por el Hermano Pablo
Durante treinta años había manejado por la misma ruta. Durante treinta años había guiado el autobús por en medio de rectas, curvas y barrancos. Treinta años sus férreas manos habían empuñado el volante, y treinta años había llevado y traído pasajeros en la ruta de Granada-Málaga, reino de España.
Pero con treinta años de trabajo, José Mancera Sánchez, de cincuenta y nueve años de edad, podía jubilarse. No tenía que seguir esa cansada y monótona tarea. Su pensión de jubilación sería menos que su salario si seguía trabajando, pero con algunos ahorros que había hecho, podría subsistir.
Quiso, sin embargo, hacer un último viaje. Sería su viaje de despedida. «Me jubilaré —había dicho— después de este último viaje.» Pero ese fue, en efecto, su último viaje. José Mancera Sánchez se desmayó en el volante, y el autobús, con cuarenta y un pasajeros a bordo, se precipitó a un barranco de veinticinco metros de profundidad. Hubo muchos heridos, y perdieron la vida Mancera y cinco pasajeros más.
¿Cuántas cosas nos ocurren por querer hacer «un viaje más»? ¿Y cuántas veces el sentido de la prudencia y la voz de la conciencia se unen para gritarnos: «¡Basta ya!, es hora de dejar eso»? Pero atenuamos ese grito convencidos de que es «una sola vez más».
¿Cuántas veces no ha ocurrido que un hombre lleno de alcohol insiste en tomar una sola copa más, y es esa copa la que le causa el accidente fatal? Así le pasa al joven que anda en el narcotráfico e insiste en hacer un solo negocio más, y es esa última venta la que lo manda a la prisión federal.
¿Y qué del «caballero» que, enredado en un amor prohibido, siente la voz de la conciencia que le dice: «Deja eso de una vez», pero sigue entregándose al gusto de la seducción, y ese último gusto resulta en su ruina? Por insistir en «una aventura más» sufre la total destrucción de su hogar.
Es importante aclarar que no es sólo el último pecado el que destruye. Toda infracción destruye. Pero cuando insistimos al extremo, no sólo perdemos años de tranquilidad, sino que ese último desenfreno puede costarnos la vida.
Reaccionemos ahora mismo antes que nuestra desmesura nos corte la existencia. Busquemos la ayuda de Dios. Jesucristo ofrece librarnos de toda senda resbaladiza, de todo precipicio siniestro y de toda costumbre mortal. Él quiere darnos la sensatez, la conciencia y la razón necesarias para no caer nunca en el mal. Cristo es el único Salvador que tenemos, nuestro único Maestro y Guía. Permitámosle que sea no sólo un verdadero amigo como ningún otro, sino también el único Piloto de nuestra vida.
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sábado, 20 de marzo de 2010
jueves, 18 de marzo de 2010
¡CUIDADO CÓMO CONSTRUYE!
por el Hermano Pablo
Al fin terminaron de construir la sencilla cabaña. No era una casa como la de Hansel y Gretel, toda hecha de dulces y caramelos. No era un palacio de cristal y marfil como el de Almanzor el Califa. No era tampoco una casamata de acero, a prueba de tanques y de bombas. Ni era una casa ultramoderna de las que aprovechan la energía solar. Pero Boris Cruz y Agustín Puello, sus constructores, la miraron satisfechos: valía un millón de dólares.
Es que la pequeña cabaña construida en la Bahía de Biscayne estaba hecha íntegramente de paquetes prensados de marihuana. Sólo las paredes pesaban más de una tonelada. La policía marítima de Miami, Florida, acabó con los sueños que edificaron Boris y Agustín.
He aquí una noticia de esas que hacen pensar. Ingeniosa fue la ocurrencia de ambos narcotraficantes de construir una cabaña con paquetes de la droga. Así podía pasar desapercibida y parecer una cabañita más, hecha de hojas de palmera comunes en esa islita turística.
Estos hombres construyeron una cabaña que llevaba dentro la muerte lenta de miles de seres humanos. Así mismo hay otros que edifican lentamente la casa en que ellos mismos morirán. Y no se trata de una casa material, para ser habitada, sino una casa moral y espiritual.
El apóstol Pablo, en su primera carta a la iglesia de Corinto, recomienda que «cada uno tenga cuidado de cómo construye, porque nadie puede poner un fundamento diferente del que ya está puesto, que es Jesucristo» (1 Corintios 3:10‑11). Así compara el carácter del ser humano a una casa que se edifica. Si queremos construir un buen carácter cristiano, un carácter verdadero, recto, justo y noble, tenemos que empezar con un buen fundamento. Y ese fundamento es Jesucristo.
Hay quienes pretenden edificar su vida sobre sus propias ideas filosóficas o, simplemente, sobre su propia voluntad. ¡Craso error! El resultado es siempre la destrucción y la ruina. En cambio, los que edifican su vida sobre el fundamento de Cristo, edifican bien y seguro.
Jesucristo es la piedra angular, la roca sólida sobre la que es posible edificar una vida mejor. Hagamos de Cristo nuestro Señor y Salvador, y el cimiento estable de una vida superior.
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Al fin terminaron de construir la sencilla cabaña. No era una casa como la de Hansel y Gretel, toda hecha de dulces y caramelos. No era un palacio de cristal y marfil como el de Almanzor el Califa. No era tampoco una casamata de acero, a prueba de tanques y de bombas. Ni era una casa ultramoderna de las que aprovechan la energía solar. Pero Boris Cruz y Agustín Puello, sus constructores, la miraron satisfechos: valía un millón de dólares.
Es que la pequeña cabaña construida en la Bahía de Biscayne estaba hecha íntegramente de paquetes prensados de marihuana. Sólo las paredes pesaban más de una tonelada. La policía marítima de Miami, Florida, acabó con los sueños que edificaron Boris y Agustín.
He aquí una noticia de esas que hacen pensar. Ingeniosa fue la ocurrencia de ambos narcotraficantes de construir una cabaña con paquetes de la droga. Así podía pasar desapercibida y parecer una cabañita más, hecha de hojas de palmera comunes en esa islita turística.
Estos hombres construyeron una cabaña que llevaba dentro la muerte lenta de miles de seres humanos. Así mismo hay otros que edifican lentamente la casa en que ellos mismos morirán. Y no se trata de una casa material, para ser habitada, sino una casa moral y espiritual.
El apóstol Pablo, en su primera carta a la iglesia de Corinto, recomienda que «cada uno tenga cuidado de cómo construye, porque nadie puede poner un fundamento diferente del que ya está puesto, que es Jesucristo» (1 Corintios 3:10‑11). Así compara el carácter del ser humano a una casa que se edifica. Si queremos construir un buen carácter cristiano, un carácter verdadero, recto, justo y noble, tenemos que empezar con un buen fundamento. Y ese fundamento es Jesucristo.
Hay quienes pretenden edificar su vida sobre sus propias ideas filosóficas o, simplemente, sobre su propia voluntad. ¡Craso error! El resultado es siempre la destrucción y la ruina. En cambio, los que edifican su vida sobre el fundamento de Cristo, edifican bien y seguro.
Jesucristo es la piedra angular, la roca sólida sobre la que es posible edificar una vida mejor. Hagamos de Cristo nuestro Señor y Salvador, y el cimiento estable de una vida superior.
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viernes, 12 de marzo de 2010
AL AMPARO DEL AMOR GENUINO
Era una muchacha del pueblo. Pobre, desaliñada, perdida, pasaba de mano en mano como moneda falsa, pero ninguno se quedaba más que un rato con ella. Le habían puesto un mote humillante. Ella lo soportaba con resignación, la misma resignación con que soportaba toda su vida de vergüenza y tristeza.
Un día un hombre rico del pueblo le dijo: «Ven a vivir conmigo.» Y la muchacha aceptó su oferta. De ahí en adelante tuvo un hombre a su lado. Tuvo hogar. Tuvo un lecho digno. Y sobre todo, tuvo lo que nunca antes había tenido: tuvo amor.
Pasaron los años. La muchacha olvidó su pasado. Supo lo que era la felicidad. Fue fecunda. Tuvo hijos hermosos e inteligentes. Y cuando murió el hombre que la había amparado, quedó dueña de su apellido, de su dignidad y de su herencia.
Esta historia verídica, aunque anónima, muestra lo que puede lograr el amor cuando es genuino. No hay fuerza en el mundo superior a la fuerza del amor. Aunque algunos digan que el odio, la venganza y la codicia son pasiones más fuertes, y que el dinero y las armas tienen más potencia, el amor sigue siendo la fuerza más grande del mundo.
La historia de esta muchacha, que vivió una juventud perdida pero que posteriormente conoció el bienestar económico y moral, puede interpretarse como una alegoría o una ilustración de la obra de Jesucristo a favor de cada mujer, cada hombre, cada joven o cada señorita que andan perdidos en la degradación y la miseria. Porque aquel hombre que redimió civilmente a la joven del mote humillante le dio su amor y todo lo que el amor auténtico conlleva. Le dio dignidad, le dio su nombre, le dio bienestar económico y, por último, le dio su herencia.
Esto mismo hace Cristo con cada pecador que se arrepiente y que acepta su oferta de vivir al amparo de su amor divino. Le da ese amor genuino, eso sí, pero también le da su dignidad, le da su nombre, le da bienestar material y moral y, por último, le da la herencia del cielo.
La razón es la misma. Lo hace por amor, porque en el fondo de todo acto redentor verdadero está el amor. Sólo el amor tiene el poder necesario para hacer algo semejante.
Pero hay una diferencia fundamental entre lo que hizo Cristo y lo que hizo el hombre de la anécdota. Cristo murió por nosotros y resucitó para que pudiéramos tener vida abundante y eterna. El amparo que nos ofrece a todos los que creemos en Él y le entregamos nuestra vida —la salvación que dura por la eternidad— es una herencia incomparable.
por Carlos Rey
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Un día un hombre rico del pueblo le dijo: «Ven a vivir conmigo.» Y la muchacha aceptó su oferta. De ahí en adelante tuvo un hombre a su lado. Tuvo hogar. Tuvo un lecho digno. Y sobre todo, tuvo lo que nunca antes había tenido: tuvo amor.
Pasaron los años. La muchacha olvidó su pasado. Supo lo que era la felicidad. Fue fecunda. Tuvo hijos hermosos e inteligentes. Y cuando murió el hombre que la había amparado, quedó dueña de su apellido, de su dignidad y de su herencia.
Esta historia verídica, aunque anónima, muestra lo que puede lograr el amor cuando es genuino. No hay fuerza en el mundo superior a la fuerza del amor. Aunque algunos digan que el odio, la venganza y la codicia son pasiones más fuertes, y que el dinero y las armas tienen más potencia, el amor sigue siendo la fuerza más grande del mundo.
La historia de esta muchacha, que vivió una juventud perdida pero que posteriormente conoció el bienestar económico y moral, puede interpretarse como una alegoría o una ilustración de la obra de Jesucristo a favor de cada mujer, cada hombre, cada joven o cada señorita que andan perdidos en la degradación y la miseria. Porque aquel hombre que redimió civilmente a la joven del mote humillante le dio su amor y todo lo que el amor auténtico conlleva. Le dio dignidad, le dio su nombre, le dio bienestar económico y, por último, le dio su herencia.
Esto mismo hace Cristo con cada pecador que se arrepiente y que acepta su oferta de vivir al amparo de su amor divino. Le da ese amor genuino, eso sí, pero también le da su dignidad, le da su nombre, le da bienestar material y moral y, por último, le da la herencia del cielo.
La razón es la misma. Lo hace por amor, porque en el fondo de todo acto redentor verdadero está el amor. Sólo el amor tiene el poder necesario para hacer algo semejante.
Pero hay una diferencia fundamental entre lo que hizo Cristo y lo que hizo el hombre de la anécdota. Cristo murió por nosotros y resucitó para que pudiéramos tener vida abundante y eterna. El amparo que nos ofrece a todos los que creemos en Él y le entregamos nuestra vida —la salvación que dura por la eternidad— es una herencia incomparable.
por Carlos Rey
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miércoles, 10 de marzo de 2010
«CAMINO DEL INDIO»
por el Hermano Pablo
El satélite de la NASA terminó de hacer su recorrido en el espacio. Su misión —la misión que le encomendaron los técnicos— había sido tomar fotografías de la superficie terrestre. Sus cámaras especiales habían estado enfocadas sobre el cono sur de América, precisamente sobre el territorio de Chile.
Cuando los técnicos desarrollaron las fotos, se asombraron y se felicitaron. Vieron un camino, un camino de piedras trazado perfectamente sobre las faldas de la cordillera de los Andes. Era un tramo, desconocido hasta entonces, del camino del Inca, aquel formidable emperador de la América precolombina, cuyo imperio se extendió desde Chile en el sur hasta Colombia en el norte.
¡Notable descubrimiento este! Los incas fueron constructores sobresalientes, no sólo de palacios, templos, y fortalezas, sino sobre todo de caminos. Desde la Araucanía en el sur hasta los llanos colombianos en el norte, y desde las costas del Pacífico hasta bien adentro de las montañas y las selvas por el este, los incas trazaron magníficas rutas empedradas. Bien cantó Atahualpa Yupanqui: «Camino del indio, sendero coya sembrao de piedras; camino del indio que junta el valle con las estrellas.»
Fue merced a sus caminos que los incas edificaron su imperio. Sin esos caminos que atravesaban desiertos, salitrales, bosques, selvas, montañas y valles, hubieran quedado pobres, aislados y retrasados. Con caminos, que son como venas y arterias por donde corre la vida, levantaron una civilización poderosa que sólo cedió a la codicia de los españoles.
Hubo una vez un rey, mucho más glorioso y poderoso que el Inca, que también trazó un camino. No fue un camino de piedras. No fue un camino largo de centenares de leguas. No fue un camino que unió en una red inmensa a Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia. Fue un camino nuevo y vivo que unió la tierra con el cielo cuando unió al pobre pecador perdido con el Dios Altísimo y Todopoderoso, Señor de la gloria.
El constructor de ese camino, y a la vez el Camino mismo, fue Jesucristo, Aquel que dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí» (Juan 14:6). Es por ese camino vivo y llano que podemos llegar a Dios y recibir la vida eterna.
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El satélite de la NASA terminó de hacer su recorrido en el espacio. Su misión —la misión que le encomendaron los técnicos— había sido tomar fotografías de la superficie terrestre. Sus cámaras especiales habían estado enfocadas sobre el cono sur de América, precisamente sobre el territorio de Chile.
Cuando los técnicos desarrollaron las fotos, se asombraron y se felicitaron. Vieron un camino, un camino de piedras trazado perfectamente sobre las faldas de la cordillera de los Andes. Era un tramo, desconocido hasta entonces, del camino del Inca, aquel formidable emperador de la América precolombina, cuyo imperio se extendió desde Chile en el sur hasta Colombia en el norte.
¡Notable descubrimiento este! Los incas fueron constructores sobresalientes, no sólo de palacios, templos, y fortalezas, sino sobre todo de caminos. Desde la Araucanía en el sur hasta los llanos colombianos en el norte, y desde las costas del Pacífico hasta bien adentro de las montañas y las selvas por el este, los incas trazaron magníficas rutas empedradas. Bien cantó Atahualpa Yupanqui: «Camino del indio, sendero coya sembrao de piedras; camino del indio que junta el valle con las estrellas.»
Fue merced a sus caminos que los incas edificaron su imperio. Sin esos caminos que atravesaban desiertos, salitrales, bosques, selvas, montañas y valles, hubieran quedado pobres, aislados y retrasados. Con caminos, que son como venas y arterias por donde corre la vida, levantaron una civilización poderosa que sólo cedió a la codicia de los españoles.
Hubo una vez un rey, mucho más glorioso y poderoso que el Inca, que también trazó un camino. No fue un camino de piedras. No fue un camino largo de centenares de leguas. No fue un camino que unió en una red inmensa a Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia. Fue un camino nuevo y vivo que unió la tierra con el cielo cuando unió al pobre pecador perdido con el Dios Altísimo y Todopoderoso, Señor de la gloria.
El constructor de ese camino, y a la vez el Camino mismo, fue Jesucristo, Aquel que dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí» (Juan 14:6). Es por ese camino vivo y llano que podemos llegar a Dios y recibir la vida eterna.
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lunes, 1 de marzo de 2010
CIRUGÍA DE CALIBRE 22
por Carlos Rey
George Smith, de Vancouver, Canadá, joven de diecinueve años con un cuerpo atlético y una mirada inteligente, saltó de la cama. Corrió al baño y se metió bajo la ducha. Se jabonó y se enjuagó a conciencia. Salió de la ducha y se lavó las manos escrupulosamente, poniendo atención especial a las uñas. Luego, durante el día, repitió la misma operación decenas de veces.
Padecía de trastorno obsesivo-compulsivo. Veía microbios por todos lados. Se lavaba las manos hasta cien veces en un solo día. En un momento de negra depresión, se puso un rifle calibre 22 en la boca y disparó. Pero no murió. En vez de eso, el disparo lo curó del trastorno. «Es la primera vez en mi vida —dijo el doctor Leslie Solyom— que observo que alguien se sane de una neurosis disparándose un tiro a la cabeza.»
He aquí el caso extraño de un joven que había sucumbido a la neurosis de la contaminación. Se imaginaba microbios en todas partes. Lo habían despedido del trabajo y no podía seguir estudiando. Hasta que un día intentó suicidarse. Se puso en la boca el cañón de un rifle y disparó. La bala hizo que volara aquella parte de su cerebro en la que estaba asentada su neurosis. ¡De modo que se operó a sí mismo, y con una bala!
«No es una terapia que se le debe recomendar a nadie —comentó el doctor Solyom—. Los que pretenden solucionar los problemas de su vida con una bala de plomo, o con una dosis de cianuro, o arrojándose de un décimo piso, lo más probable es que encuentren la muerte y no la cura.»
El doctor Solyom tenía razón. La cura no está en las balas ni en los venenos, como tampoco en el alcohol ni en las drogas. No está en nada que podamos hacer nosotros mismos, ya sea deliberada o fortuitamente. Lo que muchos, como George Smith, no saben, es que, además de acudir a profesionales como el doctor Solyom, hay una manera segura de librarnos de trastornos, neurosis, fobias, complejos y demás psicopatías y males del alma. Cualquiera que sea nuestra condición en esta vida, podemos acudir al Psiquiatra divino para que nos recete el tratamiento adecuado. Dios nuestro Creador es el diseñador de nuestro complejo sistema nervioso, y Él sabe exactamente cómo arreglarlo cuando se descompone.
Mediante su poder divino que opera impulsado por su amor bendito, Dios tiene el remedio necesario para curarnos de todo mal que jamás pudiera azotarnos. Pero conste que todos, incluso los más neuróticos, podemos entrar en su consultorio con toda confianza para recibir su ayuda. Y Él sabe lo mucho que la necesitamos. Por eso dijo: «No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos.»1 No esperemos un día más. Acudamos hoy mismo a nuestro Médico divino. Él es el único que puede sanar las heridas del alma.
1 Lc 5:31
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George Smith, de Vancouver, Canadá, joven de diecinueve años con un cuerpo atlético y una mirada inteligente, saltó de la cama. Corrió al baño y se metió bajo la ducha. Se jabonó y se enjuagó a conciencia. Salió de la ducha y se lavó las manos escrupulosamente, poniendo atención especial a las uñas. Luego, durante el día, repitió la misma operación decenas de veces.
Padecía de trastorno obsesivo-compulsivo. Veía microbios por todos lados. Se lavaba las manos hasta cien veces en un solo día. En un momento de negra depresión, se puso un rifle calibre 22 en la boca y disparó. Pero no murió. En vez de eso, el disparo lo curó del trastorno. «Es la primera vez en mi vida —dijo el doctor Leslie Solyom— que observo que alguien se sane de una neurosis disparándose un tiro a la cabeza.»
He aquí el caso extraño de un joven que había sucumbido a la neurosis de la contaminación. Se imaginaba microbios en todas partes. Lo habían despedido del trabajo y no podía seguir estudiando. Hasta que un día intentó suicidarse. Se puso en la boca el cañón de un rifle y disparó. La bala hizo que volara aquella parte de su cerebro en la que estaba asentada su neurosis. ¡De modo que se operó a sí mismo, y con una bala!
«No es una terapia que se le debe recomendar a nadie —comentó el doctor Solyom—. Los que pretenden solucionar los problemas de su vida con una bala de plomo, o con una dosis de cianuro, o arrojándose de un décimo piso, lo más probable es que encuentren la muerte y no la cura.»
El doctor Solyom tenía razón. La cura no está en las balas ni en los venenos, como tampoco en el alcohol ni en las drogas. No está en nada que podamos hacer nosotros mismos, ya sea deliberada o fortuitamente. Lo que muchos, como George Smith, no saben, es que, además de acudir a profesionales como el doctor Solyom, hay una manera segura de librarnos de trastornos, neurosis, fobias, complejos y demás psicopatías y males del alma. Cualquiera que sea nuestra condición en esta vida, podemos acudir al Psiquiatra divino para que nos recete el tratamiento adecuado. Dios nuestro Creador es el diseñador de nuestro complejo sistema nervioso, y Él sabe exactamente cómo arreglarlo cuando se descompone.
Mediante su poder divino que opera impulsado por su amor bendito, Dios tiene el remedio necesario para curarnos de todo mal que jamás pudiera azotarnos. Pero conste que todos, incluso los más neuróticos, podemos entrar en su consultorio con toda confianza para recibir su ayuda. Y Él sabe lo mucho que la necesitamos. Por eso dijo: «No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos.»1 No esperemos un día más. Acudamos hoy mismo a nuestro Médico divino. Él es el único que puede sanar las heridas del alma.
1 Lc 5:31
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domingo, 21 de febrero de 2010
«NO DEBO DESOBEDECER A MI MAESTRA»
por el Hermano Pablo
Con mala ortografía y torpe letra el chico comenzó a escribir. Evidentemente el muchacho era rebelde e indisciplinado. Como castigo, la maestra le había asignado una tarea especial. Debía escribir, 300 veces, la frase: «No debo desobedecer a mi maestra.»
Se trataba de Jorge Licea, de origen mexicano. Estaba asistiendo a una escuela pública en la ciudad de Los Ángeles, California. Jorge escribió, y escribió, hasta el fin de la clase. Al día siguiente Jorge llegó temprano a la escuela, pero no se juntó con sus amigos. Estaba como confundido y melancólico.
Quieto y sombrío, se detuvo en la puerta de su aula y comenzó a llorar. Luego, ante el espanto de sus compañeros, sacó de su bolsillo un revólver, se lo puso a la sien y apretó el gatillo. Jorge Licea tenía diez años de edad.
Este caso conmovió a la gran ciudad. Terminada la investigación, se halló que la causa de la tragedia no era la tarea que la maestra le había dado. El castigo sólo hizo estallar una causa que era mucho más profunda que una simple tarea.
La causa, que procedía de la vida del muchacho, tenía que ver con su hogar. Allí estaba evidenciada la fórmula de siempre: pobreza, violencia, drogas, alcohol y maltrato. El niño vivía en un infierno. Con apenas diez años de edad, ya había aguantado todo lo que un ser humano es capaz de aguantar. Y como no vio salida alguna, optó por quitarse la vida.
Así es la vida de muchos niños y niñas en este mundo perdido y desviado en que vivimos. Quizá usted, mi querido joven, se encuentra en una situación parecida. Quizá la vida suya también sea un infierno. ¿Será eso todo lo que este mundo ofrece? La respuesta, positiva y categórica, es: «¡No!»
En cierta ocasión Jesucristo dijo: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos» (Lucas 18:16). Cristo, el autor de la vida, tiene una compasión muy especial por todos los que sufren injustamente.
Permítanme una palabra a ustedes, padres. ¿Será el ambiente de su hogar uno que podría dar lugar a la confusión y al deterioro moral de sus hijos? Su hogar es el único albergue que ellos tienen, y la vida presente y futura de ellos será una copia exacta de lo que es el hogar suyo.
Invitemos a Cristo, queridos padres, a ser el Señor de nuestro hogar. Cuando él reina en el hogar, hay serenidad y madurez y juicio y paz. Sólo Cristo produce cordura y armonía. Él quiere salvar nuestro hogar. Permitámosle entrar.
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Con mala ortografía y torpe letra el chico comenzó a escribir. Evidentemente el muchacho era rebelde e indisciplinado. Como castigo, la maestra le había asignado una tarea especial. Debía escribir, 300 veces, la frase: «No debo desobedecer a mi maestra.»
Se trataba de Jorge Licea, de origen mexicano. Estaba asistiendo a una escuela pública en la ciudad de Los Ángeles, California. Jorge escribió, y escribió, hasta el fin de la clase. Al día siguiente Jorge llegó temprano a la escuela, pero no se juntó con sus amigos. Estaba como confundido y melancólico.
Quieto y sombrío, se detuvo en la puerta de su aula y comenzó a llorar. Luego, ante el espanto de sus compañeros, sacó de su bolsillo un revólver, se lo puso a la sien y apretó el gatillo. Jorge Licea tenía diez años de edad.
Este caso conmovió a la gran ciudad. Terminada la investigación, se halló que la causa de la tragedia no era la tarea que la maestra le había dado. El castigo sólo hizo estallar una causa que era mucho más profunda que una simple tarea.
La causa, que procedía de la vida del muchacho, tenía que ver con su hogar. Allí estaba evidenciada la fórmula de siempre: pobreza, violencia, drogas, alcohol y maltrato. El niño vivía en un infierno. Con apenas diez años de edad, ya había aguantado todo lo que un ser humano es capaz de aguantar. Y como no vio salida alguna, optó por quitarse la vida.
Así es la vida de muchos niños y niñas en este mundo perdido y desviado en que vivimos. Quizá usted, mi querido joven, se encuentra en una situación parecida. Quizá la vida suya también sea un infierno. ¿Será eso todo lo que este mundo ofrece? La respuesta, positiva y categórica, es: «¡No!»
En cierta ocasión Jesucristo dijo: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos» (Lucas 18:16). Cristo, el autor de la vida, tiene una compasión muy especial por todos los que sufren injustamente.
Permítanme una palabra a ustedes, padres. ¿Será el ambiente de su hogar uno que podría dar lugar a la confusión y al deterioro moral de sus hijos? Su hogar es el único albergue que ellos tienen, y la vida presente y futura de ellos será una copia exacta de lo que es el hogar suyo.
Invitemos a Cristo, queridos padres, a ser el Señor de nuestro hogar. Cuando él reina en el hogar, hay serenidad y madurez y juicio y paz. Sólo Cristo produce cordura y armonía. Él quiere salvar nuestro hogar. Permitámosle entrar.
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martes, 16 de febrero de 2010
SUICIDIOS JUVENILES
por el Hermano Pablo
Eran los días de carnaval en Río de Janeiro, y todo, como siempre, transcurría brillante, rutilante, colorido, frenético. Las escuelas de zamba rivalizaron en disfraces, en maquillajes y en danzas. Decenas de miles de turistas de todo el mundo estaban presentes para ver y experimentar el carnaval.
Terminada la euforia de la fiesta, sucedió lo que siempre sucede. Una depresión profunda cayó sobre todo Río de Janeiro. Y junto con la depresión pasó, también, lo que siempre pasa. Una ola de suicidios sacudió la ciudad. Nada menos que dieciocho jóvenes se quitaron la vida en un solo fin de semana.
¿Cómo puede ser que tras una fiesta tan fogosa haya tantas personas que caen en tal descenso emocional que llegan a ser víctimas de depresiones suicidas? Es increíble, pero eso es precisamente lo que ocurre.
Lo cierto es que los suicidios de los adolescentes constituyen una plaga mundial. Y son los países de mayor prosperidad económica, tales como Austria, Suecia, Japón y Estados Unidos, los que están más plagados.
De esa ola de suicidios en el Brasil el periódico O Estado de São Paulo sostuvo que las mayores causas son «fracasos amorosos, enfermedades, alcoholismo y problemas financieros». Y eso por no mencionar la causa principal: el ateísmo generalizado en que prácticamente ha caído la sociedad occidental.
Donde no hay fe en Dios, la desesperación y su secuela, la propensión al suicidio, son alarmantes. En cambio, donde hay fe viva y sencilla en Jesucristo como Señor, Salvador, Pastor y Amigo, se aprende a entregarle a Él todas las cargas de la vida. Y aunque se pase por circunstancias muy difíciles, no se piensa en suicidio. Se piensa en Dios, y se apela a la oración.
El cristiano genuino y sincero, el cristiano auténtico y verdadero, jamás contempla el suicidio. Sería la negación más palpable de su fe religiosa, el fracaso más grande de su testimonio cristiano. El cristiano genuino, que mantiene la comunión espiritual con Cristo, siempre encuentra, en medio de la mayor flaqueza, fuerza para sobreponerse al infortunio.
Si sentimos que ya no soportamos el extremado peso de esta vida, escuchemos las palabras del divino Maestro: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma» (Mateo 11:28-29).
Cristo siempre salva, y lo hace siempre por la fe.
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Eran los días de carnaval en Río de Janeiro, y todo, como siempre, transcurría brillante, rutilante, colorido, frenético. Las escuelas de zamba rivalizaron en disfraces, en maquillajes y en danzas. Decenas de miles de turistas de todo el mundo estaban presentes para ver y experimentar el carnaval.
Terminada la euforia de la fiesta, sucedió lo que siempre sucede. Una depresión profunda cayó sobre todo Río de Janeiro. Y junto con la depresión pasó, también, lo que siempre pasa. Una ola de suicidios sacudió la ciudad. Nada menos que dieciocho jóvenes se quitaron la vida en un solo fin de semana.
¿Cómo puede ser que tras una fiesta tan fogosa haya tantas personas que caen en tal descenso emocional que llegan a ser víctimas de depresiones suicidas? Es increíble, pero eso es precisamente lo que ocurre.
Lo cierto es que los suicidios de los adolescentes constituyen una plaga mundial. Y son los países de mayor prosperidad económica, tales como Austria, Suecia, Japón y Estados Unidos, los que están más plagados.
De esa ola de suicidios en el Brasil el periódico O Estado de São Paulo sostuvo que las mayores causas son «fracasos amorosos, enfermedades, alcoholismo y problemas financieros». Y eso por no mencionar la causa principal: el ateísmo generalizado en que prácticamente ha caído la sociedad occidental.
Donde no hay fe en Dios, la desesperación y su secuela, la propensión al suicidio, son alarmantes. En cambio, donde hay fe viva y sencilla en Jesucristo como Señor, Salvador, Pastor y Amigo, se aprende a entregarle a Él todas las cargas de la vida. Y aunque se pase por circunstancias muy difíciles, no se piensa en suicidio. Se piensa en Dios, y se apela a la oración.
El cristiano genuino y sincero, el cristiano auténtico y verdadero, jamás contempla el suicidio. Sería la negación más palpable de su fe religiosa, el fracaso más grande de su testimonio cristiano. El cristiano genuino, que mantiene la comunión espiritual con Cristo, siempre encuentra, en medio de la mayor flaqueza, fuerza para sobreponerse al infortunio.
Si sentimos que ya no soportamos el extremado peso de esta vida, escuchemos las palabras del divino Maestro: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma» (Mateo 11:28-29).
Cristo siempre salva, y lo hace siempre por la fe.
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