salieron heridas, y una joven francesa, Annitk Jossette, quedó muerta en la escena.
Pocas veces ocurre que todo el escenario de un teatro se derrumbe por completo. Accidentes de menor cuantía abundan en la vida del teatro, pero que en un sólo ensayo, y con cien personas en escena, todo se venga abajo, ocurre muy pocas veces. «Gajes del oficio», comentó uno de los heridos.
Ahora bien, podrá caerse la tramoya de un teatro, pero es cosa muy distinta que se venga al suelo la estructura entera de nuestra vida.
¿Qué hacer cuando lo que hemos pacientemente creado, edificado y cuidado a lo largo de muchos años —una buena posición económica, una linda familia, prestigio social, un agradable círculo de amistades y deleitosas actividades— se viene de pronto abajo?
¿Cuando el médico, por ejemplo, nos dice: «Lo que usted tiene, señor, es cáncer, y sólo le quedan seis meses de vida», qué podemos hacer?
O ¿qué hacer cuando por un derrumbe económico todo lo que teníamos ganado se reduce a nada, y casa y ahorros y trabajo se esfuman?
O ¿qué puede hacer la señora cuando el esposo, padre y jefe del hogar anuncia que otra mujer ha tomado el lugar de ella?
Los del Teatro de la Maestranza de Sevilla comenzaron a retirar con paciencia todas las tablas, telones, cables y luces que se habían venido abajo, y a los dos días reiniciaron el ensayo. Pero nosotros, ¿qué podemos hacer?
Cuando todo se viene abajo, necesitamos dos cosas. Una, por supuesto, es la solución a nuestro problema inmediato. La otra, y esta es la más importante porque permanece toda la vida, es una fe inquebrantable en la persona de Jesucristo. Cuando sabemos que Dios, en la persona de Cristo, es nuestro amigo, la vida entera, con todos sus problemas, se hace soportable.
Cristo desea estar a nuestro lado para ayudarnos a través de las vicisitudes de esta vida. Invitémoslo a que sea nuestro amigo.
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miércoles, 22 de julio de 2009
Restauración
“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre....”
Gálatas 6:1
Hace algunos años, un compañero de la facultad, que era cristiano, cometió un pecado muy grave. Pensando en el tremendo escándalo que sería. El día en que se supo la noticia, un miembro de la facultad reunió en la capilla y nos contó lo que había sucedido. Después leyó un pasaje de Gálatas: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.
El camino de Cristo es este, afirma Pablo: arrepentimiento, perdón, aceptación y restauración. Debemos restaurar al hermano que cayó, no con espíritu de condenación, sino con espíritu de humildad. El cristiano no puede abandonar o despreciar al pecador – darle la espalda, sentirse superior, ni apuntarle con el dedo. Por el contrario, debe acercarse y ayudarlo a pararse nuevamente.
Fue eso exactamente lo que el Señor Jesús hizo por nosotros. Él se inclinó y nos extendió la mano, cuando estábamos muertos en delitos y pecados. Nosotros, que somos espirituales, no podemos ser diferentes. Por otro lado, dice Pablo, puede llegar el día que en que nosotros mismos necesitemos ser restaurados... y Dios quiera que en ese momento encontremos personas espiritualmente maduras, que aman.
Piensa
Debemos restaurar al hermano que cayó, no con espíritu de condenación, sino con espíritu de humildad.
Ora
Padre misericordioso, que siempre nos das la mano, mantén encendida la lámpara de la fe, restaura nuestras vidas y haznos instrumentos de amor para con nuestro prójimo. En nombre de Cristo Jesús.Amén.
Hace algunos años, un compañero de la facultad, que era cristiano, cometió un pecado muy grave. Pensando en el tremendo escándalo que sería. El día en que se supo la noticia, un miembro de la facultad reunió en la capilla y nos contó lo que había sucedido. Después leyó un pasaje de Gálatas: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.
El camino de Cristo es este, afirma Pablo: arrepentimiento, perdón, aceptación y restauración. Debemos restaurar al hermano que cayó, no con espíritu de condenación, sino con espíritu de humildad. El cristiano no puede abandonar o despreciar al pecador – darle la espalda, sentirse superior, ni apuntarle con el dedo. Por el contrario, debe acercarse y ayudarlo a pararse nuevamente.
Fue eso exactamente lo que el Señor Jesús hizo por nosotros. Él se inclinó y nos extendió la mano, cuando estábamos muertos en delitos y pecados. Nosotros, que somos espirituales, no podemos ser diferentes. Por otro lado, dice Pablo, puede llegar el día que en que nosotros mismos necesitemos ser restaurados... y Dios quiera que en ese momento encontremos personas espiritualmente maduras, que aman.
Piensa
Debemos restaurar al hermano que cayó, no con espíritu de condenación, sino con espíritu de humildad.
Ora
Padre misericordioso, que siempre nos das la mano, mantén encendida la lámpara de la fe, restaura nuestras vidas y haznos instrumentos de amor para con nuestro prójimo. En nombre de Cristo Jesús.Amén.
VALÍA LA PENA
por el Hermano Pablo
Cuando trajeron al joven soldado a la sala de cirugía, el doctor Kenneth Swan movió la cabeza. Dudaba sinceramente que valiera la pena tratar de salvarle la vida. Tenía ambas piernas destrozadas. El pecho lo tenía hundido. Había perdido un ojo, y el otro estaba mal herido. «Si vive
—pensó el médico—, será infeliz toda su vida.» ¿Valdrá la pena operarlo? Sin embargo, lo operó.
Veintitrés años después se encontraron el doctor Swan y Kenneth McGarity, el joven que había sido herido en el campo de batalla. Sucedió en Fort Benning, Georgia, cuando el gobierno le otorgaba cuatro condecoraciones al veterano de Vietnam.
El médico y el veterano se dieron la mano. McGarity estaba lisiado y, además, ciego. Pero había cursado estudios de universidad, se había casado, tenía dos hijos y tocaba magistralmente el piano. Kenneth McGarity era un hombre entero, feliz y útil a la sociedad. «He aprendido una gran lección —dijo el doctor Kenneth Swan—. Nunca debo dudar de la validez de una operación.»
Este caso tiene dos capítulos. El primero fue la explosión de una bomba que destrozó a Kenneth McGarity en la guerra de Vietnam, y el médico que lo operó porque algo, como quiera, había que hacer. El segundo capítulo tuvo lugar veintitrés años después, cuando el médico pudo contemplar el valor de su decisión.
¿Valía la pena hacer todo lo posible por poner en orden el cuerpo destrozado de ese joven? ¡Seguro que sí! Hubo que amputarle ambas piernas. Hubo que extraerle los dos ojos. Hubo que coserlo por todas partes, y reacondicionar pecho, rostro, brazos y manos. Pero valió la pena. Tras veintitrés años de lucha tenaz, Kenneth McGarity llegó a ser un hombre completo y feliz.
¿Qué tal si damos rienda suelta a la imaginación? Un día Dios el Padre y Jesucristo su Hijo conversaban acerca del hombre, que había caído en las garras de Satanás y estaba totalmente destrozado por el pecado. El Padre preguntó: «¿Vale la pena salvar a este despreciable ser humano?» Y el Hijo respondió: «Sí, vale la pena. Tengo esperanza en él. Daré mi vida por él, y con mi sacrificio lo regeneraré y transformaré.» Así pudo haber transcurrido la conversación.
Lo que sabemos sin tener que imaginárnoslo es que Cristo vino a este mundo. Murió en la cruz del Calvario, y resucitó para confirmar el valor de ese sacrificio. A los ojos de Dios, todos somos de inmenso valor. Por eso entregó Dios a su Hijo. Y es por ese sacrificio que nosotros podemos gozar de una vida plena, abundante y digna. A eso la Biblia lo llama salvación.
Cuando trajeron al joven soldado a la sala de cirugía, el doctor Kenneth Swan movió la cabeza. Dudaba sinceramente que valiera la pena tratar de salvarle la vida. Tenía ambas piernas destrozadas. El pecho lo tenía hundido. Había perdido un ojo, y el otro estaba mal herido. «Si vive
—pensó el médico—, será infeliz toda su vida.» ¿Valdrá la pena operarlo? Sin embargo, lo operó.
Veintitrés años después se encontraron el doctor Swan y Kenneth McGarity, el joven que había sido herido en el campo de batalla. Sucedió en Fort Benning, Georgia, cuando el gobierno le otorgaba cuatro condecoraciones al veterano de Vietnam.
El médico y el veterano se dieron la mano. McGarity estaba lisiado y, además, ciego. Pero había cursado estudios de universidad, se había casado, tenía dos hijos y tocaba magistralmente el piano. Kenneth McGarity era un hombre entero, feliz y útil a la sociedad. «He aprendido una gran lección —dijo el doctor Kenneth Swan—. Nunca debo dudar de la validez de una operación.»
Este caso tiene dos capítulos. El primero fue la explosión de una bomba que destrozó a Kenneth McGarity en la guerra de Vietnam, y el médico que lo operó porque algo, como quiera, había que hacer. El segundo capítulo tuvo lugar veintitrés años después, cuando el médico pudo contemplar el valor de su decisión.
¿Valía la pena hacer todo lo posible por poner en orden el cuerpo destrozado de ese joven? ¡Seguro que sí! Hubo que amputarle ambas piernas. Hubo que extraerle los dos ojos. Hubo que coserlo por todas partes, y reacondicionar pecho, rostro, brazos y manos. Pero valió la pena. Tras veintitrés años de lucha tenaz, Kenneth McGarity llegó a ser un hombre completo y feliz.
¿Qué tal si damos rienda suelta a la imaginación? Un día Dios el Padre y Jesucristo su Hijo conversaban acerca del hombre, que había caído en las garras de Satanás y estaba totalmente destrozado por el pecado. El Padre preguntó: «¿Vale la pena salvar a este despreciable ser humano?» Y el Hijo respondió: «Sí, vale la pena. Tengo esperanza en él. Daré mi vida por él, y con mi sacrificio lo regeneraré y transformaré.» Así pudo haber transcurrido la conversación.
Lo que sabemos sin tener que imaginárnoslo es que Cristo vino a este mundo. Murió en la cruz del Calvario, y resucitó para confirmar el valor de ese sacrificio. A los ojos de Dios, todos somos de inmenso valor. Por eso entregó Dios a su Hijo. Y es por ese sacrificio que nosotros podemos gozar de una vida plena, abundante y digna. A eso la Biblia lo llama salvación.
martes, 21 de julio de 2009
«ME GUSTA CORRER RIESGOS»
por el Hermano Pablo
Helena y su esposo Manuel comenzaron felices su luna de miel. Se fueron a la costa de su país, Portugal. Para Helena, todo era el cumplimiento de una ilusión, la feliz conclusión de todo lo que deseaba. En medio de tal felicidad, Helena y Manuel entraron al mar a bucear.
Helena vio pasar un buque, y nadó debajo del agua hasta casi rozar el casco. Manuel le indicó por señas que se apartara del buque, pero la frase de ella siempre había sido: «Me gusta correr riesgos.» Acto seguido, Helena se hundió bajo la quilla del barco y nunca la hallaron. Tenía veinticinco años de edad.
Su noviazgo con Manuel había sido a la carrera. Y su explicación simplemente era: «Me gusta correr riesgos.» Se casó a los dos meses de haber conocido a Manuel. Al defender su impetuosidad, sólo decía: «Me gusta correr riesgos.» Así llevaba Helena su vida. Todo para ella era riesgos. Tarde o temprano tenía que ocurrirle alguna tragedia.
Es inevitable correr riesgos en esta vida. Algunos hasta sirven para el desarrollo del carácter y de la fe. Nunca arriesgar nada es nunca lograr nada. Pero hay una gran diferencia entre un riesgo y otro. Hay riesgos sanos, así como los hay inútiles. La vida sabia y saludable no está compuesta de azares, de accidentes, de pálpitos y de riesgos. A la vida sabia la rigen la inteligencia, la cordura y la sensatez.
Al mundo mismo lo gobiernan leyes lógicas, sabias y prudentes. Dios, Creador supremo, lo hizo todo con inteligencia, y lo supeditó a ciertas leyes. Desde las partículas atómicas más diminutas hasta el gran cosmos universal que no tiene límite, todo está gobernado por leyes definidas.
De igual forma, Dios no diseñó la vida nuestra para que cada día corramos riesgos. Virtudes morales, como la justicia y la integridad, mezcladas con cualidades mentales, como el entendimiento y la razón, deben ser las que nos guíen a través de esta vida. Y si a la sabiduría y a la moralidad añadimos virtudes espirituales, eso garantiza nuestra supervivencia.
Tal vez la mayor de éstas sea la fe. Cuando ejercitamos la fe —fe en el Señor Jesucristo, fe que nos une a nuestro Creador y nos hace actuar de acuerdo con sus leyes divinas—, nos produce protección, satisfacción y sosiego. No vivamos como esclavos a los riesgos. Sometámonos más bien a la voluntad de Dios. Con Él no hay riesgos sino seguridad. Entreguémonos al señorío de Cristo.
Helena y su esposo Manuel comenzaron felices su luna de miel. Se fueron a la costa de su país, Portugal. Para Helena, todo era el cumplimiento de una ilusión, la feliz conclusión de todo lo que deseaba. En medio de tal felicidad, Helena y Manuel entraron al mar a bucear.
Helena vio pasar un buque, y nadó debajo del agua hasta casi rozar el casco. Manuel le indicó por señas que se apartara del buque, pero la frase de ella siempre había sido: «Me gusta correr riesgos.» Acto seguido, Helena se hundió bajo la quilla del barco y nunca la hallaron. Tenía veinticinco años de edad.
Su noviazgo con Manuel había sido a la carrera. Y su explicación simplemente era: «Me gusta correr riesgos.» Se casó a los dos meses de haber conocido a Manuel. Al defender su impetuosidad, sólo decía: «Me gusta correr riesgos.» Así llevaba Helena su vida. Todo para ella era riesgos. Tarde o temprano tenía que ocurrirle alguna tragedia.
Es inevitable correr riesgos en esta vida. Algunos hasta sirven para el desarrollo del carácter y de la fe. Nunca arriesgar nada es nunca lograr nada. Pero hay una gran diferencia entre un riesgo y otro. Hay riesgos sanos, así como los hay inútiles. La vida sabia y saludable no está compuesta de azares, de accidentes, de pálpitos y de riesgos. A la vida sabia la rigen la inteligencia, la cordura y la sensatez.
Al mundo mismo lo gobiernan leyes lógicas, sabias y prudentes. Dios, Creador supremo, lo hizo todo con inteligencia, y lo supeditó a ciertas leyes. Desde las partículas atómicas más diminutas hasta el gran cosmos universal que no tiene límite, todo está gobernado por leyes definidas.
De igual forma, Dios no diseñó la vida nuestra para que cada día corramos riesgos. Virtudes morales, como la justicia y la integridad, mezcladas con cualidades mentales, como el entendimiento y la razón, deben ser las que nos guíen a través de esta vida. Y si a la sabiduría y a la moralidad añadimos virtudes espirituales, eso garantiza nuestra supervivencia.
Tal vez la mayor de éstas sea la fe. Cuando ejercitamos la fe —fe en el Señor Jesucristo, fe que nos une a nuestro Creador y nos hace actuar de acuerdo con sus leyes divinas—, nos produce protección, satisfacción y sosiego. No vivamos como esclavos a los riesgos. Sometámonos más bien a la voluntad de Dios. Con Él no hay riesgos sino seguridad. Entreguémonos al señorío de Cristo.
lunes, 20 de julio de 2009
EL PRESIDENTE QUE UNA VEZ FUERA PERFECTO
por Carlos Rey
Nació en Granada, Nicaragua, en 1955. Se dio a conocer a nivel nacional cuando lanzó por su equipo de béisbol Prego Júnior en el Campeonato Juvenil de 1971, ganando 1-0 al permitir un solo hit e impulsando él mismo la única carrera de su equipo con un cuadrangular.
En 1972, a los diecisiete años de edad, ganó once juegos para los Tiburones, incluso el partido en que se coronaron campeones frente al equipo de León. Posteriormente jugó como abridor frente a Cuba en el Torneo de la Amistad celebrado en la República Dominicana, y se destacó lanzando por Nicaragua tanto en el Mundial de ese año como en el de 1973.
En 1976, José Dennis Martínez Ortiz debutó con los Orioles de Baltimore como el primer pelotero nicaragüense en llegar a las Grandes Ligas.
A lo largo de veintitrés temporadas como abridor derecho, Dennis Martínez, que llegaría a conocerse con el mote de El Presidente, jugó diez años con los Orioles de Baltimore, siete años con los Expos de Montreal, dos años con los Indios de Cleveland, y un año con los Marineros de Seattle y los Bravos de Atlanta respectivamente. Ganó 245 partidos, más de cien en cada liga, hasta la fecha más que ningún otro lanzador hispanoamericano y más que ningún otro pítcher que no hubiera ganado veinte partidos en ninguna temporada. Ponchó a 2.149 bateadores en casi 4.000 entradas, permitió un promedio de 3.70 carreras ganadas por partido, y jugó en cuatro Partidos de las Estrellas y en dos Series Mundiales. Con razón que ingresó al Salón de la Fama del deporte nicaragüense en 1994, y que en el año 2001 se le nombró Atleta del Siglo en Nicaragua.
En treinta de los 122 juegos completos que lanzó en las Ligas Mayores, El Presidente no permitió una sola carrera. El 28 de julio de 1991, jugando por los Expos contra los Dodgers en Los Ángeles, lanzó un juego perfecto, retirando a los veintisiete bateadores contrarios en orden consecutivo. Fue el primer lanzador latinoamericano en lograr esa hazaña, y sólo el decimotercero en más de 150.000 juegos en la historia del béisbol.1
En 1983, al cabo de diez años entregado a la bebida, festejando cada triunfo con licor, Dennis había sido arrestado por conducir en estado de embriaguez, lo cual había mermado notablemente su rendimiento profesional. Sus excusas para beber habían sido el estar alejado de su familia, las barreras del idioma, la soledad, los largos viajes y la guerra en Nicaragua.2 En una entrevista que concedió en el decimoprimer aniversario de aquel inolvidable juego perfecto que lanzó ocho años después del arresto, Martínez dijo: «[Ese juego] me permitió entender que Dios tenía un propósito para mi vida. [Él] me había sacado de mis dificultades con el alcohol, y ahora me daba un premio a los cambios que como persona, como padre, amigo y compañero, había hecho en mí.... Hasta hace unos tres o cuatro años recibía cartas de mucha gente que me agradecía el que yo hablara de cómo Dios nos puede cambiar la vida; y en el caso mío, de cómo Dios te puede ayudar a dejar de tomar. Algunas de las cartas hablaban de personas que ya tenían dos, tres o cuatro años de no tomar, y eso me alegró muchísimo. Pienso que ese fue el mejor logro que me dejó el Perfecto.»3
Nació en Granada, Nicaragua, en 1955. Se dio a conocer a nivel nacional cuando lanzó por su equipo de béisbol Prego Júnior en el Campeonato Juvenil de 1971, ganando 1-0 al permitir un solo hit e impulsando él mismo la única carrera de su equipo con un cuadrangular.
En 1972, a los diecisiete años de edad, ganó once juegos para los Tiburones, incluso el partido en que se coronaron campeones frente al equipo de León. Posteriormente jugó como abridor frente a Cuba en el Torneo de la Amistad celebrado en la República Dominicana, y se destacó lanzando por Nicaragua tanto en el Mundial de ese año como en el de 1973.
En 1976, José Dennis Martínez Ortiz debutó con los Orioles de Baltimore como el primer pelotero nicaragüense en llegar a las Grandes Ligas.
A lo largo de veintitrés temporadas como abridor derecho, Dennis Martínez, que llegaría a conocerse con el mote de El Presidente, jugó diez años con los Orioles de Baltimore, siete años con los Expos de Montreal, dos años con los Indios de Cleveland, y un año con los Marineros de Seattle y los Bravos de Atlanta respectivamente. Ganó 245 partidos, más de cien en cada liga, hasta la fecha más que ningún otro lanzador hispanoamericano y más que ningún otro pítcher que no hubiera ganado veinte partidos en ninguna temporada. Ponchó a 2.149 bateadores en casi 4.000 entradas, permitió un promedio de 3.70 carreras ganadas por partido, y jugó en cuatro Partidos de las Estrellas y en dos Series Mundiales. Con razón que ingresó al Salón de la Fama del deporte nicaragüense en 1994, y que en el año 2001 se le nombró Atleta del Siglo en Nicaragua.
En treinta de los 122 juegos completos que lanzó en las Ligas Mayores, El Presidente no permitió una sola carrera. El 28 de julio de 1991, jugando por los Expos contra los Dodgers en Los Ángeles, lanzó un juego perfecto, retirando a los veintisiete bateadores contrarios en orden consecutivo. Fue el primer lanzador latinoamericano en lograr esa hazaña, y sólo el decimotercero en más de 150.000 juegos en la historia del béisbol.1
En 1983, al cabo de diez años entregado a la bebida, festejando cada triunfo con licor, Dennis había sido arrestado por conducir en estado de embriaguez, lo cual había mermado notablemente su rendimiento profesional. Sus excusas para beber habían sido el estar alejado de su familia, las barreras del idioma, la soledad, los largos viajes y la guerra en Nicaragua.2 En una entrevista que concedió en el decimoprimer aniversario de aquel inolvidable juego perfecto que lanzó ocho años después del arresto, Martínez dijo: «[Ese juego] me permitió entender que Dios tenía un propósito para mi vida. [Él] me había sacado de mis dificultades con el alcohol, y ahora me daba un premio a los cambios que como persona, como padre, amigo y compañero, había hecho en mí.... Hasta hace unos tres o cuatro años recibía cartas de mucha gente que me agradecía el que yo hablara de cómo Dios nos puede cambiar la vida; y en el caso mío, de cómo Dios te puede ayudar a dejar de tomar. Algunas de las cartas hablaban de personas que ya tenían dos, tres o cuatro años de no tomar, y eso me alegró muchísimo. Pienso que ese fue el mejor logro que me dejó el Perfecto.»3
miércoles, 15 de julio de 2009
LAS MEMORIAS QUERIDAS NO SON BASURA
por el Hermano Pablo
Ocurrió cerca de Marsella, Francia, en el mar Mediterráneo. André Guillot, joven todavía, caminaba muy pensativo por la playa. Lo inquietaban hondas nostalgias y queridas memorias. Llevaba bajo el brazo una pequeña caja de metal, y dentro de la caja, las cenizas de su esposa fallecida.
En un momento dado, abrió la caja y desparramó las cenizas donde diez años antes había pasado su luna de miel. Pero, por esa acción, a André lo arrestaron y lo multaron. ¿La infracción? «Desparramar basura en la playa.»
He aquí una situación de hondo sentido humano con valores contrapuestos. Lo que eran memorias venerables para uno era basura para otro. Lo que eran emociones de profundos recuerdos puros para uno, eran desechos para otro. En este caso la ley no tomaba en cuenta el significado de un amor que fue fiel hasta la muerte.
¿Por qué será que tantas personas califican de inútil, de vano, incluso de reprochable, lo que para otros es de valor incalculable?
A la señorita Brenda Acosta la molestaban sus compañeras de colegio porque ella mantenía su virginidad. Hasta que un día ella les dijo: «Yo puedo ser como ustedes en cualquier momento que quiera. Ustedes jamás podrán ser como soy yo.» Para estas compañeras la virginidad no tenía importancia. Para Brenda era un tesoro preciado. Y los ejemplos de esta antítesis son muchos.
La fidelidad conyugal, que es la virtud que solidifica los hogares y da al matrimonio dignidad, honorabilidad y nobleza, se considera como anticuado y monástico, mientras que el adulterio, que ha sido la causa de tanta destrucción de hogares en todo el mundo, se toma como algo común y corriente, sin ser motivo de vergüenza ni razón de alarma.
La integridad y la justicia son virtudes que garantizan el respeto y la honra de nuestros semejantes, y largos y fructíferos años de vida. Sin embargo, para quienes lo ven todo con ojos de avaricia buscando sólo ganancias deshonestas, no son más que prácticas de un santurrón, y desperdicio de grandes oportunidades.
¿Cuándo hemos de abrir los ojos para comenzar a tomar en cuenta las consecuencias? Todos somos, hoy en día, el producto de nuestros hechos pasados. Es por eso que tiene tanta importancia que hagamos de Jesucristo el Señor de nuestra vida. Sólo cuando Él reina en nuestro corazón podemos vivir en triunfo. No sigamos vendiendo nuestra virtud por una conveniencia destructiva.
www.conciencia.net
Ocurrió cerca de Marsella, Francia, en el mar Mediterráneo. André Guillot, joven todavía, caminaba muy pensativo por la playa. Lo inquietaban hondas nostalgias y queridas memorias. Llevaba bajo el brazo una pequeña caja de metal, y dentro de la caja, las cenizas de su esposa fallecida.
En un momento dado, abrió la caja y desparramó las cenizas donde diez años antes había pasado su luna de miel. Pero, por esa acción, a André lo arrestaron y lo multaron. ¿La infracción? «Desparramar basura en la playa.»
He aquí una situación de hondo sentido humano con valores contrapuestos. Lo que eran memorias venerables para uno era basura para otro. Lo que eran emociones de profundos recuerdos puros para uno, eran desechos para otro. En este caso la ley no tomaba en cuenta el significado de un amor que fue fiel hasta la muerte.
¿Por qué será que tantas personas califican de inútil, de vano, incluso de reprochable, lo que para otros es de valor incalculable?
A la señorita Brenda Acosta la molestaban sus compañeras de colegio porque ella mantenía su virginidad. Hasta que un día ella les dijo: «Yo puedo ser como ustedes en cualquier momento que quiera. Ustedes jamás podrán ser como soy yo.» Para estas compañeras la virginidad no tenía importancia. Para Brenda era un tesoro preciado. Y los ejemplos de esta antítesis son muchos.
La fidelidad conyugal, que es la virtud que solidifica los hogares y da al matrimonio dignidad, honorabilidad y nobleza, se considera como anticuado y monástico, mientras que el adulterio, que ha sido la causa de tanta destrucción de hogares en todo el mundo, se toma como algo común y corriente, sin ser motivo de vergüenza ni razón de alarma.
La integridad y la justicia son virtudes que garantizan el respeto y la honra de nuestros semejantes, y largos y fructíferos años de vida. Sin embargo, para quienes lo ven todo con ojos de avaricia buscando sólo ganancias deshonestas, no son más que prácticas de un santurrón, y desperdicio de grandes oportunidades.
¿Cuándo hemos de abrir los ojos para comenzar a tomar en cuenta las consecuencias? Todos somos, hoy en día, el producto de nuestros hechos pasados. Es por eso que tiene tanta importancia que hagamos de Jesucristo el Señor de nuestra vida. Sólo cuando Él reina en nuestro corazón podemos vivir en triunfo. No sigamos vendiendo nuestra virtud por una conveniencia destructiva.
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